Nunca sabes qué tan enamorada estás hasta que intentas alejarte y no puedes.
Crees que puedes hacerlo.
Te dices que esta vez sí vas a dejar de buscar, que vas a dejar de pensar, que vas a poner distancia y continuar con tu vida como si nada hubiera pasado.
Y durante un momento incluso lo crees.
Hasta que llega la noche y vuelves a pensar en esa persona.
Hasta que sucede algo y tu primer impulso sigue siendo querer contárselo.
Hasta que escuchas una canción, recuerdas una conversación o pasas por un lugar que te lleva directamente a ella.
Y ahí entiendes que alejarse no siempre es tan sencillo como decidirlo.
Porque una cosa es saber que deberías dejar ir y otra muy diferente es conseguir que tu corazón esté de acuerdo.
Puedes entender todas las razones por las que necesitas tomar distancia y aun así extrañar.
Puedes saber que algo no te hace bien y seguir sintiendo cariño.
Puedes incluso aceptar que quizá nunca serán lo que imaginaste y, aun así, desear que las cosas hubieran sido diferentes.
Y eso es lo difícil.
Que la razón puede entender algo mucho antes de que el corazón esté preparado para aceptarlo.
Por eso, si alguna vez intentaste alejarte y no pudiste hacerlo de inmediato, no significa que seas débil.
Significa que hubo sentimientos reales.
Pero también recuerda que no tienes que dejar de querer a alguien de un día para otro para comenzar a elegirte.
Puedes hacerlo poco a poco.
Puedes extrañar y aun así no volver.
Puedes recordar y aun así seguir avanzando.
Puedes querer a alguien y entender que necesitas dejarlo ir.
Porque quizá sanar no consiste en despertar un día sin sentir nada.
Quizá consiste en llegar poco a poco a ese momento en el que todavía recuerdas…
pero ya no necesitas regresar.