La aparente soledad de las aguas tranquilas de aquel lago al atardecer, se ve interrumpida por el aleteo de las aves que buscan sus nidos en los árboles que acompañan sus orillas.
Anochece y el silencio es roto por el croar de las ranas, el chapoteo de una de ellas que se lanza a nadar en sus aguas.
El cielo y su superficie que parecen un solo lienzo, se ve iluminado por cientos de estrellas y la luna menguante.
Entonces sus aguas tranquilas no son soledad, sino paz. Son habitación, son refugio, son hoja en blanco para escribir la historia de sus habitantes y de sus espectadores. No hay ruido, sino sonidos de armonía.
En la tranquilidad hay vida plena, ausencia del bullicio que distrae, que abre paso a las historias de los habitantes nocturnos.