En mi momento más frágil, era una niña ingenua, que creía ciegamente en los demás, sin dudar de ellos, les di mi confianza y apoyo incondicional, para que solo recibiera burlas, rechazo por mi timidez.
En aquella etapa de colegio secundaria, fue donde me hicieron trizas, me rompieron a mil pedazos, soy empeñosa en mis estudios, pero no encajaba con los demás por mi timidez.
Por el simple hecho de ser tímida e ingenua, me pisoteaban, se burlaban de mí, botaban mis cosas a la basura, lo más doloroso era que algunos de ellos eran mis propios amigos, aquellos a quienes les había dado mi apoyo y mi confianza incondicional.
Ese instante se me partió el corazón, me sentía sola, ya no quería confiar, tenía mucho miedo a que me hicieran daño, viví toda mi secundaria de esa forma.
Lloraba a mares por las noches en mi habitación, cubría mi boca, para que no escucharan mi dolor, me fui apagando poco a poco.
No me daba hambre, aquello que debía ser una etapa de aprendizaje y recuerdos se había convertido en mi condena, nadie veía mi dolor, me trataban como cualquier cosa, como una piedra sin sentimientos.
El dolor llegó a ser tan grande que finalmente alcancé un punto de quiebre. Mi cuerpo terminó reflejando todo aquello que mi corazón había estado soportando en silencio. Enfermé gravemente, y fue entonces cuando finalmente se dieron cuenta del daño que me habían causado.
Ya en el hospital, me anestesiaron y me dieron un diagnóstico el cual rompía mis sueños. El diagnóstico de los médicos fue que nunca podría estudiar, ejercer una profesión, o trabajar en una empresa, ya que si lo hacía iba a ser muy difícil, al saber todo aquello, sentí cómo mi mundo se venía abajo, me quitaron las esperanzas, lloraba día y noche por el daño que me habían causado.
Pero dentro de mí salió una fuerza de voluntad inquebrantable, que no iba a permitir que el daño que me habían hecho me derrumbara por completo, me puse de pie con paso firme y con la cabeza en alto. Y ante todo pronóstico de los doctores, logré superar lo que tanto decían que no podría. Con perseverancia, empeño y valentía, me volví a levantar. El camino fue duro, pero aun así seguí adelante. Cada obstáculo me enseñó a ser más fuerte y, poco a poco, aquella niña que alguna vez se sintió derrotada comenzó a convertirse en una guerrera.