En mi búsqueda de paz interna, comprendí que forjé mi vida intentando no repetir las historias de mi linaje, atrapada en una lealtad invisible hacia las mujeres de mi árbol.
Mi madre vivió sometida a la violencia en una época donde el concepto de «violencia de género» no existía y solo se justificaba como el actuar de un hombre machista. Para salvarse de ese sometimiento, tuvo tres hijos y los dejó atrás para escapar. Tiempo después, me abandonó a mí en otra provincia bajo el argumento de que no me podía tener ni pagar quien me cuidara. Al crecer entre privaciones, terminé regresando al seno materno, solo para terminar casándome más tarde con un hombre que también ejercía la violencia.
Pero yo no fui sumisa. Peleé durante años por mi libertad. Aunque caí en un profundo pozo depresivo, tuve tres hijos y por ellos aguanté, decidida a salir de esa vida de una manera muy distinta a como lo hizo mi madre: salí luchando, pero con mis tres hijos de la mano.
Tengo un temperamento fuerte que siento heredado de mi abuela materna, una india pura que se casó a los quince años con un hombre mucho mayor. Creo que mi fuerza proviene de su propia ansia reprimida de libertad. Desde las constelaciones familiares me reconozco como la «oveja negra», pero fue justamente esa rebeldía la que me mantuvo con vida.
Hoy, finalmente fuera de esa relación, me enfrento a mi tarea más difícil: aprender a dejar de luchar.
Tengo a mi lado a un buen hombre que me recuerda que no sé pedir ayuda, pero que no necesito pedirla para que él esté presente. Sé que me toca desarmar el instinto de supervivencia que me protegió durante tanto tiempo, una práctica diaria en la que hoy sigo caminando.