Vivo en guerra. He empuñado mil armas distintas, y no he perdido ni una sola batalla que he librado. Pero mi enemigo es peligroso, impredecible, sigiloso e inmortal: no golpea de frente, no ruge ni avisa, se cuela en la sombra y se disfraza de mi propia voz. No hiere la carne, no deja cicatrices visibles, pero se instala en el alma como una niebla espesa y traicionera, me roba la savia de mi existencia a sorbos lentos, apaga el sabor de los días uno por uno y busca borrar hasta el último rastro de luz que el mundo guarda. “Mientras me susurra al oído que todo eso es mi culpa”
Es su sombra, la que ni el sol más intenso logra ahuyentar: él roba el brillo de todo lo que un día amé, él vuelve cada paso una carga que apenas puedo sostener, él transforma el silencio en un muro infranqueable y encierra mi soledad en una jaula donde ni yo mismo consigo reconocerme. Con astucia calculada, ha ido desgastándome en esta lucha invisible, sumando sus golpes a los embates de la vida hasta agrietar lo más hondo de mi espíritu. Y así, este caballero, exhausto tras jornadas sin tregua, estuvo a punto de soltar el escudo, bajar la mirada y arrodillarse. casi cayendo en la trampa que él mismo había tejido para mí.
Pero mi enemigo jamás calculó que soy un estratega, ni que cuento con un aliado que escapa a toda mirada común.
Nunca caminé en soledad: cada batalla ganada lleva la firma del cielo, del favor del Omnipotente, del Eterno que me cobijó siempre en su abrigo, mucho antes de que yo pudiera comprenderlo. Es él quien no abandona ni al alma que se siente extraviada, quien avanza a mi lado desde la luz. empuñando el arma más invencible que existe: su amor infinito.
Por su inmensa gracia, para esta nueva lucha decisiva, ha depositado en mis manos una de sus espadas más resplandecientes: un lápiz y una hoja virgen. En ellas, cada párrafo es una legión de guerreros escogidos, cada letra un caballero leal, dispuesto a darlo todo por quien le da voz. Si alguna línea cae en el fragor del combate, nuevos combatientes surgen para ocupar su sitio, hasta que el escrito cobre su forma perfecta. Entonces la batalla quedará ganada y mi enemigo momentáneamente derrotado: se replegará a las sombras profundas, aguardando el instante exacto para volver a atacar, confiando siempre en la traición de la sorpresa. Y este breve respiro será justo lo que necesito: recuperaré fuerzas y empuñaré de nuevo mi espada, firme y preparado para vencer cualquier batalla que aún esté por llegar.