El se llamaba Pedro, un hombre al que nada le faltaba, tenía diecisiete y vivía con sus dos padres, tenía una hermana pequeña de apenas tres años, y nada le faltaba, aparentaba estar feliz, o ¿realmente lo era? Sus padres creían que si.
Nadie sabe el dolor que hay dentro de alguien, hasta que este hace un gesto, hasta que suelta un quejido, hasta que hay una acción, negativa, por supuesto.
Él se para de su asiento, pero antes de hacerlo ya había mostrado incomodidad.
Sus ojos se movían de un lado a otro, sus dedos subían y bajaban en su pierna, misma que temblaba en repetidas ocasiones.
Él estaba desesperado.
Estaba ansioso.
Estaba frustrado.
Estaba... estaba muriendo.
Y se levantó y miró la soga, y sus dos voces le gritaban: «¡No mires esa soga!» y escuchaba una voz más: «¡Ya es hora, que las cosas no mejoran!» contradiciéndose entre sí.
Por un lado una potestad, por el otro tal vez Dios, o simplemente su miedo a morir, miedo que se fue desvaneciendo cuando decidió obedecer más a su oreja izquierda.
Entonces se levantó y recorrió su silla, subió a ella y puso su garganta en la cuerda aspera, sus bellos le calaban y raspaban la barbilla, ajustó el nudo y de una patada empujó su asiento, quedó levitando, su madre entró horas después y lo descolgó, pero ya era tarde.
En sus zapatos no había carta, no había nada, nadie supo que fue lo que pasó, la depresión no avisó, solo llegó y se lo llevó.
Ella, ella era una niña, tenía apenas dieciséis, sus padres se peleaban constantemente, y ella no entendía.
Su nombre... Marina.
Su padre le decía que su madre era villana, su madre le decía que su padre era el villano.
Y si de por sí la vida ya la trataba mal, ¿quién la iba a escuchar a ella? ¿sus padres? ¿Dios?
Es obvio que Dios no escuchaba cuando la niña oraba y se inclinaba, para que sus padres ya no se pelearan, pero su corazóncito buscaba al creador de todo, de verdad lo buscaba.
Y rezaba, y oraba y clamaba y nada...
Y en la escuela nadie la quería, nadie la apoyaba, nadie la apreciaba, era el fasmida que se sentaba en la silla de hasta atrás, y un día en un intercambio a alguien le tocó regalarle a ella, y cuando se abrazaron la persona dice que sintió a una niña inocente entre sus brazos, una niña que ese abrazo le sentó bien, le hacía falta, incluso al separarse una lágrima brotó de ella, y después sonó una sonrisa, una hermosa, una que hacía años no sentía real, no mostraba y no había un motivo para hacerlo.
Un día el día estuvo gris, cansado, y ella lo sabía, llegó a su casa, escuchó gritos, se dirigió a su cuarto donde semanas antes ya había guardado algunas pastillas de varios tipos, no eligió, no había tiempo, su instinto sabía que algo de mucho hacía descansar a la gente, y llegó no sin antes hacer otra oración, se arrodilló y lloró, no hubo respuesta.
Se sentó en su cama, tomó un vaso de agua y se arrojaba puños de pastillas, daba un trago y ahí iba otro puño al interior, se recostó en su almohada, la empapó de lágrimas, se cobijó y se quedó dormida.
Lector, si tú hoy me lees siendo padre, siendo madre, siendo amigo o hijo, revisa bien tú panorama, revisa a tu hijo, revisa a tus padres, revisa a tu amigo, revisate a ti.
La depresión cobra al rededor de 720,000 muertes al año a nivel mundial. Si o si conoces a alguien que se ve decaído, sea tu amigo, tu familiar, tu hijo. ¡Ayúdalo! ¡Ayudate! La depresión no es un juego, no es un interruptor que prendas y apagues, ella llega, estés feliz, estés triste, llega y si no sabes que es lo que te pasa, te destruye, te lleva, te mata.
Hoy no se olviden de clamar al cielo, aunque sea como última esperanza.
— Jorge Guzmán