Manejo y dejo que la penumbra del coche me aísle de todo lo que afuera pesa. Mira cómo las luces de la calle pasan rápido contra la ventana, disolviéndose en el cristal como si el resto de la ciudad ya no existiera y es jodidamente extraño hay algo que he estado sintiendo un nudo en el estómago que no miente, ese tirón visceral que aparece cuando sabes que este instante es ridículamente frágil y, al mismo tiempo, indestructible. Es el peso de querer sujetar la noche con las dos manos para que no se arruine, de saber que la soledad nunca fue estar a solas, sino no tener un refugio
-G