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LOS VELOS DE ELYNDRA (continuación del capítulo 1)

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(Muchas gracias a todas las personitas que me han estado apoyando durante este proceso con mi historia. De verdad, leer sus comentarios, sus teorías y ver el apoyo que le están dando a este proyecto…

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Pensamiento

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cuento77

Ya se lo pasé a las tres del grupo y todas quedaron con lo de las luces que miran de vuelta, mare, eso me puso los pelos de punta leyendo a las dos de la mañana.

Ya se lo pasé a las tres del grupo y todas quedaron con lo de las luces que miran de vuelta, mare, eso me puso los pelos de punta leyendo a las dos de la mañana.

Contenido de la publicación

(Muchas gracias a todas las personitas que me han estado apoyando durante este proceso con mi historia. De verdad, leer sus comentarios, sus teorías y ver el apoyo que le están dando a este proyecto me inspira muchísimo a seguir avanzando y trabajando en él.

Todavía hay muchas cosas que quiero mejorar y desarrollar. Esta historia recién está comenzando y tengo muchísimas ideas preparadas para lo que viene, así que espero poder seguir compartiendo todo esto con ustedes poco a poco.

También sé que muchos me han estado pidiendo el mapa del mundo de la historia. No me he olvidado de eso, y aunque todavía estoy trabajando en algunos detalles para que quede como realmente quiero, muy pronto estará listo y podrán conocer un poco más de este mundo y de los lugares que Wanda irá descubriendo a lo largo de su viaje.

De verdad, gracias por acompañarme en este proyecto y por darle una oportunidad a esta historia. Cada comentario y cada muestra de apoyo me motiva a seguir escribiendo y haciendo que este mundo crezca cada vez más.

Sin nada más que decir, los dejo con la continuación de Los Velos de Elyndra.)

Capítulo 1: Después del silencio

Continuación

Durante los días que siguieron, intenté convencerme de que aquella pequeña chispa no significaba nada. Me repetía que podía haber sido una reacción accidental, un reflejo de la luz o alguna propiedad de aquel mundo que todavía no comprendía. Había pasado demasiado tiempo rodeada de magia como para dejarme llevar por la emoción de un simple destello, pero la verdad era que no podía olvidar la sensación que había recorrido mis dedos. Había sido débil, casi imperceptible, y aun así se parecía demasiado a algo que conocía. A algo que había perdido.

Cada mañana, después de despertar, esperaba unos segundos antes de abrir los ojos. Me quedaba inmóvil sobre el lecho, escuchando los sonidos que llegaban desde el exterior. El movimiento de las personas, las voces de quienes comenzaban sus tareas, el crujido de la madera y el canto de las aves me recordaban que seguía en aquel lugar. No había sirenas, motores ni el ruido distante de una ciudad despertando. Solo existía el valle, el viento y esa sensación de estar muy lejos de todo lo que había conocido.

Al principio, despertarme era lo más difícil. Durante unos instantes olvidaba dónde estaba y esperaba encontrarme en un lugar familiar. Tal vez en una habitación, en un refugio o en cualquier sitio donde pudiera cerrar los ojos sin tener que preguntarme si el mundo se había terminado a mi alrededor. Pero luego veía el techo de madera, las paredes de barro y la luz que entraba por la pequeña abertura de la vivienda, y la realidad regresaba de golpe.

Estaba en Elyndra.

Y no tenía idea de cómo volver.

Lira solía visitarme poco después del amanecer. Había aprendido a reconocer sus pasos antes de que apareciera en la puerta, aunque no sabía si aquello se debía a que ya me había acostumbrado a su presencia o a que, en aquel pequeño pueblo, todos caminaban de una manera distinta. Siempre llevaba algo entre las manos: comida, agua, alguna prenda o una herramienta que necesitaba dejar en otro lugar. A veces se quedaba conmigo durante horas. Otras veces desaparecía durante toda la mañana y regresaba cuando el sol ya estaba alto.

Nuestra comunicación seguía siendo limitada, pero cada día conseguíamos comprendernos un poco mejor. Yo aprendía palabras de su idioma y ella intentaba pronunciar algunas de las mías. No siempre salía bien. En más de una ocasión, una palabra que yo creía haber aprendido correctamente terminaba significando algo completamente diferente, y Lira se reía tanto que tenía que apartar la mirada para no contagiarme.

—No te rías —le dije una mañana, después de pronunciar mal el nombre de una planta.

Lira se llevó una mano a la boca, aunque sus ojos seguían brillando de diversión.

—Tú dijiste... que la planta come personas.

La miré fijamente.

—Yo dije que la planta necesita agua.

Lira volvió a reírse.

—Muy diferente.

—Me di cuenta.

—Un poco tarde.

Negué con la cabeza y le quité la pequeña cesta que llevaba.

—Dame eso.

—¿Por qué?

—Porque, si sigo hablando, probablemente termine declarando una guerra sin querer.

Lira no comprendió todas mis palabras, pero sí el tono. Su risa se volvió más fuerte y, por primera vez, fui yo quien comenzó a reírse antes de poder evitarlo. No era una risa que naciera de la felicidad completa. Todavía tenía demasiadas cosas dentro de mí, demasiados recuerdos que no sabía dónde colocar. Pero era real. Y durante ese momento no sentí que tuviera que disculparme por estar bien.

Lira me observó con una sonrisa tranquila.

—Me gusta cuando ríes —dijo.

No respondí inmediatamente.

Había olvidado lo sencillo que podía ser escuchar algo así.

En mi mundo, la felicidad siempre había parecido una pausa entre una tragedia y la siguiente. Un momento que podía desaparecer con demasiada facilidad. Había aprendido a desconfiar de las cosas buenas, como si disfrutarlas demasiado pudiera provocar que alguien me las arrebatara. Allí, sin embargo, Lira no me estaba prometiendo que nada malo ocurriría. No estaba diciendo que todo estaría bien. Simplemente había observado que me había reído y le había gustado.

Bajé la mirada hacia la cesta.

—A mí también me gusta cuando te ríes —murmuré.

Lira no entendió la frase completa, pero reconoció su nombre cuando lo pronuncié. Se señaló a sí misma, esperando una explicación. Yo intenté repetir las palabras más despacio, acompañándolas con gestos, hasta que finalmente pareció comprender.

Sus mejillas se colorearon ligeramente.

—Tú... aprender rápido —dijo.

—No tanto como crees.

—Sí. Ayer dijiste que la planta comía personas.

—No pienso superar eso nunca, ¿verdad?

Lira volvió a reírse.

Y yo también.

Aquellos momentos eran pequeños, casi insignificantes si los comparaba con todo lo que había vivido. Sin embargo, comenzaron a convertirse en una parte importante de mis días. Me ayudaban a recordar que todavía podía existir algo más allá del miedo, la culpa y las preguntas que no tenían respuesta.

Pero no todo era sencillo.

Cada vez que intentaba utilizar mi magia, el vacío regresaba.

Lo hacía a escondidas, normalmente cuando Lira se alejaba o cuando la comunidad se encontraba ocupada con sus tareas. Me dirigía a un lugar apartado, cerca del río o detrás de algunas de las viviendas, y levantaba las manos. Cerraba los ojos, respiraba profundamente y buscaba esa energía que antes había obedecido incluso a mis pensamientos más pequeños.

Nada.

A veces sentía una presión en las palmas. Otras veces, un cosquilleo que subía por mis brazos y desaparecía antes de llegar a mis hombros. En ocasiones, el aire a mi alrededor parecía volverse más pesado, pero nunca lograba controlar lo que sucedía. La magia no respondía como antes. No aparecía cuando la necesitaba. No se extendía desde mi cuerpo como una fuerza que conocía y dominaba.

Era como intentar recordar un idioma que alguna vez había hablado con fluidez.

Y cuanto más me esforzaba, más frustrada me sentía.

Una tarde, después de varios intentos fallidos, golpeé una piedra con la palma de la mano. El dolor se extendió por mis dedos y me obligó a retirar el brazo. Respiré con dificultad, mirando la superficie áspera de la roca.

—Vamos —susurré—. Solo un poco.

Volví a cerrar los ojos.

Recordé el sonido de la magia. No un sonido real, sino la manera en que se sentía cuando aparecía. Recordé el rojo iluminando mis manos, la fuerza creciendo en mi interior, el modo en que el mundo parecía inclinarse ante mi voluntad. Recordé todo lo que había sido capaz de hacer.

Y entonces recordé por qué había llegado hasta allí.

Mis hijos.

La presión en mi pecho se volvió insoportable. La energía apareció de golpe, pero no tomó la forma que esperaba. Una pequeña onda rojiza recorrió la tierra frente a mí y levantó una nube de polvo. Retrocedí, sorprendida, y la luz desapareció.

Me quedé observando el suelo.

No había conseguido controlar el poder. Solo había provocado una reacción.

Pero era suficiente para demostrarme que todavía estaba allí.

—Wanda.

Me giré rápidamente.

Lira se encontraba a unos metros de distancia, sosteniendo dos recipientes de madera. No sabía cuánto tiempo llevaba observándome. Su mirada se dirigió al polvo que todavía flotaba en el aire y luego regresó a mi rostro.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Nada.

Lira alzó una ceja.

Había comenzado a aprender que aquella expresión significaba que no me creía.

—No era nada —insistí.

Ella dejó los recipientes en el suelo y se acercó a la piedra que había golpeado. La observó durante unos segundos. Después levantó la mirada hacia mí.

—Eso no es nada.

—No quería hacer daño.

—No dije eso.

—Pero lo estás pensando.

Lira negó con la cabeza.

—No sé qué pensar.

Su respuesta me hizo callar. Esperaba miedo, desconfianza o incluso que se alejara de mí. En cambio, parecía sinceramente confundida. Tal vez en su comunidad habían visto cosas relacionadas con la magia, pero no algo como lo que yo podía hacer. Tal vez la pequeña chispa roja había despertado recuerdos que nadie quería mencionar.

—Yo tampoco sé qué pensar —admití.

Lira permaneció en silencio. Luego se sentó sobre una piedra cercana y me indicó que hiciera lo mismo.

—¿Es tuya? —preguntó.

—¿Qué cosa?

Señaló mis manos.

—La luz.

Miré mis dedos.

—Sí.

Lira esperó.

—Pero no sé dónde está ahora —añadí.

Ella frunció el ceño.

—¿La perdiste?

—No exactamente.

No sabía cómo explicarlo. ¿Cómo podía decirle que mi magia había sido parte de mí durante años, que había aprendido a utilizarla para proteger, atacar y sobrevivir, y que ahora sentía que una parte de mi cuerpo había dejado de responder? No existían palabras sencillas para aquello.

—Antes podía hacer muchas cosas —dije finalmente—. Ahora apenas puedo provocar una chispa.

Lira miró hacia el río.

—Quizá la Corriente no te conoce.

—¿La Corriente?

Asintió.

—La magia de aquí. La tierra. El agua. Los árboles. Todo tiene Corriente.

—Mi magia no viene de aquí.

Lira volvió a mirarme.

—Entonces... ¿de dónde viene?

La pregunta quedó suspendida entre nosotras.

Pensé en la energía del caos, en su origen, en la forma en que había sido parte de mí desde mucho antes de comprenderla. Pensé en las historias que otros habían contado sobre mi poder, en las profecías, en las personas que habían intentado utilizarme o destruirme por lo que llevaba dentro.

—De mí —respondí.

Lira no pareció comprenderlo del todo.

—¿Tú eres la Corriente?

Negué con la cabeza.

—No. Es diferente.

Lira permaneció pensativa. Después tomó un puñado de tierra y lo dejó caer lentamente entre sus dedos.

—En Elyndra, lo diferente no siempre es enemigo.

La observé.

No sabía si aquella frase era una creencia de su pueblo o algo que ella misma pensaba. Pero me sorprendió la facilidad con la que había pronunciado aquellas palabras. En mi mundo, lo diferente había sido suficiente para convertir a alguien en una amenaza. Había visto miedo en los ojos de las personas antes de que siquiera tuvieran la oportunidad de conocerme.

—¿Y si es peligroso? —pregunté.

Lira levantó la mirada.

—Entonces aprendemos.

—¿Y si no se puede aprender?

Lira se encogió de hombros.

—Entonces corremos.

La miré durante unos segundos antes de soltar una carcajada.

—Esa es una filosofía bastante práctica.

—Yo corro rápido.

—Eso ya lo veremos.

Lira se levantó y me lanzó uno de los recipientes de madera. Lo atrapé por reflejo.

—Ven —dijo—. Hay trabajo.

—¿Trabajo?

—Sí. No puedes pasar todo el día mirando tus manos.

Miré mis manos una última vez antes de seguirla.

Quizá tenía razón.

Quizá, mientras intentaba recuperar algo que no sabía si volvería a poseer, estaba olvidando que aquel mundo seguía existiendo a mi alrededor.

Durante el resto de la tarde ayudé a transportar agua desde el río hasta la comunidad. Era una tarea sencilla, aunque el peso de los recipientes terminó cansándome más de lo que esperaba. Lira se burló de mí cuando tuve que detenerme para descansar, y yo le recordé que en mi mundo había enfrentado amenazas mucho más peligrosas que un recipiente lleno de agua.

—¿Monstruos? —preguntó.

—Sí.

—¿Grandes?

—Algunos.

—¿Más grandes que Thar?

No conocía a Thar, pero supuse que se refería a alguna criatura o persona de la comunidad.

—Mucho más grandes.

Lira abrió los ojos con interés.

—¿Y ganaste?

La miré.

Pensé en todas las veces que había ganado y en todas las ocasiones en que había perdido algo incluso después de vencer. Pensé en las batallas que me habían dejado heridas que nadie podía ver y en las decisiones que todavía me perseguían.

—A veces —respondí.

Lira pareció notar el cambio en mi voz y no volvió a preguntar.

Cuando terminamos, el sol ya comenzaba a descender. Las sombras de las montañas se extendían sobre el valle y el aire se volvía más frío. Me quedé junto al río, observando cómo el agua arrastraba pequeñas hojas y ramas. Lira se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas.

Durante un largo rato no dijimos nada.

No necesitábamos hacerlo.

El silencio entre nosotras ya no se sentía incómodo.

Entonces escuché un sonido procedente del bosque.

No era el mismo que había oído días atrás. Esta vez se parecía a un crujido prolongado, como si una rama enorme se hubiera partido en algún lugar entre los árboles. Lira levantó la cabeza inmediatamente. Su expresión cambió y se puso de pie.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Ella no respondió. Miraba fijamente hacia la línea oscura del Bosque de Vael.

—Lira.

Me hizo un gesto para que guardara silencio.

Esperamos.

Al principio no ocurrió nada. El viento continuó moviendo las ramas y el río siguió su recorrido. Pero después vi algo entre los árboles. Una luz tenue, azulada, apareció durante un instante y desapareció detrás de los troncos.

No parecía una antorcha.

No parecía fuego.

Lira retrocedió un paso.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué era eso?

—Ahora.

Su tono no dejaba espacio para discutir. Tomé el recipiente que había dejado en el suelo y la seguí por el sendero. Mientras caminábamos, miré varias veces hacia el bosque. La luz no volvió a aparecer, pero la sensación de estar siendo observada creció con cada paso.

Cuando llegamos a las primeras casas, Lira se detuvo y miró detrás de nosotras. Su respiración era más rápida de lo normal.

—¿Qué viste? —pregunté.

—No sé.

—Pero sabes que no era normal.

Lira apretó la mandíbula.

—En Vael... no mirar cuando las luces aparecen.

—¿Por qué?

—Porque a veces las luces miran de vuelta.

No tuve tiempo de preguntarle qué significaba aquello. Desde el centro del pueblo, alguien gritó su nombre. Lira giró la cabeza y respondió. Varias personas se habían reunido alrededor de la anciana que había observado mis manos días atrás. La mujer sostenía algo entre los dedos: una pequeña pieza de piedra negra con una marca roja en el centro.

Cuando me acerqué, la anciana levantó la mirada.

La piedra comenzó a emitir un resplandor débil.

Todos se quedaron inmóviles.

La anciana dijo algo en voz baja. Lira se acercó a ella y escuchó con atención. Después me miró, y pude ver que no sabía cómo explicarme lo que acababa de oír.

—¿Qué dijo? —pregunté.

Lira observó la piedra.

—Dice que la Corriente ha sentido tu llegada.

Un murmullo recorrió la comunidad.

—¿Y qué significa eso?

Lira no respondió.

La anciana cerró la mano alrededor de la piedra y el resplandor desapareció. Luego señaló hacia las montañas, hacia un lugar que no podía distinguir desde el pueblo.

—Dice que algo antiguo... se ha movido.

Sentí un escalofrío.

—¿Algo qué?

Lira tragó saliva.

—Algo que llevaba mucho tiempo dormido.

Miré hacia el horizonte. El cielo estaba oscureciéndose y las primeras estrellas comenzaban a aparecer sobre Elyndra. No sabía qué había despertado, ni por qué la anciana parecía relacionarlo conmigo. Tampoco sabía si aquella reacción de la piedra era una advertencia o una simple coincidencia.

Pero una certeza comenzó a instalarse en mi interior.

Mi llegada a aquel mundo no había pasado desapercibida.

Y, en algún lugar más allá del valle, algo parecía haber comenzado a prestar atención.

Thoughts

  • libretanegra

    Anoté la línea de que a veces las luces miran de vuelta, en un semáforo, y me la llevé hasta la esquina.

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  • dlozano92

    Parce, lo que se me quedó pegado fue Wanda pegándole a la piedra con la mano abierta. Uno se emberraca así cuando lo que falla no es la herramienta sino uno mismo.

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  • cuento77

    Ya se lo pasé a las tres del grupo y todas quedaron con lo de las luces que miran de vuelta, mare, eso me puso los pelos de punta leyendo a las dos de la mañana.

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  • cuentistadebar

    Me reí con la planta que come personas, y mejor todavía que ella se lo saque otra vez más adelante. Ese chiste ya se quedó en la casa.

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  • Ovid

    Que en Vael no se mire cuando aparecen las luces, porque a veces las luces miran de vuelta, me hizo pensar en las historias que me contaban de pequeño para que no saliera de noche. Apuesto a que eso que se movió en las montañas ya sabía de Wanda antes de que ella pusiera un pie en el valle.

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  • RubenOrtega

    Cargar agua cansa mucho más de lo que parece. La primera vez que uno lleva peso a mano se le acaba antes la mano que la fuerza, y a Wanda le pasa igual junto al río.

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