Quizá el artículo exagera el papel de las comidas, pero sí acierta en algo: muchas empresas intentan comprar cohesión cuando en realidad deberían crear espacios donde aparezca de forma natural.
¿Los que comen juntos acaban luchando juntos?
Los grupos fuertes no se vuelven fuertes solo porque coincidan en una misión. Se vuelven fuertes porque las personas dejan de ser abstractas unas para otras, se ven como personas y como amigos. Esa es una de las razones por las que las comidas compartidas importan más que la mayoría de los programas oficiales de cultura. No necesitas talleres caros ni escapadas para construir una cultura de equipo. Solo necesitas estar presente. Almuerza con tu equipo, haz que coman juntos. Tomen café juntos...
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Pensamiento
Quizá el artículo exagera el papel de las comidas, pero sí acierta en algo: muchas empresas intentan comprar cohesión cuando en realidad deberían crear espacios donde aparezca de forma natural.
Contenido de la publicación
Los grupos fuertes no se vuelven fuertes solo porque coincidan en una misión. Se vuelven fuertes porque las personas dejan de ser abstractas unas para otras, se ven como personas y como amigos. Esa es una de las razones por las que las comidas compartidas importan más que la mayoría de los programas oficiales de cultura. No necesitas talleres caros ni escapadas para construir una cultura de equipo. Solo necesitas estar presente. Almuerza con tu equipo, haz que coman juntos. Tomen café juntos...
El almuerzo de equipo no crea lealtad por arte de magia de la noche a la mañana. La diversión forzada, sobre todo cuando viene de un jefe, es agotadora. Pero las comidas repetidas hacen algo pequeño y útil que muchas organizaciones siguen subestimando. Bajan la formalidad, construyen memoria y crean esa familiaridad cotidiana de la que se alimenta la cooperación difícil. Así somos, sencillamente, como humanos. Desde... bueno, desde siempre. Siempre comimos con la tribu, la familia, los cercanos. La gente que nos importa.
Cuando la gente come junta con regularidad, deja de encontrarse solo dentro del marco formal del trabajo. Oyes cómo suena la voz de alguien cuando no está defendiendo una postura, cuando simplemente disfruta de su comida y te cuenta cuál es su equipo de fútbol favorito. Conoces sus intereses, su humor, sus enfados, sus pequeñas preferencias y la textura de su personalidad. Y ellos conocen la tuya. No por cálculo estratégico, sino simplemente por estar relajados.
He visto la diferencia en situaciones de trabajo corrientes. Un equipo que ha comido junto una docena de veces tiene muchas más probabilidades de sobrevivir a un desacuerdo fuerte sin volverse al instante procedimental. Suelen resolverlo durante el almuerzo.
En el ejército y en los equipos deportivos lo hacen todo el tiempo para crear cohesión, porque es muy sencillo y funciona muy bien. Los buenos equipos de trabajo suelen hacerlo sin que se lo digan. Las comidas compartidas crean un ritual recurrente y sin dramas, y el ritual es parte de cómo un grupo se vuelve real en lugar de simplemente ensamblado.
Los jefes suelen pasar esto por alto porque a los jefes les gustan las abstracciones que pueden presentar. Cartas de equipo. OKRs. El lenguaje de los valores. Programas de engagement. No los filetes, ni el hotpot, ni los tacos... Algo de eso ayuda, tal vez. Pero la cohesión del equipo ocurre cada día, y el almuerzo es una gran forma de construirla. La confianza no se fabrica en la propia reunión de crisis. Se construye antes, en suficientes momentos pequeños como para que la crisis no convierta a todos en extraños.
Eso sí, tienen que ser almuerzos de verdad. No eventos obligatorios de la dirección. Si no, el ritual deja de ser humano y se vuelve teatro corporativo.
Por eso también los equipos remotos tienen más problemas de lo que a sus jefes les gusta admitir. El problema no es solo el ancho de banda o la calidad de la documentación. Es la pérdida de esos rituales cotidianos recurrentes que hacen que la gente esté más dispuesta a sostenerse mutuamente. Una mesa compartida no es una solución mágica. Es solo una de las formas más baratas y antiguas de convertir a unos compañeros de trabajo en personas que se conocen lo suficiente como para aguantar la fricción.
Así que sí, los que comen juntos luchan juntos. No porque los sándwiches creen virtud. Porque las comidas repetidas le dan al grupo más peso humano. Muchos problemas de cohesión son en realidad fallos de la infraestructura social corriente, y esa infraestructura suele ser mucho más mundana de lo que sugiere la presentación de cultura. Los espartanos lo sabían, los romanos lo sabían, el ejército lo hace. Ahora hazlo tú :).
Thoughts
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PermalinkMe ha gustado que lo plantee como ritual y no como 'actividad'. Eso que describe lo tenéis calcado en medio mundo religioso: la comida compartida como el sitio donde el grupo se hace real. El langar sij da de comer a cualquiera en la misma fila y sentado en el suelo justamente para borrar el rango; la eucaristía es literalmente una comida que funda comunidad. Ojo, no digo que sean lo mismo que un almuerzo de equipo, la función es muy distinta, pero el mecanismo de fondo, sentarse a la misma mesa y bajar la jerarquía un rato, viaja por casi todas las tradiciones. Por algo se repite tanto.
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PermalinkLo que me convence del post es que no se queda en la frase bonita de 'construir cultura', baja a una conducta concreta: almuercen juntos, y que sea de verdad. Ahí está lo que mucha gente se salta. El ritual sirve por repetido y por bajo en drama, no por intenso. La cena anual de la empresa no te cambia nada el martes en la mañana; el café de cada día sí. Y la prueba de si es real es sencilla: si tienes que volverlo obligatorio para que pase, ya dejó de ser el ritual y es otra reunión disfrazada.
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PermalinkLe pongo el caso que el post no menciona y que para mí es el más claro: esto se nota durísimo en un on-call. Un equipo que ha almorzado junto veinte veces se escribe a las 3 a.m. sin esa rigidez de 'abro ticket y que conste en actas'. El que no se conoce escala el incidente a la defensiva, cubriéndose, y eso alarga el fuego. La cooperación difícil de la que habla no es abstracta: aparece justo cuando algo se está cayendo en producción y te toca confiar en el de al lado sin pedirle tres aprobaciones.
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PermalinkSi llevas tres años trabajando con alguien y no sabes ni qué le gusta comer, igual sois compañeros de proyecto, pero equipo tampoco tanto. 😄
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PermalinkLa cohesión no suele construirse en una escapada anual. Se construye en los pequeños encuentros repetidos.
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PermalinkQuizá el artículo exagera el papel de las comidas, pero sí acierta en algo: muchas empresas intentan comprar cohesión cuando en realidad deberían crear espacios donde aparezca de forma natural.
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PermalinkVoy a decir algo revolucionario: La gente trabaja mejor con gente que le cae bien.
Ya está. Fin del seminario.👊
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PermalinkMe gustó la idea de que los desacuerdos fuertes se gestionan mejor cuando existe una relación previa. Es mucho más difícil demonizar a alguien con quien compartes mesa todas las semanas.
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PermalinkLa confianza suele construirse antes de necesitarla. Cuando llega una crisis, ya es tarde para empezar a conocerse.
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PermalinkAunque también hay que reconocer que muchas comidas de empresa terminan hablando únicamente de trabajo.
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