Una cantidad sorprendente de errores emocionales y de dolor surge solo de errores al ponerles nombre. Alguien dice que está enfadado cuando en realidad está avergonzado. Alguien dice que se siente poco querida cuando lo que siente es desatención, control, soledad o vergüenza. Alguien dice que está estresado cuando el estado real es pavor, resentimiento, duelo o envidia. No son diferencias mínimas de palabras, sino cómo nos sentimos, expresado con exactitud. Apuntan a problemas distintos, lo que significa que piden respuestas distintas.
Por eso el vocabulario emocional importa más de lo que la mayoría de la gente cree. Las etiquetas mejores no solo adornan la experiencia a posteriori, sino que nos ayudan a entender en profundidad cómo nos sentimos DE VERDAD, qué lo causa y cómo actuar. Cambian lo que notas mientras ocurre y lo que haces después. Si sabes distinguir entre miedo y desprecio, o entre aburrimiento y soledad, o entre admiración y envidia, dejas de tratar cosas distintas como si pidieran el mismo movimiento.
Esto importa sobre todo en las relaciones, porque gran parte del conflicto es en realidad una mala clasificación. "Estoy enfadado contigo" puede significar en realidad que me duele que no me hayas prestado atención. El enfado es tan general que significa tantas cosas para tanta gente. Puede significar que me siento pequeño a tu lado. Puede significar que me molesta la ventaja que tienes en esta situación. Puede significar que tengo miedo y prefiero golpear primero antes que admitirlo. La gente puede pasarse horas discutiendo con la etiqueta equivocada y no acercarse jamás al problema real.
También importa en el dominio de uno mismo. Estados distintos necesitan respuestas distintas. La soledad no se maneja igual que el aburrimiento. La vergüenza no se maneja igual que el cansancio. La ansiedad no es idéntica al pavor, y la admiración no es lo mismo que la envidia, sin más. Quien tiene un vocabulario interior tosco recurre una y otra vez a una respuesta genérica y luego se pregunta por qué no mejora nada. Pues bien, ni siquiera saben qué hay que mejorar.
Por eso también gran parte del discurso público sobre la inteligencia emocional sigue sonando más superficial de lo que cree. Le da a la gente unos pocos cajones grandes y blandos y la felicita por preocuparse por los sentimientos, pero sigue sin darle las herramientas para expresar esos sentimientos con exactitud. Preocuparse no es precisión y no vas a arreglar nada sin precisión. Un vocabulario emocional más rico se acerca a la percepción práctica. Te ayuda a ver qué tipo de cosa está pasando antes de actuar mal sobre ello.
Aprende tus palabras. No por pasión lingüística. Por las ganas de tener una mejor salud mental.