Me siento triste y vacío,
como si envolviera con mis manos
la última brasa de una emoción moribunda,
esa luz agonizante que se apaga sin despedirse.
Como pétalos oscuros enredados
en las fibras quebradizas de mi cuerpo,
tal vez un sueño anhelado
se disuelve en el matiz gris de la melancolía.
Es un sueño de olvido.
La luz no existe:
la esperanza se escapa entre la niebla,
dejando solo los recuerdos rotos
del tiempo que fui.
Me pierdo en un deseo lúgubre de muerte,
mientras la desesperanza, cruda y siniestra,
me atraviesa con su filo.
Mis ojos lloran la tristeza
en su abandono más hondo;
me estremezco frente a mis propios espejos,
allí donde mis heridas respiran,
donde las cicatrices nacen del llanto
y tienen el sabor amargo
que alimenta mis delirios y mi locura.
El desamor se vuelve un éxtasis oscuro,
un señuelo oculto detrás de mi realidad hendida.
Desde lejos me observo frágil,
sin sonrisa,
mientras la luz se difumina
y cada pesadilla reclama su forma.
Es el humo detrás del pensamiento,
la negación temblorosa
de esta soledad que me devora.
Y en mis manos, en mis ojos,
la sangre tiembla
como un ritual incierto
que nunca termina
"Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría, para estrangularla, di el salto sordo de la fiera."
— Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno