¿Cómo continuar después de aquella ruptura? De parte mía, no quería hablarle, ni pensarle, ni saber de ella por un tiempo. No porque la odiaba dado a que ya expliqué lo difícil que es odiar a un ser querido, sino porque quería obligar a mi alma a dejar de sentir ese afecto fuerte hacia ella.
Tan pronto como aceptamos tener ese algo del cual les comenté anteriormente, fui consciente de lo que se vendría, pero no contaba con su aproximación repentina.
¿Qué hacer si se retracta?
La respuesta era obvia. Optaría por alejarme del todo por un determinado tiempo hasta sanar las heridas provocadas por lo “imposible” que resultaba poseer su vida de manera íntegra. Después de ese tiempo prudente, le hablaría y tal vez podríamos ver la forma de retomar una amistad que se proponía a instaurarse para siempre.
Pero como siempre, ella buscó la manera más sutil para hacerme cambiar de opinión en el último momento. Mientras daba vueltas pensando como un loco la manera de alejarme, ella más me acercaba a su ser. Y de pronto algo hizo que me retracte en lo que haría: estaba a unos escasos días de salir de mi trabajo.
Mi mente no tenía tiempo para pensar en otra situación que no sea ella. Quería morirme en sus besos, inmortalizarme en su carne y finalmente poseer su alma.
Convencerla para esa primera cita fue muy difícil porque en su casa vivían personas de alto riesgo para adquirir el Covid y con las probabilidades en nuestra contra, decidimos vernos.
- ¿Qué tanto podemos ser y hacer por alguien más?
Esto me tenía muy confundido y no me dejaba dormir con tranquilidad en el asiento 52 del bus en el cual reposaba. En realidad la tranquilidad estaba sepultada junto con mi pasado. ¿Qué me llevó hacer todo lo que estaba dispuesto a hacer? ¿Qué tanto estaba dispuesto a perder por sentirla cerca de mí?
Dicen que el amor te lleva a cometer muchos actos de los cuales casi siempre se realizan dejándose llevar por esa magia que mueve al mundo entero. Pero seguramente lo que yo sentía era algo más que eso, porque sabía las posibles consecuencias de mi viaje. Era un viaje sin retorno, y no me refiero a lo vago que puede ser lo terrenal al dar mención de ello, sino a la condenación a la cual iba a someter a mi alma al ver a Hana a los ojos.
Fue inevitable no pensar en mi madre mientras veía mi rostro en las lunas polarizadas del bus. Ella estaba esperándome en casa y yo tenía miedo, porque en aquel viaje podría contagiarme de ese virus letal, ocasionando su muerte ocasional. Por ello, para viajar usé protector facial y dos mascarillas quirúrgicas.
- Pasajeros con rumbo a Trujillo, pasar por la puerta de embarque número uno – dijo la señorita encargada de anunciar los horarios de salida de los buses.
Mi corazón empezó a palpitar tanto que me dolía el pecho, me ahogaba con cada paso que daba, el sudor huía de mi frente como quien se prepara para la inminente muerte.
- Detente, estás a tiempo de dar marcha atrás - me replicaba una y otra vez.
Ya había tomado la decisión de aplicarme el veneno y lo hice con conciencia, porque sabía que la única cura de aquello que arrancaba mi alma estaba a 550 kilómetros de mi ubicación, enterrada en sus ojos.
Mientras caminaba a la puerta, un recuerdo vino a mí, de aquel febrero de 2019 cuando estaba a punto de abordar el mismo bus que me llevó a una nueva vida.
Era 2018 y mi vida se desboronaba a pedazos. Mi padre estaba convaleciente por una herida de origen desconocido que se proponía desmembrar su cuerpo producto de la diabetes, enfermedad con la cual había iniciado una batalla hace 26 años y que estaba punto de perder.
Una infección generalizada lo hizo desvanecer un lunes por la mañana. Llovía... Las gotas de agua caían y al chocar en el suelo frío clamaban por su destino. Eran levantadas hasta lo más alto que se podían imaginar, para después caer. Así me sentía cuando vi caer a papá.
En un acto de desesperación, mi hermano lo levantó y rápidamente se lo llevó a Piura. Hubo un silencio absurdo, porque todos sabíamos lo que estaba pasando y lo que iba a suceder después, pero actuábamos sorprendidos, confinados en cuatro paredes, en una sala vacía, en donde faltaba papá.
En el día siguiente, papá llegó a casa. Su aspecto era casi espectral: decaído, triste, con la mirada perdida. Parecía que no lo había visto en años y no porque lo había extrañado necesariamente, sino porque parecía que habían pasado 10 años en un solo día. Entró y se sentó en una sillita. Entonces lloró como un niño.
Yo no entendía. ¿Es acaso que mi destino era sufrir? ¿Era justo que esté pagando por los errores de mis padres, tal cual lo menciona la biblia? ¿A caso no había justicia para una persona inocente de todo como yo? Escapé de ese momento y me fui a mi cuarto, abrí el ropero, tiré toda mi ropa al suelo y me metí en él. Encogí mis pies y brazos y lloré. Nadie me consoló.
Pasaron los días y nadie quería hablar sobre el tema, hasta que mi madre me llamó y muy triste me dijo: mira lo que le han hecho a tu padre…
Qué valentía la de mi madre. En efecto, es probable que no hubiese sido un buen médico, dado a que cuando vi la planta del pie de mi padre, casi pierdo el conocimiento porque alcancé a ver sus huesos y carne expuesta. Y, ¿por qué mi madre era valiente? Porque ella curaba a diario la herida de papá, y tomaba fuerza para hacerlo, pero en las noches, en soledad, lloraba la desgracia que, con su manto negro, estaba tapándonos.