No logro cerrar los ojos a pesar de los medicamentos. Me excedo en las dosis y aún no se adormecen ni mis recuerdos, esa ráfaga implacable de caricias mustias y silencio enconado que se empeña en devorarme las entrañas a mordidas sordas mientras la ciudad allá afuera continúa su marcha indiferente, ajena por completo al desastre atroz que consume mi pulso.
Miré el frasco de pastillas sobre la mesita de noche, las ampollas, blísteres, vacíos arrugados como papeles de desecho, y siento que la farmacología se burla de mi urgencia, que la química es inútil frente al peso desmesurado de tu ausencia. ¿Dónde estás ahora mismo, Margarita? ¿En qué rincón del mundo, bajo qué sábanas o qué techos distantes resuena tu respiración, mientras yo me deshago en este jergón de culpa y vigilia perpetua?
Quiero que me digas que me quieres, que pronuncies mi nombre con esa cadencia antigua, con esa autoridad tierna que tenía el poder de ordenar el caos de mi mente y devolverme la paz. Ven. Acércate a este lecho de insomnio. Eres tú, solo tú, quien tiene la llave, porque fuiste tú quien me robó la paz con tu partida, llevándote la facultad de soñar como un botín de guerra. Quiero que seas tú quien tenga que cruzar el umbral, tocar mi frente febril y devolverme de golpe la facultad del sueño, esa gracia perdida que tú misma me arrebataste el día en que decidiste marcharte, llevándote la maniobra exacta con la que se cerraban los ojos. Me quitaste el descanso, Margarita, te lo apropiaste y ahora me asfixio en esta duermevela de fantasmas.
Despierta, Margarita. Despierta de una maldita vez y ven a rescatarme.