Lo del chiste muy negro al que todavía le falta el remate me lo guardo. Y Omena esperando la carcajada final, también.
Latidos De Porcelana: Capitulo 2 - Cicatrices
La luz de la mañana se cuela por la ventana empañada de la cocina, haciendo lo que puede contra el frío. No es mucho. Me hundo las manos bajo las axilas en busca de un calor que mi propio cuerpo me…
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Pensamiento
Lo del chiste muy negro al que todavía le falta el remate me lo guardo. Y Omena esperando la carcajada final, también.
Contenido de la publicación
La luz de la mañana se cuela por la ventana empañada de la cocina, haciendo lo que puede contra el frío. No es mucho. Me hundo las manos bajo las axilas en busca de un calor que mi propio cuerpo me niega, mientras la cafetera empieza a toser sobre la llama.
El chasquido de siempre.
—Ya te oí —murmuro.
El apartamento no tiene nada de especial. Una guitarra tirada sobre un sillón que cojea, pintura que se despega de a poco en los muros, mi chaqueta colgando de una silla.
El café baja amargo, como debe ser, y justo ahí el teléfono vibra contra la mesa.
Leo el mensaje dos veces, porque necesito el tiempo para que la cara no se me tuerza más de lo normal.
Ingrid.
«Oye, necesito dinero... Brad se robó mis cosas otra vez... Dame algo para llegar a fin de mes. Supe que te dieron el dinero de una beca en esa escuela tuya; me llegó una carta de aviso a mi casa».
Qué elegancia para empezar el día. Rozar el cristal apagado solo sirve para tropezarme con mi reflejo y esa ridícula mueca de siempre. Excelente. Ahora hasta el teléfono se toma la molestia de recordarme el papel de payaso que hago.
Escribo antes de pensarlo demasiado.
«Qué pena. También a mí me robaron; mi moto, para ser exactos. Tu Brad. Reconocí su estuche de herramientas que dejó en el suelo donde debería estar mi motocicleta: tiene su nombre bordado en hilo. Un genio total...»
Envío. Dejo el teléfono boca abajo sobre la madera.
Vieja estúpida.
Me tomo lo que queda del café de un solo trago, ya frío, ya amargo.
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Busco los audífonos y me desconecto. Los primeros acordes de Wait, de M83, se me meten en los oídos y dejo que la inercia del día haga el resto. Es más fácil así.
Menos recuerdos.
El aire helado de Helsinki me recibe como todas las mañanas: directo a la cara. En la acera está el mismo cuadro de siempre. «Chaleco», el perro callejero hecho de retazos de media docena de razas, arrastra las patas hacia mí.
Me arrodillé y le rasque la base de la oreja. Entornó los ojos, satisfecho con lo poco que le doy.
—Hola, Chaleco —le digo, sacando una galleta del bolsillo —. Ya sabes cómo es. Si te meto dentro, el señor Sisu nos duerme a los dos en la calle.
Enciendo un cigarrillo y retomo la marcha hacia la Ressun Lukio, la preparatoria de Helsinki. Misma cantidad de pasos, mismo escenario, todas las mañanas. Ya ni siquiera necesito mirar por dónde voy.
El cigarrillo se termina justo cuando cruzo el umbral de la escuela. El conserje me dedica el mismo asentimiento de los últimos dos años.
Entro al salón vacío, voy directo a la última fila y me pego a la ventana.
No hay nadie aún en toda la Ressu.
Afuera el cielo tiene ese azul oscuro de las mañanas.
Y ahí está otra vez, la misma pregunta que me visita cada martes y cada jueves, siempre a esta hora, cada vez que veo las aves posadas en los tejados: ¿para qué seguir con esta simulación? Levantarme, preparar el café, alimentar al perro, devolverle el gesto al conserje. Una cadena de gestos monótonos sosteniendo una existencia a la que se le apagó la luz hace diez años, en un escalón congelado frente a la casa de Ingrid.
«La vida es así», me dijo alguien cuando yo era un crío. A veces pienso que ese cliché no es más que la introducción a un chiste muy negro. Una puesta en escena perfecta a la que todavía le falta el remate.
Suelto el aire contra el vidrio y el vaho me borra el vuelo de las aves que se pierde en el horizonte. Me quedo mirando la mancha de humedad hasta que se disuelve en gotas que bajan como lágrimas.
Y vuelvo a sonreír. Sigo esperando que alguien me enseñe la carcajada final.
La maestra Aino llega finalmente.
—Hola, Omena, ¿Cómo estás? Otra vez temprano.
—Hola, Aino...
Recuerdo el terror exacto del segundo en que nuestras miradas se cruzaron cuando se entero que trabajaba desde los catorce en el restaurante del señor Sisu.
Él me arrienda el apartamento. Me da trabajo. Desde que me fui de la casa de Ingrid a esa edad, Sisu me enseñó todo lo que hay que saber para sobrevivir solo: estudiar, trabajar, pagar impuestos. Si no fuera por él probablemente seguiría deambulando por las calles de Helsinki. Le debo más de lo que puedo pagarle nunca. Y en ese segundo, con Aino parada ahí, lo único que pensé fue en todos los problemas que él podía enfrentar: darle trabajo a un menor de edad, saber que ese menor vive solo. A él no le darían ni el beneficio de la duda.
Pero ese día hablé con mi jefe. Le dije que esa mujer era mi maestra. Sisu se acercó y habló con ella como si fueran amigos. No sé qué mierda le dijo, pero la cara de Aino cambió ahí mismo, frente a mí.
Desde entonces dejó de ser "Aino La Guillotina" exclusivamente conmigo.
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Poco a poco el salón se llena. Vienen más y más, las clases están por empezar.
Mi paz dura poco.
Reconozco el sonido antes de verla: esa voz suplicándole a Aino que la deje entrar. Alcanzo a ver un pie cruzando la puerta justo antes de que la traben.
Nido de pájaros por cabello, ojos color rana. Aun recuerdo que un día se estampó contra el suelo justo frente a mí, y yo me quedé mirándola, esperando a ver si era capaz de levantarse sola. Creo que desde entonces me odia y me llama "Víctor Van Dort", el tipo de El cadáver de la novia. No me molesta.
Veo mi reflejo en la ventana.
Tiene razón, hay parecido.
«¿Camina hacia mí? Qué cagada. Se va a sentar a mi lado.»
Deja caer la mochila sobre la mesa y después todo su cuerpo flacucho como un saco de huesos detrás. Bueno, no la culpo. No hay más asientos. Se pone a escribirle a su amiga del otro lado del salón, la rubia con cara de parto.
No es que me importe qué hace, es solo que a través de los audífonos alcanzo a oír el tic-tic-tic de su teclado.
Y siento sus ojos color mosca de carne perforarme la piel. Y un "ñe ñe ñe" ruidoso. Me saco los audífonos y ahí está, sonriendo.
—¿Qué escuchas? — Me ladra con duda.
No tengo ningún interés en charlar ahora, y no deseo ser descortés, algo que Sidu también me enseñó.
—¿A ti qué te importa? —le digo amablemente.
Lo que pasa después me aviva el humor. Mucho, la verdad. Se pone roja, demasiado roja del cuello hasta la frente, arruga la nariz y las pecas se le vuelven negras, parece una frutilla. Se voltea hacia el pizarrón en cámara lenta y Escribe tic-tic-tic otra vez en el teléfono, está furiosa.
Lástima.
Esta chica no conoce el volumen medio. Eleva la voz sin darse cuenta, como si fuera un rasgo genético. Extranjera, de Rusia; me da la impresión de que allá todos hablan como si arrastraran un dolor de estómago insoportable. Me sorprendí a mí mismo sonriendo al notar la vena que se le marcaba en la sien, y me tomé un descanso.
Hasta que algo me devolvió a la realidad. Mi pequeño foco de diversión termina decapitado.
No sé cómo explicarlo. Algo se enciende adentro. El cuerpo se me llena de agujas, la piel se vuelve sensible, como si todavía llevara las heridas de Brad bajo la ropa.
Siento que algo me observa y no es como Verónica lo hace.
Abajo en la calle. Ahí está: una limusina negra. Demasiado lujosa para esta zona, vidrios polarizados, completamente inmóvil. Solo está ahí, parado y algo en ella me incomoda.
Es como si Brad estuviera adentro, mirándome a través del vidrio negro, con sus ojos inyectados en sangre y su aliento a ginebra. No puedo respirar. Definitivamente perdí la cabeza; estoy viendo a ese maldito ebrio en todos lados. No puedo soportar un instante más ahí. La náusea me revuelve el estómago y me levanto sin avisar hacia el baño. Las manos me tiemblan al abrir el grifo.
Agua fría a la cara, otra vez, y otra. El espejo me devuelve la misma mueca que le vi a mi prima Minerva una vez, los dos de espaldas contra la misma puerta, empujando con todo el cuerpo para que el ebrio no la violara otra vez.
Creí que había dejado esto atrás. Que irme de la casa de Ingrid era una oportunidad de olvidar.
Me llevo la mano al cuello de la camisa y tiro.
Las cicatrices no eran solo del cuerpo.
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Salgo de la Ressu con el cuerpo todavía tenso, como si la limusina siguiera estacionada en algún lugar de mi cabeza. Busque refugio en la gran biblioteca de Helsinki, la Oodi.
Estuve allí en compañía de extraños, anestesiando brevemente lo que estaba por venir.
La locura me persiguió ahí mismo y por toda la avenida, mi cuerpo comenzó a huir , vi sombras dónde no debería haberlas, algo inhaló detrás de mi nuca respirando mi pánico, lo sentí, te juro que lo sentí y lo escuché.
Hasta que me halle repentinamente en el suelo, un taxi me dio de lleno al cruzar la calle, iba sin rumbo , no siquiera estaba en la ruta común hacia Kallio que es donde yo vivo.
Casualmente Verónica Petrova estaba allí, sus ojos verdes me interrogaban mientras recordé que podía seguir respirando. Ahora ella de seguro piensa que estoy demente...
Y en verdad creo que llevo cicatrices en mi cabeza.
Llego a mi apartamento y creo ver sombras.
Enciendo todas las luces.
Entro a Chaleco al apartamento.
Llevo cuarto cigarrillo en una hora. La sensación no desaparece, se impregna en mi como el hedor de la saliva de Ingrid sobre mi piel.
Una bilis agria me quema la garganta y me cierra la respiración. Sé que la amenaza solo existe al otro lado de mis ojos, que mi propia cabeza me está jugando una treta macabra, pero la lógica no logra frenar el sudor frío que me empapa la nuca. Me dejo ir contra el respaldo del sillón, hundiendo la espalda en el tapizado mientras mi mano, torpe y rígida, machaca la colilla contra el cristal del cenicero, restregando el tizne negro en círculos obsesivos hasta que el filtro se deshace entre mis dedos.
Chaleco gruñe. Mira fijo hacia la ventana del fondo, la de la cocina.
Una silueta. Oscura. Brasas donde deberían ir los ojos y cabello blanco.
Silencio y sangre golpeándome la cabeza al mismo tiempo, un ruido abrumador.
Pestañeo.
Ya no está.
Golpean la puerta. Me sobresalto con un chillido patéticamente infantil.
No la abro.
Pero me acerco a la mirilla y no veo a nadie.
Tomo el cuchillo de la cocina. Me encierro en el cuarto con el perro y corro el pestillo.
Cuento los segundos para tranquilizar mi respiración.
Escucho Pasos.
Sobre el tejado. Lentos, deliberados, directo sobre mi cabeza.
Chaleco no gruñe esta vez. Se queda pegado a mis piernas, tan quieto como yo.
Aprieto el cuchillo. Dejo de respirar sin darme cuenta otra vez, esperando el crujido siguiente.
No llega.
¡Está aquí, se que lo esta! El aire de la habitación pesa como respirar atreves de una almohada. Retrocedo hasta chocar contra la puerta y me aplasto contra la madera. Empujo con los talones, cerrándole el paso a la nada. A mis pies, el perro suelta un quejido agudo. No me mira. Tiene los ojos clavados en el techo, siguiendo algo invisible en la oscuridad. Tiembla. No estoy loco. Es real.
Que amanezca de una vez.
Thoughts
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PermalinkLo del chiste muy negro al que todavía le falta el remate me lo guardo. Y Omena esperando la carcajada final, también.
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PermalinkMi apuesta: la limusina y la silueta de pelo blanco son lo mismo, y no tienen nada que ver con Brad. A Omena lo vienen a buscar por la beca, cachai, la misma que Ingrid supo por una carta.
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PermalinkChaleco, que por la mañana solo recibe una galleta en la acera y por la noche por fin entra al apartamento, me hizo pensar en cómo uno rompe sus propias reglas justo cuando tiene miedo. Apuesto a que ese perro ya no vuelve a dormir en la calle, con o sin permiso del señor Sisu. Gracias por seguir subiendo capítulos!
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PermalinkChaleco temblando. Uf.
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PermalinkEl preámbulo a una secuencia de sucesos inevitables
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