¿Vas a publicar la siguiente parte?
Las Marionetas del Capi Oviedo.
En Celaya existe una historia que casi todos conocen.
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Contenido de la publicación
En Celaya existe una historia que casi todos conocen.
O, al menos, una versión de ella.
Habla del profesor José Oviedo, aunque durante años casi nadie lo llamó así.
Para todos era el Capi Oviedo.
Vivía en una antigua casa del centro de la ciudad y durante décadas se dedicó a construir y presentar funciones de títeres. Tenía una pequeña habitación que había convertido en teatro: un escenario de madera, cortinas oscuras, luces sencillas y treinta y tres marionetas que él mismo había fabricado.
Treinta y tres.
Ni una más.
Cada una tenía nombre, vestuario y personalidad propia.
Algunas representaban personajes alegres. Otras eran campesinos, comerciantes, niños, ancianos, mujeres de la ciudad.
Y estaba el Juez.
Nadie recuerda con certeza cuándo apareció.
El Capi nunca hablaba demasiado de él.
Era una marioneta de rostro severo, vestida con una vieja toga oscura. Permanecía casi siempre sentado, con las manos apoyadas sobre las piernas y la cabeza ligeramente inclinada.
No tenía demasiadas escenas.
No pronunciaba discursos.
No participaba en los acontecimientos.
Simplemente estaba allí.
Mirando.
Había algo extraño en aquella figura.
Parecía menos interesada en participar que en contemplar cómo ocurría todo.
Durante años nadie le dio importancia.
Hasta que las funciones comenzaron a cambiar.
Al principio fueron pequeños detalles.
Una mañana, el Capi encontró dos marionetas colocadas sobre el escenario.
Estaba seguro de haberlas guardado la noche anterior.
Otra vez descubrió una silla en medio del escenario que no recordaba haber utilizado.
Después apareció una pequeña maceta de barro junto a una ventana de madera.
La retiró pensando que alguno de sus ayudantes la había colocado allí.
No tenía ayudantes.
La maceta volvió a aparecer.
La tercera vez, el Capi decidió dejarla donde estaba.
Esa noche dibujó el escenario completo en su expediente.
Porque el Capi llevaba un expediente.
No era un diario.
No escribía sus sentimientos ni relataba su vida.
Registraba lo que ocurría.
Anotaba la fecha y la hora, la posición de las marionetas y cualquier detalle que pudiera servir para descubrir si estaba perdiendo la memoria o si, en realidad, estaba sucediendo algo que no podía explicar.
La primera escena verdaderamente extraña apareció una noche de octubre.
Un hombre sentado en una cafetería.
No era una de sus marionetas habituales.
El personaje llevaba sombrero, camisa clara y tenía una mano apoyada sobre una mesa.
Frente a él había una taza.
Nada más.
El Capi dibujó la escena.
Al día siguiente salió a comprar algunas cosas.
Y lo vio.
El mismo hombre.
La misma ropa.
La misma postura.
Sentado frente a una taza en una cafetería cercana.
El Capi permaneció varios minutos mirándolo desde la calle.
No entró.
Aquella noche regresó a su teatro y revisó el dibujo.
La coincidencia podía explicarse.
Había miles de hombres sentados en cafeterías.
Pero entonces apareció la segunda escena.
Una mujer cruzando una calle.
El Capi la dibujó sin saber quién era.
Tres días después la reconoció desde la ventana de su casa.
Era ella.
La misma mujer.
La misma bolsa.
El mismo abrigo.
Incluso caminaba exactamente en la dirección que mostraba el dibujo.
Después apareció un vendedor mirando hacia el cielo.
Luego un niño sentado junto a una maceta.
Después un automóvil detenido frente a una esquina.
El Capi comenzó a anotar cada detalle.
Y entonces ocurrió algo que dejó de parecer una coincidencia.
El automóvil de la escena tuvo un accidente.
El Capi se enteró por la mañana.
La noticia describía exactamente lo que había dibujado dos días antes.
El vehículo, la esquina y la hora aproximada coincidían.
Incluso la posición de otro automóvil que aparecía al fondo.
El Capi permaneció sentado frente a su expediente durante horas.
Aquella noche no cenó.
Tampoco encendió el teatro.
Solo dejó una frase escrita debajo del dibujo:
«No estoy viendo lo que va a suceder».
Después de unos minutos añadió:
«Estoy viendo lo que ya fue escrito».
A partir de entonces comenzó a vigilar el escenario.
Cada mañana encontraba una escena nueva.
Nunca sabía cuándo aparecía.
Podía dejarlo vacío antes de dormir y encontrarlo transformado al amanecer.
Algunas escenas eran insignificantes.
Un hombre comprando pan.
Una mujer esperando un autobús.
Dos niños jugando.
Una anciana regando plantas.
Pero otras terminaban en tragedias.
Una caída.
Un incendio.
Un accidente.
Una muerte.
El Capi comenzó a salir a las calles buscando a los personajes.
Los encontraba.
A veces antes de que ocurriera algo.
A veces después.
Y comenzó a comprobar algo todavía peor.
Las escenas no mostraban únicamente acontecimientos.
Mostraban personas.
Personas que parecían tener una historia.
Una misma mujer apareció primero como una niña jugando frente a una casa.
Años después apareció como adolescente.
Después como madre.
Luego como una anciana sentada frente a la misma ventana.
El Capi comparó los dibujos durante semanas.
Descubrió que era la misma persona.
No sabía cómo lo sabía.
Simplemente lo sabía.
Había pequeños detalles que permanecían: una cicatriz, una postura, la forma de inclinar la cabeza.
Entonces comenzó a buscar a los demás.
Y encontró el mismo patrón.
Un niño se convertía en adulto.
Un hombre envejecía.
Una familia se separaba.
Alguien moría.
Otro personaje ocupaba su lugar.
Las escenas estaban conectadas.
No eran predicciones aisladas.
Eran vidas completas.
Y todas parecían formar parte de una sola historia.
El Capi dejó de dormir bien.
Primero fueron cuatro horas.
Después tres.
Más tarde comenzó a despertarse cada hora.
A veces se levantaba convencido de haber escuchado las cuerdas de las marionetas moverse detrás de la puerta.
Entraba al teatro.
Todo estaba inmóvil.
Otras noches permanecía despierto hasta el amanecer, sentado frente al escenario, con los ojos irritados y una libreta sobre las piernas.
Comenzó a perder peso.
La ropa le quedó grande.
Su rostro se volvió más anguloso.
Le temblaban las manos.
Dejó de recibir amigos.
Canceló funciones.
Dejó de contestar llamadas.
Cuando alguien preguntaba por él, decía que estaba enfermo.
No era exactamente una mentira.
El problema era que no sabía qué enfermedad tenía.
Una noche escribió:
«Si dejo de mirar, ¿la escena continúa?»
Debajo escribió:
«¿O espera a que vuelva?»
No obtuvo respuesta.
Pero a la mañana siguiente había una escena nueva.
En ella, el Juez estaba sentado frente a una ventana.
Y detrás de esa ventana aparecía el propio teatro del Capi.
Fue entonces cuando empezó a estudiar al Juez.
Revisó todos sus dibujos.
Lo encontró en cada uno.
Siempre en un lugar diferente.
Pero siempre atento a la escena.
Nunca intervenía.
Nunca cambiaba la historia.
Parecía saber algo que los demás personajes ignoraban.
El Capi comenzó a marcar su posición con una pequeña cruz.
Después empezó a escribir una palabra junto a cada marca.
«Observa».
Nada más.
Una noche, después de revisar más de cien dibujos, escribió por primera vez:
«El Observador».
Y a partir de entonces utilizó ese nombre para referirse a él.
La investigación se convirtió en una obsesión.
El Capi ordenó las escenas por fechas, después por personajes y finalmente por lugares.
Cubrió las paredes de su habitación con hojas.
Unió dibujos con hilos.
Marcó nombres y acontecimientos.
Descubrió que algunas escenas ocurrían décadas después de otras.
Descubrió personajes que aparecían solamente durante unos segundos de la historia y otros que permanecían durante años.
Descubrió que ciertas personas podían desaparecer de las escenas mucho antes de morir.
Y descubrió algo que lo aterrorizó más que cualquier muerte.
Algunas escenas parecían ocurrir en lugares que todavía no existían.
Calles que aún no estaban construidas.
Casas que todavía no habían sido levantadas.
Personas que todavía no habían nacido.
El Capi comprendió entonces que no estaba documentando el futuro de Celaya.
Estaba mirando una historia completa.
Algo que se extendía mucho más allá de su tiempo.
Decidió hacer algo desesperado.
Esperaría despierto.
Toda la noche.
Quería descubrir quién cambiaba las escenas.
Se sentó frente al pequeño teatro.
Apagó todas las luces de la casa excepto la del escenario.
Puso un reloj sobre la mesa.
Las once.
Medianoche.
Una de la mañana.
Dos.
Tres.
Nada.
Las marionetas permanecían inmóviles.
El Capi comenzó a sentir sueño.
Parpadeó.
Solo una vez.
Cuando abrió los ojos, la escena había cambiado.
No hubo movimiento.
No escuchó cuerdas.
Ninguna marioneta había cambiado de posición frente a él.
Simplemente había ocurrido.
La escena anterior había desaparecido.
La nueva estaba allí.
Y el Juez lo miraba.
El Capi se acercó lentamente.
Por primera vez tuvo la certeza de que aquella figura no estaba observando a los personajes.
Lo estaba observando a él.
A partir de esa noche, el escenario comenzó a mostrar escenas de su propia vida.
Primero apareció su casa.
La reconoció inmediatamente.
La puerta.
La ventana.
El pequeño patio.
Después apareció él mismo.
Una versión diminuta del Capi estaba sentada frente a una mesa, examinando una maqueta del teatro.
El Capi sintió que le faltaba el aire.
Se acercó.
Dentro de aquella maqueta había otro teatro.
Y dentro de ese teatro había otro.
Y otro.
Una sucesión imposible de escenarios que se repetían hacia el fondo.
En cada uno aparecía una pequeña figura del Capi.
Y en cada uno, sentado en algún lugar, estaba el Juez.
Observándolo.
El Capi retrocedió.
Por primera vez desde que comenzaron las escenas, tuvo miedo de mirar hacia atrás.
Durante los días siguientes casi no salió de la casa.
Comía poco.
Dormía todavía menos.
Comenzó a cubrir los espejos.
No quería ver su propio reflejo.
Decía que cada vez se parecía más al títere que había visto en el escenario.
Una tarde encontró una de sus marionetas fuera del teatro.
Estaba sentada en una silla de su habitación.
El Capi permaneció varios segundos mirando la figura.
No recordaba haberla llevado allí.
Pero tampoco lograba recordar, con absoluta certeza, haberla dejado dentro del teatro.
La tomó.
La llevó de vuelta.
Cerró la puerta con llave.
Al día siguiente estaba nuevamente en la silla.
Entonces dejó de intentar entender cómo ocurría.
Solo quería saber por qué.
Y la respuesta apareció en la última escena.
Esta apareció poco antes del amanecer.
El teatro estaba completamente oscuro.
No había personajes.
No había calles.
No había casas.
Solo una habitación.
En el centro había una mesa.
Sentado frente a ella había un títere con el rostro del Capi.
Tenía un libro abierto.
La figura levantó ligeramente la cabeza.
Y miró directamente hacia el espectador.
El Capi permaneció inmóvil durante varios minutos.
Después se acercó.
Leyó la primera línea.
Y cerró los ojos.
Nunca escribió lo que había leído.
Nunca se lo contó a nadie.
Al día siguiente reunió las treinta y tres marionetas.
Las colocó una por una dentro de un viejo baúl.
El Juez fue la última.
Antes de cerrar la tapa, el Capi permaneció mirándolo durante un largo rato.
Después dijo algo que nadie escuchó.
Cerró el baúl.
Lo aseguró con llave.
Y lo enterró.
Nunca volvió a presentar una función.
Nunca volvió a hablar del teatro.
Con los años, quienes lo conocieron dijeron que parecía haber envejecido de golpe.
Se volvió silencioso.
Desconfiado.
Pasaba largas horas sentado frente a una ventana.
Como si esperara ver algo.
O a alguien.
Murió sin explicar lo ocurrido.
Después de su muerte encontraron varios de sus expedientes.
La mayoría desaparecieron.
Algunos fueron destruidos.
Otros terminaron en manos de personas que nunca hablaron de ellos.
Solo sobrevivió una hoja.
En ella había una frase escrita con la letra del Capi:
«He comprendido quién escribe las escenas».
Debajo, con otra tinta, alguien había escrito:
«¿Quién?»
La respuesta ocupaba una sola línea:
«El personaje que observa la obra».
Desde entonces, la historia ha cambiado muchas veces.
Algunos dicen que las treinta y tres marionetas fueron destruidas.
Otros aseguran que todavía existen.
Hay quienes creen que el Juez nunca fue más que una figura inventada para alimentar la leyenda.
Pero existe una versión que el Capi nunca llegó a contar.
Una que apareció únicamente en las últimas páginas de su expediente.
Según esa versión, las marionetas no estaban contando la historia del Capi.
Ni la del Juez.
Ni siquiera la de Celaya.
Estaban construyendo una historia cuyo verdadero protagonista era alguien más.
Alguien que todavía no había llegado.
Alguien que algún día leería todas las escenas.
Alguien que llegaría hasta el final.
Porque, según la leyenda, la obra no termina cuando el Capi entierra las treinta y tres marionetas.
Termina cuando alguien llega hasta la última línea.
Y comprende lo que el Capi descubrió demasiado tarde:
Que nunca estuvo leyendo la historia.
La historia lo estaba leyendo a él.
Que el Juez nunca había estado observando la obra.
Había estado observando al que la observaba.
Era el Observador.
Y que las treinta y tres marionetas nunca fueron los únicos personajes.
El trigésimo cuarto títere nunca estuvo perdido.
Nunca fue enterrado.
Nunca necesitó ser construido.
Porque siempre estuvo sentado frente al escenario.
Esperando a quien llegara hasta el final.
Y si has llegado hasta aquí...
«El último acto ya comenzó».
Thoughts
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PermalinkLo del expediente donde anota cada detalle: fecha, hora, posición. Porque si solo fuera memoria podría estar loco, pero está el dibujo. El automovilista del accidente era coincidencia, hasta que el dibujo precedió al accidente. Eso convierte al Capi en testigo de que alguien escribió antes lo que después sucedería
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PermalinkEso
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PermalinkTreinta y tres marionetas, ni una más, como si fuera un número exacto que no se puede alterar. Pero el Juez nunca fue uno de ellos, fue quien miraba desde el escenario. Y eso es la grieta por donde sale lo real. La precisión del Capi, sus dibujos, su expediente, todo apunta a que esto no es alucinación sino visión
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PermalinkPienso en los pueblos pequeños donde todos ven lo mismo y nadie lo comenta. Celaya tiene muchas historias así, sospecho
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Permalink¿Vas a publicar la siguiente parte?
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PermalinkDesde el primer capítulo del Capi sabía que el Juez sería lo importante. Una marioneta sentada con la cabeza inclinada, mirando. El que observa desde adentro es el que escribe lo que sucede afuera. Yo venía esperando esto y acá está
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PermalinkYo también conozco casos de gente que está donde no podría estar, que sabe cosas sin que se las digamos. Nunca supe si creerlo del todo.
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PermalinkEl Juez sentado mirando! Esa marioneta que no hablaba ni actuaba, solo estaba. Eso es lo que cambia todo
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PermalinkDescuarticemos almas...hay no, digo analisemos almas. Excelente
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