Yo no creo en el Señor por su historia; a mí no me convenció un evangelio predicado, ni mucho menos creí a través de una iglesia: la cosa no va por ahí.
He leído a varios filósofos, teístas y ateos, y les doy la razón a cada uno de ellos en muchas cosas; pero ni siquiera por eso creo, y por lo tanto tampoco dudo.
No me hizo falta aparentar ni ser inteligente para comprender una voz: una voz que me arropó, que comprendió mi dolor, y que, a pesar de que la escuchaba mientras estaba drogado, alucinando, no decía cosas incoherentes. Al contrario: era una voz tan sabia que al dolor que en años no había podido combatir, lo redujo a nada en un susurro.
Entonces aquella voz me levantó; y no solo me levantó, sino que me aconsejó. Mientras más la obedecía, mejor me sentía. No fue hasta el tercer día que dije: «Esta voz… esta voz es el Señor». No era una voz grave, no era audible: era íntima, era esa voz que escuchas cuando piensas, solo que ella actuaba por sí sola; lo que decía jamás lo había pensado.
Oh, esa voz: la que me sacó de Egipto, la que sació mi sed, me dio descanso y alimento, me levantó y me motivó. Mi Señor: Él es mi Señor.
La voz que obedecí, la voz que me regañó, la voz que me ama: la voz de mi Señor.
Esa misma voz me guió y me mostró el evangelio, me hizo creerlo; durante semanas me convencía día a día. Jamás hablé con un pastor, jamás llegué a la iglesia sin saber: llegué ya sabiendo, llegué ya conociendo que la obediencia lo era todo. Tenía esa ventaja que otros nuevos creyentes no tenían: en sesenta días el Señor había hecho un cambio radical en mí. Había domado mi lengua grosera y áspera, me había hecho frágil y débil ante el mundo, pero me había dado su mano para que nada me pasara; me cerró los labios para que ya no fumara, ni tomara, ni inhalara.
Doblé mis rodillas ante Él, y yo no sabía por qué. Me sacó el corazón y lo reemplazó por uno misericordioso, uno semejante al suyo: perdoné a quien me dañó, y pedí perdón a quien dañé.
Y me cambió… y yo no supe quién lo hacía.
No niego en absoluto la historia del Señor, ni rechazo el evangelio; pero simplemente, a mí nada de eso me convenció.
Si algún científico me explica la razón de esa voz, el porqué obedecerla me traía bienestar; si comprueba que se trata de algo lógico y científico… yo dejo de creer en Dios.
Aunque dudo que pueda hacerlo, esa misma voz me ha guiado por sus senderos y me ha fortalecido aún más en ella. No comprendo el poder de Dios, pero sé que habla de mil maneras; esta es la que me tocó. Me ha hecho comprender su Escritura, pues ella suplió su voz cuando esta dejó de hablarme.
— Jorge Guzmán