Leyendo novelas de fantasía he reforzado mi idea de que la vida es efímera, muy pero que muy efímera. Y mi corazón no puede evitar estremecerse ante esa noticia. Ante saber que todos vivimos poco pero trabajamos mucho. Ante saber que todos pasamos más de la mitad de nuestra vida estudiando y trabajando tan solo para poder comer y tener donde vivir, y los superiores se atreven a llamarlo derecho fundamental. Qué osadía llamarlo así cuando nos obligan a gastar nuestro tiempo para tan solo comer. Qué osadía decirlo mientras ellos no se preocupan por llegar a fin de mes o de poder darle unas vacaciones a tus hijos.
La vida es como el humo, en un segundo la habitación esta impregnada de él y al siguiente ya no queda rastro alguno, y me aterra pensar que no he aprovechado el tiempo y que no lo aprovecharé. Me asusta y me irrita a la vez pensar que no podré vivir todas las vidas que imagino en la cabeza, porque no hay tiempo para tal cosa. El tiempo pasa tan rápido que no te deja procesar qué quieres hacer. Funcionas en automático todo el rato, haciendo lo que todo el mundo hace, sobrevivir. Que no se confunda con vivir. Aquí muchos sobrevivimos pero pocos realmente vivimos, y me entristece decir que yo formé, formo y formaré parte del primer grupo, el que sobrevive y que tan solo vive en sus pensamientos. Por eso, lo más valioso que tengo no es mi tiempo sino mi memoria, y siempre que mi memoria quede grabada, seguirá viva, porque no se puede matar lo que aún existe, y me aseguraré de que mi pensamiento se haga hueco en esta cruel realidad para que viva por siempre.