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LA TORTILLA SIN SAL

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Crecí en Guanacos.

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Pensamiento

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NoeliaBastida

Pues a mí con la gente de mi calle de pequeña me pasa al revés, los nombres todos y las caras ninguna. Lo tuyo me parece menos injusto con ella de lo que dices.

Pues a mí con la gente de mi calle de pequeña me pasa al revés, los nombres todos y las caras ninguna. Lo tuyo me parece menos injusto con ella de lo que dices.

Contenido de la publicación

Crecí en Guanacos.

En aquellos años había un solo colegio y era católico. Para muchos de nosotros no era simplemente una escuela: era una de las pocas cosas que mantenían al pueblo en pie.

Por sus aulas pasaron miles de chicos. Algunos se quedaron, otros se fueron apenas pudieron, buscando en las ciudades ese futuro que los pueblos pequeños parecían no poder prometerles. Durante mucho tiempo, mientras los jóvenes partían y las casas comenzaban a quedarse con los viejos, aquel colegio siguió allí, enseñando, formando, resistiendo.

Como toda escuela religiosa, teníamos catequesis.

De aquellos años olvidé muchas cosas. Oraciones enteras, nombres, fechas, pasajes que alguna vez debí aprender de memoria.

Pero hubo una frase que quedó conmigo.

Nos la repetía una monjita llamada Isabel.

—Hay que dar hasta que duela.

Cuando uno es chico escucha ciertas palabras sin comprenderlas del todo. Las guarda en algún rincón de la memoria junto a tantas otras cosas que los adultos dicen y que suponemos que algún día entenderemos.

Madre Isabel trataba de explicárnoslo.

Dar lo que sobra no era realmente dar.

Si uno tenía diez y entregaba aquello que no necesitaba, podía ser generoso, sí, pero el verdadero amor al prójimo comenzaba un poco más allá.

Había que ser capaz de entregar algo que uno quisiera conservar. Algo cuya ausencia pudiera sentirse. Había que dar hasta que doliera.

Yo escuchaba. Pero todavía no entendía. Muchos años después, una tortilla sin sal terminó explicándomelo.

Era 1999. En casa atravesábamos una época difícil y yo ayudaba a mi padre con la compra de algodón. De lunes a viernes cargábamos camiones y llevábamos la mercadería hasta las desmotadoras. Allí descargaban el algodón, lo pesaban y nos pagaban. Era nuestro trabajo.

Ese dinero era para la familia, para las cuentas, para seguir adelante, para tratar de salir del mal momento en que estábamos. Pero los sábados y domingos eran míos.  Esos días buscaba hacer unos pesos por mi cuenta.

Agarraba la camioneta, enganchaba un carrito, cargaba una balanza y salía a recorrer las pequeñas colonias de la zona.

Compraba algodón por kilos. Nunca eran grandes cantidades. Una bolsa aquí.  Dos allá. Treinta kilos en una casa. Cincuenta en otra.  Pero yo había aprendido que las cosas pequeñas, cuando se juntan, pueden convertirse en algo importante.

Recorría caminos de tierra durante todo el día. Llegaba a las casas de los colonos, bajaba la balanza, pesábamos las bolsas, hacíamos las cuentas y les pagaba. Pero aquello era mucho más que comprar algodón.

 

Había mates. Había conversaciones. Había historias. Había hombres que me contaban cómo venía la cosecha, mujeres que preguntaban por mi padre, chicos que se acercaban a mirar la balanza como si fuera una máquina extraordinaria. Yo compraba algodón y, sin saberlo, iba conociendo vidas.

Una tarde llegué a la casa de una mujer que vivía con sus cinco hijos, todos varones.

No recuerdo su nombre.

Eso me molesta cada vez que pienso en ella. Me gustaría recordarlo. Pero no puedo. En cambio recuerdo perfectamente su cara. Hay personas a las que la memoria les pierde el nombre pero les conserva el rostro.

Ella y sus hijos hacían un trabajo enorme.

Los muchachos salían con bolsas de arpillera y juntaban el algodón que crecía en los costados de los caminos y de las rutas, en esas pequeñas franjas que muchas veces quedaban sembradas fuera de los límites principales de los campos.

Caminaban. Juntaban. Llenaban las bolsas. Y esperaban mi llegada. Cuando aparecía la camioneta, los chicos se acercaban enseguida. Yo sabía por qué. No me esperaban a mí. Esperaban lo que llevaba en el bolsillo.

El momento de cambiar aquellas bolsas de algodón por unos pesos. Dinero para comprar comida. Dinero para alguna necesidad de la casa. Dinero para conseguir que el día siguiente doliera un poco menos.

Aquella tarde la mujer salió a recibirme.

—Buen día, Javier.

—Buen día, doñita. Linda cantidad tienen, ¿no?

Bajé la balanza del vehículo y comenzamos a trabajar. Pesábamos una bolsa. Después otra. Yo las revisaba antes de anotarlas. Era parte del oficio.

De vez en cuando aparecía alguna picardía: un cascote escondido entre el algodón, un pedazo de tierra, alguna cosa puesta allí para hacer pesar unos kilos de más. No siempre la necesidad y la honradez caminan por caminos separados. A veces la necesidad empuja.

Mientras revisábamos las bolsas, ella me preguntó:

—¿Quiere un mate, don?

Siempre me trataba de usted. Y muchas veces me decía “don”. Yo era bastante más joven que ella.

Durante mucho tiempo pensé en ese modo de tratarme. Había un respeto allí que me incomodaba un poco. Con los años comprendí que no era solamente educación. Era otra cosa. Era la distancia invisible que a veces crea el dinero.

Ella me veía llegar en una camioneta, con una balanza y plata en los bolsillos. Yo era quien pesaba. Yo era quien hacía las cuentas. Yo era quien decidía cuánto dinero cambiaba de manos. Para mí podía ser un trabajo de fin de semana. Para ellos, aquellos billetes podían significar la comida de los próximos días.

Y esa diferencia, aunque nadie la pronunciara, estaba allí.

—Claro que sí —le dije.

Nunca rechazaba un mate. Me gustaba compartirlo. Era, de alguna manera, mi forma de decir que no solamente había ido hasta allí para hacer una cuenta y marcharme.

—Espere —me dijo.

Entró en la casa. Al rato regresó con el mate y con un pequeño pedazo de tortilla a la parrilla. La tortilla era una comida sencilla y muy nuestra.

Harina. Agua. Grasa. Sal.

Una masa humilde cocida sobre la parrilla. Nada extraordinario. Y, sin embargo, pocas cosas pueden ser tan ricas cuando están recién hechas.

La mujer extendió la mano.

—Tome. Le doy un pedacito para que acompañe el mate.

Lo agarré.

—Uy, qué rico.

Estaba por llevármelo a la boca cuando ella me detuvo.

—Eso sí le digo: no tiene sal.

Sonreí. Y entonces hice uno de esos comentarios rápidos que uno pronuncia sin pensarlos y que después puede pasar una vida lamentando y llamarlos estúpidos, pero que son necesarios para afianzar un recuerdo.

—¿Se olvidó de echarle? Qué cabecita, ¿no?

La mujer bajó un poco la mirada. Todavía puedo verla. Su cuerpo cambió de postura. Fue apenas un instante. Pero algo en ella se hizo más pequeño. Como si de pronto se avergonzara.

—No, no —me dijo—. No me olvidé.

Hubo un silencio.  Después explicó:

—Pasa que estamos con poca mercadería y hay que hacerla alcanzar.

Yo seguía con aquel pedazo de tortilla en la mano.

—A mis changos les encanta el mate cocido con tortilla —continuó—. Entonces la hago sin sal.

La miré sin entender todavía. Y ella terminó de explicarme:

—Porque si le pongo sal, me la comen toda de un tirón. En cambio así, sin sal, la van mojando en el mate cocido y comen de a poquito. Y alcanza para todos.

No recuerdo qué contesté. Tal vez no dije nada.

Hay momentos en los que cualquier palabra llega tarde. Miré el pedazo de tortilla que tenía en la mano. Ya no era el mismo. Hacía unos segundos era solamente comida. Harina, agua y grasa. Ahora era otra cosa.

Era una madre tratando de engañar el hambre de sus hijos.

Era una mujer que había descubierto una manera de hacer durar aquello que no alcanzaba.

No le quitaba la sal porque no tuviera. Quizás tampoco la tenía.

Pero sobre todo se la quitaba para que sus hijos comieran más despacio. Para que la tortilla sobreviviera un poco más. Para que alcanzara para cinco.

Y de esa tortilla, de aquella comida que debía durar, ella había arrancado un pedazo. Y me lo había dado a mí.

Entonces, desde algún rincón muy lejano de mi infancia, regresó la voz de Madre Isabel.

“Hay que dar hasta que duela.”

Por primera vez entendí la frase. Yo había pensado durante años que dar significaba desprenderse de algo.

Aquella mujer me enseñó que no. Dar de verdad era otra cosa.

Dar era sacar un pedazo de una tortilla que apenas alcanzaba para tus cinco hijos y ofrecérselo a alguien que podía comprarse la suya.

Dar era hacerlo sin mostrar sacrificio.

Sin anunciarlo.

Sin esperar agradecimiento.

Era simplemente decir:

—Tome, para acompañar el mate.

Nunca supe cuánto le dolió entregarme aquel pedazo. Quizás después uno de sus hijos comió un poco menos.

Quizás ella no comió.

Quizás la tortilla igualmente alcanzó para todos.

Hay muchas cosas que nunca llegué a saber. Tampoco supe si aquella mujer había pisado alguna vez una iglesia con frecuencia, si conocía las palabras que Madre Isabel nos repetía en catequesis o si alguna vez alguien le había hablado del significado religioso del sacrificio.

Probablemente no importaba.

Porque aquella tarde comprendí que hay personas que conocen el amor sin haber estudiado su definición. Madre Isabel había aprendido a explicarlo.

Aquella madre había aprendido a vivirlo.

Una me lo enseñó con palabras. La otra, con una tortilla sin sal.

 

Pasaron muchos años desde entonces. He olvidado rostros, nombres, caminos y conversaciones de aquellas tardes comprando algodón.

Incluso olvidé el nombre de aquella mujer. Pero nunca olvidé su gesto. Y cada vez que alguien me pide algo, en algún momento, aunque sea apenas por un segundo, vuelven las dos.

Vuelve Madre Isabel frente a un grupo de chicos diciéndonos:

—Hay que dar hasta que duela.

Y vuelve aquella mujer, parada frente a su casa, ofreciéndome algo que necesitaba más que yo.

Con los años también entendí otra cosa.

No siempre sabemos cuánto le cuesta al otro aquello que nos entrega. Detrás de ciertos regalos puede haber renuncias que jamás veremos.

Detrás de una invitación puede esconderse una privación.

Detrás de un plato servido puede haber alguien que decidió no servirse el suyo.

Por eso hay gestos cuyo verdadero valor no está en lo que recibimos, sino en aquello a lo que el otro tuvo que renunciar para poder dárnoslo.

Hoy sigo sin recordar el nombre de aquella mujer. Y quizá haya algo injusto en eso.

Pero recuerdo su rostro. Recuerdo sus cinco hijos. Recuerdo las bolsas de arpillera. La balanza. El algodón. El mate. Las picardías. Y, sobre todo, recuerdo aquel pequeño pedazo de tortilla.

Una tortilla sin sal porque la comida tenía que alcanzar.

Una tortilla que sus hijos debían comer despacio para engañar un poco al hambre.

Y una madre que, aun así, arrancó un pedazo y me lo ofreció.

Hay personas que pasan por nuestra vida sin saber que nos están enseñando algo para siempre.

Ella fue una de ellas.

Madre Isabel me había enseñado que el verdadero amor comienza cuando dar duele.

Aquella mujer me enseñó algo todavía más profundo: que quien ama de verdad muchas veces no dice que le duele.

Simplemente parte su tortilla

y te ofrece un pedazo.

Thoughts

  • RubenOrtega

    Ho, el que llega con la balanza manda aunque no quiera, y ella lo tenía más claro que tú. De ahí el don.

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  • NoeliaBastida

    Pues a mí con la gente de mi calle de pequeña me pasa al revés, los nombres todos y las caras ninguna. Lo tuyo me parece menos injusto con ella de lo que dices.

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  • Ovid

    Una mujer que estira la tortilla quitándole la sal para que alcance para cinco, y que igual arranca un pedazo para el muchacho de la camioneta. Me quedé pensando en que ella seguramente ni se acordó de ese mate al día siguiente, y a ti te acompaña desde 1999. ¿Tienes más historias de esos años del algodón por acá?

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