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LA TIERRA QUE LLEVA MI NOMBRE

paulh
Pensamiento

Pensamiento

remolino5

El potrero que él avisó que se inundaba en la primera visita termina siendo donde se queda la yegua. Desde ese día el campo sabía más que los dos, po.

El potrero que él avisó que se inundaba en la primera visita termina siendo donde se queda la yegua. Desde ese día el campo sabía más que los dos, po.

Contenido de la publicación

LA TIERRA QUE LLEVA MI NOMBRE

Paul H

I. EL HOMBRE QUE SE FUE

A los cuarenta y tres años, había empezado a desconfiar de casi todo lo que alguna vez había querido.

De la música, por ejemplo. No de la música en sí, sino de ese mundo que se había construido alrededor de ella. De los hombres que hablaban de arte mientras calculaban reproducciones, de las canciones que debían durar lo suficiente para emocionar, pero no tanto como para aburrir, de los productores que aconsejaban cambiar una melodía porque no funcionaría en las redes. De la obligación de mostrarse, de contar la propia vida en cuotas, de convertir hasta el silencio en una estrategia de promoción.

Había pasado media vida intentando hacerse un lugar. Tenía canciones buenas, algunas muy buenas, pero nunca había conseguido que eso alcanzara. Cada vez que parecía estar cerca, el mundo le exigía algo más: una imagen, una historia, una manera de hablar, una versión de sí mismo que pudiera venderse.

Un día dejó de intentarlo.

No hubo una despedida memorable ni una última noche de excesos. Vendió algunas cosas, guardó otras en dos bolsos, cargó su guitarra, un teclado pequeño y una computadora en la moto, y se fue.

Volvió hacia el campo.

No regresaba exactamente al lugar del que había salido. Regresaba a una forma de vida que recordaba desde la infancia: el olor de la tierra después de la lluvia, el sonido de los animales antes del amanecer, las horas en las que nadie esperaba que uno respondiera un mensaje ni demostrara que estaba haciendo algo importante.

Consiguió trabajo como encargado de una propiedad rural a las afueras de la ciudad. La casa era sencilla, con techo de chapa, paredes encaladas y una galería desde la que se veía una hilera de eucaliptos. Había una cocina vieja, una
habitación amplia y un galpón donde podía guardar la moto.
El trabajo consistía en mantener el campo, revisar los alambrados, atender a los
animales, recibir proveedores y ocuparse de que todo funcionara. A cambio,
tenía un sueldo modesto y una casa donde vivir.
No necesitaba mucho más.
Las primeras noches durmió profundamente, como si el cuerpo hubiera estado
esperando durante años que alguien le permitiera descansar. Después empezó a
escribir de nuevo.
No canciones para nadie. No canciones que tuvieran que gustar.
Escribía porque todavía había algo dentro suyo que necesitaba salir.
A veces tocaba hasta la madrugada, con la puerta abierta y el campo oscuro
extendiéndose detrás de la casa. Cuando terminaba, apagaba la luz y escuchaba
el viento entre los árboles.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera esperando algo.
O eso creía.

II. LA MUJER DEL AUTOMÓVIL NEGRO

La primera vez que la vio, ella llegó un jueves por la tarde.
Un automóvil negro levantó una nube de polvo en el camino de entrada. Él
estaba reparando una tranquera y apenas levantó la cabeza cuando escuchó el
motor detenerse.
La mujer bajó con un teléfono en la mano, anteojos oscuros y zapatos que
parecían demasiado delicados para aquel suelo. Tendría unos cuarenta años.
Llevaba el pelo recogido y una camisa blanca arremangada hasta los codos.
Habló por teléfono unos minutos antes de acercarse.
—¿Vos sos el encargado?
Él dejó la pinza sobre el poste.
—Sí.

Ella se presentó. Era la propietaria del campo y directora ejecutiva de uno de los
bancos más importantes de la ciudad. Hablaba con la seguridad de quien estaba
acostumbrada a que las cosas se resolvieran cuando las pedía.
Recorrieron juntos una parte de la propiedad. Ella preguntó por los gastos, por el
estado de los alambrados, por los animales y por el rendimiento de la tierra. Él
respondió lo necesario.
En un momento, ella señaló un sector del potrero.
—Ahí se podría hacer una inversión interesante.
Él miró el terreno antes de contestar.
—Ahí se inunda cuando llueve mucho.
—Se puede solucionar.
—Hay cosas que se pueden solucionar y cosas con las que hay que aprender a
convivir.
Ella lo miró por primera vez con verdadero interés.
—¿Siempre sos así de pesimista?
—No. Solamente cuando alguien quiere arreglar algo que todavía no
entiende.
Ella soltó una risa breve, inesperada.
Él no sonrió, pero algo en la cara se le aflojó.
Antes de irse, ella le pidió que le enviara un informe sobre el estado de los
animales y las instalaciones. Él anotó su número en un papel.
—¿No tenés WhatsApp?
—Tengo. Pero si anoto las cosas, después no dependo de la batería.
Ella miró el papel, divertida.
—Sos bastante particular.
—Eso dicen.
El automóvil desapareció por el camino. Él volvió a la tranquera, aunque durante
unos minutos siguió escuchando el eco de aquella risa.

No le gustó reconocerlo.
Hacía mucho que una persona no le despertaba curiosidad.

III. LA YEGUA

Volvió la semana siguiente.
Esta vez no llevaba zapatos delicados. Había cambiado la camisa por una remera
clara y unas botas que todavía parecían nuevas. En el asiento trasero del
automóvil traía una montura, una bolsa de alimento y una manta.
—Me compré una yegua —anunció.
Él la miró sin entender.
—¿Te compraste una yegua?
—Sí. ¿Qué tiene de raro?
—Nada. Solamente me sorprende que alguien compre un animal antes de
saber qué hacer con él.
Ella abrió la puerta trasera.
La yegua era alazana, de una belleza serena, con una pequeña mancha blanca en
la frente. Bajó con cierta desconfianza y permaneció quieta, observando el lugar.
La mujer se acercó con una sonrisa que él todavía no le conocía.
—Es hermosa, ¿no?
Él asintió.
—¿Sabés montar?
—Un poco.
—¿Un poco cuánto?
—Lo suficiente.
Él no insistió. Le mostró dónde podía dejar al animal y le explicó cómo
acostumbrarlo al nuevo entorno. Durante las semanas siguientes, ella empezó a
visitar el campo con frecuencia. Al principio, una vez cada tantos días. Después,
casi todas las tardes.

Él le enseñó a cepillarla, a revisar los cascos, a reconocer cuándo estaba inquieta.
Ella aprendía con una seriedad que contrastaba con la seguridad que mostraba en
su trabajo.
Una tarde, mientras él ajustaba una cincha, ella le preguntó por qué había dejado
la música.
—No la dejé.
—Pero ya no trabajás de eso.
—Tampoco dejé de respirar porque no cobre por hacerlo.
Ella sonrió.
—No es lo mismo.
—Para vos, no.
La respuesta quedó entre ambos más tiempo del necesario.
Después caminaron hasta el alambrado. El sol bajaba detrás de los árboles y la
yegua pastaba a pocos metros.
—Mi trabajo es bastante parecido a lo que hacías vos —dijo ella—. Todo el
tiempo tenés que convencer a alguien de que vale la pena lo que hacés. Y
cuando lo conseguís, tenés que volver a demostrarlo.
Él la miró.
No esperaba escuchar aquello de su boca.
—¿Y te gusta?
Ella tardó en responder.
—Me gusta ser buena en lo que hago.
—No te pregunté eso.
Ella bajó la mirada hacia la hierba.
—No sé si me gusta tanto como antes.
Él no dijo nada. Por primera vez, no sintió la necesidad de discutir con ella.
Aquella tarde se quedaron hablando hasta que el frío los obligó a entrar.
Prepararon café en la cocina y siguieron conversando mientras afuera oscurecía.

Cuando ella se fue, él la acompañó hasta el automóvil. Se quedaron unos
segundos junto a la puerta.
—¿Venís mañana? —preguntó él.
Ella pareció sorprendida.
—¿Querés que venga?
Él miró hacia el campo.
—La yegua todavía tiene que acostumbrarse.
Ella sonrió, esta vez sin intentar disimularlo.
—Entonces voy a venir.
Cuando el automóvil desapareció, él volvió a la casa y se sentó frente al teclado.
Esa noche escribió una melodía que no tenía nada que ver con las canciones que
había hecho hasta entonces.
No supo ponerle un nombre.

IV. LA CASA ENCENDIDA

El vínculo creció sin que ninguno de los dos pudiera señalar el momento exacto
en que había dejado de ser una costumbre agradable para convertirse en otra
cosa.
Ella empezó a quedarse hasta más tarde. A veces cenaban juntos; otras,
caminaban por el campo sin hablar demasiado. Él le mostró algunas de sus
canciones y ella aprendió a distinguir cuándo una melodía estaba terminada y
cuándo él todavía buscaba algo.
Una noche de invierno, la lluvia los sorprendió lejos de la casa.
Corrieron hasta la galería, empapados. Ella se rio mientras se sacudía el pelo y él
fue a buscar dos toallas. Cuando volvió, la encontró mirando el teclado que
estaba junto a la ventana.
—¿Puedo escuchar algo?
Él se sentó.

Tocó una melodía sencilla, apenas unas notas que parecían repetirse sin llegar
nunca al mismo lugar. Ella se quedó quieta, con la toalla sobre los hombros.
—¿Cómo se llama?
—Todavía no tiene nombre.
—¿La escribiste acá?
Él asintió.
Ella se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.
No fue un gesto extraordinario. No hubo una declaración ni una promesa.
Solamente aquella mano, el ruido de la lluvia y la música que seguía resonando
en la habitación.
Él dejó de tocar.
Cuando se volvió hacia ella, estaban demasiado cerca para fingir que no lo
sabían.
El primer beso fue breve. El segundo, no.
Aquella noche ella se quedó a dormir.
A la mañana siguiente, él preparó café mientras ella recorría la casa descalza. Se
detuvo frente a una fotografía vieja que él guardaba en una repisa: un hombre
joven, de pie junto a un caballo, con una expresión seria y el sol cayéndole sobre
los hombros.
—¿Tu padre?
—Sí.
—¿Vivía acá?
Él tardó apenas un instante en responder.
—Vivió en el campo.
Ella esperó algo más, pero él volvió a la cocina.
No insistió.
En los días siguientes, la relación encontró su propio ritmo. Ella llegaba con
comida, él la esperaba con mate. A veces hablaban de sus diferencias; otras, aprendían a dejarlas descansar. Ella seguía creyendo que el mundo podía
ordenarse con decisiones, trabajo y voluntad. Él seguía sospechando de todo
aquello que pretendía ponerle precio a las cosas.
Pero había momentos en los que esas diferencias parecían perder importancia.
Una tarde, ella lo encontró trabajando en una canción y le pidió que se la
mostrara. Él se negó, diciendo que estaba incompleta. Ella se sentó a su lado y
apoyó la cabeza contra su hombro.
—No hace falta que esté terminada.
Él la miró.
Hacía años que nadie le pedía algo sin exigirle que fuera mejor, más rápido o
más útil.
Tocó para ella.
Mientras la melodía avanzaba, sintió algo que no se animó a nombrar: la
posibilidad de quedarse.
No porque el campo lo hubiera curado de nada. No porque el amor pudiera
borrar lo que uno llevaba consigo. Simplemente porque, por un rato, el pasado
parecía estar en otro lugar.
Cuando terminó, ella le besó la mejilla.
—Algún día vas a tener que dejarme escuchar la canción entera.
—Algún día.
Ella se rio.
Él también.
Y durante un tiempo, aquella promesa pequeña pareció suficiente.

V. LO QUE LA TIERRA RECUERDA

A medida que pasaban los meses, ella empezó a hablar con mayor frecuencia de
los planes para la propiedad.
Quería mejorar los accesos, renovar algunos corrales y estudiar una posible
subdivisión de las tierras. Él la escuchaba mientras revisaba herramientas o preparaba el mate.
—No todo tiene que convertirse en un negocio —le dijo una tarde.
Ella dejó los papeles sobre la mesa.
—No todo. Pero esto también es una propiedad, y mantenerla cuesta dinero.
—La tierra no es solamente una propiedad.
—Para vos, nada es solamente lo que es.
Él levantó la mirada.
—¿Y eso es malo?
—No. Pero tampoco podés pretender que el mundo funcione como vos
querés.
No discutieron más. Ella se fue a la ciudad y él siguió trabajando.
A veces, cuando ella hablaba de vender una parte del campo, él sentía que algo se
le cerraba en el pecho. No era exactamente enojo. Era una sensación antigua,
difícil de separar de ciertos recuerdos que había pasado años intentando dejar
atrás.
La fotografía de su padre seguía en la repisa.
De vez en cuando, él la daba vuelta para que nadie pudiera verla.
Nunca le había contado a ella la historia completa. Le había dicho que su padre
había vivido en el campo, que había sido un hombre trabajador, que había muerto
cuando él todavía era joven. No había hablado de las últimas semanas, de las
discusiones, de los papeles que aparecieron sobre la mesa ni del silencio que
quedó en la casa después.
Tampoco le había contado qué significaba para él caminar por aquellos potreros.
Ella conocía el campo que había heredado. Él conocía otro campo, uno que
existía debajo de aquel, como las raíces viejas de un árbol que seguía creciendo
sobre una tierra removida.
Ninguno de los dos sabía cómo hablar de eso.
Y quizá por eso, cuando estaban juntos, preferían hablar de cualquier otra cosa.

VI. EL AGUA

La lluvia comenzó un martes y no paró durante tres días.

Al principio, él creyó que el agua iba a bajar por los desagües habituales. Después vio que el arroyo empezaba a desbordarse y que los bajos se convertían en lagunas. El barro cubrió los caminos. Los animales se inquietaron.

Trabajó hasta la madrugada, intentando llevarlos a las zonas más altas. El agua le llegaba a las rodillas en algunos sectores y el viento le pegaba la ropa contra el cuerpo. Cuando finalmente pudo regresar a la casa, tenía las manos entumecidas y la espalda dolorida.

La mujer llegó al día siguiente, cuando la lluvia había aflojado.

El automóvil no pudo avanzar hasta la casa. Ella bajó y caminó por el barro con las botas que él le había regalado meses atrás.

No preguntó por los daños primero.

Preguntó por la yegua.

Él no respondió enseguida.

La encontraron cerca de una zanja, tendida de costado, con el pelaje cubierto de barro. Había quedado atrapada cuando intentaba alcanzar un sector más alto. Él se arrodilló junto a ella y apoyó una mano sobre su cuello.

La mujer se quedó inmóvil.

Después se acercó, se agachó y empezó a acariciarle la cabeza. No lloró al principio. Solamente repetía su nombre, muy bajo, como si el animal todavía pudiera reconocer su voz.

Cuando finalmente se quebró, él la sostuvo.

La abrazó mientras ella lloraba contra su pecho, y por un instante no existieron los planes, ni las discusiones, ni las diferencias que habían marcado su relación. Solamente una mujer que había perdido algo que amaba y un hombre que intentaba acompañarla.

Durante los días siguientes trabajaron para reparar los daños. Otros animales también habían muerto. Se perdieron herramientas, alimento y parte de las instalaciones. El campo quedó irreconocible.

Una tarde, mientras revisaban lo que todavía podía recuperarse, ella dijo:
—Voy a venderlo.
Él siguió mirando el barro acumulado contra un alambrado.
—¿Todo?
—Sí. No tiene sentido seguir invirtiendo en esto.
Él se volvió hacia ella.
—¿Y los animales?
—No puedo seguir así.
—No te pregunté por los gastos. Te pregunté por los animales.
Ella apretó los labios.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Ella lo miró con cansancio.
—Se murió mi yegua. Perdí plata. El campo está destruido. ¿Qué querés que
haga?
Él señaló con la cabeza el terreno que se extendía detrás de ella.
—No sé. Pero no podés mirar todo esto y pensar solamente en lo que cuesta.
—¿Y vos podés mirarlo y pensar solamente en lo que significa?
La pregunta lo dejó quieto.
Ella se pasó una mano por la cara.
—No puedo seguir viviendo así. No quiero que cada decisión sea una pelea.
Él miró hacia la casa. A través de la ventana se veía el teclado, cubierto por una
fina capa de polvo.
—Entonces vendelo.
Ella pareció sorprendida.
—¿Eso es lo que querés?

Él no contestó.
Esa noche preparó sus cosas. Guardó la ropa en los bolsos, envolvió el teclado,
acomodó la guitarra y dejó las llaves sobre la mesa.
Antes de salir, se detuvo frente a la fotografía de su padre.
La tomó entre las manos, pero no se la llevó. La dejó nuevamente en la repisa,
esta vez mirando hacia la habitación.
Después cerró la puerta.
Ella llegó al día siguiente y encontró la casa vacía.

VII. LA CANCIÓN DEL HOTEL

Se instaló en un hotel modesto, a pocas cuadras de la plaza. La habitación daba a
una calle por la que pasaban colectivos y camiones. Desde la ventana podía ver
el toldo de un comercio y una parte del cielo.
Durante varios días no tocó la guitarra.
Dormía mal. Comía cuando se acordaba. Por las mañanas caminaba hasta una
cafetería y se sentaba junto a la ventana, donde nadie lo conocía. Después volvía
al hotel y permanecía largas horas sin hacer nada.
En el campo, la mujer había empezado a reunir los documentos necesarios para
concretar la venta. Los compradores irían esa semana a revisar los papeles y
firmar los primeros acuerdos.
La tarde anterior a la reunión, ella entró en la oficina que él había utilizado para
guardar algunas herramientas y documentos. Sobre un estante encontró una
carpeta que no recordaba haber visto.
Adentro había canciones.
Algunas tenían tachaduras y palabras reemplazadas. Otras estaban completas.
Había melodías anotadas al margen, acordes, fragmentos que parecían haber sido
escritos a las apuradas.
Reconoció una frase.
La había escuchado una noche en la casa, mientras él tocaba el teclado. No
conocía la letra, pero recordaba la melodía y la forma en que él había dejado de tocar cuando ella se acercó.
Leyó la canción de pie, sin sentarse.
Cuando terminó, volvió al principio.
No supo cuánto tiempo permaneció allí.
Al día siguiente, cuando los compradores llegaron, les pidió que esperaran. Dijo
que necesitaba resolver una cuestión personal antes de continuar con la
operación.
Después tomó las llaves del automóvil y fue hasta el hotel.
Lo encontró en el restaurante, sentado frente a una taza de café. Tenía la barba
crecida y una camisa arrugada. Cuando la vio entrar, se quedó quieto.
Ella se acercó a la mesa y dejó una hoja frente a él.
—¿La escribiste vos?
Él miró el papel.
Reconoció la letra.
—Sí.
—¿Es para mí?
Él tardó en levantar la vista.
—Sí.
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Quiero escucharla.
Él miró hacia la ventana. Afuera, un hombre empujaba un carrito por la vereda.
—La guitarra está arriba.
Ella se puso de pie.
Subieron por la escalera sin hablar. En la habitación, él sacó la guitarra de su
funda y se sentó en el borde de la cama. Ella permaneció junto a la ventana.
Él acomodó los dedos sobre las cuerdas.

La melodía comenzó despacio. Era la misma que ella había escuchado meses
atrás, aunque ahora parecía tener algo que antes no estaba. O quizá era ella quien
la escuchaba de otra manera.
Cuando terminó, dejó la guitarra a un costado.
Ella tenía los ojos húmedos.
No le preguntó por qué había escrito aquella canción ni qué significaba cada
verso. Se acercó y lo besó.
Él la abrazó con fuerza, como si durante los días que habían pasado separados
hubiera estado conteniendo el aire.
Se besaron otra vez.
Después cerraron la puerta.
Durante unas horas, el mundo quedó del otro lado de la habitación.
No hablaron de la venta. No hablaron del campo ni de la inundación. Tampoco
hablaron de lo que había ocurrido entre ellos.
Cuando ella se quedó dormida, él permaneció despierto, observando la luz que se
filtraba por las cortinas.
Le apartó un mechón de pelo de la frente.
Después cerró los ojos.

VIII. EL ÚLTIMO MATE

A la mañana siguiente, ella le propuso salir a dar una vuelta.
Él aceptó.
Condujeron por caminos rurales, entre campos todavía húmedos y árboles que
parecían más oscuros después de la lluvia. Hablaron poco. En algunos tramos,
ella le señaló lugares que recordaba de su infancia; en otros, él le mostró caminos
que había recorrido cuando era chico.
Cuando llegaron al campo, el sol empezaba a bajar.
Ella estacionó cerca de la casa. El lugar seguía marcado por el agua: los
alambrados vencidos, los corrales embarrados, las huellas profundas que habían dejado los vehículos. A lo lejos, unos animales pastaban en la parte más alta del terreno.
Entraron en la casa.
Todo seguía como él lo había dejado, salvo por una taza que alguien había
lavado y puesto boca abajo sobre la mesada.
Él miró la repisa. La fotografía de su padre seguía allí.
Ella no reparó en ella.
Prepararon mate y salieron a la galería. Se sentaron uno al lado del otro, mirando
cómo el sol se hundía detrás de los eucaliptos.
Durante un rato, ninguno habló.
Después ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Estuve pensando —dijo—. Tal vez no venda el campo.
Él sostuvo el mate entre las manos.
—¿Por qué?
—No sé. Cuando estaba por firmar, me di cuenta de que no estaba segura.
Miró hacia los potreros.
—Quizá pueda arreglar algunas cosas. Empezar de nuevo.
Él bajó la mirada hacia el mate.
—Podrías hacerlo.
—¿Y vos?
La pregunta quedó suspendida entre los dos.
Él la miró. Ella tenía el rostro cansado, pero había algo en sus ojos que no estaba
allí unos días antes. Una especie de calma, o la esperanza de haber encontrado
una salida.
—No sé —dijo él.
Ella le tomó la mano.
—No tenemos que resolver todo hoy.

Él sintió el calor de sus dedos.
A lo lejos, un pájaro cruzó el cielo y desapareció detrás de los árboles. El viento
movió las hojas de los eucaliptos. La luz de la tarde se fue apagando sobre el
campo.
Ella volvió a apoyar la cabeza en su hombro.
Él permaneció inmóvil.
Por un instante, pareció que nada había cambiado. Que podían quedarse allí hasta
que anocheciera, terminar el mate y entrar en la casa. Que al día siguiente habría
trabajo, reparaciones, decisiones pendientes y una vida que todavía podía tomar
otro rumbo.
Él se levantó.
—Voy a buscar algo.
Ella asintió sin moverse.
Cuando volvió, llevaba un cuchillo.
Ella alcanzó a mirarlo antes de que él se acercara.
No llegó a levantarse.
El gesto fue rápido. Después, el mate cayó de la mano de ella y se derramó sobre
las baldosas. Él la sostuvo mientras su cuerpo perdía fuerza, como si todavía
pudiera evitar lo que acababa de hacer.
La acomodó en el suelo.
Se quedó a su lado, sin hablar.
La tarde terminó de apagarse.
Cuando la policía llegó, encontró los dos cuerpos en la galería.
Los agentes recorrieron la casa y revisaron los papeles que había dejado el
músico. Entre partituras, hojas sueltas y anotaciones antiguas, encontraron la
letra de una canción escrita a mano.
No había una explicación junto a ella. Solo un título:

LA TIERRA QUE LLEVA MI NOMBRE

Mi padre conocía el idioma del viento,
la lluvia en la tierra, la sombra del sol.
Sabía cuándo sembrar una esperanza
y cuándo el silencio anunciaba dolor.
No conocía el precio escondido en las letras,
ni el filo invisible de una firma legal.
Creyó en la palabra de un hombre elegante
que sabía mentir sin tener que gritar.
Le cambiaron sus campos por hojas selladas,
le robaron la tierra con tinta y papel.
Uno hablaba el idioma de los hombres de traje,
el otro, el idioma del trigo y la miel.
Y cuando fue a buscar lo que siempre fue suyo,
las puertas cerradas le enseñaron la ley.
No hay justicia para quien no entiende el juego
cuando el juego está escrito para hacerte perder.
Y la tierra siguió respirando
como si nada hubiera ocurrido.
Los caballos siguieron pastando
donde un hombre perdió su destino.
Y yo vuelvo a escuchar a mi padre
en las noches de lluvia y de frío.
Hay heridas que pasan los años
y despiertan en otros latidos.

Una mañana se apagó su mirada,
la casa quedó demasiado vacía.
No fue solamente la tierra perdida,
fue quedarse sin mundo, sin voz, sin salida.
Yo me fui con su ausencia guardada en el pecho,
buscando en la música alguna verdad.
Pero el mundo aplaudía canciones más fáciles
y yo no aprendí a vender lo que soy por llegar.
Regresé muchos años después a sus campos,
sin saber que pisaba su antigua prisión.
Ella hablaba de cifras, de ventas y planes;
yo escuchaba a mi padre debajo del sol.
Y sus ojos tenían la luz de otra historia,
y su voz no sabía de aquella traición.
A veces la sangre se esconde en la tierra
y florece en un sitio que nadie eligió.
No sé si heredé su tristeza,
si su rabia aprendió a respirar en mi piel.
Hay recuerdos que buscan justicia
y terminan perdiendo el camino también.
Y la tierra siguió respirando,
y los campos siguieron abiertos.
Pero hay nombres que nunca se borran
aunque el tiempo los cubra de invierno.
Mi padre perdió lo que amaba,
yo busqué lo que nunca encontré.
Y en la tierra que un día fue suya,
algo mío también dejé.

Thoughts

  • Inocencia

    Él le dijo que sí, que la canción era para ella, y era para el papá. Diache, a ella le tocó cargar con una culpa que ni sabía que tenía.

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  • remolino5

    El potrero que él avisó que se inundaba en la primera visita termina siendo donde se queda la yegua. Desde ese día el campo sabía más que los dos, po.

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  • Policarpo

    La fotografía del padre lleva la cuenta de toda la historia. Primero él la da vuelta para que nadie la vea, la noche que se va la deja mirando hacia la habitación, y al final ella pasa delante y ni repara en ella. A mí me parece que el día que la dejó de frente ya estaba decidido lo de la galería, y que el hotel y la canción fueron un plazo que él mismo se dio. Por eso el mate de la última tarde se lee tan quieto.

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  • Ovid

    La taza lavada y puesta boca abajo sobre la mesada me hizo pensar en lo poco que hace falta para que una casa diga que alguien la estuvo esperando. Ella ya había decidido quedarse antes de decirlo, y él llegó a esa galería con la decisión contraria tomada hace años, delante de la foto del padre. Gracias por subir esto como primer texto, Paul!

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