Lo único constante en esta vida es el cambio, lo aprendí desde pequeña. Mis días se trasformaron en enigmas y todo empezó a los 8 años de edad, aún recuerdo el último día de enero cuando tuve una conversación inesperada con mi padre, él solía trabajar excesivamente, su mundo eran los libros y parte de su pasión era escribir en ellos. A pesar que no tuve la oportunidad de mirarlos con detenimiento, en una sola ocasión pude leerlos, esa fue la última vez que vi a mi padre. Aunque él me lo prohibía la curiosidad me incito a arriesgarme, por lo cual, entre a su lugar sagrado, su biblioteca.
Al hacerlo pude observar su propia colección de libros compuesta por diez, sin embargo, solo logré deleitarme con uno, a primera vista su color robó mi atención, un rojo oscuro con un símbolo en el medio, lo segundo tenía que ver con el olor que percibía. Al acercarme a las hojas y pasar una por una, destacaba el aroma a vainilla, sus páginas carecían de defectos, me daba la impresión que solo lo abrió para redactarlo.
En ese libro encontré fotos, mapas, dibujos, señalizaciones, una lista de nombres, que con el tiempo han ido desapareciendo de mi memoria, luego me percaté en el título: De lo conocido a lo extraño. Inesperadamente mi descubrimiento fue interrumpido por mi padre, quien estaba muy alterado, me explico que debía quedarme en la habitación y esperar a la señora Robins, ella vendría por mí, no debía salir, además me entrego un número prometiéndome que volvería mientras colocaba su mano en mi mentón dándome una tierna sonrisa, no necesitaba decir nada más pues entendía su gesto. Ese fue mi último recuerdo con él, después, la señora Robins se encargó de agregarlo a la lista de personas desaparecidas y de mi tutela. Es entendible que mi padre me dejara a cargo de ella, ya que la señora Robins era la única persona que confiaba para mi cuidado, aunque estoy segura que si mi abuela Silvia estuviera viva ella me hubiera educado, pero murió cuando estaba muy pequeña y a pesar del poco tiempo que pasamos juntas solían decirme que éramos muy unidas. Así mismo, a veces tengo el pensamiento que mi abuela se sentía culpable de haber permitido que mi madre huyera y mi parecido con ella le creaba nostalgia, jamás supe los motivos de mi madre considerando que mi llegada fue imprevista, pero mi padre solía decirme que fui el mejor hecho inesperado que pudo imaginarse, no obstante, lamentaba que mi madre no sintiera lo mismo, solía formular diferentes respuestas para su ausencia hasta que decidí por mi bien, dejarla atrás.