Llevamos cuatro días en el mar desde que abandonamos aquella isla. Desde entonces, el barco parece más sombrío de lo habitual.
Nadie ha vuelto a hablar de lo sucedido con Masón aquella noche. Seguimos rumbo al puerto más cercano; llegar allí, al menos, nos dará tiempo para recuperar la calma y reabastecernos.
Incluso el viejo Crow parece haber perdido las ganas de hacer sus experimentos con la comida. No sé si se debe a lo ocurrido o si, por primera vez, hasta él ha comprendido que hay cosas de las que es mejor no hablar.
Los ánimos de la tripulación están por el suelo. Y aunque ninguno lo diga en voz alta, tengo la impresión de que algo de aquella isla ha viajado con nosotros.
Que la diosa guíe nuestro rumbo y perdone nuestras vidas.