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La primera alpargata

JoaMarAl
Pensamiento

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JoaMarAl

Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

Contenido de la publicación

CAPÍTULO 8


La primera alpargata


Capítulo 8: Caminar descalzo por la tierra colorada de Misiones no era una elección pintoresca, sino la realidad cotidiana de quien no tenía cómo comprar un calzado. En este capítulo rememoro el día imborrable en que Don Buby Mecher me entregó mi primer par de alpargatas en su comercio, una experiencia que me enseñó para siempre cuánto vale la compasión y cómo un gesto desinteresado puede devolverle la dignidad a un niño humilde.



Hay objetos que, vistos desde la vida adulta, parecen insignificantes.


Una alpargata puede ser uno de ellos.


Hoy cualquiera puede verla simplemente como un calzado sencillo. Pero para el niño que fui, aquella primera alpargata significó mucho más. No por su precio ni por su apariencia, sino por lo que representaba en una infancia donde muchas cosas que otros tenían nosotros debíamos esperar para conseguir.


Durante buena parte de aquellos años, andar descalzo era algo habitual para mí.


No era una situación excepcional.


Formaba parte de la vida cotidiana.


Las calles de Dos de Mayo todavía eran de tierra y buena parte de nuestros desplazamientos se hacían caminando. En la casa tampoco sobraban las cosas. Cada compra tenía que responder a una necesidad concreta y, cuando había varias necesidades al mismo tiempo, había que establecer prioridades.


En una familia numerosa, conseguir algo para uno también significaba pensar en los demás.


Por eso recuerdo perfectamente el día en que tuve mi primera alpargata.


Yo tendría unos seis o siete años.


Mi madre me mandó al comercio de Don Buby Mecher.


Fui solo.


Y fui descalzo.


Ese detalle, que hoy podría parecer menor, es uno de los que más recuerdo. Llegué al negocio con los pies desnudos y salí de allí con un par de alpargatas de suela de piola.


Tenían los conocidos “bigotes” en la parte delantera.


Para mí eran nuevas.


Y eran mías.


Algo sencillo podía convertirse en un acontecimiento


Cuando uno crece con poco aprende a mirar las cosas de otra manera.


No hace falta que alguien explique el valor de un objeto cuando conseguirlo representa un esfuerzo para la familia.


Yo sabía que no podía tener todo lo que veía.


Tampoco recuerdo haber vivido aquello como una permanente comparación con los demás.


Simplemente era nuestra realidad.


Había chicos que tenían otras cosas.


Nosotros teníamos las que podíamos conseguir.


Y cuando aparecía algo nuevo, se disfrutaba.


Aquellas alpargatas no eran un objeto de lujo.


Eran un par de calzados sencillos.


Pero recuerdo la sensación de tenerlas.


Había una diferencia entre caminar descalzo y caminar con ellas.


Una diferencia pequeña para un adulto.


Enorme para un niño.


Don Buby Mecher


El recuerdo también lleva un nombre: Don Buby Mecher.


Fue en su comercio donde recibí aquellas alpargatas.


No tengo necesidad de agregarle una escena que no recuerdo ni inventar palabras que pudieron haberse dicho aquel día.


Lo que quedó en mi memoria es suficiente.


Mi madre me había enviado.


Yo llegué descalzo.


Y regresé con aquel calzado.


Eso forma parte de mi historia.


A veces, cuando una persona cuenta su vida, puede sentirse tentada a concentrarse solamente en los acontecimientos grandes. Los viajes, los trabajos, los accidentes, las pérdidas, los logros.


Pero una vida también está formada por pequeñas cosas.


Una escuela.


Una guitarra.


Una bicicleta.


Un par de alpargatas.


Objetos sencillos que, con los años, terminan adquiriendo un significado que originalmente no tenían.


Caminar por Dos de Mayo


Las alpargatas tenían un propósito muy concreto: permitirme caminar.


Y caminar era una actividad cotidiana.


Íbamos de un lugar a otro por calles de tierra, senderos y caminos que formaban parte del pueblo.


El calzado no eliminaba las dificultades de aquella vida.


Seguíamos siendo una familia humilde.


Seguíamos teniendo limitaciones.


Seguíamos dependiendo del trabajo y de lo que alcanzara para sostener la casa.


Pero para mí había una diferencia.


Tenía algo que antes no tenía.


Parece poco.


Y lo era.


Pero también era importante.


La pobreza no era una teoría


Muchos años después aprendí palabras para describir aquella etapa: pobreza, carencia, necesidades básicas, desigualdad.


Cuando era chico no pensaba de esa manera.


La pobreza no era un concepto.


Era nuestra vida cotidiana.


Estaba en las cosas que no podíamos comprar, en la ropa que había que cuidar, en el calzado que se esperaba hasta que realmente hiciera falta y en las decisiones que mi madre tenía que tomar para que una familia numerosa pudiera seguir adelante.


Pero tampoco quiero contar mi infancia únicamente desde la falta.


Ser pobre fue una parte de nuestra realidad, no la totalidad de nuestra historia.


También hubo escuela.


Hubo amigos.


Hubo música.


Hubo juegos.


Hubo vecinos.


Hubo personas que ayudaron.


Hubo momentos felices.


Y hubo una familia que siguió adelante con lo que tenía.


Aquella alpargata pertenece a ese contexto.


Lo que aprendí sin que nadie me lo explicara


Con los años entendí que recibir algo sencillo también puede enseñar responsabilidad.


Cuando algo cuesta conseguirlo, uno aprende a cuidarlo.


No porque alguien necesariamente dé un discurso sobre el valor de las cosas, sino porque la propia realidad lo enseña.


En nuestra casa había que cuidar.


La ropa.


Los útiles.


El calzado.


La comida.


Las herramientas.


Todo tenía una utilidad y una duración que había que respetar.


Eso también me acompañó después, cuando fui creciendo y comencé a trabajar.


Aprendí que las cosas no aparecen solas.


Detrás de cada objeto hay trabajo.


Detrás de cada compra hay dinero ganado por alguien.


Y cuando ese dinero es escaso, cada decisión tiene consecuencias.


Una alpargata también puede hablar de una madre


Aunque el recuerdo sea mío, detrás de aquella alpargata estaba mi madre.


Fue ella quien entendió que necesitaba calzado.


Fue ella quien me mandó al comercio.


Y fue ella quien, dentro de las posibilidades que tenía, consiguió que pudiera tenerlo.


Mamá no acostumbraba a explicar demasiado sus decisiones.


Muchas veces su manera de querer estaba en resolver.


Había que comer: trabajaba.


Había que ir a la escuela: procuraba que fuéramos.


Había una necesidad: buscaba la forma de solucionarla.


No siempre podía.


Pero lo intentaba.


Por eso, cuando recuerdo aquella primera alpargata, también recuerdo una forma de amor que durante mi infancia quizá no sabía reconocer.


Hoy sí puedo verla.


No era solamente calzado


El paso del tiempo transforma el significado de las cosas.


Aquel niño probablemente veía un par de alpargatas.


El hombre que soy hoy ve una parte de su historia.


Ve una familia con recursos limitados.


Ve a una madre haciendo lo posible por sus hijos.


Ve un pueblo que todavía tenía mucho de colonia.


Ve una infancia marcada por la sencillez.


Y también ve algo más.


Ve el comienzo de una manera de valorar las cosas.


No aprendí a valorar solamente lo que era costoso.


Aprendí a valorar lo que era necesario.


Hay una diferencia.


Lo caro puede tener un precio elevado.


Lo necesario puede tener un valor enorme aunque cueste poco.


Aquellas alpargatas eran económicas.


Pero para mí tenían valor.


La memoria guarda lo que importa


No tengo fotografías de aquel momento.


No necesito una imagen para saber que ocurrió.


La memoria conserva determinados detalles de una manera extraña.


Recuerdo mi edad aproximada.


Recuerdo haber ido descalzo.


Recuerdo el comercio.


Recuerdo a Don Buby Mecher.


Recuerdo las alpargatas de piola.


Recuerdo los “bigotes” en la punta.


Y recuerdo lo que significaba tenerlas.


No necesito agregar nada más para hacer que el recuerdo sea importante.


La propia historia tiene suficiente fuerza.


De aquel niño al hombre de hoy


Han pasado casi cinco décadas desde aquellos años.


He usado muchos tipos de calzado.


He vivido en diferentes lugares.


He viajado.


Trabajé en Buenos Aires durante más de treinta años.


Conocí estudios de radio y televisión.


Estuve frente a micrófonos y cámaras.


Construí proyectos de comunicación.


Formé una familia.


Atravesé momentos que aquel niño jamás podría haber imaginado.


Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, sigo encontrando al chico que caminaba descalzo por Dos de Mayo.


No siento vergüenza por aquel niño.


Al contrario.


Lo recuerdo con respeto.


Ese chico no tenía muchas cosas materiales, pero tenía una vida por delante.


No sabía hasta dónde lo llevaría.


No sabía qué trabajos tendría.


No conocía Buenos Aires.


No había visto un estudio de televisión.


No había imaginado que algún día tendría una radio.


No conocía las pérdidas que vendrían.


Tampoco sabía cuántas personas aparecerían en su camino.


Solo era un chico de Dos de Mayo.


Y un día recibió su primera alpargata.


Una enseñanza que todavía conservo


Cuando pienso en aquel episodio, no quiero convertirlo en una historia de pobreza destinada a provocar lástima.


No es eso lo que siento.


Es una historia de origen.


Todos tenemos objetos que quedaron asociados a una etapa de nuestra vida.


Para mí fueron aquellas alpargatas.


Me recuerdan de dónde vengo.


Me recuerdan que hubo una época en la que caminar descalzo era normal.


Me recuerdan a mi madre.


Me recuerdan a Dos de Mayo.


Y me recuerdan que muchas cosas que hoy parecen pequeñas pueden haber sido enormes para la persona que fuimos.


Quizás por eso, cuando miro mi vida actual, intento no olvidar la importancia de las cosas sencillas.


Una oportunidad.


Una palabra.


Una ayuda.


Un plato de comida.


Un libro.


Una escuela.


Un par de zapatos.


Nada de eso debería darse por sentado.


El niño que todavía camina conmigo


La vida siguió.


Aquel niño creció.


Llegó la adolescencia, apareció la música, conocí nuevas responsabilidades y más adelante llegó Buenos Aires.


Después vinieron trabajos, familia, radio, televisión, pérdidas, errores, fe, nuevos comienzos y finalmente el regreso a Dos de Mayo.


Pero la infancia no desaparece.


Forma parte de nosotros.


En mi caso, hay recuerdos que funcionan como pequeñas puertas hacia aquel tiempo.


La primera alpargata es una de ellas.


Cuando la recuerdo, no pienso únicamente en un objeto.


Pienso en un niño.


En una madre.


En un pueblo.


En una familia.


En una época.


Y en todo lo que todavía faltaba vivir.


Aquella alpargata fue solamente un par de alpargatas.


Pero para mí significó algo más: fue una de esas pequeñas cosas que, sin hacer ruido, quedaron para siempre en la memoria.


Y quizás la mejor manera de honrar aquel recuerdo sea sencilla.


No olvidar de dónde vengo.


Porque antes de los micrófonos, antes de los proyectos, antes de las cámaras y antes de las páginas que hoy escribo, hubo un niño que caminaba descalzo por las calles de tierra de Dos de Mayo.


Un niño que un día recibió su primera alpargata.


Y que todavía camina conmigo.

Thoughts

  • versoenservilleta

    Tu madre casi se esconde detrás del título. Ella ve que hace falta calzado, ella te manda, ella consigue, y no explica nada: su manera de querer era resolver. A mi abuela la recuerdo igual, por lo que arreglaba y no por lo que decía.

    Y me parece justo que no inventes la escena en el comercio de Don Buby. Lo que recuerdas alcanza, y a mí eso me da más confianza en todo lo demás que cuentas del pueblo.

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  • poetadelmetro

    Entre la escuela, la guitarra y la bicicleta, apuesto a que la guitarra tiene su propio capítulo más adelante, y por cómo aparece la música en el pueblo va a ser uno largo.

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  • pagina_rota

    Ya pe, dices que no quieres inventar lo que se dijo ese día y se entiende. ¿Tu mamá te contó alguna vez si Don Buby se las regaló o si ella las fue pagando?

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  • libretanegra

    Mirá, en casa pasaba igual con las cubiertas del auto: se esperaban hasta que hiciera falta de verdad. Mi viejo las estiraba hasta ver la tela.

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  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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    Biografía y Testimonio Cristiano

    Joaquín Marcelino Álvarez

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  • jpvera804

    Puchica, ir descalzo y volver calzado el mismo día. Así da gusto hacer el mandado de la mamá.

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  • bsalas87

    Me armé la teoría de que Don Buby ya sabía a qué ibas, porque tu mamá no te iba a mandar solo sin arreglar antes con él. Me suena a trato entre adultos que el niño no alcanza a ver.

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  • Ovid

    Ir descalzo al comercio de Don Buby y volver con alpargatas, y medio siglo después regresar a Dos de Mayo tras años de micrófonos en Buenos Aires. A mí me gusta que el capítulo no le ponga palabras a nadie. Apuesto a que en el pueblo todavía hay gente que se acuerda de ese comercio. Gracias por seguir subiendo la autobiografía!

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  • Fefo

    Ombe, a los seis ya te mandaban solo al comercio. Yo a esa edad no cruzaba ni la calle sin que me agarraran la mano 😅

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  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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