Capítulo — La niña que vino a enseñarme la fe
Todo comenzó cuando yo apenas estaba aprendiendo a sobrevivir.
Venía saliendo de una operación de cáncer, terminando quimioterapias, intentando volver a encontrarme a mí misma mientras mi vida parecía derrumbarse en silencio. Había días donde respirar ya era demasiado esfuerzo. Nunca imaginé que en medio de tanto dolor, Dios iba a enviarme una historia que marcaría mi vida para siempre.
Y entonces apareció ella.
Un embarazo inesperado.
Un milagro disfrazado de miedo.
Recuerdo aquella mañana de abril como si el tiempo nunca hubiera pasado. Me dijeron que estaba embarazada de dieciocho semanas. Dieciocho semanas… y yo ni siquiera lo sabía.
Volví a casa confundida, enojada conmigo misma, triste, sintiéndome incapaz de traer otro hijo al mundo cuando apenas podía sostenerme yo.
Pero dentro mío había algo que no me dejaba rendirme.
Mi madre fue la primera en decirme que no continuara con el embarazo. Tal vez tenía miedo. Tal vez quería protegerme. Pero yo no podía hacerlo. Había algo en mi corazón que me decía que ese bebé venía con un propósito. Que Dios lo había permitido por alguna razón.
Y aunque todavía no entendía cuál era esa razón, decidí quedarme.
Al principio me costó conectar con el embarazo. Creo que el miedo me hacía mantener distancia. No le hablaba mucho. Solo repetía un nombre en silencio:
Jeremías.
Por el verso bíblico Jeremías 33:3.
Ese número que tiempo después quedaría grabado en mi alma para siempre.
Con los días comenzaron los sueños.
Soñaba que mi bebé nacía antes de tiempo. Sentía una angustia extraña que no podía explicar. Cuando llegué al Hospital de Clínicas de alto riesgo y les conté a las doctoras jóvenes y amorosas lo que estaba soñando, ellas me sonrieron con dulzura y dijeron que seguramente era ansiedad.
Todavía no sabíamos si era niño o niña.
Ese mismo día me hicieron una ecografía para conocer el sexo del bebé. Nunca voy a olvidar ese momento.
Apenas comencé a explicarle a la ecografista la enfermedad cardíaca de mi otra hija, ella tomó el aparato, miró la pantalla… y el silencio llenó la sala.
Yo también lo vi.
Un tumor enorme ocupando el pequeño corazón de mi bebé.
Nadie decía nada.
Hasta que entre suspiros y lágrimas, entendiendo que mi vida acababa de cambiar otra vez, dije en voz baja:
—Bueno… ya sé a lo que me enfrento.
Entonces uno de los médicos me miró con tristeza y pronunció las palabras que partirían mi alma en dos:
—Tu niña está grave… y se va a morir.
El tiempo se detuvo.
Mi madre y yo solo lloramos abrazadas, mirándonos a los ojos como dos personas intentando sostener un mundo que acababa de romperse. Y aun así, entre tanto miedo, dijimos juntas:
—Todo va a estar bien. Vamos a confiar en Dios.
Pasaron ocho semanas.
Ocho semanas de hospitales, incertidumbre y oraciones.
El cardiólogo, uno de los mejores del país, me habló con sinceridad:
—No hay nada para hacer. Es cuestión de días para que fallezca dentro de tu vientre. Su corazón no va a resistir.
Recuerdo haberle tomado la mano llorando.
Le pedí que no la dejara morir.
Que lo intentáramos.
Que por favor la salvaran.
Y cuando salí de aquella consulta, destruida por dentro, le pedí tanto a Dios una oportunidad… solo una.
Cinco minutos después, todo cambió.
Había un tratamiento experimental.
Riesgoso para mí.
Incierto para ella.
Pero era una posibilidad.
Y yo no dudé.
Aunque mi cuerpo estuviera cansado.
Aunque tuviera otros hijos.
Aunque el miedo me estuviera consumiendo.
Yo solo quería salvarla.
Ese mismo día hubo una junta médica y aprobaron comenzar el tratamiento de inmediato.
Después fui a visitar a una amiga de la iglesia que había sobrevivido milagrosamente junto a su bebé. Ella hablaba de la luz de Dios con tanta fuerza, que algo dentro mío se encendió.
Y entonces lo supe.
Mi hija se llamaría Luz.
Porque incluso en medio de tanta oscuridad… ella había venido a iluminarlo todo.