Hay algo del budismo de lo que nunca he podido desprenderme: su visión moral parece descansar sobre un cimiento que considero fundamentalmente equivocado. No hablo de todas las virtudes que fomenta. La no violencia es buena, el autocontrol es bueno, la paciencia es buena. Negarse a dejarse consumir por la codicia o la ira es obviamente bueno. Los cristianos deberían ser capaces de reconocer las virtudes dondequiera que las encuentren. Mi reparo está en el principio que subyace a esas virtudes.
Cuando se les dice a los cristianos que amen a su prójimo, el mandato no se enraíza en el desapego. Se enraíza en un apego de un tipo muy concreto. Se supone que debemos preocuparnos por lo que les pasa a los demás y ligarnos a su bienestar. El buen samaritano no alcanza la excelencia moral manteniéndose emocionalmente al margen. La alcanza al interrumpir su viaje, gastar su dinero, asumir responsabilidad y hacer suyo el problema de otro hombre. Muchas formas de budismo, en cambio, enseñan que el sufrimiento surge del apego y que el crecimiento espiritual exige liberarse de él. Incluso cuando los pensadores budistas hablan de compasión, suele ser una compasión que convive con el no apego. Entiendo la lógica. Simplemente no creo que pueda soportar todo el peso de la obligación moral.
La prueba de un sistema moral no es cómo se comporta cuando alguien está levemente irritado o tentado por el exceso material. La prueba llega cuando aparece el mal y exige una respuesta. Imagina a un ciudadano alemán en 1942 que sabe que se están llevando a familias judías. La respuesta cristiana es relativamente clara. Esas familias son su prójimo. Su sufrimiento le impone una exigencia quiera él o no. Está llamado a involucrarse, a arriesgar algo, quizá todo. Lo que me cuesta entender es cómo una espiritualidad del desapego llega a la misma conclusión. La persona que esconde a una familia en su desván ha quedado profundamente enredada en el destino de unos desconocidos. Le importa desesperadamente lo que les ocurra. Su virtud parece inseparable de ese apego.
El mismo problema aparece a escalas más pequeñas.
Una madre sentada junto a la cama de hospital de un hijo que se muere no está desapegada del desenlace. Ni debería estarlo. Su disposición a sufrir junto a su hijo no es un fallo moral. Es una de las formas más altas de fidelidad humana.
Los abolicionistas que pasaron décadas combatiendo la esclavitud tampoco estaban desapegados del desenlace. Sacrificaron carreras, reputaciones, fortunas y a veces la vida porque no podían apartar la mirada. Su grandeza moral parece atada al mismísimo apego que muchas tradiciones espirituales nos instan a aflojar.
Esta es una de las razones por las que el cristianismo siempre me ha parecido más convincente en lo moral. No me dice que escape del mundo de los amores y las pérdidas. Me dice que los ordene correctamente. Los mártires cristianos no estaban desapegados de la Iglesia. Los misioneros que cruzaron océanos y murieron en tierras extranjeras no estaban desapegados de la gente a la que servían. El propio Cristo es el ejemplo más claro. La Encarnación no es una historia sobre el desapego del sufrimiento humano. Es la historia de Dios ENTRANDO en el mundo. La cruz no es desapego, sino el amor haciéndose vulnerable.
Entiendo por qué la gente se siente atraída por el desapego. Promete paz en un mundo lleno de duelo y decepción. De lo que nunca me han persuadido es de que pueda producir esa lealtad feroz y costosa que se interpone entre las víctimas y sus perseguidores. La responsabilidad parece exigir apego. El amor desde luego que sí. Y he llegado a creer que la responsabilidad es un cimiento más firme para la vida moral de lo que el desapego podría serlo jamás.