Una de las tentaciones ateas más comunes es confundir la incredulidad con la lucidez, dar por sentado que la religión es la parte irracional y que, por tanto, quitar la religión debe dejar atrás a un ser humano más limpio y más racional. Pero los seres humanos no funcionamos así; los seres humanos operamos a través de creencias, de emociones... No dejamos de desear el ritual, la pureza, la tribu moral, el sentido de lo sagrado o el significado trascendente solo porque dejemos de usar lenguaje religioso para esos deseos.
A menudo, la vida secular sigue reconstruyendo formas religiosas mientras insiste en que ha escapado de ellas. No me refiero a la religión en el sentido teológico, sino a intentar cubrir algunas de las necesidades que la religión cubre. ¿No crees que hay ritual compartido, códigos de pureza, herejía pública, víctimas sacrificiales, iniciación moral, símbolos de pertenencia, un relato que hace que la vida ordinaria se sienta cargada de significado? Porque lo hay y, a menudo, es mucho más superficial y satisfactorio que lo que sacarías de la Iglesia.
Puedes ver esa migración ocurrir en entornos seculares corrientes. La cultura del bienestar se llena de lenguaje de purificación, pequeños tabúes corporales y rituales de autolimpieza que prometen más que salud. La astrología sobrevive entre personas que se creen demasiado sofisticadas para la religión, pero que a menudo creen que su vida está predestinada según su fecha de nacimiento. Al margen de las creencias religiosas, los humanos tienen necesidad de un consuelo espiritual, y de la sensación de que el universo tiene una opinión legible sobre nuestra vida. El materialismo y la implicación de que no somos más que un puñado evolucionado de proteínas es demasiado terrible para que nadie lo soporte.
Incluso las apelaciones a la ciencia derivan a menudo en cientificismo. La cuestión no es si la ciencia es real; fue la Iglesia católica la que dio a luz a la ciencia moderna en primer lugar. Siempre ha sido una gran parte de nosotros: la de comprender la creación de Dios a través de las mentes racionales que Dios nos dio. La cuestión es si una persona la trata como una disciplina de indagación o como un objeto de prestigio que le resuelve el estatus, la identidad y la autoridad moral, en lugar de con una intención genuina de descubrir la verdad.
La misma estructura aparece en entornos seculares con la misma frecuencia: los movimientos políticos generan santos, apóstatas, confesiones públicas, pruebas de pureza y drama moral apocalíptico con una regularidad deprimente. Los mundos conspirativos lo hacen desde el otro lado. Ofrecen conocimiento iniciático, textos ocultos, lucha moral y una revelación lo bastante grande como para tragarse toda ambigüedad. El mecanismo es el mismo en ambos casos. La gente sigue queriendo un mundo dividido entre los salvados y los condenados, los iniciados y los ciegos.
Por eso la autocomplacencia atea suele resultar tan superficial. Decir "estoy desencantado" puede convertirse en su propio encantamiento. Halaga a quien lo dice haciéndole creer que ya no tiene esa clase de necesidades que la religión atendía. Pero el apetito permanece. Y si el apetito permanece, se adherirá a otra parte.
Ese algo más
Los ateos tienen la misma necesidad de lo sublime, de adorar y de creer que hay un significado espiritual en todo lo que hacemos que, si no se cubre a través de la religión, tienden a obtenerla por muchas otras vías: desde unas terribles como los cultos a la personalidad de Stalin o Kim Jong Un, hasta libros de fantasía llenos de espíritus, magia y muchos dioses, pasando por videojuegos repletos de lo sobrenatural que no sienten en sus propias vidas, deteniéndose en universos cinematográficos de superhéroes que suplen pobremente la teología que todos necesitamos para entender nuestro lugar en el universo.
Por último, para cerrar con una cita de uno de mis papas favoritos:
La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Encíclica de 1998 del papa san Juan Pablo II, Fides et Ratio