Dicen que al crecer uno desea volver a ser niño. Yo no. Tampoco deseo seguir creciendo.
La tristeza de mi infancia fue tan grande que se aferró a mí y cruzó conmigo los años. Hoy habita mi edad adulta como un invierno que nunca termina. Es una sombra silenciosa que conoce mis pasos y habita mis recuerdos.
Por eso no quiero ir al norte ni al sur, ni perseguir distancias imposibles; porque hay recuerdos que viajan más lejos que cualquier destino y dolores que ningún horizonte consigue dejar atrás.
Quizás la infancia feliz sea también una forma de nostalgia, una fotografía iluminada por el tiempo.
Estoy segura de que hubo días buenos en mi niñez. Debieron existir risas, juegos y tardes despreocupadas. Sin embargo, cuando miro hacia atrás, esos recuerdos parecen escondidos detrás de otros más oscuros.
A los seis años recuerdo a mi padre junto a otra mujer. En la escuela recuerdo maestras que inspiraban miedo más que confianza, y niños que se orinaban en los pantalones mientras aprendíamos, torpemente, a habitar el mundo.
No sé si mi infancia fue triste, pero sí sé que la tristeza conservó mejor la memoria que la alegría. Los momentos felices se volvieron niebla; los dolorosos, en cambio, permanecieron nítidos, como si el tiempo hubiese decidido protegerlos del olvido.
Tal vez por eso no extraño ser niña. No porque no haya existido felicidad, sino porque cuando busco a esa niña, es la tristeza quien responde primero