Estábamos en la fila del show maldito nocturno, disfrazados de falange: mi señor, dos sargentos, nueve pajes limpios y tres gamincitos.
Todos íbamos encapuchados y camuflados con la dignidad que permite semejante disfraz.
Yo llevaba tanto miedo encima que hasta me parecía que la capucha me quedaba sospechosa.
Y entonces mis ojos fueron a estrellarse con los del perro.
Era un perro grande, serio, profesional.
Un perro que olfateaba lápices y libretas buscando plagiarios en la fila para ahorcarlos.
El animal clavó en mí sus ojos.
Yo lo miré.
Él me miró.
Y ladróme tan fiero como Cocofante.
Yo me descompuse.
Quise seguir andando como si nada, pero el condenado perro no dejaba de ladrar.
¡GUAU!
Más gente nos miró.
¡GUAU!
Alguien dejó de comer.
¡GUAU!
Una señora escondió su bolso.
Ya empezaban algunos a sospechar de mí.
Pensé:
Aquí termina mi vida.
Entonces mi señor se agachó.
Hablóle al perro dos palabras que nadie alcanzó a oír.
El perro dejó de ladrar.
No poco.
Batió la cola tres veces.
Lento.
Como quien acaba de recibir una revelación celestial.
Yo pidole perdón al cielo por haber dudado un solo instante de mi amo Don Carlos, pero aquello, con todo respeto, se vio muy extraño.
Ya dentro, mientras recuperaba yo el color de mi rostro, acerquéme a él.
—Mi señor, ¿qué le dijisteis al perro?
Don Carlos me miró con la impaciencia de quien acaba de preguntar por el chiste del chiste.
—Para algo debería servir la capucha del maldito.
No quise hacer más preguntas.
Entramos, pues.
Y tomamos nuestros asientos.
EL LEJANO OESTE
La ambientación de la tarima era el desierto.
Un futuro donde el viejo Oeste Americano se veía lejano, violento y ligeramente avergonzado de sí mismo.
Había polvo fingido.
Casas de madera vieja.
Un saloon.
Cráneos de vacas colgados.
Botellas con tres equis.
Y un silencio de viento.
Sobre los músicos colgaba peligrosamente una tabla con el verso bíblico que daba nombre a la obra:
«He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza».
A nuestro alrededor el silencio en inglés de las películas bonitas se hacía insoportable.
Ese silencio donde todo el mundo quiere callar al vecino haciendo más bulla.
—Shissssssssss.
—¡Cállense!
—¡Cálleme!
Todos reían.
Nadie callaba.
Había mucha expectación.
Todos querían llamar la atención.
Mi señor, entretanto, no miraba el grotesco entremés del que no voy a hablar.
Para un monje cristiano como yo, aquello era pornografía.
Una negra con los tobillos desnudos tocaba en guitarra una canción llamada Bread Boy, mientras repartían calientitos niños de pan para ser devorados por la siempre hambrienta audiencia.
Mi señor no miraba.
Mi señor contaba con sus pajes la colmena enemiga.
Buscaba en los números alguna operación que lograra dividirlos.
Yo, en cambio, sólo quería sobrevivir.
EL NIÑO DE PAN
De detrás de una cortina medio limpia y negra —sucia como de sangres— salió un cantante de ópera que había fracasado por pánico escénico y ahora conducía ceremonias.
Levantó los brazos.
—EN EL EPISODIO ANTERIOR...
La gente comenzó a callarse.
—EL CAPITÁN CLONADO PREGUNTABA AL NIÑO DE PAN POR SUS INTERESES EN LA VIDA.
Pausa.
—Y ESTE RESPONDIÓ QUE SOLO LE INTERESABA EL DINERO.
Una pulga caminaba por una blanca peluca.
El hombre señaló al niño.
—¿ES MATERIALISTA, CODICIOSO, METALIZADO, INTERESADO EL NIÑO DE PAN?
Las luces se apagaron.
NEGRO.
—Shissssssssss.
—Shisssss.
—Silence, please.
La luz se apagó del todo.
EPISODIO NÚMERO DOCE
Una guitarra eléctrica comenzó a sonar.
Distorsionada.
Sin mucho veneno.
Una armónica en C respondió desde algún lugar de la oscuridad.
El guitarrista miró al paje.
El paje lo miró.
La señal estaba lista.
Si alguien intentaba aprender demasiado, matemática mediante, se hacía la señal del seis.
Entonces el guitarrista tocaría mal durante dos compases.
Sólo dos.
Hasta recibir confirmación.
La música comenzó.
Y todos entraron con la voz al mismo tiempo, como pateando la puerta de una cantina.
SOY EL MEJOR LADRÓN.
SOY EL MEJOR LADRÓN.
SOY EL MEJOR LADRÓN.
La guitarra subió.
La voz subió.
La banda subió.
¡TE MENTÍ!
Silencio.
Después:
—SIEMPRE HACE UN DISPARO DE ADVERTENCIA AL TECHO.
—NUNCA HUYE.
—SE VA.
—LA VIRGEN NEGRA LO CUIDA DE QUE LO VEAN.
Y el niño de pan comenzó a cantar:
—Seguiré robando y enviando el dinero a mi familia.
La música bajó.
—Para que mis hermanitos y mi madre nunca roben.
Pausa.
—Y nunca sepan de este infierno.
Sonó un relincho.
Infierno era el nombre de su caballo de letras.
La guitarra volvió.
El niño de pan cantó:
—De cantinas...
Se detuvo.
—En las que sólo las cucarachas son sus mejores clientes...
Miró al público.
—Y yo...
Respiró.
—Sólo me importa el dinero.
El coro respondió:
DINERO.
—Dinero es lo que traen.
DINERO.
—Si no trajeron, por su bien, váyanse.
La guitarra entró con más fuerza.
—¡DENME TODO SU DINERO!
La banda:
¡SOY EL MEJOR LADRÓN!
¡SOY EL MEJOR LADRÓN!
¡SOY EL MEJOR LADRÓN!
¡TE MENTÍ!
Y entonces comenzaron a caer billetes.
Primero uno.
Luego cinco.
Luego cientos.
El dinero flotaba sobre la iglesia como una extraña lluvia de papel.
El niño de pan levantó los brazos.
—DINERO, HERMOSO DINERO.
La banda respondió:
AHHHHH... AHHHH... AHHHHHH.
Y cuando la canción llegó a su punto más alto:
¡YA LA FE EN LA GENTE LA PERDÍ!
Todo se cortó.
El silencio regresó.
El niño de pan respiró.
Y desde algún lugar oscuro de la escenografía se oyó:
CLANG.
Una espada.
Mi señor levantó los ojos.
Algo había cambiado.
LA BATALLA
Cuando la obra llegó a su clímax, el Monje Maldito disparó a mi señor Don Carlos en el pecho.
El estampido me hizo sentir que se me salía el alma por las botas.
La bala golpeó el peto de metal con un estrépito de herrería celestial.
CLANG.
Don Carlos dio un paso atrás.
Yo di tres.
—¡Mi señor!
—Estoy bien.
El Anticristo disparó de nuevo.
CLANG.
Otra vez.
CLANG.
Y otra.
CLANG.
Mi señor retrocedía poco a poco, sosteniendo aquella daga cada vez más abollada, mientras aquel maldito avanzaba con la tranquilidad de quien ya ha decidido cómo va a contar la victoria.
—¡Rendíos, Don Carlos!
Mi señor no respondió.
El Anticristo se posó sobre su espada.
Levantó el revólver.
—¡Se acabó!
Y, por primera vez, vi a mi señor sangrar.
Miró alrededor.
No había salida.
Entonces sucedió.
Primero fue un ruido.
No de arma.
No de bestia.
No de hombre.
Fue como si alguien, allá arriba, hubiese dado un pisotón sobre el mismísimo cielo.
Miré al techo.
Las tablas comenzaron a crujir.
Una línea de luz apareció entre las vigas.
Después otra.
Y otra.
Hasta que el techo entero pareció abrirse.
Una lluvia de polvo cayó sobre nosotros.
El Fraile Maldito bajó el revólver.
Yo me quedé inmóvil.
Mi señor también.
Entonces apareció una bota.
Una sola.
Colgando del agujero del techo.
La bota descendió lentamente.
Luego apareció la otra.
Después un vestido.
Después una Biblia.
Y finalmente aquella voz.
Potente.
Negra.
Hermosa.
Como si hubiera aprendido a predicarle a las tormentas.
—HÁGASE LA LUZ.
Todo quedó quieto.
Incluso el Anticristo.
Majdalena bajó del cielo.
Pero no parecía una mujer que hubiese llegado a una batalla.
Parecía una mujer que acababa de llegar a una iglesia.
Llevaba Biblia.
Micrófono.
Botas de predicadora.
Y detrás de ella descendía un ejército de angelitos mocosos, llorosos, despeinados y poseídos por el demonio del baile.
Uno llevaba una pandereta.
Otro una Biblia.
Otro no llevaba nada y parecía ser el director.
Majdalena tocó el suelo.
Miró al público.
Levantó el micrófono.
—¿QUIÉN VIVE, HERMANOS?
Silencio.
Un niño respondió:
—¡CRISTO!
Majdalena se llevó la mano a la oreja.
—¿QUÉ?
—¡¡¡CRISTOOOOOOO!!!
—¿NO LOS OIGOOOO?
—¡¡¡CRISTOOOOOOOOOO!!!
Entonces la banda comenzó.
Primero una nota de órgano.
Larga.
Profunda.
Casi triste.
Después entró el bajo.
Luego una guitarra.
Una batería.
Una palmada.
CLAP.
Otra.
CLAP.
Otra.
CLAP.
Majdalena levantó la Biblia.
—YO ERA CIEGA...
El coro:
—¡PERO AHORA VEO LA LUZ!
—YO ESTABA PERDIDA...
—¡PERO AHORA VEO LA LUZ!
—YO TENÍA MIEDO...
—¡PERO AHORA VEO LA LUZ!
La batería explotó.
El órgano respondió.
La guitarra comenzó a llorar.
Y Majdalena señaló al público.
—¡LAS MUJERES!
—¡¡¡LUZ!!!
—¡LOS HOMBRES!
—¡¡¡LUZ!!!
—¡LOS NIÑOS!
—¡¡¡LUZ!!!
—¡TODOS!
—¡¡¡LUZ!!!
La iglesia explotó.
EL DEMONIO DEL BAILE
Un niño paloma comenzó a bailar.
Su sombrero salió volando por algún misterioso designio de Dios.
Dos mozas pusieron una tabla en el piso.
Dos blancas pelirrojas comenzaron a bailar tap sobre ella.
El pastor de gafas oscuras se desmayó.
Le echaron agua.
Volvió a levantarse.
Y volvió a bailar.
Los angelitos comenzaron a saltar sobre el público.
Los niños gritaban.
Las mujeres palmoteaban.
Los hombres zapateaban.
Y mi señor...
Mi señor estaba mirando a Majdalena.
Con la boca abierta.
—¿Qué hacéis aquí?
Majdalena señaló hacia el rincón más oscuro.
Entonces llegaron las luces.
Allí estaba el Anticristo.
Intentaba escapar por una ventana.
Sin ningún éxito.
Majdalena volvió a mirar a mi señor.
—Entré por la puerta equivocada.
Pausa.
—Pero Dios me dejó el cielo por techo abierto.
Y volvió a cantar:
—HÁGASE LA LUUUUUUUZ...
El coro:
—¡HÁGASE LA LUZ!
—Y VIO DIOS QUE ERA BUENA...
—¡HÁGASE LA LUZ!
El Anticristo levantó nuevamente el revólver.
—¡Cállate!
Majdalena dejó de cantar.
Silencio.
Lo miró.
Un hmmmmmm... hmmmmmm... comenzó a escucharse en el fondo.
El Anticristo apuntó.
—¡Yo!
Majdalena levantó un dedo.
—¡TE REPRENDO EN EL NOMBRE DE CRISTO!
Puso la Biblia contra su pecho.
—AQUÍ NO MANDA EL QUE TIENE MEJOR PUNTERÍA EN LA PISTOLA.
El Anticristo apretó los dientes.
Majdalena sonrió.
—AQUÍ MANDA EL QUE TENGA EL MEJOR CORO.
La banda explotó.
LA IGLESIA
Los angelitos se lanzaron sobre el público.
El coro creció.
Las paredes comenzaron a temblar.
Los tablones crujieron.
¡HÁGASE LA LUZ!
El Anticristo intentó disparar.
El arma se encasquilló.
La bajó.
¡PUM!
Se disparó sola contra su propio pie.
—¡¡¡AAAAAAAH!!!
Majdalena salió del pogo de niños y llegó a la tarima.
Un niño salió persiguiendo su sombrero.
El guitarrista hizo un acorde disonante que no esperaba resolución.
—¿Nos quedamos sin iglesia o qué?
Majdalena sonrió.
—Ahora viene la parte de las ofrendas.
Cientos de niños monaguillos aparecieron con alcancías.
Caminaron hacia el público.
La gente comenzó a echar billetes.
El Anticristo retrocedió.
Majdalena avanzó hacia él.
—Tú.
El Anticristo tenía los calzones en la mano, mostrando los calzoncillos por un hueco en la cola.
—Tú eres de los que entran en una casa de visita y entran con las manos vacías.
Otro paso.
—Si conoces mi historia sabrás que tengo gustos de reina y he sufrido.
Otro.
—Y para los que creen que tener un arma convierte una mentira en verdad...
Levantó la Biblia.
—¡HÁGASE LA LUZ!
El coro:
—¡HÁGASE LA LUZ!
—Y VIO DIOS QUE ERA BUENA...
—¡HÁGASE LA LUZ!
La música bajó.
Majdalena miró al Anticristo.
—Hermano.
Él levantó la mirada.
—Yo no soy tu hermano.
Majdalena sonrió.
—Eso dices porque todavía estás enojado.
Silencio.
La banda comenzó una melodía lenta.
—Yo no sé dónde estabas...
El coro:
—Pero aquí estás.
—Yo no sé cuánto perdiste...
—Pero aquí estás.
El Anticristo bajó el revólver.
—Yo maté.
—Lo sé.
—Robé.
—Lo sé.
—Mentí.
—También lo sé.
—Disparé.
Majdalena miró el arma.
—Eso también lo vimos.
Pausa.
—Pero todavía puedes bailar.
El Anticristo la miró.
—¿Bailar?
—Sí.
Un niño le acercó una pandereta.
El Anticristo la tomó.
CHIN.
Una lágrima cayó sobre ella.
CHIN.
Entonces la batería entró.
PAM.
El bajo:
PUM.
La guitarra:
CHANG.
El Anticristo movió un pie.
Después el otro.
Miró sus propios pies como si fueran de otra persona.
Majdalena gritó:
—¡LEVÁNTATE!
Él levantó la cabeza.
—¡LEVÁNTATE!
Dio un paso.
—¡LEVÁNTATE!
Otro.
Y entonces el Anticristo comenzó a bailar.
Primero mal.
Después peor.
Después maravillosamente.
Los niños lo rodearon.
El guitarrista tocó más fuerte.
El baterista se puso de pie.
El pastor volvió a desmayarse.
Y mi señor Don Carlos...
guardó lentamente su espada.
Yo lo miré.
—Mi señor...
No respondió.
Estaba viendo al enemigo bailar.
LA ÚLTIMA BATALLA
Majdalena levantó la Biblia.
—¡EL QUE TENGA ODIO, QUE LO DEJE AQUÍ!
—¡¡¡AMÉN!!!
—¡EL QUE TENGA MIEDO, QUE LO DEJE AQUÍ!
—¡¡¡AMÉN!!!
—¡EL QUE TENGA UNA PISTOLA...!
Todos miraron al Anticristo.
Él miró el revólver.
Lo contempló.
Luego lo dejó en el suelo.
CLANG.
Majdalena sonrió.
—¡Y QUE SE LLEVE MÚSICA!
La iglesia explotó.
El Anticristo lloraba.
Bailaba.
Reía.
Y por primera vez en toda la noche parecía no saber qué hacer con sus manos.
Entonces Majdalena levantó los brazos.
—¡YO SOY LA LUZ!
El coro:
—¡Y VIO DIOS QUE ERA BUENA!
—¡TÚ ERES LA LUZ!
—¡Y VIO DIOS QUE ERA BUENA!
—¡ELLA ES LA LUZ!
—¡Y VIO DIOS QUE ERA BUENA!
—¡ELLOS SON LUZ!
—¡Y VIO DIOS QUE ERA BUENA!
Los aplausos crecieron.
Palmas.
Zapateos.
Tablazos.
Gritos.
Desmayos.
Bailes histéricos.
El Anticristo miró alrededor.
Ya no había nadie huyendo.
Miró a Majdalena.
Miró a mi señor.
Mi señor lo miró a él.
Nadie disparó.
Durante unos segundos no hubo Anticristo.
No hubo caballeros.
No hubo Frailes.
No hubo enemigos.
Sólo una iglesia llena de gente.
Y música.
Entonces el Anticristo preguntó:
—¿Y ahora qué hago?
Majdalena sonrió.
—Baila.
Y bailó.
LA MANZANA
Mi señor permaneció unos segundos en silencio.
Luego miró al suelo.
Allí había una manzana.
Se inclinó.
La recogió.
La sopesó.
La miró con la serenidad de un caballero que ha encontrado por fin el arma apropiada para el momento histórico.
Yo comprendí inmediatamente que algo terrible iba a ocurrir.
—Mi señor...
Don Carlos miró al Anticristo.
—¿Por qué no te callas?
Y le lanzó la manzana.
El Anticristo se agachó por un pelo.
La manzana pasó por encima de su cabeza.
Golpeó una lámpara.
¡PUM!
La lámpara explotó como si la hubiesen llenado de gasolina.
El baterista esquivó las llamas en un salto épico.
La batería siguió sonando.
El Anticristo salió corriendo.
Mi señor levantó los brazos.
—¡¡¡VUELVE!!!
El Anticristo siguió corriendo.
—¡¡¡NUNCA SABRÉ QUIÉN GANÓ!!!
Y yo, que estaba detrás de él, tampoco.
Porque mientras el Anticristo desaparecía entre sombras, Majdalena volvía a cantar.
Un columpio descendió lentamente por el agujero del cielo.
Ella subió.
Los angelitos comenzaron a cantar.
La banda volvió a tocar.
El órgano sostuvo una nota.
La guitarra respondió.
La batería entró suavemente.
Majdalena levantó la Biblia.
Y cantó:
—HÁGASE LA LUUUUUUUZ...
El coro respondió:
—¡¡¡HÁGASE LA LUZ!!!
Majdalena:
—Y VIO DIOS QUE ERA BUENA...
El coro:
—¡¡¡HÁGASE LA LUZ!!!
Y mientras el columpio ascendía hacia el agujero del cielo, el Anticristo, allá lejos, dejó de correr.
Se volvió.
Y, aunque nadie pudo verlo bien...
levantó una mano.
Como quien todavía estaba aprendiendo a bailar.
Entonces Majdalena gritó por última vez:
—¡¡¡YO SOY LA LUZ!!!
Y toda la iglesia respondió:
—¡¡¡Y VIO DIOS QUE ERA BUENA!!!