PERLA ESPECIAL
La infancia que todavía camina conmigo
Hay etapas de la vida que quedan atrás en el calendario, pero no necesariamente se van de nosotros.
La infancia es una de ellas.
Uno crece, cambia de lugar, conoce otras ciudades, trabaja, forma una familia, atraviesa dificultades, aprende cosas nuevas y acumula responsabilidades. Con el paso de los años, la vida parece alejarse cada vez más de aquellos primeros días. Sin embargo, algunas imágenes permanecen.
En mi caso, muchas de esas imágenes tienen un lugar y un nombre: Dos de Mayo.
Allí quedaron mis primeros recuerdos.
No crecí rodeado de comodidades. La casa donde vivíamos tenía piso de tierra y las necesidades formaban parte de la vida cotidiana. No había heladera ni cocina a gas. El fuego estaba en el piso y la leña era parte de las tareas de todos los días. El humo también formaba parte de aquella casa.
Éramos muchos: Rubén, Marta, Hugo, yo, Liliana, Ramona, Emma y Valeria. Ocho hermanos. Y junto a nosotros también creció Vanessa, hija de Marta, que fue criada con nosotros y terminó siendo, en la práctica, como una hermana más.
Aquella familia numerosa hizo que aprendiéramos temprano que las cosas se compartían. No solamente la comida o el espacio de la casa. También las responsabilidades, las preocupaciones y las pequeñas alegrías.
Mi madre, Elena, fue el centro de aquella familia. Su historia había comenzado mucho antes de que yo pudiera comprenderla. Había sufrido desde muy pequeña, había llegado a la Argentina sin educación formal y tuvo que aprender a sobrevivir trabajando. Después formó su propia familia y crió a sus hijos con los recursos que tenía.
Ella no era una mujer de grandes demostraciones afectivas. No recuerdo haberla escuchado decir muchas veces "te amo". Su manera de expresar amor era diferente: estaba en levantarse, trabajar, preparar la comida, preocuparse por nosotros y sostener la casa. Con los años entendí que hay personas que dicen mucho sin pronunciar demasiadas palabras.
También recuerdo el pueblo: las calles de tierra, los caminos por donde todavía circulaban personas a caballo. Dos de Mayo era un lugar muy diferente al actual. Muchas familias de las zonas rurales llegaban caminando desde lugares alejados: Picada Indumar, Saltito Uno y Saltito Dos. Mi madre los veía llegar y tenía una costumbre que todavía recuerdo: ponía la pava sobre el fuego, preparaba mate, tenía agua fresca y, cuando podía, preparaba chipas para los niños.
En aquel momento yo no tenía la capacidad de comprender la importancia de esos gestos. Era un niño. Para mí, simplemente era lo que hacía mamá. Muchos años después entendí que allí había una enseñanza: no hace falta tener mucho para compartir algo. A veces alcanza con una pava, un poco de agua, algo para comer y la voluntad de abrir la puerta.
También está la Escuela Nº 270, primero de madera y luego de mampostería. Muchas veces fui a estudiar descalzo. También tuve mi primera alpargata gracias a Don Buby Mecher. Pero lo más importante que recibí fue la posibilidad de aprender junto a maestros que dejaron huella: Clara Steinke, Gladys Espíndola, Pocha Álvarez, Mirella Turín, Cristina Molina, Hugo Gauto, Luis Mendieta.
Después apareció la música con Julio Payeska: "Es mejor estar tocando la guitarra que andar vagando".
La infancia no desapareció. Se transformó. Y en mi caso, camina conmigo cada vez que vuelvo a mirar hacia Dos de Mayo. Porque antes de ser periodista, antes de hacer radio y antes de escribir esta historia, fui simplemente un gurí. Un niño de Misiones que muchas veces caminó descalzo. Ese niño todavía forma parte de mí.