Cuando pienso en todas esas cosas que no te dije, esas que di por sentado porque nadie nunca se prepara para las pérdidas, repaso cada momento en donde fuimos felices, en donde me hiciste un mimo para dormir o me agarrabas la mano; en lo especial que era para ti, aunque fueras un hombre con coraza dura pero centro blando, en cada viaje que hicimos, en cada historia que contabas. Sin quererlo, me fui convirtiendo en tu niñita.
Yo, por mi parte, te admiraba cada día más y más. De pequeña te veía grande, fuerte y protector, de joven me alejé como todos... pero volví con un sentimiento de respeto y fragilidad gigante hacia ti. Me atormentaba pensando cuándo este día llegaría y, por más preparada que estaba, perderte desde tan lejos fue una cachetada dura en la cara, una manera nueva de ver la vida, donde casi nada tenía sentido, mucho menos pensar que ahora era imposible volverte a abrazar.
Aunque me haga la dura, me rompo un poco cada vez más pensando en todo lo que me voy a perder sin ti. Te extraño y te atesoro en mi corazón, con un miedo cada vez más grande al olvido: olvidar cómo hablas y tu café en la mañana, tu risa juguetona y tus constantes bromas. Pero me reconforto en cada "te amo" que nos dijimos, en cada consejo que alguna vez me diste, en todo lo que soy y en lo que me hiciste hacer para perder el miedo a esta vida que últimamente no me trata bien.
PD: del 2020