Uf, esa espada.
La fortaleza Carmesí
El tren redujo su marcha lentamente y, tras una última curva, la bruma se apartó como un telón. Lux contuvo el aliento.
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Uf, esa espada.
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El tren redujo su marcha lentamente y, tras una última curva, la bruma se apartó como un telón. Lux contuvo el aliento.
Allí estaba.
La fortaleza Carmesí se alzaba sobre una colina, imponente y cálida. No era gris como su aldea: muros de piedra rojiza, torres altas que tocaban el cielo, y entre ellas, luces de un tono dorado y carmesí que brillaban con firmeza. Se veía ordenada, protegida, viva. Los muros eran gruesos, las entradas custodiadas, y por todas partes se veían personas con túnicas del color del fuego: los Carmesí. El corazón de todo lo que quedaba de la humanidad.
El tren frenó por completo. La puerta se abrió y los jóvenes descendieron en silencio, con los ojos muy abiertos. Había muchachos y muchachas de todas las aldeas, algunos con rostros confiados, otros nerviosos. Muchos ya hacían pequeños gestos con las manos: hacían levitar piedras, agitaban el aire o hacían brotar agua entre sus dedos.
Lux apretó la empuñadura de su espada —la de Estrella— y sintió la piel desgastada bajo sus dedos. La armadura roja con franjas negras le daba un poco de calor, pero no le quitaba el frío que sentía en el estómago. Soy la única que no tiene nada, pensó.
Los condujeron a una plaza amplia, pavimentada y limpia, donde cientos de jóvenes ya esperaban. Y entonces, el silencio cayó sobre todos.
Por la escalinata principal descendieron cinco figuras, y todos contuvieron el aliento. Eran los Cinco Carmesí Principales, los que sostenían la seguridad de todo lo que quedaba:
- El Carmesí Zero, el primero y más poderoso, dominaba los elementos fundamentales.
- La Carmesí floreciente: Alina, de cabello castaño y ojos grandes y nobles, que lograba hacer brotar la vida de la tierra.
- El Carmesí inquebrantable: Sebastián, de porte firme y manos que parecían de piedra, la fuerza era inquebrantable; lograba mover grandes montículos de tierra y piedra.
-El Carmesí del Aire: Alphonse, ágil y de mirada perspicaz, que conocía cada rincón del peligro porque el aire le servía de guía.
- La Carmesí del flujo sagrado: Catherine, de voz clara y ojos sabios, con el don de la curación a través del agua.
Zero dio un paso adelante.
—Bienvenidos —dijo. Su voz no fue alta, pero todos la escucharon—. Han viajado hasta aquí con la esperanza de formar parte de nosotros. Pero quiero que sepan algo desde ahora: la mayoría no se quedará.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Ser Carmesí no es un título —continuó—. Es un sacrificio. Vivimos para proteger a quienes no pueden hacerlo. Comida, medicina, seguridad… todo lo que llega a sus aldeas sale de nuestro esfuerzo. Y hoy, ustedes demostrarán si están listos para darlo todo. Las pruebas iniciarán mañana.
Hizo una pausa breve.
—Por el momento, pueden instalarse en sus habitaciones. Después pueden recorrer la fortaleza o las instalaciones donde entrenarán y se prepararán. Nos vemos mañana a primera hora para la primera prueba. Recuerden: a partir de mañana, iniciamos las elecciones.
Zero terminó de hablar y, con un gesto sereno, se marchó junto a los otros cuatro. La explanada quedó en silencio un instante más, y luego comenzó a llenarse de murmullos, pasos y movimiento.
Unos Carmesí jóvenes los condujeron a los pabellones donde se alojaron. No eran tan lujosos como la mayoría de la fortaleza, pero estaban limpios y organizados. Las camas eran cómodas y tenían cobijas afelpadas; los pabellones no eran muy grandes, pero eran suficientes para sentirse a gusto. Contaban con pequeños cajoneros para guardar la ropa, y sobre ellos, una pequeña lámpara iluminaba el espacio. Una ventana dejaba entrar la luz del sol y un poco de aire fresco.
Lux solo traía una pequeña maleta. No tenía mucha ropa ni muchos artículos personales, ya que su familia era sumamente humilde. Acomodó lo poco que tenía en la cajonera y colocó la espada de su amiga Estrella encima, junto a la lámpara.
Se sentó en la cama y, mirando a través de la ventana, comenzó a pensar en todo lo que le había costado llegar allí: el hecho de que le hubieran permitido entrar sin tener ningún don visible, y la razón por la que estaba ahí: su hermana Alice, su mamá Rebeca, Olga —la mujer que siempre las apoyó—, el recuerdo de su padre y, sobre todo, el recuerdo de su querida amiga Estrella.
Lux se levantó de la cama tras ese momento de reflexión y decidió ir a explorar las instalaciones donde recibiría entrenamiento y preparación. El lugar era amplio y estaba equipado con elementos para practicar los dones principales: Agua, Tierra y Aire. Sin embargo, no había nada relacionado con el fuego.
El elemento fuego se había perdido hacía muchísimos años. Solo se había manifestado una vez en un joven con un poder inmenso, pero aquel chico desapareció sin dejar rastro; desde entonces, nadie más había vuelto a mostrar ese don. No se sabía nada concreto de él, más allá de lo que se rumoreaba entre las aldeas.
Lux recorrió los pasillos observando cada detalle con atención, y cuando terminó de mirar todo, sintió hambre. Decidió entonces recorrer la ciudad para buscar algo de comer que estuviera a su alcance, ya que como las pruebas aún no comenzaban, la cafetería del salón de entrenamiento no estaba en funcionamiento.
Tras caminar un buen rato por la fortaleza, encontró un pequeño y muy modesto puesto de comida casera.
El puesto estaba situado en una callejuela estrecha, lejos de las torres más altas y brillantes. Un humo suave y aromático subía de una olla de barro, y el olor a comida caliente —maíz, frijoles, hierbas tiernas— llenaba el aire, haciendo que el estómago de Lux rugiera con fuerza.
Detrás del mostrador, una mujer mayor de manos arrugadas y sonrisa dulce removía el contenido de la olla con cuchara de madera. Al ver a Lux detenerse, la miró con amabilidad.
—Pasa, niña —dijo con voz suave—. ¿Qué se te antoja?
Lux se acercó con timidez y contó las monedas que llevaba en el bolsillo, muy pocas, que había ahorrado con mucho esfuerzo.
—Tengo poco —admitió, bajando la mirada un instante—. ¿Me alcanza para algo?
La mujer sonrió con ternura.
—Todo lo que hay aquí es sencillo y abundante. Toma asiento. Te serviré un plato caliente. No te preocupes por el dinero hoy.
Lux la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Está segura? No quiero aprovecharme…
—Segura estoy —respondió la mujer, sirviéndole un plato generoso—. Mi nombre es Elena. He visto llegar a muchos jóvenes como tú. Se les ve en la mirada: traen esperanza, pero también cansancio. Y el estómago vacío no deja soñar bien.
Lux tomó asiento en un pequeño banco de madera y comenzó a comer. La comida sabía a hogar, a los guisos de su madre Rebeca, a los días tranquilos con Alice. Casi sin darse cuenta, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Es deliciosa —dijo con voz entrecortada—. Gracias.
Elena la observó en silencio un momento, y luego dijo con calma:
—Vas a las pruebas, ¿verdad?
Lux asintió.
—Sí. Pero… no tengo don. Aún no sé bien por qué me aceptaron.
La mujer apoyó las manos en el mostrador.
—¿Y quién te dijo que el don es solo lo que se ve? —preguntó suavemente—. He visto pasar a muchos con agua en las manos y viento en los dedos, pero vacíos por dentro. Y he visto a otros que mueven piedras, y sin embargo no pueden sostener el mundo.
Lux la miró, sorprendida.
—¿Cree que es posible?
—Lo sé —respondió Elena, y sus ojos se perdieron un instante en el humo de la olla—. Hubo un tiempo en que ser Carmesí no era solo fuerza. Era calor, era protección, era el corazón de la gente. Dicen que aquel joven que desapareció… no se fue porque quisiera. Se escondió. O lo escondieron. Y algún día, el fuego volverá a nacer donde menos se lo esperen.
Lux sintió un escalofrío recorrer su espalda. No entendía por qué, pero las palabras de la mujer le resonaron en el pecho como algo propio.
Cuando terminó de comer, insistió en pagarle lo poco que tenía. Elena aceptó una moneda con una sonrisa y le puso en la mano un pequeño pan recién horneado.
—Para el camino —dijo—. Y recuerda: lo que llevas dentro no se apaga porque nadie lo vea.
Lux salió del puesto con el corazón más ligero y el pan caliente entre las manos. La ciudad ya se estaba iluminando con luces doradas y carmesí. Caminó de regreso a su pabellón pensando en las palabras de Elena, en el joven del fuego perdido, en la espada de Estrella que la esperaba en su habitación.
Lux llegó a su habitación, guardó el pan en una bolsa de plástico, la coloco sobre la cajonera y se sentó junto a la ventana. El sol se ocultaba por completo. Mañana comenzaría todo. Y por primera vez, no sentía solo miedo. Sentía que algo despertaba en ella, suave y constante, como una llama que nadie ha apagado todavía.
Al día siguiente, las pruebas comenzaron a primera hora de la mañana. La plaza ya estaba llena de jóvenes provenientes de distintas aldeas, cada uno con sus dones sobre los elementos principales: Aire, Agua y Tierra. Sin embargo, ninguno poseía el fuego.
Entonces, Zero comenzó a hablar.
-La primera prueba comienza ahora -anunció-. Entrarán al recinto de resistencia. Allí, la radiación concentrada probará sus cuerpos y sus espíritus. Quienes posean dones podrán rodearse de ellos para protegerse. Quienes no... encontrarán su propia fuerza.
Las puertas se abrieron. Uno a uno fueron entrando. Lux se colocó entre la multitud, sin llamar la atención.
El aire adentro era denso, pesado. Al principio solo sentía calor. Luego, un ardor sutil le recorrió la piel, como si algo quisiera consumirla por dentro. Los jóvenes a su lado mantenían escudos de aire, de viento, de agua. Avanzaban protegidos.
Lux no tenía escudo. No tenía don. Avanzó paso a paso, apretando los dientes, recordando el rostro de su madre, la sonrisa de Alice, las manos de Olga... No me rindo.
Pero no era solo el calor lo que la amenazaba.
Algunos jóvenes la habían observado desde que entró. Sabían que no tenía don. La veían como presa fácil, alguien que no debía estar ahí, que ocupaba un lugar que no le correspondía. Y en la penumbra del recinto, lejos de la mirada de los Cinco, empezaron a actuar.
Primero fue un empujón sutil, cuando nadie miraba. Lux tropezó, pero recuperó el equilibrio. Después, un chico que caminaba cerca hizo que una pequeña corriente de aire chocara contra su espalda, haciéndola tambalear. Más adelante, una chica desvió un chorro de agua fría hacia ella, justo cuando su resistencia empezaba a flaquear.
-Vete ya -susurró una voz a su oído, mientras pasaba a su lado-. No tienes nada que hacer aquí.
-Mejor ríndete - murmuró otra-. No aguantarás más.
Lux apretó los puños. El ardor de la radiación sumaba a los empujones, las miradas burlonas, las palabras que buscaban desgastarla. No van a lograrlo, pensó con fuerza. No vine hasta aquí para rendirme.
El calor aumentó. Le costaba respirar. Sus piernas pesaban como plomo. Iba a caer.
Y entonces, la empuñadura que sostenía en sus manos cambió.
La espada de Estrella comenzó a brillar con una luz tenue, casi imperceptible, que nadie más parecía ver. Un resplandor suave, cálido, que brotaba del dragón tallado en la empuñadura. En ese preciso instante, una calidez la envolvió por completo. No quemaba; protegía. Era como un manto invisible que la cubría, alejando el ardor... y también esos pequeños ataques que buscaban derribarla.
Alguien intentó empujarla de nuevo, pero chocó contra algo invisible y retrocedió, confundido. Otro lanzó una ráfaga de viento que se desvió sin tocarla. La espada la protegía.
Lux no entendía nada. Miró la empuñadura: el brillo era tan leve que apenas podía verse. Y esa calidez... era suya, solo suya. Nadie más la sentía.
Desde lo alto de la galería, los Cinco Carmesí la observaban. No veían los ataques discretos, pero veían algo más: su fortaleza inexplicable.
-¿La ven? -preguntó Alina, con voz suave pero asombrada-. No tiene don. Lo sé con certeza. La revisaron antes de entrar.
-Ningún rastro de poder elemental -confirmó Sebastián, frunciendo el ceño-. Y sin embargo... ahí sigue, firme. Nadie la ha visto flaquear.
-Hay algo que la protege -dijo Alphonse, atento-. No logro ver qué es.
Catherine asintió, con la mirada fija en Lux.
-Lo que la rodea... no lo reconozco. Es único.
Zero no apartaba la vista.
-Esa fuerza que la sostiene... Es especial.
Abajo, Lux seguía avanzando. No sabía que cinco de los seres más poderosos del mundo la miraban con asombro. Solo sabía que la espada en su mano la guiaba, la sostenía, y que el calor que la abrazaba era real, cálido, suyo.
Cruzó la puerta de salida. Estaba sudada, temblorosa, pero de pie. Muchos con dones habían caído antes. Ella, sin nada que mostrar ante los ojos de todos, había salido.
Fuera, bajo la luz del atardecer, Alina la esperaba apartada de los demás. Se acercó a ella con paso suave y la miró con una sonrisa serena.
-Lux -dijo Alina, con voz dulce y firme-. Sé que no tienes don. Y aun así, resististe más que muchos que sí lo tienen. Tienes algo especial, algo que no se ve todos los días.
Lux la miró con los ojos muy abiertos.
-¿Usted cree?
Alina asintió con calma.
-Lo sé. Y además... reconozco esa espada. Era de Estrella. La conocí. Era valiente, generosa... y tenía un corazón tan grande como el tuyo. Me alegra ver que ella sigue caminando junto a ti.
Le puso una mano suave en el hombro.
-Acaban de iniciar las pruebas. La siguiente será la de agilidad: pondrá a prueba tu rapidez, tu equilibrio y tu ingenio. Y quiero que sepas algo... desde este instante, ya eres mi favorita. No me decepciones, ¿de acuerdo?
Lux sintió que el corazón le latía con fuerza, pero ya no de miedo, sino de algo más grande: esperanza. Asintió con firmeza, apretando la empuñadura.
-No lo haré. Gracias, señorita Alina.
Alina le sonrió y se marchó.
A poca distancia, varios jóvenes la observaban apartados -algunos de los mismos que la habían atacado- y murmuraban entre sí con confusión y recelo.
-¿Cómo lo hizo? -susurró uno-. La empujé dos veces... ni siquiera se movió.
-No tiene don -dijo otra con tono incrédulo-. Solo lleva una espada vieja y una armadura gastada. ¿Cómo resistió?
-Alina fue a hablarle a ella -murmuró un tercero-. Es una de los Cinco. No hace eso con cualquiera. Quizá... quizá no sabemos todo lo que tiene.
Lux los escuchaba sin mirarlos. Sabía lo que decían. Sabía que algunos la miraban con envidia, otros con recelo. Pero apretó la empuñadura y sintió su calor suave. No necesitaba que
entendieran. Solo necesitaba seguir adelante.
El sol se ocultaba tras las torres. La noche comenzaba. Y con ella, algo nuevo y antiguo a la vez despertaba en su interior.
Thoughts
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PermalinkUf, esa espada.
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PermalinkAnoté la del pan para el camino, esa se me quedó dando vueltas un buen rato.
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PermalinkEl puesto de la callejuela, lejos de las torres brillantes, es lo que uno halla en cualquier ciudad grande: la olla de barro y la señora que atiende. Da la impresión de que usted conoció un sitio así de verdad.
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PermalinkLa prueba del recinto, con los chavales protegidos por sus escudos y ella pasando a pulmón, es lo que más me sonó de todo. Aguantar de pie cuando el cuerpo ya no da se cuenta poco y aquí está contado.
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PermalinkLa escena del puesto de Elena, con el plato caliente y la moneda que al final sí le acepta, me hizo pensar en los comedores chiquitos donde uno come por poco y sale con otra cara. Apuesto a que esa señora vuelve a aparecer más adelante y que el fuego perdido tiene algo que ver con ella.
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PermalinkElena es la que me quedó de todo el capítulo. La manera de servirle el plato y decirle que el estómago vacío no deja soñar bien, y después aceptarle una moneda para que la chica no se sienta de favor. Así es la gente mayor que ha visto pasar a muchos, te deja quedarte sin que parezca limosna. Lo del pan caliente en la mano al salir remata la escena.
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