Tal vez tengan razón: por mi ocio terminé alejándome, o quizás así lo quiso el destino, quién sabe.
Pasé de estar rodeado de personas a solo escuchar sus voces: hablando y hablando, sin ningún tipo de final. Me acerco cada mañana al espejo después de dormir —si es que pude dormir— y veo reflejado —si es que puedo ver— a una sola persona y, a la vez, a una multitud mostrándome el contrato.
Mis ojeras junto a mis ojos inyectados en sangre, acompañados de mi deprimente apariencia, son la firma de mi decadencia; y mis manos, mis inquietas manos, firmaron una y otra y otra vez ese contrato.
Estar en tantos problemas te hace apreciar más cosas como el silencio, la calma, o tan solo detalles insignificantes, como no haber firmado ningún contrato. ¿Les conté de esa vez en que vinieron doctores y me dieron dosis de contratos?
A veces veo la pluma y vienen recuerdos vagos de una vida que no es la mía, creo. Vagos recuerdos que me muestran a un escritor perdiendo todo, llorando y lamentándose, y finalmente recurriendo a un contrato. Hace poco comenzó a surgir una idea en mí: ¿qué tal si rompo ese contrato?
No culpo a nadie por mi situación ni por lo que voy a hacer; pido perdón también porque sé que todavía quedan personas ahí, esperando a que vuelva, pero después de todo lo que pasé, creo que esta es la única manera. Mis acciones condenaron mi destino, todo por ignorar la letra pequeña de ese contrato.
Adiós...