Dos golpes secos al aire.
Una espada chocando con otra.
Una gran revuelta.
Una guerra con sangre.
A los soldados no les quedaba nada más.
Gritos.
Jaleo.
Algarabía.
En el corazón y en la mente no había nada.
Dos disparos en vertical.
Dos hombres defendiendo un país.
Un sentimiento: LA PATRIA
El rey macabro desenfundó su espada.
Risas.
Lloros.
Todo estaba perdido.
Siempre atacaban al mismo lado.
Parecían figuras de porcelana mientras atacaban al enemigo.
Esta historia ya estaba vista.
Era un final absurdo ya contado.
Pelear por un país en decadencia.
Luchar por un país donde tú eras un peón más.
¿Morir?
Muero.
¿Quién me recuerda?
Recuerdos en el campo de batalla.
¿Me olvidan?
Olvido dulce para los enemigos, amargo para mis seres queridos.
¿Seré un gran campeón?
Me encantaría, pero cuantas vidas me he llevado por el camino.
¿Un rey amado u odiado?
Amado para quien en mi ven riquezas.
Odiado para los que mi muerte les endulza.
Una batalla más perdida.
Una retirada a tiempo.
Mis soldados caían como moscas a la miel.
El vació me consumía y me susurraba:
"Eres muy estúpido, ves como otra vez no hemos conseguido nada. Luchas y luchas, pero siempre el enemigo te lleva ventaja. Te quedarás solo con un reino que simplemente te odia."
La tristeza me rondaba.
Mi hora me llegaba.
Sería mi última batalla.
Sin herederos.
Sin familia.
Mi estirpe yo ya sabía que no proliferaría.
Quise tantas veces tener un heredero.
Empeñado estuve.
Aunque bien inconsciente mi vida vi pasar.
Tanto empeño y tantas ganas.
Todas mis mujeres a mis espaldas bien me engañaban.
Me odiaban.
Difundían palabras horribles a mis enemigos.
De un plumazo me quité una a una de mi camino.
Amado o deseado solo pude dejarlas a un lado.
En la política tampoco mi suerte me acompañó.
No era yo muy devoto a ella.
La dejé en manos de mis representantes.
Si yo no sabía, ellos todavía menos.
La política me sonrió, pero se esfumó en cuanto mis consejeros la intentaron atrapar.
Ni mujeres ni política.
Ni que digamos de religión.
Empecé bien empeñado en ser católico, pero me obligaban a casarme con alguien que su aliento yo despreciaba.
Prima mía era, pero de fulana bien se las daba.
Me aconsejaron casarme con otra prima lejana, pero al vicio y al juego experta ya bien era.
Mantuvimos un matrimonio en la medida feliz, pero a escondidas bien se las daba de amante de mi enemigo.
Cansado de ella, a la guillotina bien la mandé.
El vacío en mi se apoderaba.
Los demás con gran bravío me apodaban: "Don Macabro".
En aquel momento solo una de mis esposas había mandado a ese destino tan cruel.
La siguiente esposa ni guapa ni de buenos modales.
Siempre pensé que no podía elegir peor.
Yo creía que era lo mejor.
Con el tiempo me di cuenta era mi peor error.
Les chillaba a sus sirvientas.
Salvaje y despiadada en la cama.
A todo el mundo insultaba y de buen talante no digamos que era.
Cierto fue que pena me dio cuando a la mañana siguiente, unas fiebres se la llevaron.
Ay, mi Doña Inés que pronto el final ves.
Mi última esposa era bien rica y tenía mucha clase.
Enamorada de ella quedé al mes.
Quise casarme pronto con ella, ya que un partidazo parecía que era.
Engañado yo quedé, ya que el mismo demonio bien escondiera.
En cuanto su opinión no coincidía con la mía me castigaba con silencio.
Ella pensaba que yo era un crío.
Aunque aquí con 24 años, aunque no los pareciera.
Un día cara le planté.
Ella lo consideró un desplante.
Se creía la jefa y la reina de mí.
Bien confundida ella estaba, ya que todo lo tenía gracias a mí.
Yo era rey, y reina aún no había llegado.
Con su soberbia quiso castigarme.
Sus gritos y amenazas ya bien me las conocía.
El vacío un poco más grande se hizo.
Cansada de su actitud, bien cierto, que un poco largo bien la mandé.
A una torre la ordené que la encerraran.
Entre rezos yo estaba, ya que el cura me lo confesaba.
Yo solo sé que esa mujer yo bien odiaba y repudiaba.
Me generaba malestar.
Sentía que de mala gana yo le respondía.
Ni quise ni pude volver a casarme.
Entre mis traumas y la mala fama que a mi atribuían, soltero bien quedé.
En mi vacío quedó.
Quise echarlo, pero bien me abrazaba.
Cansado y desganado a mi última batalla fui.
En ella vi como lo que quedaba de mi reino se desplumaba.
Pocos soldados en pie quedaban.
Yo sabía que iba a ser el siguiente, aunque ya poco me importaba.
Mi espada reflejaba mi rostro.
Bien valiente me creí que a mi destino puse un macabro fin.
Clavé las cabezas de los enemigos en picas cerca de mi reino.
Aunque yo nunca conté que mi verdadero enemigo era yo.
¿Cuántas vidas me había llevado por defender la causa de mi deshonra?
¿Cuántas familias dejé sin padre por luchar a mi lado?
¿Cuántas veces me repetí que había llegado mi fin?
La muerte me sonreía, pero con ella no me quería.
Le suplicaba día y noche que con ella me llevaba.
Con su cabeza negaba y bien revoltosa andaba.
Me mandaba terribles males, pero bien airoso salía de los cuales.
Sentado en mi sillón, los ojos cerré y en aquel momento la muerte esperé.
Un largo sueño.
En coma quedé.
Nada recordé.