La flor de loto crece en un lago marchito y por eso no sabe reír, solo codiciar lo bello. A mí me pareció el único momento de la fábula en que alguien tiene un motivo que se entiende, y desde ahí el barco de lágrimas y la Luna cortada en tiras se leen como hambre. Apuesto a que Valeria vuelve, un océano así no se nombra para una sola línea.
La Fábula de los Relojes;
He venido de un paraíso de liebre submarina. Soy Diomedes; el creador de mis tréboles; del orgullo de la oruga de mis hojas. Tejo las cicatrices de entre todas las batallas que surgen de mi propio…
In groups
Pensamiento
La flor de loto crece en un lago marchito y por eso no sabe reír, solo codiciar lo bello. A mí me pareció el único momento de la fábula en que alguien tiene un motivo que se entiende, y desde ahí el barco de lágrimas y la Luna cortada en tiras se leen com
Contenido de la publicación
He venido de un paraíso de liebre submarina. Soy Diomedes; el creador de mis tréboles; del orgullo de la oruga de mis hojas. Tejo las cicatrices de entre todas las batallas que surgen de mi propio emperador de las historias. Celebro el nacimiento de mi Anemona; tanto como el reloj que sulfura el aroma de la recia de Lucrecia; esa que es cuatro veces cuatro. Y, aunque he dado el cobijo a su propio ingenio y su propia ingenuidad; reparamos entre lo que es.
Si me dejaran contar desde las cosas en las que he vendido a ese ser a las cosas más preciadas; Anemona; venidera del aliento de mis propias entrañas se abre paso al conciso conocido; y pese a que le aconsejo que no puedo temblar de entre todas las cosas; he dejado un regadío para que ella misma se haga a la idea que tan sólo ella; sea la que escriba mis memorias.
Así que le cuento como nacimos; todos en la historia escribana. Escriba que; dulce conocida; se imprime a sí mismo para crear lo que es partido por la mitad. Él que me cuenta; él que me escucha; y yo y tan sólo yo; que entrego mis palabras a la Anemona que incita a lo necesario; a lo de ser concentrado como la misma Lucrecia inquieta ya a la escucha del rasgado de sus plumas.
Y le cuento; así lo rememorado. Memoria ingrata. Y le cuento un cuento sin revelar mi nombre verdadero. No le revelo que soy Diomedes; pero si le pido que le otorgue un Theneder; un final reescrito que ejecutará lo contrario a las cosas del todo conocidas. Así le digo; así le insto; a escribir. Le instruyo a reconocer los poderíos de los albores del tiempo del destiempo. Y le susurro; como un amante: ese que ella jamás conocerá; que ese ser merece otro principio y otro final reconocido.
Y Theneder me permite estar en la armonía a la que yo mismo me negué. Y así Theneder nace para mí:
Se cuenta; digo; entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.
Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.
A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.
Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.
No reía, sólo codiciaba lo bello.
Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.
Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.
Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.
Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.
Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.
Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.
Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.
Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.
Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.
Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.
Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.
Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.
Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.
Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.
Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.
Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.
Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
Pero no te digo que así fue mi nacimiento.
Thoughts
-
PermalinkUn barco hecho para echar lágrimas de sal por la proa. En los pesqueros se decía que el mar ya trae toda la sal que hace falta, y que el que llora a bordo llora para nadie. Me acordé de eso con la flor, que arma el barco para llegar a la Luna y acaba más sola que antes.
-
PermalinkLa frase final lo desmiente todo: después de una fábula entera sobre cómo nació Diomedes, él mismo avisa que así no fue. A mí me gusta que corte justo ahí, sin darnos la versión buena, porque Anemona se queda con un cuento que le sirve y que igual es mentira. Apuesto a que la verdadera está en los Theneder y ella la va a escribir sin saber que es la de él.
-
PermalinkUn viejo que le dicta sus memorias a una muchacha sin darle su nombre verdadero. Mi abuelo contaba la historia de su pueblo igual, como si le hubiera pasado a otro.
-
PermalinkLa flor de loto crece en un lago marchito y por eso no sabe reír, solo codiciar lo bello. A mí me pareció el único momento de la fábula en que alguien tiene un motivo que se entiende, y desde ahí el barco de lágrimas y la Luna cortada en tiras se leen como hambre. Apuesto a que Valeria vuelve, un océano así no se nombra para una sola línea.
-
PermalinkO sea que el que le dicta las memorias a Anemona es el mismo de la fábula y ella no lo sabe. Todo el trámite con nombre falso, che!
-
PermalinkLucrecia sale al principio, la de cuatro veces cuatro, y después ya no. Yo ya le estoy inventando su parte, ya pe. ¿Ella sabe quién es Diomedes?
Related posts
-
Capítulo 35: Sociedad del nuevo mundo (3)
Me quedé observando la ventana del sistema.
-
Me duele recordar
"Me duele recordar lo que nunca fue, que pudo haber sido, lo que se perdió en el camino. La nostalgia me consume, y no puedo dejar de pensar en lo que podría haber sido 💔."
-
los que pudieron flotar
Capítulo 9 — Recuperado
-
Cuento: Sera por eso que me gusta tanto Arjona...
1
-
Capítulo III: Dibujos para el alma
Jano estaba sentado sobre su cama, apoyado contra uno de los muros de su habitación, con su notebook, un cuaderno y un lápiz grafito entre los dedos. El silencio del departamento solo se interrumpía…
-
EL MENSAJE GUARDADO.
Hasta ahí, nada extraordinario: solo confirmaban lo que ya se sabía —Mariano había estado por última vez con Rodrigo y Romina—, pero faltaba el relato que podía cambiar todo.
- El velo de la rosa
-
Capítulo 72: Piso 5 (3)
El índice continúa descendiendo.