Capítulo 22
Desde la vereda, Lucas saluda por la ventana del bar y se apresura a entrar, más sonriente que de costumbre, y se acerca a la mesa donde lo aguardan sus amigos.
Federico, en silencio, fuma.
Miguel y el Negro discuten algo.
Manuel, codo derecho en el mostrador, levanta el vaso: "brindo por el recién llegado, salú"
-Buenas noches, compañeros.
-Tarde, pero acá lo tenemos.
-¿Traerá los puños llenos de verdades?
-No empiecen, que traigo en serio la buena nueva.
-Dale, salí de tu subdesarrollo intelectual y contanos como te fue en tus incrédulas andanzas con el ilusionista Pablito Barraza.
-Jodan no más, pero traigo algo más que una ilusión. Tengo pruebas, testimonios, y hasta la palabra autorizada del profesor Luis Fernández Guevara.
-Si, sos capaz de venirnos con el cuento de que te entrevistaste con Borges en persona después de haber convocado su espíritu.
El que habla ahora es Federico. Es lo primero que dice en esa noche que empieza a ponerse tormentosa. Hasta aquí habían reído un poco. Pero largan los tres una carcajada cuando Lucas contesta:
- No, pero estuve cerca.
La mujer de la mesa del rincón, a quien habían bautizado "la poseída", pero con quien nunca habían hablado, y de quien solo Manuel sabía algunos datos, interrumpió su urgente lápiz, soportando con estoicismo los vahos que la impelían a escribir, y dirigió la mirada al grupo. Podría decirse que por primera vez lo hace con esa deliberación. Ella no ríe, claro, presta atención.
Lucas no se enoja. Opta por acercarse al mostrador en busca de un vaso y vuelve a la mesa. Afuera, la lluvia súbita golpea con fuerza los vidrios.
- Bueno, amigos - se hace el silencio, Federico sonríe como mirando a Lucas desde otro lado, lejano y alto, pero escucha - lo que contó el mitómano e ilusionista de Barraza está absolutamente probado. Podrá haber mentido en algún aspecto, tal vez agregó fastuosidad a su historia. Tal vez su versión difiera de lo que realmente sucedió. Tal vez su participación en el asunto no haya sido relevante y esté actuando como los pescadores cuando cuentan haber sacado el pejerrey más grande. Pero no hay dudas, el pejerrey existe y es una pieza muy buena, amigos. Solo tenemos que pescarla nosotros.
- Escuchame, si Barraza miente en alguna de las partes, puede mentir en todo - sentencia Miguel.
- Puede, pero no lo hace. A nosotros no nos importa si es verdad que Jorge Antonio quiso afanarse la novela, o si la Kodama la recuperó. O si Borges la quiso guardar o si cualquier otra cosa. Nuestro verdadero interés, nuestro real y único interés debe estar puesto en la confianza de que la novela existe. Y la novela existe. Eso lo comprobé.
-Parece que además de existir, esa novela estuviera destinada a producir hechos novelescos en la realidad - el Negro hurga en sus ideas para rescatar él, de todo esto, una buena historia para escribir - Lo único que falta es que cuando encontremos la obra, el argumento consista en que a un escritor de renombre le secuestran una obra importante, la más importante. Las personas implicadas en el secuestro se pelean y después de varios años la viuda la recupera de algún modo...
- Sí, Negro, y termina que cuatro giles van en su búsqueda - interrumpe Federico, sobrador.
-¿Y es cierto que Bioy tiene la obra? - pregunta Miguel con sutil entonación psicoanalítica.
- Pero vos le crees algo, todavía...- dispara Federico.
- Paren, muchachos, no se desesperen. Si dije que había pruebas es porque las hay. Pueden confiar con un imprevisto acto de fe, como hice yo al principio, o requerir la presencia de un escribano público, si desconfían. Así que - mirando exclusivamente a Federico - como veo que necesitan un certificado... Que deben ver para creer... Muy bien.- Saca el papel y lo pone sobre la mesa - Acá hay una hoja de la novela. Corresponde al original...
- Según el Sapo...- lo corta Federico.
- Sí, según tu amigo. Mirá, Federico, vos conocés mejor que yo al Sapo. Cuando me mandaste a verlo no sirvió para conseguirme trabajo. Por lo menos, pensá que de algún modo quiere ayudarme. Si no fuera capaz de tener al menos esa intención, ¿para qué me mandaste a hablar con él? Además el Sapo me confió esto no por mi cara, sino justamente porque es tu amigo. Lo confió para que todos nosotros...
Federico esquivó los argumentos de Lucas sonriendo incómodo, mirando para otro lado, conteniendo el humo del cigarrillo más de lo habitual. El Negro fruncía el ceño más de lo habitual. Miguel leía la página..
Desde la mesa del rincón, se oye la voz de Carmina llegando desde su ensimismada presencia.
-"No te van a entender. Para muchos hay dos vías para alcanzar el conocimiento. ¡Salvados aquellos que utilizan ambas! Que desarrollan todas sus humanas potencialidades. Enunciarlas sería tarea remanida, burda. Pero podría resumirlas así: por un lado la razón, lo apolíneo, lo recto y ajustado; por el otro lado la intuición lo dionisíaco, lo sinuoso y ominoso. Aclaro que estas descripciones obedecen a categorías incompletas. Para acercarme más a la verdad, piensa que las dos componen la unidad del yin y el yan, ambos retratados en el siempre citado monólogo de Hamlet. Para algunos, entre los que se encuentran tus compañeros hay solo una, la primera, la de la razón. Se valen únicamente de esa vía para la comprensión omnímoda de la realidad. Así jamás obtendrán respuestas absolutamente validas. Permítanme entonces intervenir. No me gusta dar consejos, para eso están los libros sabios, aquellos que han escrito las civilizaciones que, por miles de años, fueron construyendo el saber. Pero escúchame: vos, hermano (mirando fijamente a Lucas), deberás imponerte, porque a los que no creen posible el libre transporte del espíritu por el éter, a los que adolecen de incredulidad, a esos, el trueno los desprotege porque les desintegra su ligazón con el cosmos".
Su voz es fina, Imperceptible, de pajarito. Habla subrayado algunas palabras (vos, no, aquellos, espíritu, trueno) y cuando lo hizo, la voz adelgazaba hasta desaparecer al pronunciar la palabra siguiente.
El Negro agrega al discurso de Carmina, con seriedad digna de la mejor causa, que acuerda en gran parte con lo apenas susurrado. Y la invita a escrutar la suerte y el destino en esas tres moneditas que suele consultar. Se refiere al I Ching. Ella acepta. En su gesto puede entreverse que todas sus silenciosas presencias anteriores en el bar, estuvieron destinadas a este momento, a este supremo instante: leerles el I Ching a estos cuatro argonautas suburbanos.
El Negro propone empezar por Lucas. Federico no termina de entender lo que ve pero se dispone a participar porque aunque no está seguro, intuye una burla para Lucas. Miguel vuelve a leer la página. Prefiere el testimonio de la palabra escrita a las propuestas de la sinología..
Carmina recompone la voz como lo hacen las locutoras de televisión, tocándose la garganta, manotea las tres monedas, saca lápiz y papel y clava otra vez su mirada en los ojos de Lucas. Lo instruye. Explica con clara actitud pedagógica que debe preguntar a las monedas, que tiene que concentrarse en la pregunta que desee formular durante dos minutos, no menos, y luego, agitar las tres monedas y arrojarlas sobre la mesa por seis veces.
Lo hace.
Carmina sonríe, como felicitándolo. Anota números y traza algunas líneas.
Un fuerte trueno interrumpe el suspenso del momento. La lluvia arroja sus propias monedas sobre el bar
-"Bueno muchacho, andás de suerte, primero el trueno, rugido de las entrañas, penetrante; sobre él, la tierra, las entrañas, expectantes. El retorno. Si mal no recuerdo, el libro de las mutaciones te augura éxito."
Lucas, por supuesto, está concentrado en la suerte que correrá el grupo de amigos en esta empresa con que el destino los desafía. Los otros tres saben que Lucas ha preguntado ésto. - "Siga, siga"
-"Justamente, el trueno y sobre él, la tierra. Ya pasaron los momentos malos, equívocos. la luz vuelve a ingresar. El dictamen dice que llegarán amigos sin tacha. La naturaleza te conduce. Hay asociación entre las personas que profesan un mismo fin. Aprovéchala."
Habla como quien lee, deletrea con su voz diminuta de maestra, moviendo dedos índices, dibujando en la nada, abriendo y cerrando las manos, girándolas, palmeando el aire, acompasándose con el pie derecho, para no permitir que decaiga el ritmo de sus palabras.
-"El movimiento no forzado es cíclico. Por eso el retorno. Todo llega por sí mismo. Ten en cuenta, muchacho, hermano, que todos los movimientos se realizan en seis etapas. En seis. Al séptimo día llega el retorno. Dios descansó. ¡Celebremos el retorno! La suerte te bendice. Pero ten cautela. Observa a tu alrededor, tú sabrás hacerlo... Pero pasado el peligro, no se produce ningún arrepentimiento. Esto es el éxito, el éxito..."
Lo único que falta es que agregue "sigue así, pero mejora un poco en conducta" - piensa Federico.
La maga sonríe satisfecha. Se guarda una proposición. Ella sabe porqué.
Miguel hace un ademán displicente, toma su vaso y aventura - "esta hoja podría ser de Borges".- Después de tantos buenos augurios cree oportuno decir algo así.
El Negro, más cauteloso, solo opina que puede ser, que ir a la biblioteca sería divertido, que de paso, pueden currarse algún librito, o tal vez, charlar con el propio Bioy Casares, pero que de todos modos, él seguirá con su intento, que hay que escribir, que una cosa no quita la otra, pero que la primera es causal y la segunda esencial.
- Che, Lucas, ¿cómo conseguiste la aprobación de Fernández Guevara?. Ese es un peso pesado de la Universidad - la pregunta es de Miguel.
- Ah, nuevos contactos.
-Pero, ¿quién es ese? - Federico ya tiene un plan armado. Ningún profesor, aunque sea de Harvard o del MIT, va a arruinarlo. Pero como ve que todos aceptan, y hacen caso a Lucas, siguiéndolo en su aventura, opta por la interrogación ligera, despojada. No se opondrá. Pero, por lo menos, quiere saber quién es esa autoridad que los protege.
- Cómo, ¿no sabés?, es un capo en la obra literaria de Borges. Siempre está dando algún seminario para especializados, publicando algo en La Nación o en La Conque de Nimes. Bueno, ese me dijo que esto es de Borges...