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La Caceria

Hermes

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Capítulos 18 y 19

Capítulo 18

Lucas encontró en una guía el teléfono y la dirección del profesor Fernández Guevara, y empezó a recapitular. Tres ideas le agotaban la tranquilidad que se había imaginado experimentar en este sublime momento en que la prueba estaba ya en sus manos: que esa prueba no fuera verdadera y. en consecuencia, todo se convirtiera en una burla; que la historia resultara tan increíble que cuando más cerca estuviera del objeto deseado, más lejos estaría de convencer a sus compañeros de alcanzarlo; y que desde la presencia de Borges hasta el viaje con Zaida, todo le hiciera pensar que él se estaba transformando en un personaje de ficción, en un sueño soñado por otro, se dijo. Y se largó a reír, acertando al pensar dónde había leído algo similar.

Existía, entonces, una página con palabras irremediablemente borgeanas, una historia de trastienda con clave política, compleja, pero absolutamente probable, si pensamos que el escenario elegido es Buenos Aires. Acá puede pasar cualquier cosa. Acá pasó cualquier cosa. ¿Por qué no esto? Se trata de Buenos Aires, y no de lugares como Oslo o Copenhague. Por aquellos lugares es verosímil lo que aquí resultaría inocente, poca cosa para nuestra realidad demoledora. Allí puede ser contada como precisa y vital la historia de un príncipe que habla con la sombra de su padre muerto y oírle decir algo así como "de poco tiempo a esta parte he perdido completamente la alegría...", y hacer representar su tragedia por un puñado de locos ambulantes. Eso es fácilmente creíble si lo ubicamos allí, aún agregándole otras desgracias anexas.

 Lucas recordó, repentinamente, cuando iba al teatro con la Flaca; ella era la que explicaba cosas semejantes. Ella, la que lo guiaba en las tinieblas literarias. Los libros, las películas, principalmente las películas...Si algo sabía de cine Lucas era exclusivamente por la docencia que había ejercido en esa materia la Flaca...

Estaba empezando a ponerse melancólico y decidió continuar con la argumentación que estaba armando...Tratándose de un escenario tan exagerado y exuberante como Buenos Aires, el argumento danés sonaría casi demasiado simple.

Pasó la mano lentamente por la hoja de la guía donde figuraba Fernández Guevara, y antes de subrayar su número y su dirección, miró instintivamente al reloj. Demasiadas cosas para un solo día, pero le quedaba tiempo como para consultar al profesor y después ir al bar con todas las pruebas que los descreídos de sus amigos le iban a requerir.

Capítulo 19

El Negro no puede. Se refuta a si mismo cada argumento, cada palabra.

Por el vidrio ve pasar una gallina. Va en los brazos del santiagueño Galíndez, que sin saber lo distrae. No obstante, hoy no se va a entregar fácilmente, aunque los garabatos sobre la hoja sean tan confusos e inconclusos como sus ideas.

El tiempo se le escurre. Se detiene a pensar en ese fenómeno. Cuando está con sus amigos en el bar, o ahora que está solo tratando de inventar algo para su novela son momentos que se le prolongan como en un presente que desea interminable. Son los escasos instantes de felicidad que nos dejaron, se dice.

La novela debe tener algo de naturalismo, pero sin enredos ligeros que se resuelven en un dos por tres, nada de liviandades, a no mezquinar la palabra, a no mezquinar las ideas.

Algo denso, lacerante, heavy, un crimen, un enigma. Aunque la verdad, no hay ganas de relatar un crimen. La sangre no debe ser derramada en la novela. La sangre derramada no será... carajo... nada de ese tipo de ficción política sobre nuestra historia reciente. De eso hay que hablar en otro tono, el exacto, una palabra de más, un silencio de más y cagamos. Para eso no estoy dispuesto. Me faltarían las palabras, me sobrarían los silencios. Bueno, pero algo habrá, qué se yo, una mención, un jirón, una nostalgia, nada de olvido, una memoria implacable.

 Mitología griega, eso es... tomar un tema de la mitología y desarrollarlo de otro modo. Si es griego, seguro que hay crimen. Me mando un Edipo donde claro, el tipo mata pero no sabe a quién, entonces se descubre que el muerto resulta ser el padre del asesino. Aunque habría varios puntos a resolver. Por ejemplo, en nuestro esquema de vida actual ¿qué mierda representaría encamarse con la vieja? Freud nos cagó la tragedia. No, mejor no, para los días que corren, Yocasta moriría sidosa.

¿Y si la encaro por el lado de la pasión? Una novela muy erótica con largas descripciones de los personajes en la cama. Pero también se me complica. Yo estoy para otras cosas, para aquellas palabras que voy a encontrar algún día.

Me quedo con el alegato social, aunque ya no guste. Pero pensemos, ¿cómo hacer de una novela erótica un alegato social? No es imposible. Podría ser una novela rural con mucho sexo cuyos protagonistas fueran peones, u obreros industriales que no cobran hace dos meses, o docentes, o jubilados. No, mejor con jubilados no. Imaginemos una orgía en una olla popular. Eso sí, con mucho realismo.

El santiagueño, al ver luz, no vacila en interrumpir.

-       Negro, me mandé una olla de puchero, ya va a estar listo. Vení a comer conmigo, hay para tirar para arriba.

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