A veces pienso y divago.
Pienso en mí y en ti,
en tu resistencia,
en tus metas
y en cómo, por cuestiones del destino,
algunas quedaron suspendidas
en algún lugar al que ya no llegaste.
Pienso en cómo llegué a tu vida
y en esa extraña ironía
de que, aunque digas que fui yo quien te salvó,
quizás siempre fue al revés.
Me resulta irónico
el parecido innegable que tenemos:
la forma en que nos lanzamos dardos
hacia nosotros mismos,
cómo sangramos por los demás
mientras fingimos no sentir el dolor.
Y qué cruel ironía
que siendo tan parecidos
logremos entendernos tan poco;
que nuestras manos, queriendo acariciar,
terminen dejando heridas
más profundas de lo que imaginamos.
Es triste
que quieras salvarme
tanto como yo deseo salvarte a ti.
Porque me lanzaría a un río
si estuvieras en peligro,
aun teniendo miedo de nadar.
Pero no puedes salvarme de mí misma.
Y quizás ahí está
la parte que más duele.
He encontrado cierta comodidad
en mi propia mediocridad,
en quedarme quieta,
en no esperar demasiado de mí
para no tener que enfrentar
todo aquello que podría perder.
Sé que detestas verme así.
Sé que esperas algo mejor de mí.
Y, en cierta medida,
yo también lo esperaba.
Pero el cansancio me ganó,
y el miedo a ese futuro incierto
terminó convenciéndome
de que era más fácil no avanzar.
Hay una enfermedad
que me carcome la mente
y me va borrando de a poco.
Me ahogo
en el lago del olvido,
mientras intento aferrarme
a recuerdos que ya no sé sostener.
Quiero vivir de la nostalgia,
pero ya no recuerdo tus abrazos.
Quiero volver al ayer,
pero el ayer se aleja
cada vez que intento tocarlo.
Y ahora voy rumbo a ninguna parte,
sin saber siquiera
si alguna vez tuve un destino.
Y no es tu culpa.
Solo quería que lo supieras.
Solo quería que supieras
que lo siento.