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Intensidad radiactiva parte 1

ZaidaPaz
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Vivo en el año 6005 de la era. Hace muchos años, una fábrica explotó y generó una fuga intensa de sustancias radiactivas que alcanzaron las capas más altas de la atmósfera. Desde ese momento, la…

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Pensamiento

Pensamiento

SoledadArrieta

De ciencia ficción no leo casi nada, así que voy por partes. Entendí lo de la fábrica, el traje verde que no se puede pagar quitarse y los paños húmedos en vez de ducha. Lo que no me quedó claro es si Sonia y Stefania están ahí de verdad o si son parte de

De ciencia ficción no leo casi nada, así que voy por partes. Entendí lo de la fábrica, el traje verde que no se puede pagar quitarse y los paños húmedos en vez de ducha. Lo que no me quedó claro es si Sonia y Stefania están ahí de verdad o si son parte de lo que le inyectan por los cables, porque el informe impreso las hace reales y la risa con la alarma parece sueño. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de Sonia y Stefania?

Contenido de la publicación

Vivo en el año 6005 de la era. Hace muchos años, una fábrica explotó y generó una fuga intensa de sustancias radiactivas que alcanzaron las capas más altas de la atmósfera. Desde ese momento, la lluvia ácida no cesa y el aire dejó de ser puro. Ahora el cielo es verde, azul por momentos y, a veces, un rojo espeso.

Vivimos en cápsulas especiales. No tenemos representación política, nadie dirige este país, nadie sabe cómo funciona ni quién tiene plata. Nosotros solo trabajamos por inercia, día tras día.

Mi casa es una cápsula antirradiación con numerosas entradas de conductos. Tienen una especie de compresor en forma de estrella donde se conecta mi traje por si los niveles de toxicidad aumentan. El traje es de un verde uniforme. Si querés sacártelo para descansar, tenés que negociar energía vital, oxígeno y algunos corticoides; todo eso vale una fortuna, y yo no puedo costearlo.

Estoy podrido. En este momento estoy sentado, con todos los transformadores conectados al traje, leyendo a través del visor de mi máscara. Leo una historia donde unos niños viven en un prado verde, riendo y corriendo con un perro. Supe que el perro era un animal por la descripción del libro.

De golpe, como a través del agujero de la máscara, el sueño me vence y me quedo dormido mirando por la ventana. Anhelo encontrar algo, pero en el centro de todo solo veo esa enigmática fábrica que sigue largando humo. Siempre tengo la sensación de que, si me acuesto conectado a todo este aparato, me voy a morir ahogado. Es una sensación espantosa. Dormir sentado es lo mejor.

Muchos asimilan esto como parte de la vida. Yo nací conectado a mi madre, como todos, y seguimos viviendo así: sobreviviendo a esta agonía extraña, atrapados en tanta máscara y tanto traje para evitar una muerte horrible. Qué ironía, la verdad. Yo estoy harto de esta máscara y de no poder transitar libremente ni siquiera por esta cápsula odiosa.

El otro día, a modo de rebeldía, me saqué la máscara frente al espejo. Vi un ser hermoso, un cuerpo que rara vez veo expuesto, que rara vez está con otro cuerpo. Llevamos una vida inhumana; hablo de todos los que estamos acá. Hace un tiempo, mis vecinos formaron una familia y se fueron, no sé a dónde, pero me parece genial que busquen senderos nuevos. Yo no tengo con quién.

Bañarse, todo lo que es higiene, es un suplicio. Te sacás la máscara y lo hacés todo rápido. El agua es un recurso en crisis, así que usamos unos paños húmedos: te limpiás a las apuradas y te volvés a embutir en el traje. Leí en una revista que antes la gente se duchaba. Qué hermosas debieron ser esas épocas.

Salgo a caminar por esas calles pedregosas y sin vida. No hay luces, solo seres idénticos caminando, una masa de color verde. Pero hoy, de golpe, alguien irrumpió en esa monotonía. Llevaba una máscara, sí, pero era de colores. Me miraba fijamente. Se quedó mirándome y creí que me había saludado.

Mi reacción fue lenta. Soy lento para reaccionar porque ya no espero cambios, solo una rutina aburrida.

Cada vez que iba al trabajo, aparecía esa misma persona con la máscara pintada y un letrero que decía: NO AL MIEDO, NO A LA PENA. Yo la miraba un momento y seguía de largo, igual que los demás. Al llegar a la empresa, me identificaba, pasaba por una rampa, abría los brazos y me rociaban con una sustancia viscosa. Seguidamente, un aparato escaneaba si tenía radiación; si todo estaba bien, me habilitaban el paso a mi sector. Mi trabajo consistía en no tener la más mínima idea de qué hacía en ese lugar. Ahí adentro no te enterabas de nada, igual que afuera.

Pero en mi cabeza seguía sonando la frase: NO MIEDO, NO PENA. El turno se me hacía eterno, así que armé una pantomima: fingí unos espasmos de dolor exagerados y avisé que tenía que ir al baño a tomar agua y volvía.

Una vez adentro, cerré la puerta y me desnudé. Había un espejo grande. Abrí la ducha, me puse en posición fetal en el suelo y me quedé ahí tirado. El agua me envolvía; sentí cómo se me crispaban la cara y el cuerpo, pero a la vez experimenté una paz profunda.

Esa distracción empezó a repetirse. Lo hice varias veces, durante semanas, al punto de que empecé a trabajar mal. La frase maldita la tenía grabada en la mente todo el tiempo. Me costaba salir de esa ducha; solo quería que el agua recorriera mi piel y me hiciera sentir cada parte de mi cuerpo.

Un día llegué a mi cápsula y me desnudé a modo de rebeldía. Me quedé así, libre, un rato largo... hasta que perdí el conocimiento.

Cuando desperté, ya estaba conectado otra vez. Me habían puesto una especie de short de baño y estaba en mi litera rodeado de miles de cables. Un hombre me miraba con seriedad.

-No se asuste -dijo.

-¿Quiénes son ustedes? -alcancé a preguntar.

-Yo soy médico y ella es mi asistente. ¿Se hizo chequeos médicos últimamente, señor Francis 0023?

-No. ¿Por qué?

-Bueno, los sensores de su cápsula dieron la alarma. Lo encontramos desnudo y desmayado. No puede estar desconectado del traje ni de la cápsula, son normas estrictas de bioseguridad.

-Estaba muy cansado -mentí.

-Sí, bueno... cansado o no, recuerde que su vida depende de esto, ¿sí? Firme aquí.

Firme un montón de papeles, pero el médico me dejó un certificado extra. Era una mentira: decía que tenía fiebre alta para que pudiera faltar al trabajo sin problemas.

-No íbamos a poner en el informe oficial que estuvo violando las normas de bioseguridad -añadió el hombre con tono grave-. Quédese así por unas horas, después póngase el traje y siga conectado hasta mañana. Que descanse.

Al quedarme solo, decidí fabricarme algo con unos materiales que les había comprado a los vecinos: una especie de palangana bastante grande. Para llenarla, usé unas canillas que mis vecinos tenían y yo no; me quedé mirando esa grifería como si estuviera viendo un delirio, una reliquia de otra época.

Me metí en la palangana y pasé mucho tiempo ahí adentro. No quería salir, hasta que la cápsula empezó a emitir sus luces de alerta. Tenía que volver a conectarme. Salí del agua, me miré al espejo, me sequé y me embutí de nuevo en ese traje verde. Mientras miraba el techo de la cápsula, lo entendí: ya estaba metido en un proceso que no tenía vuelta atrás.

Y las palabras NO TENER MIEDO, NO TENER PENA empezaron a llenar mi tanque de oxígeno.

Mi rutina se había reducido a eso: meterme en la palangana y quedarme inmóvil, cubierto de agua, hasta que sonaba la alarma de la cápsula. "La próxima vez van a creer que me quiero suicidar", me dije. Intenté sentarme como pude; estaba conectado a tantos transformadores que quedé medio parado, con todos los cables tironeando de mi cuerpo.

De pronto, empecé a sentirme embriagado. Mi mente trabajaba con una lentitud pastosa y unas luces extrañas de colores brillantes surcaron mi visión. No me moví más. Me reía solo, mirando una especie de luciérnagas con forma de ojos verdes que me observaban. Entonces, escuché ecos de voces humanas por fuera de la cápsula.

Una voz se reía y la otra decía:

—Pobre, lo redrogaron para que dejara de moverse.

—Es como vos decías, doc —escuché de nuevo—. Está redrogado, tieso y habla solo. Lo vigilan de cerca, ¿pero qué le hicieron? ¿Le rompieron algo y lo metieron acá?

—Sí, ya sé —respondió fastidiada la otra voz—. La máquina de oxígeno y su tensión arterial... sí.

Giré la cabeza. Estaba empapado en sudor, no entendía nada y el cuerpo no me respondía.

—¡Auxilio! —grité.

Entrecerré los ojos y, al abrirlos, descubrí que eran mujeres. ¡Mujeres de verdad! Estaban ahí, sin trajes, sin máscaras, tocando las perillas de mi cápsula.

De pronto, el sistema tronó: ALERTA DE RADIACTIVIDAD.

Las chicas se tentaron de risa.

—¿Qué será eso, no? —bromeó una, imitando la voz robótica de la computadora mientras hacía caras raras. La otra reía y le tocaba el hombro. Me resultaron extrañamente familiares.

"Tienen que entrar o van a sufrir la radiación", quise gritarles, pero tenía la lengua hinchada y dolorida. No sé en qué momento perdí el conocimiento, para variar.

Cuando desperté, las dos estaban sentadas con las piernas cruzadas, mirándome. Sintiéndome vivo por primera vez, mi cuerpo reaccionó de inmediato ante la cercanía de sus pieles desnudas, vestidas apenas con shorts y tops pequeños. Nunca en mi vida había visto a nadie sin traje. Logré moverme para balbucear:

—Hay radiactividad... se pueden morir. ¿Son ángeles que me llevan al más allá? Llévenme, por favor, no aguanto más. Estoy aburrido.

Las chicas se miraron entre sí con una mezcla de suspicacia, tristeza y pena.

—Nosotras también estaríamos aburridas ahí adentro, atrapadas en ese traje ridículo de falsas mentiras, sin hacer nada —dijeron, y soltaron una carcajada tan fuerte que me dolió el oído.

—Sin el traje me muero. Lo dijo el doc —afirmé, asustado.

Una de ellas señaló el monitor.

—Habría que ver qué es mentira y qué es real —dijo—. Hay que probar si es verdad que no podés vivir sin el traje. Para eso tenemos que sacarte de esta cápsula mentirosa que solo emite señales de confinamiento. Hay que hacerte pruebas legales, estudios reales. Después de todo, sos un preso. ¿No te diste cuenta de que estás completamente solo?

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero me dio un ataque de furia. Me arranqué el traje con rabia.

—¡Solo trabajo, nada más, nada más! —grité—. ¡A veces veo la luna y a veces veo los vapores verdes de la radiación!

Me tiré al piso, dejando el traje colgando a un costado. Me miré las manos.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no me siento extraño? ¿Por qué no hace ruido la cápsula?

—Amo tus berrinches, pero el doc te tiene que explicar cuál es tu verdadero problema —dijo la más ruda—. Esto, amiguito mío, es una cárcel.

Me quedé helado.

—¿Qué?

—Sí, estás preso.

—¿Por qué?

—Te borraron la memoria. Y por lo visto te hicieron algo más, porque hablás como un niño que no sabe de qué se trata la vida.

—¡No seas tan dura y ruda, Stefania! —la frenó la otra. Su voz me dio ternura.

—No la escuches, ella te conocía de antes —añadió, mirándola de reojo—. Yo también supe siempre que algo te había pasado. No era tu estilo desaparecer. Solo que algunas... —miró a Stefania con enfado— suelen no confiar en nadie. Yo sí, amiguito mío. Te vi crecer y creeme que te conozco.

Me quedé mirando a la nada. En ese momento, hubiera preferido que los cables me inyectaran de nuevo esos gases de "elefantes saltarines" que me calmaban la cabeza. El terror de que la radiación me estuviera comiendo por dentro me carcomía.

Stefania, la ruda, se levantó. Con una mezcla de audacia y juego para ver cómo reaccionaba mi cuerpo dormido, se acercó y me hizo un par de cosquillas que me hicieron reaccionar por completo; evidentemente, mi anatomía no había olvidado lo que ella le hacía sentir. Suspiré.

Ella tocó dos botones en el monitor de la cápsula y mandó a imprimir un informe larguísimo. El papel no paraba de salir. Tras unos minutos, me lo mostró.

—Te vigilan, ¿ves? Mira: hora, día, todo lo que hacés.

Tomé las hojas con las manos temblorosas y leí: "Se fue al baño: 10:10 hasta las 10:30. Pesadillas: 4:30, dosis 1 mg. Se paró en la avenida a mirar algo a las 5:30: cuando vuelva, aplicar 1 mg".

—Vivís empastillado, amiguito —dijo la otra chica, simpática.

Eso explicaba por qué, cuando entraba en desesperación, de golpe me venía una risa maníaca. "Quiero esas pastillas", pensé por un segundo. La vida de ilusiones y fantasías era artificial, pero era mi realidad.

—Escuchame, pedazo de tonto —me cortó Stefania, clavando sus ojos a dos centímetros de mi boca. Sentí el aroma de su pelo—. ¡Mientras estés acá adentro, todo lo demás es basura! Tenés que salir de acá y dejar de comportarte como un estúpido.

—Me llamo Sonia —intervino la otra, tratando de suavizar el momento crítico.

Yo estaba completamente distraído. ¿O tal vez no?

—Soy un preso —dije—. Soy Francis 0023, el empastillado.

Empecé a reírme, pero en medio de la carcajada me puse morado. El aire se me cortó y comencé a hiperventilar. Las chicas reaccionaron rápido: sacaron un aparato de oxígeno portátil y me plantaron la mascarilla en la cara hasta que mi saturación llegó al cien por ciento.

—Bueno, hay que ver qué es lo que tenés realmente, amiguito. Por eso el doc te manda a llamar.

—¿El doc no trabaja para el Estado?

—Sí y no. Nosotras éramos las que cargábamos la máscara pintada. Supusimos que te iba a interesar el letrero de NO MIEDO, NO DOLOR. Somos una especie de comunidad y vivimos lejos de acá. Podés venir con nosotros a pasar el día.

Sonia hizo callar a Stefania con una mirada.

—Es normal que estés asombrado —me dijo suavemente—. Pasa cuando uno camina siempre solo por el mismo sendero.

Miré a las dos, tomé aire y pedí:

—Díganme qué tengo que hacer para salir de acá y pasear con ustedes.

No miedo. No pena.

Me tiraron adentro de una carretilla junto con el tanque de oxígeno. Ellas se habían puesto los trajes verdes para que nadie las detuviera en el camino. Yo iba al fondo, camuflado bajo una pila de trajes antirradiación vacíos.

Sus pisadas resonaban con fuerza; no había un alma en la calle y el paisaje era desolador. Al caminar, los borcegos de las chicas levantaban un polvo de materiales flúor que se les quedaba pegado en las suelas, manchándolas con un brillo extraño. Yo no conocía esa zona; mi vida entera se había reducido a transitar siempre el mismo sendero directo al trabajo.

Mientras avanzábamos, Sonia me iba explicando la situación en susurros:

—Tenés mi apellido, pero sos huérfano. Tu mamá se contaminó y murió hace mucho. Nos criamos juntos en el refugio y, con mucho dolor, enseguida supimos la realidad: las corporaciones que gobiernan este lugar son plantas químicas. No hay radiación, Francis, eso es mentira. Lo que sí hay es una contaminación brutal con sustancias de desecho. El agua pura existe, pero es un privilegio de pocos; si llega a tocar las zonas con químicos, se vuelve intomable.

Hizo una pausa para acomodar la carretilla y continuó:

—A vos te metieron preso por llamar la atención, pero todavía no sabemos qué te hicieron exactamente cuando te secuestraron al principio. Nosotras estamos medio escondidas, vivimos como podemos. No trabajamos; bueno, algunos sí, pero con semejante paisaje es complicado ganarse la vida. Te lo cuento así porque tampoco quiero llenarte la cabeza de data de golpe. Ojalá el doc lo descubra pronto.

Yo solté un suspiro largo desde el fondo de mi escondite.

—No sé si quiero saber —confesé—. Quizás pueda vivir así, sin recordar, y recuperarme de a poco. Me suena a que la verdad me va a torturar.

Me quedé pensando un momento y junté coraje para decírselo: —Por ejemplo... sospecho que Stefania fue mi novia. Me lo dicen mis partes privadas.

Sonia largó una carcajada bajo la máscara.

—Te dejó, amigo. Y nada... ya sanarás. Stefania es buena mina, pero no tiene mucha paciencia y es cero romántica. Aunque, la verdad, siento que estoy hablando con un extraño. Te juro que vos no eras así antes.

—¿Cómo era? —pregunté, pero me arrepentí enseguida—. No, dejá, no quiero saber.

—No quisieras, pero lo vas a saber —dijo Sonia con una sonrisa en la voz—. Eras divertido, Francis. Ahora estás muy aburrido. Transitar la verdad puede dar miedo... pero es la verdad al fin.

Yo solté un suspiro largo desde el fondo de mi escondite.

Thoughts

  • luchoDominguez

    La palangana me convenció más que todo el discurso de las chicas. El tipo quiere agua y una canilla antes que cualquier revolución.

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  • jmCastaneda

    Lo de dormir sentado por miedo a ahogarse con los cables me quedó dando vueltas. En la ruta de madrugada subía un señor a la misma hora, se sentaba en el mismo puesto y se dormía derecho, sin apoyar la cabeza, con el bolso abrazado. Le pregunté una vez por qué no se recostaba y me dijo que si se acostaba de verdad no se despertaba para bajarse. Un día dejó de subir y nunca supe a dónde fue.

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  • SoledadArrieta

    De ciencia ficción no leo casi nada, así que voy por partes. Entendí lo de la fábrica, el traje verde que no se puede pagar quitarse y los paños húmedos en vez de ducha. Lo que no me quedó claro es si Sonia y Stefania están ahí de verdad o si son parte de lo que le inyectan por los cables, porque el informe impreso las hace reales y la risa con la alarma parece sueño. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de Sonia y Stefania?

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