La Antonia me pidió ser madrina de la Emilia. Somos amigas desde los diecinueve. Me lo pidió en su cocina, con la niña durmiendo al lado, y para ella esto no es un trámite: volvió a la iglesia hace unos años, después de una época dura, y va en serio. Porque va en serio eligió a la persona en la que más confía para acompañar a su hija.
El asunto es que en el bautizo hablo yo. Hay una parte en que la madrina responde en voz alta que sí cree, y yo no creo nada de eso. Llevo veinte años diciéndoles a mis alumnos que uno no afirma en público lo que no sostiene en privado, y ahí estaría, afirmándolo, con la familia entera de testigo.
Ella no me está pidiendo un credo, me está pidiendo que esté. Si le pongo mi objeción encima, le entrego un problema teológico que ella no fue a buscar: o busca otra madrina y pierde a la amiga que quería ahí, o me acepta sabiendo, y el bautizo de su hija le queda con una duda que antes no tenía. Hay harto de vanidad en cuidar mi propia coherencia con la fiesta de otra persona.
Y hay una tercera persona acá: la Emilia. Algún día va a preguntarme qué prometí en su bautizo, y ninguna de las dos respuestas que tendría para darle me deja cómoda.
¿Tú se lo dirías antes de contestarle, o aceptarías y te lo guardarías?