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El Hombre Detrás Del Nombre.

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Durante toda mi vida escuché hablar de Jesús.

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Contenido de la publicación

Durante toda mi vida escuché hablar de Jesús.

Pero con los años descubrí algo extraño: cuanto más escuchaba sobre él, menos parecía conocerlo.

Lo encontraba en iglesias, en libros, en discusiones interminables sobre Dios, en sermones, en películas, en obras de arte y en las voces de millones de personas que aseguraban conocer la verdad sobre él.

Dos mil años después de su muerte, seguía siendo imposible escapar de su sombra.

Y, sin embargo, cuanto más hablaban de Jesús, menos parecía aparecer el hombre.

Entonces hice algo que nunca había hecho: dejé atrás las voces que hablaban de él y salí a buscar las huellas que había dejado.

Por unos instantes pensé en buscar respuestas yendo a verlo con mis propios ojos. Pero luego entendí algo: incluso estando frente a él, solo habría conocido un instante. Los que lo amaron, los que discutieron con él, los que esperaron que terminara un trabajo pendiente o los que lo vieron alejarse por un camino habían conocido al hombre que existía entre un instante y otro.

Por eso fui a Nazaret para preguntar por Yeshua, unos años después de su paso por la tierra, quería descubrir quién era antes de convertirse en Jesús. Antes de las catedrales. Antes de los concilios. Antes de que medio mundo aprendiera a pronunciar su nombre.

Llegué a Nazaret después de recorrer la calzada construida por los romanos y de cruzarme por el camino con algunos soldados que recordaban que aquella tierra vivía bajo ocupación. Nazaret era un pueblo pequeño, más humilde de lo que había imaginado. Casas de piedra y barro. Pastores conduciendo cabras y ovejas. Campos cultivados más allá de las últimas viviendas. El pueblo parecía poco más que una calle principal que seguía el trazado de la vía romana antes de dispersarse en senderos polvorientos.

Empecé preguntando por Yeshua.

Nadie respondió.

Un hombre que afilaba una herramienta junto a una pared siguió trabajando como si no me hubiera oído. Dos mujeres interrumpieron su conversación cuando me acerqué y se alejaron sin decir palabra. Un muchacho me observó unos instantes antes de continuar su camino.

Durante unos minutos pensé que Nazaret había olvidado a uno de sus hijos más conocidos.

Había recorrido cientos de kilómetros para llegar hasta allí y, sin embargo, bastaba pronunciar aquel nombre para que algo cambiara en la expresión de quienes me escuchaban.

Solo después comprendí que no era indiferencia.

Era cautela.

Aunque aquella ejecución había quedado atrás, los romanos seguían allí. También los curiosos, los detractores y los seguidores que buscaban respuestas. Hablar de ciertos hombres podía traer problemas incluso después de muertos.

Finalmente me acerqué a un anciano sentado a la puerta de una casa.

Me observó largo rato antes de hablar.

—¿Quién quiere saber?

Le expliqué que venía de muy lejos. Que intentaba comprender quién había sido aquel hombre antes de que el mundo comenzara a llamarlo Jesús.

El anciano sonrió por primera vez.

—Entonces ha preguntado por el nombre equivocado.

—¿Cómo?

—Aquí nunca hubo ningún Jesús. Solo Yeshua. El hijo de José.

Durante años había pronunciado aquel nombre creyendo que era una respuesta. Sentado junto a aquel anciano comprendí que quizá siempre había sido una pregunta.

Guardó silencio unos segundos y me indicó que me sentara.

Aquella fue la primera de muchas conversaciones.

Y también la primera contradicción.

El anciano describía a Yeshua como un muchacho tranquilo, respetuoso y poco dado a llamar la atención.

Más tarde, ese mismo día, otra persona se rio al escuchar aquella descripción.

—¿Callado? No paraba de hacer preguntas.

Un tercero, en cambio, aseguraba que pasaba más tiempo hablando que con las manos ocupadas.

Otro juraba que era un hombre serio.

Un cuarto lo recordaba riéndose con facilidad.

Por primera vez pensé que quizá estaba persiguiendo a un hombre que no existía, sino a cien recuerdos diferentes de la misma persona.

Empecé a sospechar que no iba a encontrar a Yeshua en las respuestas.

Solo iba a encontrar la huella que Yeshua había dejado en cada persona.

Como era día de mercado, pronto encontré a otras personas que habían crecido escuchando historias sobre él y su familia.

Todos coincidían en algo: la reputación de José y de sus hijos no se basaba en un talento extraordinario, sino en su honradez.

José no era recordado por construir las mejores puertas ni los carros más hermosos. Era recordado por algo más sencillo: cumplir su palabra.

Y eso, en cualquier época, vale más que la habilidad.

Según recordaban, Yeshua tenía facilidad para tratar con la gente. Sabía distinguir entre quien prometía pagar la semana siguiente y quien realmente atravesaba dificultades.

La gente lo recordaba como un hombre amable.

Un hombre bueno.

Una mujer soltó una carcajada cuando alguien mencionó los viajes a Jerusalén.

—José siempre terminaba buscándolo.

Imitó una voz impaciente.

—¿Dónde está el muchacho?

Después respondió ella misma.

—Hablando con alguien. Siempre estaba hablando con alguien.

Otro hombre sonrió.

—Parecía más interesado en discutir sobre Dios que en el trabajo. A José aquello le preocupaba.

Una mujer intervino entonces.

—José se desesperaba con él algunas veces.

—¿Por qué?

—Porque podía dejar una tarea a medias si encontraba a alguien con quien hablar. No era pereza. Era otra cosa. Parecía creer que las personas eran más importantes que el trabajo.

Se quedó pensativa.

—Eso suena muy bien cuando uno cuenta la historia años después. Cuando estabas esperando una puerta que debía estar terminada el día anterior, no tanto.

Los demás rieron.

Luego un hombre recordó una vieja discusión entre padre e hijo.

—Una vez regaló un trabajo a una familia que no podía pagarlo.

—¿Y qué pasó?

—José se enfadó.

—¿Porque perdió dinero?

—No.

Negó con la cabeza.

—Porque sabía que, si su hijo seguía viviendo así, algún día no tendría nada.

—Creo que ninguno de los dos estaba equivocado.

Una mujer mayor, que apenas había hablado hasta entonces, intervino desde el fondo.

—A veces parecía escuchar al mundo entero, excepto a quienes tenía más cerca.

Nadie respondió.

Pero nadie pareció estar completamente en desacuerdo.

Más de uno en Nazaret decía, medio en broma y medio en serio, que si no tenía cuidado acabaría como su primo Juan, recorriendo caminos y desiertos predicando a desconocidos.

Cuando José murió, Yeshua se hizo cargo brevemente del taller. Sin embargo, quien terminó asumiendo la responsabilidad cotidiana fue su hermano menor, Tiago.

Cuando pregunté por él, un vecino se encogió de hombros.

—Alguien tenía que quedarse.

—¿Le molestaba?

—No lo sé.

Miró hacia el viejo taller.

—Mientras unos recorrían caminos hablando del Reino de Dios, otros tenían que reparar puertas, cobrar encargos y cuidar de una madre que los esperaba.

Guardó silencio un momento.

—Mientras uno cargaba con una misión que cambiaría la historia, otro cargaba con algo mucho menos glorioso: las tareas que nadie recuerda.

Aquella respuesta se quedó conmigo.

Las historias posteriores habían querido convertir a Jesús en un ideal. Pero las historias de Nazaret hablaban de otra cosa.

Hablaban de un hijo que preocupaba a su padre.

De un hermano que dejaba responsabilidades atrás.

De un hombre querido que, a veces, desesperaba a quienes lo querían.

Y precisamente por eso resultaba más real.

Al día siguiente busqué el viejo taller.

Ahora estaba a cargo de Simón.

Cuando pronuncié el nombre de Yeshua, noté cómo su expresión cambiaba apenas un instante.

No fue miedo.

Fue cansancio.

—Todos vienen preguntando quién era mi hermano.

Lo dijo sin amargura.

Solo con cansancio.

—¿Y usted qué responde?

Simón tardó unos segundos en contestar.

Miró las herramientas colgadas de la pared.

El banco de trabajo.

La puerta abierta al patio.

—Que era difícil convivir con él.

La respuesta me sorprendió.

Él sonrió apenas.

—Y esa es la parte que todos olvidan.

Después guardó silencio.

Cuando pensé que ya no iba a añadir nada más, habló de nuevo.

—Todos preguntan qué dejó mi hermano al mundo.

Sus dedos recorrieron la superficie gastada del banco de trabajo.

—Nadie pregunta qué dejó atrás cuando se fue.

No volvió a decir una palabra.

Y comprendí que algunas ausencias también forman parte de una historia.

Aquella tarde abandoné Nazaret.

El viento levantaba polvo sobre el camino y las casas iban quedando atrás poco a poco.

Había viajado hasta allí esperando encontrar respuestas.

Creía que bastaría con preguntar para descubrir quién había sido realmente Yeshua.

Pero cuanto más escuchaba, más difícil resultaba atraparlo.

Cada persona conservaba un fragmento distinto.

El hijo que preocupaba a su padre.

El hermano que dejó responsabilidades atrás.

El vecino que siempre veía primero a los demás.

El que siempre saludaba primero.

Y, al reunirlos, empezaba a aparecer algo parecido a la verdad.

Yo había llegado a Nazaret buscando al hombre que el mundo llamaba Jesús.

Pero allí nadie hablaba de una figura.

Hablaban de Yeshua.

Las casas comenzaban a perderse en la distancia.

El viento levantaba polvo sobre el camino.

Poco a poco empezó a borrar mis huellas.

Una tras otra.

Pensé que algún día desaparecerían, igual que las de todos nosotros.

Recordé entonces a aquella mujer.

—Que siempre saludaba primero.

Aquello era todo lo que había querido conservar de él.

Y quizá era suficiente.

Después de dos mil años de discusiones, libros y certezas, Nazaret no conservaba la imagen perfecta que el mundo había construido sobre él.

Conservaba algo mucho más difícil de preservar.

Un gesto.

Un hombre que saludaba primero.

Quizá porque antes de que el mundo lo escuchara hablar de Dios, ya había aprendido a mirar a las personas.

Y mientras el pueblo desaparecía a mi espalda, comprendí algo que ninguno de los libros me había enseñado.

Antes de convertirse en una creencia, una religión o un símbolo, Yeshua había sido alguien a quien los vecinos recordaban por la forma en que los hacía sentirse cuando se cruzaba con ellos por la calle.

Porque antes de convertirse en una historia contada por millones, fue una persona recordada por unos pocos.

 

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Thoughts

  • domingoLento

    Que Nazaret no haya conservado la imagen perfecta sino un gesto, eso está bien. Es lo único que sobrevive igual: cómo te hace sentir alguien cuando te saluda.

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  • curioso31

    La parte de que dejó responsabilidades atrás me hizo pensar: ¿alguien tiene el derecho a dejar su tarea a medias si cree que su misión es más importante?

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  • cualquiercosa

    Yo hubiera preguntado lo mismo: pero vos, ¿qué dejaste cuando te fuiste? Es la parte que nadie cuenta.

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  • Nico_Ferreyra

    Eso de que un hermano se queda con el taller y el otro se va persiguiendo una misión... eso pasa en todos lados. Siempre hay uno que se queda.

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  • RaulF23

    ¿Simón en verdad estaba cansado de la pregunta o cansado de lo que su hermano decidió hacer?

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  • idea1908

    Lo que me va es que en Nazaret nadie lo idealizaba. Todos lo recordaban complicado, frustante a veces. Tan diferente de lo que uno aprende.

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  • cuatrocafes

    Me quedé con lo que dijo Simón: que dejó atrás más de lo que le enseñaron en las iglesias. Eso suena a que la gente olvida el costo de lo importante.

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  • lobo-amadeus

    Jesus el yosoy el cristo ,aguante

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  • solo_curioseo

    ¿Vos creés que si Simón tuviera un hijo, él también estaría cansado de explicar quién era su padre?

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