Ando, no sé hacía dónde, pero ando,
sin guru ni guía.
Sigo con anteojeras, siendo errático
sin propósito ni rumbo.
Sigo sin confiar en nadie,
y veo rostros pixelados.
No hay quien salve a esta pobre alma.
Hay un Dios que está allá arriba,
sigo sin negarlo, pero ya no confío en él.
Mi fe, pobrecita de ella, que el Señor comprenda en su infinidad a lo finito.
Me duele el alma, el pecho, los ojos, una fuga de esperanza, fe y algo más.
Desgastadas suelas, recorrer corriendo rellenando heridas.
Llagas frías, cauterizadas con el fuego de la agonía.
Confianza arraigada, fortaleza destruída, fe en declive o decadencia.
Atado a los cuatro puntos de mi cama, como una estrella que aún no brilla.
Sufro por momentos la ausencia de tí, y los grilletes me lastiman al convulsionarme en impotencia.
Ironía, impaciencia, intolerante habla, interrogantes muertas.
Desesperante duda, inagotables llagas, mezquindad espiritual, mendigando arrumacos llenos de amabilidad.
Entre el dolor carnal y el silencio divino, entre dos horribles tierras, con quejas en ambas de ellas.
— Jorge Guzmán