Me solté un rato en la pelea, cuando el daeva lo arrastra del tobillo y aparece el gladius de debajo de la capa, tuve que volver atrás para ubicarlo. Me trajo de vuelta la sal: que el truco venga de la mamá, que lo aprendió de su abuelo, y no de ningún sabio. Me da que esa parte persa de la familia le va a servir más que el gladius cuando llegue a Alejandría.
II: Encuentro en las Dunas.
Pensamiento
Me solté un rato en la pelea, cuando el daeva lo arrastra del tobillo y aparece el gladius de debajo de la capa, tuve que volver atrás para ubicarlo. Me trajo de vuelta la sal: que el truco venga de la mamá, que lo aprendió de su abuelo, y no de ningún sa
Contenido de la publicación
Horsi comenzó a bajar por las dunas, ayudándose del bastón que llevaba consigo. Ya el sol estaba terminando de hacer su recorrido para perderse en el horizonte, señal de que era hora de volver a casa para la cena, o si no sus padres le darían la bronca. Sus pies se deslizaban por la bajada, a medida que la arena se deshacía bajo sus pies con cada paso que daba. Ya había llegado a la base de la duna, tras lo cual simplemente tendría que caminar en línea recta para ir a su casa, cuando de pronto un ruido se manifestó en medio de la quietud del desierto, algo que resonó en el aire y puso al muchacho en alerta. Había sonado como alguien llamando a plena voz.
El joven se giró en dirección al oeste, que era de dónde había venido el sonido, y aguzó el oído a ver si escuchaba algo. Y no tardó en oírlo, más allá de una cuesta de arena. Un grito desgarrador, de aquel que está asustado hasta el tuétano, con una petición hecha con la urgencia de quién no tiene mucho tiempo: “¡Alguien que me ayude!” Gritaba aquella persona. Ante aquella confirmación, Horsi comenzó a subir la pendiente, a toda la velocidad que pudo, usando el bastón como apoyo, desplazándose en lateral a lo largo de la ladera de la duna, hasta que finalmente pudo llegar al tope, dejando a su paso un deslizamiento de arena que delataba su ruta.
Una vez llegó arriba pudo ver lo que sucedía, y lo dejó totalmente de piedra. Bajando la pendiente había un valle, y en medio del mismo la arena estaba siendo removida agresivamente por un remolino que se encontraba en el centro de la explanada. Solamente que éste no era un remolino natural hecho por el viento, sino que su interior era oscuro a través de la pantalla que ofrecía la arena arremolinándose alrededor, la masa negra tenía una altura de cuatro codos y medio, y a través del vórtice se podían entrever dos ojos encendidos, de un rojo carmesí, como si fueran lámparas. Eso no era un mero remolino de arena, era un daeva, un espíritu que a veces deambulaba por el desierto, sobre todo mientras caía el crepúsculo.
Cerca del remolino que formaba el daeva, a sus pies, un hombre se arrastraba por la arena tratando de escapar. Un hombre envuelto en una túnica azul y con una capucha celeste echada hacia atrás por la succión del vórtice que lo trataba de engullir, revelando su cabeza y su rostro. Era un kushita, de piel de ébano, y era él quién gritaba por ayuda, mientras se arrastraba por el suelo, con la arena envolviéndolo y arrastrándolo hasta el centro del vórtice dónde el daeva esperaba.
— ¡Alguien por favor que me ayude! - Gritaba el kushita, mientras trataba como podía de impulsarse con las manos y los pies, mientras tanto la arena lo arrastraba más y más a dónde el remolino infernal se encontraba. Ya tan solo se encontraba a por lo menos un codo y medio de distancia con el demonio de arena.
— ¡Eh! ¡Ojos de farol! - Gritó una voz que iba acercándose, en ese momento el daeva se frenó brevemente, lo que permitió al kushita levantar la vista y ver quién se acercaba. Un muchacho con la cabeza envuelta en una capa con capucha roja, la cual también tapaba parte de su costado izquierdo, quién estaba bajando la cuesta a la carrera mientras soltaba un bastón sobre la arena.
El muchacho llevaba consigo una bolsa de cuero, cuya boca desató en un movimiento ágil, metiendo la mano y cerrando el puño, para luego sacarlo y arrojar algo a los ojos del daeva, algo que el kushita simplemente percibió como pequeños granos blanquecinos. Éstos alcanzaron al demonio, tras lo cual le acompañó un chisporroteo, seguido pronto de un alarido disonante, salvaje y estridente, el del daeva chillando de dolor. Aquello permitió que el kushita pudiera apartarse de la trampa de arena, medio incorporarse y alejarse del demonio.
Horsi Silvani estaba sonriendo. La buena noticia era que el hombre se había liberado del daeva, la mala… que el daeva ahora había puesto sus infernales ojos en él. El demonio, sin dilación, le lanzó una ráfaga de arena. Horsi la esquivó rodando hacia un lado, sin embargo el daeva preparaba otro ataque, una bola de arena comprimida golpeó al chico en el pecho, vaciando el aire de sus pulmones y lanzándolo casi tres codos hacia atrás, antes de caer sobre la arena de espaldas, con los brazos y las piernas extendidas.
Mientras el chico se recuperaba, tosiendo y con la cabeza dando vueltas, sintió algo que le agarraba por el tobillo izquierdo, a través de la bota. Al bajar la vista vio que era un zarcillo, de un color negruzco y opaco, lleno de arena en todo su largo. Por el mismo el daeva comenzó a arrastrarlo, lanzando un rugido resonante de pura furia.
Ante la situación, Horsi comenzó a tantear bajo su capa, por el costado izquierdo, encontró con los dedos la empuñadura del gladius, el mismo que había reparado a su novena primavera, y sin pensarlo dos veces la aferró con fuerza, sacándolo de su funda al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante. Blandió la hoja mutilada del gladius, la cual a pesar de todo encontró blanco en el zarcillo, un corte limpio, un sonido de latigazo del apéndice cercenado y una vibración metálica de la hoja, y Horsi estaba libre de su trampa.
El daeva lanzó un largo alarido de dolor y de furia, tan agudo y estridente que el joven sintió sus tímpanos vibrar de dolor. Tras la desorientación intentó incorporarse, pero fue incapaz porque seguía aturdido, y sus brazos resbalaron con la arena. Estaba haciendo otro intento cuando el daeva, ya enfurecido, se comenzó a reordenar en el aire, abandonando el suelo para dirigirse hacia el muchacho a toda velocidad. Se estaba abalanzando sobre él justo cuando apenas se iba recuperando, y no le iba a dar tiempo a Horsi de apartarse o contraatacar, el chico ya sentía que el demonio iba a caerle encima.
— snd ḫȝwt ḥnʿ pḥwj ḥr wbn n Rʿ! - Exclamó la voz del kushita detrás del daeva.
Y al tiempo que gritó eso, desde el centro del daeva surgió un resplandor dorado que fue creciendo en su interior, hasta que finalmente éste se convirtió en una explosión de luz. En un segundo el daeva se disolvió y dispersó en una nube de arena negra y amarillenta, dejando a su paso un olor a azufre que se fue disolviendo en el aire. Horsi, con el corazón acelerado, respiró aliviado y comenzó a reír tras el susto mientras se dejaba caer. Había salido vivo de la experiencia.
— ¿Te encuentras bien, muchacho? - Preguntó el kushita, mientras se acercaba al muchacho, permitiendo que éste pudiera verle bien al levantar un poco la cabeza.
A diferencia del recuerdo que tenía del viejo Neb, quién era un hombre muy alto y de cuerpo esbelto, éste era un hombre más joven y de rostro más regordete, su estatura era el promedio imperial (un poco más de tres codos) y sus ojos eran de un azul mar muy claro. Su griego alejandrino era fluido y tenía una sonoridad suave, a pesar de la profundidad natural de su voz. Su mirada empezaba a dejar de lado el susto inicial y comenzaba a adquirir una expresión más vivaz y alegre. Su túnica azul estaba llena de arena y su capucha le colgaba del cuello como si fuera una bufanda, pero al menos estaba bien, no parecía estar demasiado herido. Y de hecho podía caminar, eso era una buena señal.
Horsi sonrió ampliamente.
— Solamente me duele un poco el pecho. - Mentira, en ese momento le comenzaba a escocer como si le hubieran restregado un raspón con arena caliente, y aún se sentía algo mareado. Pero ya fuera de peligro, ya se sentía capaz de ponerse de pie.
— Ven, deja que te ayude a levantarte. - Le dijo el kushita mientras le tendía la mano, comenzando a acompañar a la risa del muchacho.
El joven se puso de pie rápidamente. Su camisa, que en principio tendría que ser blanca, estaba cubierta y sucia por la arena, lo mismo sus pantalones negros, ahora llenos de manchas claras de arena, la capucha se había echado hacia atrás, revelando su cabello de color marrón rojizo. Aún así, los ojos azules de Horsi lo único que demostraban era una expresión de alegría y entusiasmo, casi de exultación, después de haber enfrentado a un demonio del desierto.
— Por cierto, muchacho ¿Qué fue lo que le echaste al daeva? - preguntó el kushita con curiosidad y extrañeza.
El muchacho le respondió con una risita, antes de meter la mano en la bolsa, sacando de allí un puño que le enseñó al hombre.
— Es sal, señor. - Le respondió el chico con una sonrisa, enseñando los granos blancos de su mano. Efectivamente, era sal común, de la que usaban los pueblos de provincia para mantener la comida conservada. - los partos suelen decir que, si te persigue un daeva y quieres tener oportunidad de darle esquinazo, le tiras un puño de sal y así ganas unos segundos. A los demonios del desierto les desagrada el tacto de la sala. - el muchacho volvió a meter la mano en la bolsa, depositó el puño de sal junto con el resto del montón y tras ello cerró la bolsa. - Pensé que, si le arrojaba un puño de sal a los ojos, le podría comprar algo de tiempo, y por lo visto funcionó. - agregó el chico mientras se frotaba las manos para limpiarse la sal que quedaba en la mano, concluyendo la afirmación con una risa.
La expresión del kushita fue pasando de la felicidad al desconcierto al ver la sal, y su expresión fue pasando gradualmente a una mueca de absoluta confusión, arqueando visiblemente una ceja ante la explicación tan simple.
— Vamos a ver si lo entiendo ¿Le tiraste sal a un demonio esperando ahuyentarlo en base a lo que te dijo un anciano parto? ¿Sin ninguna certeza de que fuera a funcionar? - Preguntó evidentemente desconcertado por la simpleza del razonamiento de aquel chico.
— En realidad quién me dijo lo de la sal fue mi madre, que aprendió eso de su abuelo. - Corrigió Horsi, antes de agregar con toda calma y normalidad. - Digamos que tenía la esperanza de que podría funcionar.
El kushita se quedó un buen rato en silencio, tal vez procesando lo que estaba diciendo el chico o esperando a que éste le dijera que estaba bromeando. Si fue lo segundo, no tardó demasiado en darse cuenta y ahogar una risa mientras meneaba la cabeza. A pesar de todo su rostro estaba aùn marcado por la incertidumbre.
— Definitivamente no te falta valor, jovencito. - Reconoció. - Pero lo tuyo fue una absoluta temeridad. - Horsi accedió a ese último comentario con una risa nerviosa y rascándose la nuca. - ¿Y cuál es tu nombre, muchacho?
— Horsi, señor. Horsi Silvani. - Le dijo el chico, aunque en realidad no era su nombre, sino un apelativo cariñoso por el que todo el mundo, sobre todo su familia, lo conocía.
— Bueno, Horsi Silvani, creo que estoy en deuda contigo. - Le dijo el kushita, con un tono más educado y de reconocimiento.
— Y yo con usted. - Dijo el chico, y razón no le falta, que poco más y el daeva se lo devoraba. - ¿Cual es su nombre, buen señor?
El kushita sonrió con orgullo, dió un paso hacia atrás y alzó la mano en un gesto dramático, como si estuviera a punto de soltar un discurso ahí mismo.
— ¡Menkheperre Siamón! ¡Historiador, cronista imperial y profesor del noble colegio Hipateion! ¡A su servicio! - Dijo de forma elocuente, mientras se llevaba la mano al pecho y se inclinaba ligeramente hacia delante en un saludo cortésmente exagerado.
Ante la mención del nombre del Hipateion, los ojos de Horsi se abrieron como platos mientras sentía en su interior que su cuerpo empezaba a rebosar de pura emoción.
— ¿Del Hipateion? ¿La academia de magia? ¿La de Alejandría? - Preguntó el chico con evidente entusiasmo, como si no acabara de procesar lo que Siamón acababa de decirle.
— ¿Cómo si no habría sido capaz de invocar a Ra y acabar con aquel engendro de las arenas? - Dijo el kushita con suficiencia mientras hacía un gesto con la mano para que el chico le siguiera. - Si quieres podemos hablar de eso a fondo mientras volvemos al pueblo.
— ¡Si, por supuesto! - Dijo el chico con emoción, casi brincando de entusiasmo, aunque el dolor en su pecho no le daba mucho ánimos de querer ponerse a saltar.
Tras que Horsi recogiera sus cosas (su bastón y el gladius) mientras aún se medio tambaleaba por el mareo, él y el profesor Menkheperre Siamón enfilaron el camino en dirección a Schenia. Obviamente que Horsi estaba ansioso por que el profesor le contara sobre Alejandría y la academia del Hipateion, y el profesor Siamón, encantado con la energía del chico, le respondió encantado todas las preguntas que le hacía con toda naturalidad.
Thoughts
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PermalinkHorsi jura que solo le duele un poco el pecho. Ese chaval llega a casa lleno de arena y lo pillan al tiro, ya verás.
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PermalinkQué risa el apodo que le grita al daeva antes de tirarle la sal. Un muchacho que insulta primero y piensa después.
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PermalinkLa invocación final del kushita conecta con El ritual como tecnología del alma, un ensayo de este grupo sobre rezos yorubas y por qué la precisión del gesto sostiene la fe.
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PermalinkLevantar un país propio, con provincias, gobernadores y un rey, es la apuesta de "Hecha Cuento". Capitulo 2, otra historia que crece capítulo tras capítulo en este grupo.
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PermalinkUna horda de infectados y una corporación que esconde la verdad mueven Oblivion II: Night One, otra continuación llena de huidas.
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PermalinkSiamón sabía llamar a Ra y aun así se dejó arrastrar hasta un codo y medio del bicho antes de hacerlo. Raro. Para mí estaba mirando qué hacía el cabro.
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PermalinkMe solté un rato en la pelea, cuando el daeva lo arrastra del tobillo y aparece el gladius de debajo de la capa, tuve que volver atrás para ubicarlo. Me trajo de vuelta la sal: que el truco venga de la mamá, que lo aprendió de su abuelo, y no de ningún sabio. Me da que esa parte persa de la familia le va a servir más que el gladius cuando llegue a Alejandría.
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