Capítulo 15 — Los que pudieron flotar
Afuera del tribunal
Una aglomeración de gente esperaba
Querían saber la verdad
Y querían saber las condenas de aquellos que debían pagar
Dentro
La sala está llena.
No hay murmullo.
No hay expectativa.
Solo una tensión espesa que nadie nombra.
En el estrado no está Graciela.
O capas nunca estuvo físicamente.
En su lugar hay un expediente.
Un cuaderno azul marino apoyada junto a él.
—Graciela Beatriz Ibarra —lee la secretaria del tribunal-Desaparecida en 1982.
Su madre está en la primera fila.
Envejecida por los años y por la desesperación.
No llora.
Aprieta el pañuelo blanco entre los dedos como si fuera un ancla.
Se convirtió en una de esas madres que su hija ayudaba
La abogada toma la libreta.
La abre con cuidado.
Las hojas están gastadas en los bordes. Algunas palabras corridas por humedad antigua.
—“Yo soñaba con ellos” —lee en voz alta.
Un murmullo apenas perceptible cruza la sala.
—“Sabía el olor del cemento antes de pisarlo. Sabía del frío antes de que me tocara. Lo que no sabía era cuánto pesaba el agua.”
El juez no interrumpe.
Nadie carraspea.
La abogada continúa.
—“No sé por qué me muestran sus nombres. No sé por qué me los dicen. Pero mientras los escriba, existen.”
Pasa una página.
Y luego otra.
Nombres.
Fechas.
Pequeños detalles.
“Cicatriz en la ceja derecha.”
“Costurera.”
“Le gustaba el mate dulce.”
La madre cierra los ojos.
La voz sigue:
—“Si un día no vuelvo, no dejen que me olviden tampoco.”
El aire parece comprimirse.
En la fila del fondo una de sus compañeras de trabajo aprieta una foto de Graciela entre sus manos.
No hubo cuerpo.
No hubo orilla.
Solo el río.
Tan tranquilo
tan inocente de lo que en él se hacía.
Testigos dijeron haber oído un avión esa noche.
Otros dijeron que el agua estaba extrañamente quieta.
Como si esperara algo que había reclamado hace tiempo
Nadie vio nada.
Nadie vio como los cuerpos caían
Como aquellas personas eran empujadas
Como nunca pudieron luchar por sobrevivir.
—“No todos se hunden” —lee la abogada.
Se detiene.
Traga saliva.
—“Algunos flotan en la memoria de otros.”
La sala queda en silencio absoluto.
No hay sentencia que devuelva los cuerpos.
No hay condena que devuelva el tiempo.
Pero los nombres han sido dichos.
Uno por uno.
En voz alta.
Para que los demás escuchen
Y aun en sueños ajenos puedan lograr flotar
La madre de Graciela se pone de pie.
No dice nada.
Recibe el cuaderno azul marino
Que porta la letra de su hija.
La aprieta en su pecho
Sabe que su hija no va a volver
Pero tienen la certeza de que tampoco se fue.
En la Plaza de Mayo, las rondas continúan.
Buscando aquellos que no fueron escritos
Aquellos que todavía falta encontrar
Escribir.
Recordar.
El río corre oscuro, profundo, interminable.
Pero no vacío.
Porque mientras alguien recuerde,
mientras alguien pronuncie un nombre,
mientras alguien sueñe,
nadie desaparece del todo.
Y en algún lugar bajo esa agua extensa
Oscura y profunda
Graciela es uno de
Los que Pudieron Flotar.
fin.