Carolina.
A veces basta con pensar tu nombre para que algo se mueva despacio. No sé si esto te llega, no sé si esto es para ti o solo pasa cerca de ti, como quien habla en voz baja sin estar seguro de que alguien escuche.
Hoy el aire trajo algo distinto. Y ahí apareciste, sin que te llamara. Pensé que si estuvieras cerca, no te diría nada importante. Te miraría nomás. Dejaría que el silencio hiciera lo suyo —ese silencio tuyo que siempre imaginé diciendo más que cualquier palabra— y no miraría el reloj ni una sola vez.
Hay una canción vieja rondando por ahí, no la nombro, la dejo sonar de fondo nomás. Pero algo de ella se me quedó pegado: esa idea de tener, por una vez, todo el tiempo que hace falta. Hoy siento eso. Y lo primero que quiero hacer con ese tiempo, sin decidirlo del todo, es dártelo a ti. O pensarlo hacia ti, que quizás sea lo único que realmente puedo hacer.
No sé bien qué es esto. Una carta que no termina de ser carta, un pensamiento que no termina de quedarse en pensamiento. Pero ahí queda, dando vueltas hacia donde estés tú.