Carolina.
Hubo algo que necesité decirte, y no supe cómo hacerlo sin que doliera un poco.
Creo que me equivoqué. No en quererte —eso nunca fue el error— sino en pensar que con las ganas alcanzaba, que si me esforzaba lo suficiente terminarías por sentir lo mismo que yo. Y no fue así. Lo intenté de todas las formas que supe, y hubo algo que simplemente no logré: no logré que me entendieras del todo, ni entenderte yo a ti tampoco.
Se fue soltando esto despacio, casi sin que lo notáramos. Un día me di cuenta de que ya no te encontraba donde antes te encontraba siempre, y entendí que no era cuestión de insistir más, ni de hablar más, ni de prometer cosas que no dependían solo de la voluntad. Querer a alguien no alcanzó cuando ese alguien no pudo quererme de vuelta de la misma forma. Eso también tuve que aceptarlo, aunque costó.
Así que te solté, Carolina. No porque hubiera dejado de quererte, sino porque entendí por fin que no te podía obligar a nada, ni siquiera con todo el cariño que tenía guardado para ti.
Te quedaste de todas formas en algún rincón de mí, eso no tuvo remedio ni lo quise tener. Pero ese día, por los dos, preferí dejarte ir.
Marcos