El golpe de Lufthansa con Layla sonando encima de los cuerpos me hizo pensar en lo raro que es que una película te haga disfrutar justo lo que te está mostrando como terrible, y apuesto a que por eso la seguimos viendo tantos años después sin cansarnos. Con 167 películas ya en este reto, me da curiosidad cuál será la que te haga cambiar de opinión sobre otra.
Goodfellas — El precio de sentirse alguien
Dir.: Martin Scorsese · Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci y Lorraine Bracco · 10/10
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El golpe de Lufthansa con Layla sonando encima de los cuerpos me hizo pensar en lo raro que es que una película te haga disfrutar justo lo que te está mostrando como terrible, y apuesto a que por eso la seguimos viendo tantos años después sin cansarnos. C
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Dir.: Martin Scorsese · Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci y Lorraine Bracco · 10/10
Goodfellas no es una película sobre el crimen organizado: Es una película sobre la seducción de pertenecer. Sobre lo irresistible que resulta sentir que, por fin, uno es alguien. Desde el primer minuto, la voz de Henry Hill deja claro que no se trata de ambición económica, sino de identidad: quería ser un gánster. Quería un lugar, un código, una familia alternativa.
Y creo que Scorsese entiende perfectamente que, para contar esa historia, primero necesita seducirnos a nosotros. En Mr. Scorsese, la serie documental en Apple TV, el director vuelve sobre su infancia en las calles de Nueva York, rodeado de un ambiente donde la violencia y las figuras del crimen organizado formaban parte del paisaje cotidiano. Esa experiencia personal ayuda a comprender de dónde nace su interés por estos personajes y por el mundo que representan.
Martin nos quiere contar una infancia construida alrededor de una fascinación casi absoluta: Henry observa a los hombres que trabajan en el barrio, sus autos, su vestimenta y esa capacidad de conseguir que todo el mundo los reconozca cuando entran a un lugar. Para él, convertirse en un gánster significa abandonar una vida que considera ordinaria y acceder a otra donde las reglas parecen funcionar de manera completamente diferente.
Lo extraordinario es que Scorsese nunca nos obliga a observar ese mundo desde una distancia moral tranquilizadora. Nos coloca junto a Henry, nos permite compartir su entusiasmo y consigue que entendamos por qué un chico podría confundir el respeto con el miedo y la pertenencia con el poder.
¿Qué hace que queramos pertenecer a un mundo que sabemos que puede destruirnos?
La película entiende algo clave: Nadie entra a ese mundo por maldad, sino por fascinación. El sistema funciona porque promete orden, respeto y sentido en un mundo que afuera parece caótico. El problema es que ese orden está sostenido por violencia y paranoia. Y lo que al principio es comunidad, con el tiempo se vuelve jaula.
Hay una escena que, para mí, resume extraordinariamente bien esa fascinación: El famoso plano secuencia del Copacabana. Henry lleva a Karen a cenar y entran al restaurante por una puerta trasera. La cámara los acompaña a través de pasillos, cocinas y espacios donde los empleados lo reconocen y lo saludan. Henry prácticamente no necesita explicar quién es. Todo el mundo parece saberlo, las puertas se abren a su paso y, cuando finalmente llegan al salón, aparece una mesa especialmente preparada para ellos. Es una de las mejores secuencias de la película porque consigue que experimentemos el privilegio exactamente como lo está experimentando Karen. Durante esos minutos resulta extraordinariamente atractivo formar parte de un mundo donde todo parece estar organizado para recibirte.
Y lo más interesante es que Scorsese utiliza ese movimiento de cámara para mostrar algo que más adelante va a desaparecer completamente: la sensación de que Henry controla su propia vida. Durante el plano secuencia, el mundo parece avanzar a su ritmo. No encuentra obstáculos, nadie cuestiona su presencia y cada persona que se cruza con él contribuye a reforzar aquella identidad que tanto deseaba conseguir cuando era chico. Pero toda esa admiración está construida alrededor de una estructura que solamente funciona mientras sus integrantes continúan siendo útiles. La película empieza mostrándonos los privilegios de pertenecer y termina revelando que ninguno de ellos representa una garantía de seguridad.
¿Cuándo una familia alternativa empieza a convertirse en una amenaza?
La relación entre Henry, Jimmy Conway y Tommy DeVito me parece fundamental para comprender cómo funciona ese mundo. Scorsese construye una especie de familia donde cada integrante parece representar una manera diferente de ejercer el poder. Henry es el hombre que observa, aprende y encuentra su lugar dentro de una organización que admira profundamente. Jimmy, interpretado por Robert De Niro, es alguien que comprende perfectamente el funcionamiento de los negocios, las jerarquías y las oportunidades económicas. Tommy, en cambio, representa la violencia imprevisible, esa sensación de que una situación aparentemente divertida puede convertirse en una tragedia en cuestión de segundos.
Y acá quiero detenerme especialmente en Joe Pesci, porque su interpretación es extraordinaria. Tommy puede ser divertidísimo y profundamente aterrador durante una misma conversación. La escena del restaurante, cuando empieza a preguntarle a Henry por qué lo considera gracioso, es un ejemplo perfecto de cómo Scorsese consigue modificar completamente el tono sin cambiar prácticamente nada de la situación. Lo que empieza como una reunión entre amigos se convierte en un momento donde todos parecen estar esperando que alguien cometa un error. Y cuando finalmente descubrimos que Tommy estaba bromeando, el alivio dura muy poco, porque ya comprendimos algo fundamental sobre su personalidad: nadie puede saber realmente dónde termina el humor y empieza la amenaza.
Esa incertidumbre transforma nuestra manera de observar las relaciones entre los personajes. Jimmy y Tommy parecen ser la familia que Henry eligió, pero ninguno puede garantizarle que va a estar a salvo cuando las circunstancias cambien. La amistad existe mientras resulta compatible con los intereses de cada uno, y el respeto depende de reglas que pueden modificarse en cualquier momento. El asesinato de Billy Batts, por ejemplo, demuestra cómo una humillación aparentemente personal puede desencadenar consecuencias que terminan comprometiendo a todos. Y la película utiliza esa violencia para empezar a destruir la imagen romántica que había construido alrededor de sus protagonistas.
También me interesa muchísimo la perspectiva de Karen. Lorraine Bracco consigue que comprendamos cómo alguien que inicialmente observa ese mundo desde afuera puede terminar completamente fascinada por él. Su relación con Henry está atravesada por el dinero, las atenciones, la sensación de protección y el atractivo de una vida donde las reglas convencionales parecen no tener demasiada importancia. Pero Karen también descubre progresivamente que formar parte de ese universo significa aceptar la infidelidad, la incertidumbre, las amenazas y una dependencia cada vez más peligrosa. Su voz narrativa resulta fundamental porque nos permite observar la misma seducción desde un lugar diferente: ella no soñaba desde chica con convertirse en una gánster, pero termina encontrando en ese mundo una identidad que también le resulta difícil abandonar.
¿Cómo se transforma la euforia en paranoia?
El ritmo vertiginoso, los planos secuencia, la música constante: todo conspira para que el espectador sienta lo mismo que Henry. Euforia. Control. Impunidad. Pero esa misma energía se vuelve asfixiante cuando el relato avanza. La repetición, la desconfianza, el exceso. El éxito no libera: acelera la caída.
Me parece extraordinario cómo Scorsese utiliza la música para organizar nuestra relación con los acontecimientos. Las canciones no funcionan simplemente como una manera de ambientar determinadas décadas. Muchas veces parecen expresar aquello que los personajes están experimentando o transformar una situación violenta en un momento cinematográfico profundamente seductor. La utilización de Layla durante el descubrimiento de los cuerpos después del golpe de Lufthansa es uno de los ejemplos más impresionantes. La música construye una sensación casi melancólica mientras la película nos muestra las consecuencias de una operación que inicialmente parecía representar el triunfo absoluto de sus protagonistas. Scorsese consigue que contemplemos aquella violencia de una manera extrañamente hipnótica, como si el mismo lenguaje cinematográfico estuviera participando de la fascinación que pretende analizar.
Y después llega el último día de Henry, una de mis secuencias favoritas de toda la película. Scorsese transforma su rutina en una experiencia frenética donde absolutamente todo parece estar ocurriendo al mismo tiempo. Henry está consumiendo drogas, organizando negocios, preparando comida, atendiendo llamadas y convencido de que un helicóptero lo está siguiendo. La cámara y el montaje acompañan ese estado de ansiedad hasta conseguir que nosotros también experimentemos la sensación de que cualquier pequeño acontecimiento podría provocar una catástrofe.
Lo extraordinario es que Scorsese utiliza prácticamente los mismos recursos que anteriormente habían conseguido seducirnos, pero modifica completamente sus efectos. La velocidad que al principio representaba entusiasmo ahora transmite desesperación. La música que parecía acompañar una vida extraordinaria empieza a mezclarse con una sensación permanente de amenaza. Y aquella capacidad de Henry para desenvolverse dentro de un mundo donde conocía a todo el mundo termina convirtiéndose en una condena: ahora prácticamente todas las personas que lo rodean representan un posible peligro.
Esa transformación me parece fundamental porque demuestra que la película no necesita abandonar su estilo para cuestionar aquello que inicialmente parecía celebrar. El mismo lenguaje que construyó el glamour de la mafia termina revelando su verdadera naturaleza.
¿Qué queda de nosotros cuando desaparece aquello que nos daba una identidad?
Lo interesante es que no hay redención clásica. Henry no aprende una lección noble ni se transforma en alguien mejor. Sobrevive. Y esa supervivencia es gris, desangelada, casi humillante. El castigo no es la cárcel ni la muerte, sino volver a ser nadie. Vivir una vida normal después de haber probado el vértigo de sentirse importante.
Y creo que el final funciona tan bien porque nos obliga a recordar el comienzo.
Aquel chico que observaba a los gánsteres desde su ventana soñaba con abandonar una existencia ordinaria y convertirse en alguien que pudiera conseguir prácticamente cualquier cosa. Durante buena parte de su vida creyó haber alcanzado exactamente eso. Pero cuando finalmente comprende que su supervivencia depende de abandonar a las personas que lo rodean, descubre que la identidad que construyó durante tantos años puede desaparecer en cuestión de días. Henry consigue evitar un destino muchísimo más violento, pero pierde aquello que había convertido en el centro absoluto de su existencia.
Scorsese tampoco nos ofrece la tranquilidad de contemplar a un protagonista arrepentido. Henry parece mucho más preocupado por haber perdido sus privilegios que por reconocer el daño que provocaron sus decisiones. Y ahí encuentro una de las características más interesantes de la película: no necesita que su protagonista se convierta en una buena persona para que comprendamos la tragedia de su recorrido. Lo que pierde no es solamente el dinero, sino también la posibilidad de continuar representando el personaje que había construido desde su infancia.
Por eso Goodfellas es tan fuerte a vista de hoy. No habla solo del crimen, habla del deseo humano de pertenecer a algo más grande, de escapar de la mediocridad, de sentirse visto. Y también de la resaca inevitable cuando esa pertenencia se construye sobre una mentira.
Y quizás ahí esté una de las razones por las que considero que Goodfellas es una de las grandes películas de Scorsese, quizás su obra cumbre junto con Casino. Porque podemos reconocer perfectamente el mundo que retrata sin haber pertenecido jamás a una organización criminal. Todos conocemos, de alguna manera, ese deseo de sentirnos aceptados, de formar parte de un grupo que parece tener sus propias reglas y de conseguir que nuestra identidad adquiera importancia a través de las personas que nos rodean. El problema aparece cuando esa pertenencia exige que abandonemos progresivamente nuestra capacidad de cuestionar aquello que estamos haciendo.
Henry quería ser un gánster mucho antes de comprender qué significaba verdaderamente serlo. Y cuando finalmente descubre las consecuencias, ya construyó toda su vida alrededor de aquella identidad. Lo que para nosotros comenzó como una experiencia extraordinariamente seductora termina convirtiéndose en el retrato de alguien que nunca aprendió a imaginar quién podría ser fuera del mundo al que tanto deseaba pertenecer.
No es una película moralista. Es una advertencia envuelta en glamour: todo sistema que te promete identidad a cambio de obediencia, tarde o temprano te cobra el precio. Y cuando lo hace, ya es tarde para volver atrás.
Thoughts
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PermalinkHenry al final, en bata, recogiendo el periódico en un barrio donde nadie lo saluda, tiene lo que tiene casi todo el mundo. Que eso le parezca un castigo dice más de él que de la vida normal, y la película lo sabe.
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PermalinkEl golpe de Lufthansa con Layla sonando encima de los cuerpos me hizo pensar en lo raro que es que una película te haga disfrutar justo lo que te está mostrando como terrible, y apuesto a que por eso la seguimos viendo tantos años después sin cansarnos. Con 167 películas ya en este reto, me da curiosidad cuál será la que te haga cambiar de opinión sobre otra.
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PermalinkPertenecer y ser reconocido van mezclados en todo el texto, y la película los separa con bastante crueldad: Henry y Jimmy nunca pueden ser miembros plenos porque tienen sangre irlandesa. Lo que Henry consigue en el Copacabana es reconocimiento. Pertenencia, la de verdad, solo la alcanza Tommy, y lo matan el mismo día en que creía que lo iban a hacer miembro. Para mí ahí está el centro de la película.
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