Cargando…

Extinción. Sensible

Roxas
Pública 0 conversaciones 9 pensamientos 72 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Capitulo 1

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

nachoo

Eso.

Eso.

Contenido de la publicación

Capitulo 1

Aina se movía inquieta e incómoda en su sitio junto a la mesa. Habían llegado a casa hacía alrededor de una hora; su madre prácticamente la había arrastrado lejos de sus compañeros poco después de llegar. Según le había dicho, ellos irían con lord Varis a dar su versión de los hechos, mientras ella debía hacerlo a solas, con su madre.

Había pensado que tendría al menos un poco de apoyo de su padre, que podría desviar un poco la atención de su madre… pero para su mala suerte, él había salido a hacer diligencias. Qué conveniente, pensó. Aquel cobarde había salido huyendo apenas las vio entrar por la puerta.

Estaba asustada, no podía negarlo. Era inusual ver a su madre tan seria, tan callada. No había pronunciado una sola palabra durante todo el camino; al entrar, solo le hizo un gesto seco para que se sentara a la mesa y se dirigió a la cocina, abriendo la ventana del mostrador para mantenerla vigilada. Ahora, en esos momentos, se movía por la estancia preparando el desayuno en un silencio pesado, casi absoluto. De vez en cuando, al girarse para tomar algo de la alacena, le lanzaba una mirada de reojo, rápida y penetrante, como si estuviera sopesando cada gesto, cada respiración suya. Aina sentía que debía decir algo, que romper aquel silencio era menos aterrador que soportarlo… pero no encontraba las palabras adecuadas.

—Eh… ¿Quieres ayuda, mamá? —Aina le dedicó una sonrisa insegura mientras se ponía de pie, pero se detuvo en seco cuando su madre negó con la cabeza sin siquiera mirarla.

—No, no te preocupes… Ya casi termino… —respondió ella con voz plana, sin cambiar el tono ni el gesto.

Aina suspiró y asintió, dejándose caer de nuevo sobre la silla, sintiéndose aún más pequeña bajo aquel escrutinio silencioso.

Unos instantes después, su madre se acercó a la mesa llevando dos tazas y una fuente con fruta, pan y huevos. Las dejó sobre la madera con lentitud, sin hacer ruido, y entonces se sentó frente a ella. Por primera vez la miró directamente a los ojos, y su expresión no mostraba ira, sino una seriedad tan profunda que heló la sangre de Aina.

—Dime la verdad, hija —empezó ella con voz baja y firme, sin apartarle la vista—. ¿Qué fue lo que pasó realmente en el bosque? ¿Cómo te hiciste esa herida?...

Aina se tensó al instante, llevando inconscientemente una mano hacia el brazo, como si quisiera ocultar lo que su madre ya había visto. Sentía la mirada de ella escudriñándola entera, esperando una respuesta que no supiera cómo dar sin comprometer a Thomás y sin mentir. Tragó saliva, sintiendo de pronto que el aire se hacía denso en la habitación, y buscó las palabras con desesperación.

—Ya te lo dije, mamá… Un animal en el bosque nos confundió y me atacó. No me defendí para no lastimarlo… Esa es la verdad —dijo Aina, forzando una pequeña sonrisa mientras tomaba un trozo de pan, intentando con aquel gesto ocultar lo mucho que le temblaban los dedos.

Aina, forzando una pequeña sonrisa mientras tomaba un trozo de pan, intentó con aquel gesto ocultar lo mucho que le temblaban los dedos.

Syrola suspiró entonces, y la severidad de su mirada se desvaneció, sustituida por una preocupación genuina y profunda que hizo que el pecho de Aina se le apretara con fuerza.

—Querida… sé que me estás mintiendo —dijo su madre suavemente, sin dejar de mirarla a los ojos—. Sé que te encontraste con un humano y con un perro... Y dejaron vivir al humano.

El aire se le escapó de los pulmones a Aina. El pan se le quedó pesado en la mano y sintió cómo el rostro se le encendía de golpe, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que se oyera sobre la mesa. Abrió la boca varias veces antes de lograr articular palabra, con la voz entrecortada por la sorpresa.

—¿Cómo… cómo lo sabes? —preguntó casi en un susurro, clavando en ella los ojos muy abiertos—. ¿Quién te lo dijo?

Sylora suspiró, y en ese gesto confirmó que todo era cierto.

—Lord Varis me lo dijo…

Aina palideció al instante. Uno de los ancianos sabía que había roto las reglas.

—No tienes por qué asustarte —dijo su madre suavemente—. No lo entiendo muy bien, pero él estaba al tanto de su encuentro…

Syrola le dio un sorbo a su taza, saboreando aquel sabor amargo que de pronto le parecía acorde con la noticia. Y entonces añadió, despacio, dejando caer las palabras como piedras sobre la mesa:

—No entró en muchos detalles —continuó Sylora, posando la taza con suavidad sobre la mesa—. Solo me dijo que aquel encuentro no fue casualidad, que él lo había dispuesto. Que esos dos… el chico y el perro… habían de cruzarse en su camino para probarlos.

Aina se quedó inmóvil, con la respiración contenida. Las palabras de su madre giraban en su cabeza, confusas e inesperadas. ¿Lord Varis, uno de los ancianos más respetados y estrictos, había planeado que su equipo se encontrara con Thomás y Ben? ¿Con qué propósito? ¿Qué veía él en ellos que ella misma apenas empezaba a comprender?

—Me pidió silencio —añadió su madre, mirándola con una mezcla de temor y esperanza que Aina rara vez había visto en su rostro—. No los juzgaré… pero debo saberlo, hija mía… ¿Qué viste? ¿Por qué romper las leyes de Gaia? ¿Por qué dejarlo vivir?

Aina guardó silencio unos instantes, y su mirada cayó sobre su brazo herido; algo que su madre no pasó por alto.

—No lo sé, mamá… Fue una noche extraña… La verdad es que tenía intención de matarlo. Iba a jugar un poco con él y luego acabar con su vida… pero el cachorro… él lo protegió —Aina esbozó una pequeña sonrisa al recordar a Ben—. Guió a esas criaturas para ayudarlo a escapar…

Syrola asintió, prestandole toda su atención.

—No lo entiendo… La relación entre ellos es distinta a todo lo que hemos visto desde que la madre Gaia nos trajo de vuelta. Se protegen mutuamente. El perro me atacó para defender al humano… y él estaba dispuesto a morir con tal de salvar a su compañero. Elwing…

Aina se calló de golpe. Había hablado de más; pretendía mantener a sus compañeros al margen, pero ya era demasiado tarde.

—¿Elwing?... ¿Fue él quien dio la orden de dejarlo vivir? —preguntó Syrola con tono serio.

Aina se escondió tras un sorbo de café y negó rápidamente.

—No… fue decisión de los cuatro… Elwing solo… le salvó la vida…

Syrola alzó una ceja, intrigada, y esperó en silencio a que su hija continuara.

—No puedes decírselo a nadie, mamá… Si alguien se entera…

Syrola asintió y tomó la mano de su hija entre las suyas, en señal de apoyo absoluto.

—Querida… nada de lo que me digas saldrá de esta habitación. Todo quedará entre nosotras dos. No tengas miedo.

Aina la miró unos instantes, buscando refugio en aquella promesa, y finalmente asintió.

—Fue por el humano y el perro que nos enfrentamos a las ondinas. Ellas iban a quitarles la vida a ambos, y entonces fue Elwing quien decidió actuar.

—Fue por el humano y el perro que nos enfrentamos a las ondinas. Ellas iban a quitarles la vida a ambos, y entonces fue Elwing quien decidió actuar: intervino y se enfrentó a ellas para salvarlo… Los demás solo lo seguimos.

Syrola tomó una mora y la llevó a su boca, necesitaba algo dulce ante tanta información.

—¿Por qué? ¿Por qué enfrentarse a ellas por el humano?

Aina le dio un mordisco a su pan, intentando calmar los nervios.

—Por su relación con el cachorro… Dijo que se lo había ganado… Dijo…

Syrola se adelantó a sus palabras y completó lo que ella buscaba decir.

—«Una vida por otra»…

Aina asintió, algo sorprendida de que su madre lo supiera; algo que ella no pasó por alto.

—Es un dicho antiguo entre los guerreros —explicó Syrola con tono suave—. Tu padre me lo dijo una vez, durante el ocaso de los reinos. Se usaba cuando un enemigo salvaba una vida inocente: significaba que podía marcharse en paz si depuesta su voluntad de lucha… No sabía que Elwing conociera esa antigua costumbre…

Syrola volvió a tomar un sorbo de su café, sin apartar la vista de los ojos de su hija. Veía en ella miedo, confusión y una lucha interior que le partía el alma.

—Supongo que después de eso los dejaron irse…

Aina asintió mientras tomaba una fresa.

—Sí… Al principio estaba enojada con Elwing por eso… pero ahora, tras pensarlo con calma, he llegado a entender su decisión. No me gusta haber dejado vivo al humano, pero creo que fue lo correcto.

Aina bajó la mirada hacia su taza, intentando ordenar sus pensamientos. Cuando se sintió un poco más tranquila, levantó la vista hacia su madre, con el rostro teñido de culpa y vergüenza.

—Siento haber roto las reglas… Yo…

Se calló en seco al ver que su madre le dedicaba una pequeña sonrisa y tomaba su mano con ternura.

—Ya, ya, mi pequeña… No tienes por qué disculparte. Sé que fue una decisión difícil —dijo Syrola suavemente.

Soltó su mano y se levantó para traer dos platos y cubiertos desde la cocina.

—No puedo decirte que yo habría hecho lo mismo. Estoy segura de que habría acabado con el humano al verlo, y no me habría importado su compañero…

Aina bajó la mirada, sintiéndose juzgada.

—Eso no significa que yo habría obrado bien, princesa —añadió Syrola al dejar los platos sobre la mesa, bajo la mirada sorprendida de su hija—. Como me dijo Lord Varis, este mundo no se reduce solo a blanco y negro. Hay muchas cosas que ignoramos, simplemente por obedecer las órdenes de la madre Gaia… Es cierto que existieron y existen humanos despreciables, que lo destruyeron todo a su paso y que pagaron —y deben seguir pagando— por sus crímenes…

Syrola sirvió fruta, pan y huevos en el plato de su hija y se lo empujó suavemente hacia ella.

—Pero también hay quienes solo buscan sobrevivir, un lugar donde pertenecer. Lamentablemente para ellos, el mundo ha cambiado y ya no son bienvenidos. ¿Es injusto? Tal vez. Pero ellos mismos se lo buscaron. Y aunque las leyes de Gaia nos pidan acabar con todos… siempre habrá excepciones. Tú solo debes aprender a seguir a tu corazón.

Le acarició suavemente la cabeza y le sonrió antes de servir su propio plato.

—Entonces… ¿qué debemos hacer? —preguntó Aina, aún confundida.

Syrola se encogió de hombros y empezó a comer con calma.

—De momento, esperar. Lord Varis querrá hablar contigo. Dile la verdad: lo que sentiste y por qué actuaste así. Él podría ayudarte a comprender mejor lo que está ocurriendo.

Aina asintió mientras comía un poco de fruta.

—Por lo demás… pasarás las rondas diurnas durante lo que resta de la semana —dijo Syrola, y al ver que su hija abría la boca para protestar, la fulminó con la mirada y la calló al instante—. Ese será tu castigo por haberme mentido.

Aina dejó caer los hombros y tomó un bocado de huevos, visiblemente desanimada.

—Pero las rondas de día son tan aburridas… No pasa nada interesante, solo tienes que ver a los animales del bosque hacer lo de siempre…- Syrola levantó la vista de su plato y le dedicó una sonrisa cálida, de esas que siempre lograban calmarla, y le dijo con voz suave:

—A veces, lo más importante no es lo espectacular ni lo que te hace sentir emoción, sino lo que aprendes en el silencio. Observa bien, Aina: fíjate cómo viven, cómo se cuidan entre ellos, cómo respetan lo que los rodea. El bosque no solo habla cuando ruge; también susurra cuando está en calma. Y a veces, lo que se dice en un susurro es lo que más vale la pena escuchar. Aprende de ellos, observa sin juzgar… y quizás, al volver, tengas una respuesta que ahora ni siquiera sabes buscar.

Aina la miró en silencio, con el bocado aún en la boca, y poco a poco el desánimo se le fue suavizando. Asintió despacio, sintiendo que, de alguna manera, su madre le estaba diciendo algo más que no alcanzaba a comprender del todo… pero que sentía en lo más hondo de su pecho.

—Está bien —murmuró—. Observaré con atención.

—Esa es mi niña —respondió Syrola, dándole un suave golpecito en la mano con la punta de los dedos—. Ahora come antes de que se enfríe. Y recuerda: pase lo que pase, aquí estaré yo para ti. Siempre.

Hizo una pausa, y su mirada se tornó seria y firme, cargada de advertencia.

—Y recuerda también: no le cuentes a nadie lo que ocurrió ayer. Mantén la versión de que fue un animal del bosque quien te atacó. Nadie, salvo Lord Varis, tus compañeros y yo, debe saber la verdad. Ni siquiera tu padre… No sabemos cómo podrían reaccionar los demás si esto se supiera.

Aina asintió lentamente, comprendiendo el peso de aquella advertencia. Bajó la mirada hacia su plato y respondió en voz baja:

—Lo entiendo, mamá. Será nuestro secreto.

Syrola le sonrió con ternura y siguió desayunando en silencio. Sabía que su hija tenía demasiadas ideas y sentimientos revueltos en la cabeza, pero confiaba en ella: sabía que tomaría las decisiones correctas.

Aina se quedó allí un momento, observando cómo su madre movía las manos con destreza entre el agua y la espuma, y sin darse cuenta empezó a tararear una melodía antigua, suave y conocida, la misma que le cantaba de niña antes de dormir. El sonido llenó la cocina, mezclándose con el rumor del agua y el olor a café aún caliente, convirtiendo aquel rincón sencillo en un refugio donde el tiempo parecía detenerse.

Sylora sonrió sin volver la cabeza, con los labios curvados en una satisfacción tranquila.

—Tu abuela tarareaba igual —dijo de pronto, con voz suave—. Decía que las canciones que se cantan sin darse cuenta son las que llevan dentro lo que el corazón no sabe decir con palabras.

Aina guardó silencio, dejando que esa verdad sencilla la envolviera. Se sentía lista, de una manera que no podía explicar, como si el camino que tenía por delante empezara a iluminarse poco a poco, no con fuego ni resplandores, sino con una luz suave y constante, igual que la que entraba por la ventana y se posaba sobre las manos de su madre.

—¿Sabes cuando Lord Varis enviara por mi? —preguntó entonces, rompiendo la melodía con voz serena.

Sylora se secó las manos en un paño y se giró hacia ella, acariciándole con delicadeza el rostro.-Quien sabe... tu sabes como es, le gusta tomarse su tiempo, puede que sea en el transcurso del día o durante estos días... solo ten paciencia.-Aina asintió haciendo un puchero, odiaba esperar, sobre todo cuando tenía tantas preguntas en la punta de la lengua y no podía hacer nada para adelantar las respuestas. Sabía que si se atrevía a presentarse sin que la llamaran, a molestara a uno de los ancianos, sus padres la matarían sin dudarlo. No quedaba otra: solo esperar.

Sylora le acarició el cabello con ternura, comprendiendo esa impaciencia mejor que nadie.

—Esperar no es perder el tiempo, Aina —le dijo suavemente, como si le leyera el pensamiento —Esperar no es perder el tiempo, Aina —le dijo suavemente, como si le leyera el pensamiento.- Además no deberias ir con tus compañeros?... aun que se hubieran estado fuera toda la noche, deben seguir sus obligaciones...- Aina se enderezó al instante, habia olvidado su reunión matutina con sus compañeros, de seguro en esos momentos la estaban esperando y maldiciendola, era la sexta vez ese meses que iba tarde, Elwing iba ahorcarla.

-Maldicion... lo habia olvidado.- Aina se acerco y beso la mejilla de su madre antes correr a la puerta.- Tengo que irme mama... nos vemos en la tarde.- Syrola le dio una mirada molesta a su hija mientras una pequeña ráfaga de viento golpeaba la puerta cerrada tras Aina.

-Cuida lo que dices mocosa...- Aina escuchó el grito de su madre mientras se alejaba de la casa, maldicion tendría mas problemas cuando volviera.

Aina apenas aminoró el paso tras cruzar el umbral, sintiendo el calor de la regañina de su madre a sus espaldas y el viento fresco de la mañana en el rostro. Corrió por los senderos de la aldea, esquivando con torpeza pero sin detenerse las raíces que sobresalían del suelo y a los elfos que la miraban pasar con sorpresa. Sabía que Elwing no sería nada benevolente con ella; ya podía imaginar su mirada severa y las palabras que le diría por llegar tarde, y por sexta vez en el mes.

El corazón le latía acelerado, y no solo por la carrera. La espera con Lord Varis, las palabras de su madre, todo lo ocurrido el dia anterior y lo que vio esa mañana … todo se mezclaba en su cabeza mientras corría, dejando atrás su casa y acercándose al claro donde siempre se reunían al amanecer.

Cuando por fin divisó a sus compañeros, se sintió extrañada; Valens y Corin estaban de pie conversando entre ellos animadamente pero al verla acercase se detuvieron y empezaron a saludarla con la mano mientras Elwing estaba sentado en un ronco leyendo un libro?, estaba tan absorto en la lectura que ni siquiera no que llego o al menos creyó ella.

-Llegas tarde... pensé que tendríamos que enviarte un mensajero, o quizá ir a buscarte a la cama —dijo Elwing con voz cortante, aunque apenas se notó un rastro de alivio al verla.

—Lo sé, lo siento —Aina se detuvo sin aliento, con las manos en las rodillas, intentando recuperar el aire y respondió con voz suave pero sincera, mirándolos a todos—. No fue por olvido ni por descuido. En casa… me retrasaron. Pero estoy aquí ahora. ¿Qué debemos hacer hoy.-Elwing la observó un instante más, como si intentara ver si había algo más detrás de esas palabras, y al final soltó un suspiro, relajando apenas la postura.

-Debo suponer que tu madre sabe lo que ocurrió durante nuestra 'ronda'? - Elwing cerro sus libro con calma mientras miraba a su compañera.

Aina sintió cómo el rostro se le encendía y asintió despacio, bajando un instante la mirada antes de volver a encontrar los ojos de Elwing. Valens y Corin dejaron de moverse, con las sonrisas congeladas, esperando en silencio.

—Sí… lo sabe —reconoció ella con voz serena—. Y más de lo que creía. Lord Varis le contó parte de lo ocurrido. Dijo que el encuentro no fue casualidad, que él lo había dispuesto,... ¿como lo supiste?- Elwing apretó los labios y asintió con lentitud, y dejo su libro a un lado mientras miraba a sus compañeros.

-Lord Varis hablo conmigo ayer... Me hizo entender lo mismo... que sabia lo que paso en bosque, me pidió discreción, que nadie aparte de el debia saber lo ocurrido...- Miro con seriedad a Aina que sintió el peso de su mirada.- Me dijo que los otros miembros del consejo no serán tan flexibles como el, y si la información de lo ocurrido ayer llega a saberse las consecuencia podrían ser muy grave para nosotros.- Elwing paso la mirada por sus compañeros notando el miedo y nerviosismo en sus miradas.

El silencio cayó sobre el grupo de golpe, denso y pesado como una niebla espesa. Valens y Corin se miraron entre sí con los ojos muy abiertos, y la sonrisa desapareció por completo de sus rostros. Las consecuencias que mencionó Elwing no eran una amenaza vacía; todos sabían lo estricto que era el Consejo, y lo que suponía romper las normas antiguas, especialmente aquellas que separaban a su pueblo del mundo exterior y de los humanos.

—¿Tan grave es? —preguntó Corin con voz apenas un susurro, como si temiera que alguien más pudiera oírlos.

Elwing asintió con gravedad, y por primera vez Aina vio en él algo más que autoridad: preocupación genuina.

—Lord Varis es el más sabio de todos ellos, y también el que más confía en dar segundas oportunidades —explicó con tono serio—. Si los demás ancianos se enteran de que no solo nos cruzamos con humanos, sino que interferimos para salvar a uno… No importa si fue para salvar a un animal… Ellos podrían considerarlo una traición. Y no solo nos castigarían a nosotros; también afectaría a nuestras familias.

Aina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Pensó en su madre, en la calma con la que le había hablado, en el consejo de observar y aprender… y comprendió que Sylora sabía perfectamente en qué clase de peligro se encontraban.

—Entonces… —empezó Valens, pero se detuvo y tragó saliva antes de continuar—, ¿qué debemos hacer? ¿Guardar silencio y actuar como si nada hubiera pasado?

Elwing miró a cada uno de ellos, fijando la vista en Aina unos instantes más, y luego respondió con firmeza:

—Exactamente. Para todos los demás elfos, nuestra ronda de ayer fue normal: recorrimos los límites del bosque, revisamos que todo estuviera en orden y regresamos. Nada de encuentros, nada de humanos, nada de ondinas, solo hubo un incidente con una criatura del bosque y Aina salio herida. Cuanto menos se diga, menos riesgo corremos. Y si alguien hace preguntas incómodas, respondan con respuestas breves y normales. No mientan más de lo necesario, pero tampoco ofrezcan información que no se les pida.

Hizo una pausa y añadió con voz más suave pero igual de firme:

—Esto no es por cobardía. Es porque Lord Varis nos está dando una oportunidad. Si la desperdiciamos por hablar de más, nadie podrá protegernos.

Aina asintió lentamente, comprendiendo por fin el peso real de lo que habían vivido. Ya no era solo un secreto entre amigos; era algo mucho más grande y peligroso, dispuesto por un anciano y protegido con silencio.

-Entiendo... ¿pero como se justificara nuestro cambio a la guardia diurnia?... los demas preguntaran por que el cambio repentino.- Elwing asintió a la pregunta de Aina y señalo su brazo herido.-Lord Varis lo hará ver como un favor a tu madre... dira que debido a que fuiste herida tu madre se preocupo y pidio.- Elwing hizo una pausa breve y completó la explicación con calma, como si ya tuviera cada detalle pensado:

—…pidió que te asignaran turnos de día, para que descanses y te recuperes mejor. Nadie cuestionaría una petición de una madre preocupada y la mano derecha de Lord Varis, y mucho menos si el mismo la respalda. Será una razón sencilla, comprensible y lo bastante cotidiana para que no levante sospechas además todos conocen lo sobre protectora que puede llegar a ser la Señora Syrola contigo.- Aina sintió un escalofrio recorrer su espalda antes de sentirse molesta, no les gusta mucho el plan, la haría ver débil pero aun asi no dijo nada, era una mentira bastante creíble. por su parte Valens soltó un suspiro de alivio, relajando los hombros, aunque la inquietud no desapareció del todo.

—Es ingenioso —dijo Corin, asintiendo despacio—. Tan sencillo que nadie pensaría en buscarle un doble sentido.

—Por eso mismo funcionará —confirmó Elwing, cerrando el libro del todo y dejándolo a un lado—. Ahora, cada uno debe actuar con naturalidad. Cumplir con las tareas del día, saludar a los vecinos, reírse de las mismas cosas de siempre. Cuanto más normales parezcamos, más fácil será mantener el secreto a salvo.

Miró a los tres, uno por uno, con firmeza pero también con confianza.

—¿he sido claro?

Aina asintió con resolución, sintiendo que ahora sí tenía un camino claro: no solo esperar, sino actuar con prudencia, cuidando cada palabra y cada gesto. El secreto pesaba, pero ya no se sentía tan sola llevándolo.

—Si, señor—dijeron los tres casi al unísono, y en esas palabras hubo algo más que aceptación: compromiso.

Elwing asintió satisfecho y recuperó el libro para guardarlo en su morral, cambiando por completo el tono y la postura, como si con ese gesto apartara también la seriedad del asunto.

—Entonces, manos a la obra —dijo con voz más ligera—. Hoy nos toca revisar los senderos del sur y renovar las marcas de los límites. Un trabajo tranquilo, que nos permite hablar sin llamar la atención y mantener los ojos abiertos por si algo cambia.

Se puso en marcha, y Valens y Corin se adelantaron bromeando en voz baja, recuperando poco a poco su naturalidad. Aina caminó al lado de Elwing, y durante unos pasos guardó silencio, sopesando la mezcla de fastidio y alivio que le causaba ser vista como alguien que necesitaba protección.

—No te tomes a mal lo de tu madre —le dijo Elwing de pronto, sin mirarla directamente—. Ser vista como alguien que necesita cuidados también es una ventaja: nadie te vigilará con tanto recelo si creen que solo estás recuperándote.

Aina lo pensó un instante y asintió, con una media sonrisa.

—Supongo que tienes razón. Ser la hija sobreprotegida de la Señora Syrola puede ser mi mejor disfraz.

Elwing esbozó una pequeña sonrisa, apenas visible, y señaló hacia el sendero que se abría entre los árboles.

—Vamos. Que el día nos encuentre trabajando, como siempre. Nada fuera de lo común.- Elwing asintió y empezó a caminar por el sendero mientras Valens y Corin le sonreían a Aina en señal de apoyo antes de seguir a Elwing para posteriormente ser seguidos por la ninfa.

El sol se filtraba entre las copas de los árboles en franjas doradas que bailaban sobre el suelo cubierto de hojas. El grupo avanzaba en formación relajada, sin prisa, deteniéndose de tanto en tanto para tocar las marcas talladas en la corteza de los robles o ajustar las cuerdas que señalaban los límites sagrados. El aire olía a tierra húmeda, pino y flores silvestres, y el bosque, que a veces parecía tan hostil, en ese momento respiraba con una calma que casi lograba borrar la tensión que llevaban dentro.

Valens y Corin iban unos pasos más adelante, conversando sobre los animales que habían visto la semana anterior y bromeando sobre quién tenía mejor puntería con el arco. Sus voces se elevaban y bajaban, normales y cotidianas, tal como Elwing había pedido. Cualquier observador lejano habría visto solo a cuatro jóvenes cumpliendo con su deber, sin sospechar que cargaban un secreto capaz de poner en riesgo su lugar en la aldea.

Aina caminaba junto a Elwing, con la mano sana apoyada de vez en cuando en el tronco de un árbol, sintiendo su textura rugosa bajo los dedos. Dejaba que la luz del sol le acariciara el rostro y, aunque de vez en cuando el movimiento del brazo herido le recordaba lo ocurrido, procuraba mantener la expresión relajada. Cada vez que alguien pasaba cerca —un recolector de frutos, una pareja que inspeccionaba los cultivos—, ella saludaba con naturalidad, respondiendo a las preguntas sobre su brazo con una sonrisa y una frase preparada: “Nada grave, un descuido con una rama. Mi madre prefiere que me tome las cosas con calma unos días”. Y todos asentían con comprensión, sin hacer más preguntas. La excusa funcionaba demasiado bien.

—Lo estás haciendo muy bien —le dijo Elwing en voz baja, cuando se quedaron solos un instante al doblar un recodo—. No te sobreesfuerces en parecer normal: ya lo eres. Eso es lo que hace que el disfraz sea perfecto.

Aina le dedicó una mirada de agradecimiento y luego miró hacia adelante, donde sus compañeros ya esperaban junto a un arroyo cristalino.

—Solo espero que sea suficiente —respondió ella con sinceridad—. Que nadie note que hay algo que ocultar.

Elwing señaló el agua que corría clara y tranquila.

—El bosque sabe guardar secretos si se lo pides con respeto. Y nosotros estamos aprendiendo a hacerlo también.

Avanzaron así el resto de la mañana, marcando, observando, saludando y hablando de cosas cotidianas, mientras el sol subía en el cielo y el tiempo parecía fluir igual que el agua del arroyo: sin detenerse, sin llamar la atención, llevando consigo el día y dejando que el secreto siguiera su curso, escondido en el silencio entre las palabras.

Ya en la tarde, tras haber recorrido la aldea durante toda la mañana, Aina y sus compañeros se adentraron en el bosque para patrullarlo. Avanzaban siguiendo el rastro de los animales con los que compartían aquel territorio, observando cada detalle a su paso.

Vieron a las aves cantar y elevarse entre las copas de los árboles, volando sin prisa ni temor alguno. Más abajo, los venados pastaban tranquilos entre la hierba alta, alzando de vez en cuando la cabeza para observarlos con ojos grandes y oscuros, sin huir. Y más lejos, entre los arbustos frondosos, osos merodeaban con pesadez tranquila, explorando los alrededores en busca de frutos y raíces, indiferentes a su presencia. También había animales pequeños: ardillas que subían y bajaban por los troncos ágilmente, gatos silvestres que acechaban entre la espesura con mirada alerta, y zorros que se deslizaban ligeros entre los árboles, todos atentos a cuanto ocurría a su alrededor.

Aina sonrió al verlos. Había sido un día largo y algo monótono durante gran parte de la jornada, pero aquel instante lo compensaba todo; se sentía en paz, y la alegría le brotaba ligera en el pecho. Sus padres le habían enseñado desde pequeña a vivir rodeada de ellos, a respetarlos y comprenderlos, y ella los amaba con sinceridad. Por eso había decidido formar parte de la guardia: aun con las protestas de su madre, que temía por ella, su corazón la empujaba a proteger aquellos bosques y a todas las criaturas que los llamaban hogar.

Aina cortó su línea de pensamientos al oírlo y lo miró con atención.

—Oigan… paremos un momento —dijo Elwing, sentándose sobre el césped y mirándolos a todos—. Ya es un poco tarde… deberíamos comer algo.

Corin y Valens se miraron entre sí y sonrieron antes de asentir, acercándose a su líder mientras sacaban algunos bocadillos de entre sus ropas. Entonces Elwing volvió la vista hacia ella, con una media sonrisa traviesa en los labios:

—Algo me dice que no trajiste nada para comer… ¿o sí, querida?

Aina se sonrojó de golpe y negó con la cabeza, avergonzada. Había salido demasiado apurada esa mañana como para siquiera pensar en llevar algo de merienda.

—Me lo imaginaba —dijo él con suavidad, partiendo una porción y extendiéndosela—. No te preocupes. Compartiremos. La próxima vez, procura no olvidarlo, ¿de acuerdo?

Aina asintió, tomando el alimento con ambas manos y agradeciéndoselo con una mirada llena de gratitud. Se sentó junto a ellos, sintiendo que, pese a todo, en aquel pequeño grupo se sentía protegida.

—Sí… yo… lo siento, fue una mañana muy agitada… —Aina mordió la mora y miró a su alrededor con alegría, deteniendo la vista en una cierva que guiaba con cuidado a su cervatillo entre la maleza—. Es tan diferente a la noche… me gusta…

Sus compañeros siguieron su mirada y sonrieron. Corin recogió entonces unas fresas, unos trozos de plátano y nueces, y se las ofreció con amabilidad.

—¿Qué esperabas? —comentó Valens con tono tranquilo—. De noche los animales suelen estar resguardados, y estas criaturas aprovechan para buscar alimento. Por eso se ven tan distintas cuando el sol brilla…

Valens asintió, comprendiendo lo que decía. Solo Elwing permanecía en silencio, observándolo todo con seriedad.

—Somos los guardianes del bosque —dijo él al fin, con voz grave—. Nuestro deber es cuidar de ellos. Por eso los mantenemos protegidos en una zona segura durante la noche. Es peligroso dejarlos fuera tras el ocaso: los wendigos salen entonces a merodear. Esas criaturas son repugnantes, feroces y muy numerosas; matan y devoran cuanto encuentran. A veces nos benefician porque mantienen alejados a los humanos… pero debemos mantenerlos siempre a raya. Si cruzan la línea, nadie está a salvo.

Aina lo escuchó en silencio, y la calma que antes sentía se volvió ahora un respeto profundo por aquella tierra y todo lo que en ella habitaba: tanto lo hermoso que veía bajo el sol, como aquello que debían vigilar en la oscuridad.

Corin asintió mientras llevaba un bocado a la boca.

—Puede que no sean un problema para nosotros, pero si no los controlamos pueden afectar la fauna y a los animales de este lugar —dijo con tono serio.

Aina asintió, dándole la razón. Por más que le resultaran repugnantes aquellas criaturas, no podía negar que también tenían su utilidad. En cierto modo, ellos también «cuidaban» el bosque: mantenían a raya a los humanos durante la noche, alejando a quienes no debían entrar. Solo debían asegurarse de que ningún animal pequeño o indefenso terminara en su camino, o que su ferocidad no se volviera contra quienes vivían allí.

—Solo debemos vigilar —añadió ella en voz baja—. Que no crucen la línea. Que se queden en lo oscuro, donde les corresponde, y no se acerquen a nuestros senderos.

Elwing los miró a ambos, asintiendo lentamente, con la mirada perdida entre los árboles.

—Exacto —concluyó—. Mientras cada cual respete su lugar, el bosque sigue en pie. Pero cuando las reglas se rompen… todo se desequilibra.

Elwing asintió y siguió comiendo en silencio, mientras sacaba su libro del bolsillo y miraba de reojo por encima del hombro de Aina y Valens, con una pequeña sonrisa curvándole los labios.

—Tenemos compañía… —dijo en voz baja.

Aina parpadeó, confundida, y se giró despacio. Se encontró cara a cara con una cría de venado tan cerca que sus narices casi se rozaron; el animal soltó un pequeño resoplido suave al tocar con su nariz la de ella.

—Ehh… hola a ti también, pequeño… —susurró ella, sin atreverse a moverse de golpe, con la voz convertida en un hilo de aire, el pequeño animal retrocedió unos pasos y miro a su espalda donde su madre miraba todo con calma, indicándole que estaba a salvo por eso volvió a mirar al frente.

El cervatillo la miró con ojos grandes y oscuros, llenos de inocencia, y dio un paso minúsculo hacia ella, olfateándola con curiosidad tranquila. Aina sintió que el corazón se le ablandaba por completo; olvidó por un instante todo sus preguntas, las criaturas y los peligros del bosque. El pequeño había retrocedido un instante para mirar hacia atrás, donde su madre los observaba con calma, en pie entre la hierba alta, vigilante pero tranquila. Parecía haberle dado su bendición silenciosa, pues el cervatillo volvió a mirarla de inmediato, con esa confianza tierna que solo otorga la inocencia.

Aina sonrió, despacio, sin hacer ningún movimiento brusco, y extendió la mano muy lentamente, ofreciéndola ante su nariz.

—No tengas miedo —le susurró con voz suave como el viento entre las hojas—. No te haremos daño.

El animalito olfateó su piel con cuidado, cálido y suave al tacto, y entonces frotó su frente contra la palma de su mano, como si la aceptara. Aina contuvo el aliento, sintiendo una calidez inmensa en el pecho, mientras la madre seguía vigilando a lo lejos, serena y confiada.

Elwing cerró su libro despacio, sin interrumpir aquel instante, y les miró en silencio notando que no eran los unicos en acercarse; vio un pequeño zorro acercarse con cautela desde el lado de Corin, los osos los miraban con flojera desde una distancia menor y las ardillas jugaban a su alrededor, podía escucharlas jugar a su alrededores, el elfo sonrío y dejo su libro a un lado por unos segundos, para ellos esos momentos eran escasos debido a que los animales dormían mientras ellos patrullaban, asi que se tomaría el tiempo para disfrutar lo que podía ofrecerles el bosque en aquel instante tan especial.

Dejó el libro a un lado, sobre la hierba suave, y recostó la espalda contra el tronco de un árbol, sin dejar de sonreír. Aquello era un regalo raro y precioso: por lo general, cuando ellos patrullaban, el bosque reposaba y los animales descansaban, lejos de los senderos. Que ahora se acercaran así, sin temor, era la prueba más clara de que se sentían seguros en su presencia.

El pequeño zorro se acercó despacio hasta los pies de Corin, moviendo la cola con cautela y ojos brillantes como dos cuentas de ámbar. A poca distancia, los osos los observaban con parsimonia, sin inmutarse, como si supieran que no había nada que temer. Y por todas partes, entre ramas y troncos, las ardillas corrían y saltaban, llenando el aire con sus chillidos alegres, ajenas a cualquier peligro.

Elwing los miró a todos, y luego al bosque que los rodeaba, sintiendo una paz profunda.

—Aprovechen... —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. No todos los días la naturaleza nos abre así su corazón.

Aina acariciaba aún al cervatillo, que se había quedado junto a ella, tranquilo y confiado, y sintió que aquellas palabras eran ciertas. En aquel instante, no había reglas ni amenazas ni secretos. Solo ellos, el bosque y la vida que latía a su alrededor, en perfecta armonía. El cervatillo estornudó suavemente y se movió un poco, desviando la mirada hacia las moras que descansaban en la otra mano de Aina. Olfateó el aire con curiosidad, dando un paso pequeño y cauteloso hacia ella, con las orejas alzadas y los ojos grandes y brillantes. Parecía haber olvidado cualquier rastro de desconfianza, atraído por el dulce aroma de la fruta madura que ella sostenía entre los dedos.

Aina se quedó completamente inmóvil, conteniendo el aliento para no asustarlo. Le tendió la mano despacio, con la palma abierta, ofreciéndole el alimento sin prisa, sin hacer ruido. El pequeño animal se acercó aún más, rozando apenas su piel con la nariz húmeda y tibia, y entonces tomó una de las moras con suavidad, comiéndosela allí mismo, junto a ella, como si hubieran sido amigos desde siempre.

Detrás suyo, la madre observaba en silencio, sin moverse del sitio, vigilando aquella escena sencilla y hermosa que parecía detener el tiempo entre los árboles y la hierba.

Aina aprovechó aquel instante y acarició despacio la cabeza del pequeño, sin dejar de sonreír. Su pelaje era suave y liso, y al contacto le provocó un cosquilleo agradable que le recorrió la mano entera. Levantó la mirada hacia sus compañeros, emocionada por lo que acababa de ocurrir, y recibió un gesto cálido de aprobación y sonrisas por parte de todos.

Corin y Valens estaban un poco más allá, entretenidos también: reían en voz baja mientras acariciaban y jugaban con un pequeño zorro que se había acercado confiado a ellos, dejándose hacer y moviendo la cola con alegría. Y más aparte, Elwing permanecía sentado en silencio, con la mirada serena fija en el frente, mientras un diminuto pajarito de plumaje suave descansaba plácidamente sobre su hombro, como si aquel lugar fuera el refugio más tranquilo del mundo.

Nadie decía nada. En aquel rincón del bosque, entre el sol que se filtraba entre las hojas y la calma que todo lo envolvía, parecía que las distinciones y las barreras se habían desvanecido. El tiempo parecía haberse detenido, dejando que cada uno compartiera su momento con aquellas criaturas que, lejos de temerles, los reconocían como parte de aquel mismo hogar.

El cervatillo comió feliz las moras y, al terminar, se relamió el hocico con evidente satisfacción, quedándose mirando a Aina con ojos brillantes, esperando más. Ella comprendió de inmediato aquella mirada y recorrió con la vista el suelo a su alrededor, buscando algo más que ofrecerle a su pequeño amigo… pero su ración se había agotado. Desconcertada, volvió la vista hacia sus compañeros con un gesto de pánico, pero Corin y Valens seguían demasiado entretenidos con el zorrito como para prestarle atención. Aina se inclinó entonces, dispuesta a acercarse sigilosamente a uno de los platos de sus compañeros, pero se detuvo en seco al oír un bramido grave y profundo.

Era la madre del ciervo. Tenía las orejas erguidas y rígidas, la cabeza alta y la mirada fija en la espesura, llamando a su hijo con un tono cargado de alarma y temor. El cervatillo, obediente, dio un salto y corrió hacia ella, desapareciendo entre la hierba. En ese instante, Elwing se puso de pie de un movimiento ágil y repentino, haciendo alzar el vuelo al pajarito que descansaba en su hombro.

—¡Todos alerta! —dijo con voz cortante y firme—. Escuché un estruendo al noroeste…

La calma se rompió de golpe. Los cuatro se quedaron rígidos, con el corazón en un puño, maldiciendo en silencio su propia distracción: habían bajado la guardia y no habían oído acercarse nada. Pero el bosque mismo parecía haberles dado la advertencia primero: los pájaros enmudecieron y alzaron el vuelo en bandadas, los animales se agazaparon o huyeron en silencio, y un denso olor a pólvora empezó a extenderse por el aire, amargo y inconfundible. Alguien había disparado un arma humana.

Elwing guardó su libro con un movimiento rápido y certero, barriendo con la mirada a sus compañeros un instante antes de fijar la vista en la espesura de donde provenía aquel olor.

—No nos separemos —ordenó en un susurro tenso y grave—. Fueron dos disparos… no están muy cerca, asi que debemos movernos deprisa. Quienquiera que sea… no debería estar aquí.

No añadió una palabra más. De un impulso ágil, se elevó hasta las ramas de un árbol cercano y empezó a avanzar velozmente por las alturas, donde los suyos se movían con mayor ligereza y ventaja. Corin y Valens no perdieron tiempo: dejaron sus provisiones sobre la hierba, como una señal silenciosa por si los animales regresaban, y lo siguieron de inmediato entre el follaje.

Por su parte, Aina chasqueó la lengua, visiblemente molesta. Lanzó una rápida mirada hacia el lugar donde se habían perdido el cervatillo y su madre, asegurándose de que estuvieran a salvo, antes de que el aire a su alrededor empezara a remolinarse suavemente, sosteniéndola en alto y permitiéndole flotar tras sus compañeros. Tenía el ceño fruncido y la mirada encendida; una furia justa le ardía en el pecho: aquel que había irrumpido en su hogar, rompiendo la paz y poniendo en peligro a sus habitantes, tendría que dar explicaciones. Alguien pagaría por aquella intromisión.

Tras unos minutos de avance veloz entre copas y ramas, los cuatro llegaron a un claro y se detuvieron en seco. El corazón se les encogió: había sangre oscura sobre la hierba, huellas de lucha desordenada y dos casquillos metálicos brillando bajo la luz entre las hojas. Tres elfos recorrían el lugar inspeccionando cada detalle: dos hombres y una mujer. Uno de los hombres y la mujer parecían de su misma edad, con expresión tensa y alerta; pero el tercero era mucho mayor, y al verlo todos se pusieron rígidos de golpe.

Era Thalion. Uno de los Ancianos, líder de la guardia y al frente de todos los exploradores del bosque. Su sola presencia allí, en aquel lugar y en aquellas circunstancias, hacía evidente que algo grave había ocurrido, mucho más de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

Elwing se tensó por completo y les hizo una seña rápida con la mano para que no se adelantaran.

—Thalion… —susurró Corin apenas con voz audible, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué hace él aquí?

Aina apretó los labios, sintiendo cómo el aire a su alrededor se volvía más pesado. Aquello ya no era solo una intromisión humana; era algo que concernía a lo más alto de su pueblo, y el peso de la autoridad del Anciano se dejaba sentir incluso desde las alturas donde ellos esperaban ocultos.

Desde el claro, la voz de Thalion resonó grave y profunda, cargada de una cólera contenida que heló la sangre de quienes lo escuchaban escondidos entre las ramas.

—Hubo una filtración… Un grupo de seres inferiores se adentró en nuestro territorio y asesinaron a dos de los protegidos… —Sus palabras cayeron como piedras sobre todos los presentes. Su tono era rasposo, pesado, y hizo que los elfos que lo acompañaban se estremecieran—. ¿Dónde estabais? ¿Cómo es posible que nadie se percatara de esto antes?

El silencio que siguió fue denso y doloroso. Sus subordinados bajaron la cabeza, incapaces de sostenerle la mirada, sin saber qué responder ante aquella culpa tan evidente.

Arriba, entre el follaje, los cuatro se quedaron sin aliento. Aina sintió que el estómago se le encogía: los protegidos… eran aquellos a quienes debían cuidar por encima de todo. La distracción de aquel mediodía, las risas y el encuentro con el cervatillo, cobraban ahora un precio terrible. Elwing apretó los puños hasta que los nudillos se le blanquearon, con la mirada fija en el suelo ensangrentado, comprendiendo que la negligencia había sido suya.

—Fallamos… —alcanzó a susurrar Corin, con la voz quebrada por la angustia.

Ninguno pronunció palabra; simplemente bajaron la mirada, pesada de vergüenza y culpa. No tenían excusas, ni respuestas que ofrecer, y ese silencio hizo crecer la furia del Anciano hasta hacerse palpable. Thalion dejó sentir entonces toda su presencia: una fuerza inmensa y pesada que llenó el claro, mientras el viento empezaba a soplar con violencia alrededor de todos, agitando hojas y ramas con brusquedad. Recorrió con la mirada a sus dos subordinados unos instantes, antes de alzar la vista hacia la espesura, como si pudiera ver a través del follaje hasta donde ellos permanecían ocultos.

—¿Y bien? —exclamó con voz que pareció hacer temblar la tierra—. Se suponía que ustedes seis estaban de guardia… ¿Y ninguno advirtió lo que ocurría? ¡Y lo que es peor: ni siquiera estaban aquí! Un lince y un jabalí han desaparecido… dos de los nuestros, y ustedes… ¿dónde estaban cuando más se les necesitaba?

Los cuatro contuvieron el aliento, sintiendo que cada palabra era un golpe directo al pecho. Sabían que la responsabilidad era suya, que habían bajado la guardia y que ahora la ausencia en su puesto cobraba un precio irreparable. Elwing apretó los dientes, con la mandíbula tensa, y dio un paso adelante entre las ramas, dispuesto a bajar y dar la cara, aunque supiera que las consecuencias serían durísimas.

Elwing lanzó una rápida mirada de reojo a sus compañeros, suspiró hondo y salió de entre la espesura con paso firme hasta arrodillarse frente al Anciano.

—Lo lamento, Lord Thalion… Nuestra ronda nos llevó al extremo opuesto del bosque. Estuvimos… vigilando a algunos habitantes del bosque… —Thalion lo miró sin que su expresión cambiara lo más mínimo, y simplemente caminó hacia él—. Acudimos aquí apenas escuchamos los disparos… Lo lamento, Lord Thalion. Fuimos descuidados. Debimos separarnos y cubrir más terreno…

En ese momento, Aina, Corin y Valens salieron también de entre los árboles, se colocaron junto a su líder y se arrodillaron a su lado, con la cabeza baja y la mirada fija en el suelo, compartiendo la culpa. Los otros elfos que acompañaban al Anciano se intercambiaron miradas de desconcierto: no esperaban ver allí a aquel grupo, ni mucho menos confesión tan sincera y humilde.

Thalion se detuvo justo delante de ellos, en silencio absoluto. Podían sentir su presencia pesada como una losa sobre sus hombros, y ninguno se atrevió a alzar la vista ni a moverse.

Thalion recorrió con la mirada a los cuatro arrodillados, deteniéndose unos segundos más en Aina. Reconocía su linaje, sabía quién era su madre y los vínculos que la protegían… pero nada de eso la salvaría de la ira que caería sobre ellos.

—¿Esa es vuestra excusa? —escupió con desdén—. Patética.

De pronto, una corriente de aire violenta los golpeó a todos, lanzándolos contra los troncos cercanos con fuerza brutal. El impacto fue seco y doloroso, arrancándoles quejidos ahogados.

—¡Vuestra maldita negligencia permitió que esas basuras humanas se llevaran a dos de los hijos de Madre Gaia! —tronó su voz, haciendo temblar las hojas.

Aina llevó una mano instintivamente a la boca: la sangre le manchaba los dedos, el golpe había sido fuerte.

—No sé qué hacéis de noche… —continuó Thalion, implacable—, pero de día vuestro deber es proteger a cada ser de este bosque, desde el más pequeño al más grande. Habéis fallado. Y lo peor… esas alimañas ya han escapado.

Elwing abrió los ojos de par en par, horrorizado, e intentó incorporarse, pero una nueva ráfaga lo golpeó de lleno contra el árbol, haciéndolo gemir de dolor.

—No te molestes, muchacho —lo cortó el Anciano con frialdad—. Ya envié a un escuadrón para encargarme del asunto.

Aina tambaleó al ponerse en pie, sin embargo, y corrió hacia su líder para ayudarlo a sostenerse. Al levantar la vista, clavó en Thalion una mirada desafiante, encendida y sin miedo. El Anciano enarcó levemente una ceja, observándola con inesperada curiosidad, como si aquella reacción fuera lo último que esperaba de ella.

—Reconocemos nuestro error, señor… Lo lamentamos de verdad —dijo Aina con voz firme, mientras veía la sangre en sus dedos y la rabia le encendía la mirada—. No volverá a ocurrir.

Se mordió la lengua al instante y bajó la vista, luchando por contener la cólera que amenazaba con desbordarse. Sabía que una palabra de más podía empeorarlo todo, y se obligó a mantener el silencio, aunque le costaba cada respiración.

Thalion la observó unos segundos más, antes de hacer desaparecer de golpe aquella presión que los aplastaba, y se giró hacia el oeste como si ellos ya no estuvieran allí.

—Largo… Vuestro turno ha concluido. El castigo por vuestra negligencia lo discutiré con el resto de los Ancianos. Por ahora… salid de mi vista.

Corin y Valens se apresuraron a ayudarla y, tomando a Elwing entre los dos para sostenerlo sobre sus hombros, empezaron a alejarse despacio del claro. Pero antes de que Aina se perdiera entre los árboles, la voz del Anciano la detuvo un instante:

—Señorita Amakiir… Espero que esto no se repita. Sería una lástima que alguien de su linaje… resultara tan decepcionante.

Aina apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, pero no respondió. Siguió a sus compañeros, con la espalda recta y la mirada al frente, tragándose las palabras que ardían en su garganta.

Una vez se hubieron alejado, Thalion se volvió hacia sus subordinados, y su tono cambió, volviéndose solemne y grave:

—Limpiad este lugar. Debemos honrar a los caídos.

....

Los cuatro caminaban en silencio pesado, roto solo por los pasos torpes de Elwing y el crujido de las hojas bajo sus pies. Corin y Valens lo sostenían entre ambos, aligerando su peso, mientras él apretaba los dientes y respiraba entrecortadamente, intentando ocultar lo mucho que le dolía cada movimiento. Aina iba al lado, atenta, sin apartar la vista del suelo; tenía el labio hinchado y aún sentía el sabor metálico de la sangre al hablar, pero lo que más le ardía por dentro era la rabia y la culpa, mezcladas en un nudo que le cerraba la garganta.

Nadie dijo una palabra durante un buen trecho. La humillación y la advertencia de Thalion pesaban sobre todos como una losa. Al llegar a una zona más protegida, Elwing pidió detenerse y se apartó suavemente de sus compañeros, apoyándose contra un tronco para recuperar el aliento. Tenía la frente perlada de sudor frío y la mirada baja, llena de vergüenza.

—No debí dejaros distraernos… —alcanzó a decir, con voz débil y quebrada—. Era mi deber… y fallé.

Corin fue a hablar, pero Aina se adelantó, limpiándose con el dorso de la mano la sangre seca del labio.

—No hables así —dijo ella, con tono firme aunque los ojos le brillaban—. Fuimos todos. Nos relajamos. Y lo que pasó… fue culpa de los cuatro.

Valens asintió despacio, mirando hacia la espesura con expresión sombría.

—Lo que dijo Lord Thalion… Sobre los humanos escaparon. Se llevaron a dos de los nuestros... hace cuando no ocurría eso?... Un año?, Quizas mas?... y ocurre durante nuestra guardia...-

Valens se mordió la lengua, cortando sus palabras a tiempo; comprendió que aquel recuerdo solo hundiría más los ánimos. Se acercó a Corin y juntos empezaron a atender las heridas de Elwing, pero no sin antes dedicarle a Aina una mirada llena de respeto y compasión.

—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja—. No debió decir eso sobre tu linaje… Se excedió.

Aina asintió distraídamente, sin apartar la vista del suelo. Por dentro ardía: furiosa con Thalion por haber sacado a relucir su familia de aquel modo, furiosa consigo misma por haber fallado. Su padre era prácticamente un héroe, alabado por haber luchado junto al propio Thalion en el asalto a Jacksonville; su madre, en cambio, era una de las ninfas más poderosas y sabias de la ciudadela, mano derecha de Lord Varis, el Anciano más antiguo del Consejo. Ella era hija de dos figuras casi legendarias… y aquel día, bajo la mirada de todos, había demostrado estar a la altura de muy poco.

Sentía como si el peso de sus apellidos se hubiera vuelto contra ella, aplastándola junto a la culpa. ¿Qué dirían su padre y su madre si supieran que, por su descuido, dos seres inocentes habían sido llevados por intrusos? ¿Qué pensaría Lord Varis, confiado en su madre, si supiera que la hija de su mano derecha había sido la primera en bajar la guardia?

Se llevó una mano al pecho, donde el aire parecía costarle más que de costumbre, y apretó los labios hasta que el sabor metálico volvió a recordarle el golpe.

—No importa lo que él dijo —respondió al fin, con voz apenas audible pero cargada de determinación—. Lo que importa es que tenía razón. Fallamos. Y no voy a esconderme detrás de los nombres de mis padres para ocultar mi error.

Levantó entonces la vista hacia ellos, limpiándose la humedad de los ojos con un gesto brusco, como si rechazara permitirse llorar.

—Si hay algo que Amakiir sabe hacer… es reparar lo que se ha roto. Y yo no voy a dejar que esto sea recordado como el día en que fallamos. Será recordado como el día en que recuperamos lo perdido.-Aina lo miró y se acercó de inmediato para ayudar a tratar sus heridas; aquel segundo impacto lo había lastimado de verdad, y cada movimiento le costaba. Sin embargo, Elwing se limitó a observarla, con una tenue sonrisa que se le dibujaba en los labios al verla, como si aquel fuego en su mirada fuera justo lo que necesitaba para sostenerse.

—Es bueno ver ese fuego en tus ojos, enana… —le dijo suavemente, con voz aún quebrada por el dolor—. Pero por ahora… solo podemos volver. Sería imprudente desobedecer a Lord Thalion justo después de haber fallado. Aún tendremos tiempo de enmendar nuestro error…

Aina detuvo un instante el movimiento de sus manos, sintiendo la calma de su líder apaciguar un poco la furia que la consumía. Asintió despacio, recomponiendo el vendaje con esmero, y alzó la vista hacia él con la mandíbula firme.

—Está bien —respondió en voz baja—. Volvemos. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados esperando un castigo. Recuperaremos lo perdido. Te lo prometo.

Elwing sonrió con más fuerza, como si nunca hubiera dudado de ella, y apoyó una mano sobre la suya con gratitud.

—Lo sé. Y cuando llegue el momento… nos encargaremos juntos.

Reanudaron entonces el camino, más despacio, ayudándose mutuamente, con las heridas aún frescas y una promesa silenciosa sellada entre ellos: lo que habían perdido aquel día, lo recuperarían con creces.

....

Lejos del claro, en lo más profundo de la espesura y alejándose a toda prisa del lugar, avanzaban cuatro figuras vestidas con ropas gastadas y sucias, cargadas con armas y bolsas. Respiraban con dificultad, pero no se detenían. En dos de sus fardos, envueltos con rudeza y amordazados, se agitaban con desesperación pero sin lograr hacer ruido: el lince y el jabalí, aún vivos y temerosos, llevados como trofeo o mercancía.

—¡Más deprisa! —gruñó el que parecía liderarlos, un hombre de voz áspera y paso firme—. ¡No nos podemos detener! Esos malditos elfos pueden aparecer en cualquier momento.

—Disparaste demasiado pronto —le recriminó otra voz, más joven y tensa—. Cualquiera habrá oído los disparos. Tuvimos suerte de que nadie nos cortara el paso antes.

—¿Y qué querías que hiciera? —escupió el primero—. ¡El jabalí iba a destrozarnos! Con eso nos basta: Estoy seguro que con esto Gabriel nos deja entrar al Horret. Ahora… ¡corred!

Los cuatro se abrieron paso entre ramas y espinas, con el corazón golpeándoles fuerte en el pecho. Sabían que estaban en territorio prohibido, que cada árbol parecía tener ojos, y que la furia de quienes lo habitaban era algo de lo que solo se hablaba en susurros. Llevaban lo robado, y por el momento habían logrado escapar… pero no sabían aún que el bosque no soltaba a sus hijos tan fácilmente. Que incluso cuando los intrusos se alejaban, algo seguía sus pasos, vigilante y silencioso.

Corrieron sin mirar atrás hasta que, entre la espesura, distinguieron la boca oscura de una cueva, bien oculta entre enredaderas y rocas. Sin dudarlo un instante, se deslizaron dentro, buscando refugio y alivio tras la huida. Pero apenas traspasaron la entrada, se quedaron helados en seco.

Allí, en el fondo, recostados entre sombras y silencio, descansaban tres wendigos. Sus cuerpos esbeltos y pálidos se recortaban apenas en la penumbra; dormían inmóviles, como estatuas, pero su sola presencia llenaba el aire de un frío antinatural y denso que les caló los huesos al instante. Ninguno de los cuatro se atrevió a respirar hondo, ni a mover un pie. Sabían que aquellas criaturas no perdonaban intrusos… y que habían entrado justo en su guarida.

El líder se llevó un dedo a los labios, con el rostro desencajado, ordenando silencio absoluto. Avanzaron despacio, pegados a la pared, conteniendo el aliento, rezando en pensamiento por no despertarlos. Cada paso era un riesgo. Cada respiración contenida dolía en el pecho. Y justo cuando creían lograr pasar sin ser vistos… uno de los animales amordazados soltó un quejido ahogado y se debatió con fuerza dentro del fardo.

El sonido resonó por toda la cueva, claro y penetrante. Uno de los hombres se movió con brusquedad y pateó el fardo con fuerza, haciendo que el animal soltara un quejido aún más desgarrador. Él soltó una risa seca y fría, mientras sus compañeros palidecían y contenían la respiración, sin atreverse a decir una sola palabra: le temían demasiado como para oponerse. En ese instante, uno de los wendigos se removió entre las sombras, alzando lentamente la cabeza hacia ellos. Había sido oído.

El hombre fijó sus ojos enrojecidos y burlones en el más joven del grupo, Liam, y señaló a la criatura que empezaba a despertar.

—Liam… mátalo —ordenó con voz gélida.

El chico negó con la cabeza horrorizado, dando un paso atrás.

—No puedo… yo no…

—Lo matas tú… o yo te mato —lo amenazó el otro, desenvainando su cuchillo con un movimiento rápido y afilado para lanzarlo a los pies del chico.—. Yo me encargo de los otros dos. Tú, ese. ¡Ahora!

Liam miró desesperado a sus otros dos compañeros, buscando ayuda, pero ellos simplemente desviaron la mirada hacia las paredes de piedra, incapaces de sostenerle la vista o de intervenir. El miedo los había dejado mudos y sumisos. El joven se quedó solo, temblando de pies a cabeza, con el corazón a punto de estallarle en el pecho, mientras el wendigo se incorporaba por completo y lo observaba fijamente desde la penumbra.

Liam alzó su pistola y amartilló el gatillo, con el dedo tembloroso y el corazón a punto de salírsele por la boca… pero en ese instante, uno de sus compañeros lo miró por fin y le bajó el arma de un golpe seco.

—Si disparas… los elfos nos oirán y vendrán —le susurró con los labios pálidos y pegados a la oreja—. Debes hacerlo con el cuchillo… o con las manos.

Señaló por encima del hombro de Liam, hacia el fondo de la cueva. Allí, su líder acababa de terminar con los otros dos wendigos. Lo había hecho en absoluto silencio: con sus propias manos, de un movimiento rápido y brutal, les había arrancado la garganta con sus uñas afiladas como cuchillas. Ahora se reía entre dientes, con la ropa empapada en la sangre oscura y espesa de las criaturas, limpiándose las manos con calma. No había gritos, ni ruido, ni piedad: simplemente los tomó del cuello y acabó con ellos.

Liam sintió que las piernas le flaqueaban. Palideció hasta quedar blanco como la cal y, con mano trémula, desenvainó el cuchillo que le había sido impuesto. Comprendió de golpe: si no mataba a aquella criatura que lo observaba fijamente desde las sombras, sería él quien terminaría en el suelo, bañado en su propia sangre. No había salida. O lo hacía… o moría.

Apretó el puño hasta que los nudillos se le blanquearon, dio un paso inseguro hacia adelante, y alzó el arma con lágrimas de terror nublándole la vista.

Antes de que Liam pudiera dar un segundo paso, el wendigo se lanzó hacia él como una sombra que cobraba vida. Se movió con una velocidad antinatural, apenas rozando el suelo, y en un parpadeo estuvo sobre él.

El joven apenas tuvo tiempo de soltar un grito ahogado cuando la criatura lo derribó de un empujón violento. El cuchillo se le escapó de las manos, lejos de su alcance, y cayó chasqueando contra la piedra. El wendigo lo inmovilizó con una fuerza descomunal, hundiéndole las garras en el pecho y en los brazos, mientras su aliento helado y fétido le golpeaba el rostro. Liam sintió que la muerte lo miraba fijamente, a escasos centímetros, en aquellos ojos vacíos y brillantes que parecían devorarlo entero.

El líder, en tanto, se quedó inmóvil observando, sin hacer ademán de ayudarle. Solo sonreía, disfrutando de la escena, como si el joven fuera poco más que un entretenimiento para la criatura. Los otros dos compañeros se encogieron pegados a la pared, sin atreverse a intervenir, convencidos de que aquel sería el último día del muchacho.

Nadie se movió. Todos contemplaron aterrorizados cómo el wendigo inclinó la cabeza y, con una mordida feroz y brutal, le arrancó un trozo de carne de la mejilla. El grito desgarrador de Liam llenó cada rincón de la cueva, rompiendo el silencio de golpe.

En ese instante, el líder reaccionó de un movimiento rápido y violento: pateó a la criatura con fuerza, alejándola del muchacho, y luego se inclinó sobre él con los ojos ardiendo de furia.

—¡Silencio, maldita basura! —le escupió—. ¡Con esos gritos nos vas a atraer a todos encima!

Sin darle tiempo a suplicar, alzó la bota y la descargó sobre la cabeza del chico.

—¡Vince… por favor…! —alcanzó a balbucear Liam, intentando cubrirse con las manos temblorosas, pero su defensa fue inútil.

Una y otra vez, el hombre aplastó su cabeza contra el suelo de piedra, con crueldad y sin detenerse. Hasta que los gemidos se apagaron. Hasta que el cuerpo dejó de retorcerse. Hasta que Liam quedó inmóvil y en silencio, tal como él había ordenado.

El líder se apartó despacio, limpiándose la bota sobre la ropa del muchacho, y miró a los otros dos, que temblaban pegados a la pared, sin atreverse a respirar.

—¿Qué mirán? —les siseó—. ¡Muevanse y asegúrense de que esa cosa no se vuelva a acercar! Y si alguno de ustedes suelta un solo grito… serán los siguientes.-Ambos hombres se miraron entre sí, se secaron las lágrimas a toda prisa y se giraron hacia la criatura, con las manos temblorosas y el corazón encogido. Pero el wendigo no les prestaba atención: tenía la vista fija, inmóvil y voraz, sobre el cadáver del muchacho. Vince lo notó y una sonrisa torcida se le dibujó en los labios.

—Eh… ¿tienes hambre? —se burló, acercándose con descaro.

La criatura no se inmutó; sus ojos no se apartaron del cuerpo inerte. Vince se acercó más, tomó al joven por el cuello de la camisa y lo empujó hacia ella con desprecio.

—Buen provecho, bastardo… Te lo ganaste.

Los otros dos contuvieron la respiración, horrorizados, mientras veían cómo la bestia se abalanzaba sobre los restos de quien apenas tenía dieciocho años, devorándolo en un silencio espantoso. Un muchacho tan joven… perdido de la manera más miserable.

Vince se giró entonces hacia ellos, como si nada hubiera ocurrido, y ordenó con voz áspera:

—Y vosotros, par de idiotas… tengo hambre. Preparad al jabalí. Hoy daremos un banquete.

Los dos reaccionaron y lo miraron aterrorizados, sin dar crédito.

—Pe… pero Vince… —tartamudeó uno—. ¿No era… no era para entregarlo como pago para entrar en Horret?

Vince se encogió de hombros con indiferencia, sonriendo con frialdad.

—Mañana cazaremos otro. ¿Acaso no tenéis hambre? Hemos corrido días enteros, hemos perdido a cuantos íbamos con nosotros… ¿No creéis que nos merecemos una recompensa? Preparad al animal. No lo repetiré.

Los dos hombres bajaron la cabeza, vencidos y sin osar replicar. Sabían que oponerse era firmar su sentencia de muerte. Así que, con manos temblorosas y la mirada clavada en el suelo, se acercaron al fardo donde el jabalí seguía atado y amordazado, mientras el sonido espantoso del wendigo devorando a su compañero se mezclaba en la cueva con el llanto ahogado de sus propias conciencias.

Ambos se intercambiaron una mirada sombría y uno de ellos desenvainó el cuchillo, empezando a apuñalar el fardo una y otra vez, sin detenerse ante los chillidos desgarradores y los lamentos del animal que se debatía con desesperación entre las telas. A lo lejos, Vince observaba todo con una sonrisa satisfecha… hasta que notó algo: el wendigo había dejado de devorar el cadáver y tenía la vista fija en el jabalí, atraída por la sangre y los lamentos.

—Eh, par de idiotas… no dejéis que se desperdicie la sangre —les gritó, y de un paso se interpuso entre la criatura y su presa, bloqueándole la vista.

—Eso no es para ti, escoria —le espetó con voz gélida—. Disfruta tu cena… o muere.

El wendigo soltó un gruñido profundo y amenazante, vibrando en toda la cueva. Abandonó el cuerpo de Liam y se puso de pie lentamente, erguido y aterrador, clavando en Vince una mirada cargada de furia. Pero él no retrocedió ni un milímetro; al contrario, curvó los labios en una sonrisa desafiante y cruel, como si estuviera retando a la muerte misma a que se acercara. Ninguno de los dos se movió. El aire se volvió denso y pesado, cargado de una tensión que amenazaba con estallar en cualquier instante.

El wendigo rugió, un sonido que pareció rasgar las mismas paredes de la cueva, y se abalanzó de nuevo sobre él con una furia ciega. Vince apenas se inmutó; se deslizó hacia un lado como una sombra, burlándose de la torpeza instintiva de aquella cosa que no sabía pelear, solo devorar.

—¿Eso es todo? —se burló, dándole un golpe seco en la espalda con el canto de la mano cuando pasó de largo—. Pobrecita… solo sabes correr detrás de la comida.

La criatura giró bruscamente, las garras rasgando el aire donde él había estado un instante antes, y volvió a lanzarse. Vince la esperó quieto, calculando el momento con una calma escalofriante. Justo cuando las manos pálidas iban a tocarlo, se deslizó por debajo de su brazo, giró a su espalda y le dio una patada violenta en su pierna izquida, haciendo que la criatura se desplomara de rodillas con un aullido desgarrador con su pierna rota.

Aún así no se detuvo. El wendigo se arrastró hacia adelante, ignorando el dolor, movido solo por ese hambre insaciable que lo consumía por dentro. Vince caminó a su alrededor, ladeando la cabeza como si examinara un insecto, con una sonrisa fría y cruel que no llegaba nunca a sus ojos.

—No sientes nada, ¿verdad? —murmuró, dándole un puntapié en el costado para hacerlo girar sobre sí mismo—. Solo quieres destrozar y comer… Qué fácil debe ser ser así. Sin pensar, sin sentir…

Los otros dos hombres se habían pegado contra la pared, temblando de pies a cabeza, sin atreverse a respirar fuerte. Veían a su líder jugar con aquella bestia como si fuera un perro amaestrado, y comprendieron con horror que Vince no le tenía miedo a nada. Ni a las criaturas del bosque, ni a la vida, ni a la muerte.

El wendigo volvió a ponerse de pie, cojeando, con la cabeza baja y los ojos brillando con una luz hambrienta en la penumbra. Y otra vez atacó. Vince lo esperó, los pies firmes, sonriendo más ancho, disfrutando de cada movimiento predecible, de cada gruñido sin sentido. Para él no era una pelea: era entretenimiento.

—Vamos… ven —lo incitó con voz suave, acariciando el aire con una mano—. Inténtalo de nuevo. A ver si esta vez logras tocarme.

Y la criatura obedeció, cegada por el instinto, cayendo una y otra vez en cada trampa que él le tendía, mientras en el fondo de la cueva el silencio se rompía solo por los gruñidos del monstruo y la risa baja y burlona del hombre que jugaba con ella como si fuera su presa.

Ambos se movían como autómatas, con las manos temblando tanto que el metal de los cuencos tintineaba entre ellos, un sonido pequeño y frágil que les helaba la sangre. No se atrevían a levantar la vista, ni hacia Vince ni hacia la criatura que seguía rugiendo y golpeándose contra las paredes en su furia ciega. Solo tenían ojos para el cuerpo inmóvil del jabalí, que yacía en el suelo cubierto de polvo, con los ojos vidriosos y el pecho ya sin aliento.

Uno de ellos se arrodilló con lentitud dolorosa, acercando el cuenco sucio con manos que le sudaban frío. La sangre oscura aún se derramaba lentamente sobre la tierra, empapando la hierba seca y manchando la piedra, y cada gota que caía parecía resonar en el silencio de la cueva como un latido que se apagaba. No hablaban, no se atrevían a respirar hondo, y cada tanto sus miradas se cruzaban un instante —llenas de pánico y de una culpa que no sabían cómo nombrar— antes de volver a bajar la cabeza, como si mirar demasiado tiempo lo que habían hecho pudiera condenarlos para siempre.

El otro sostenía el segundo cuenco a su lado, con los nudillos blancos de apretarlo con fuerza, y de vez en cuando sus ojos se desviaban involuntariamente hacia Vince, hacia esa sonrisa que no llegaba nunca a sus ojos, hacia la facilidad con la que esquivaba y golpeaba a algo que debería haber sido la muerte misma. Y comprendían, con un escalofrío que les recorría la espalda entera, que no era el wendigo lo que debían temer realmente en aquel lugar.

—Apúrense —les espetó Vince sin volver la cabeza, la voz cortante como una navaja, justo cuando hacía tropezar a la criatura con un movimiento brusco— Saben que no me gusta la sangre fria...-El último rastro de color se les escapó del rostro al escucharle. El cuenco tembló aún más entre los dedos del primero, y el sonido metálico contra la piedra se volvió casi incontrolable. La amenaza no era un grito, ni un golpe: era esa calma fría, esa seguridad absoluta con la que hablaba, como si estuviera ordenando servir vino y no sangre caliente de una bestia asesinada a traición.

—Ya… ya vamos, Vince —tartamudeó el que estaba arrodillado, sin atreverse a levantar la vista, presionando el borde del cuenco con más fuerza contra la herida para que la sangre fluyera más deprisa—. Está saliendo… lo estamos haciendo rápido.

El otro tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. Mantuvo el cuenco listo, los ojos fijos en la superficie oscura que empezaba a llenarse poco a poco, y trató de bloquear el sonido de los gruñidos y los golpes secos que resonaban a sus espaldas. Pero era imposible: cada movimiento de Vince, cada zarpazo que el wendigo lanzaba al vacío, se clavaba en ellos como una aguja.

—Caliente… tiene que estar caliente —murmuró para sí mismo, como si repetirlo pudiera hacerlo más real, como si pudiera convencer a la sangre de no enfriarse tan deprisa—. No va a enfriarse… apenas la recogemos.

Sabían lo que pasaba cuando las cosas no salían como él quería. Lo habían visto con sus propios ojos, y la imagen de Liam aún estaba fresca, sangrando en el suelo de la misma cueva. Ninguno de los dos dudaba que, si la sangre se enfriaba, o si tardaban un segundo más de lo debido, serían ellos quienes terminarían igual o peor.

Vince soltó una risa breve y seca detrás de ellos, justo cuando el wendigo chocaba contra la pared con un estruendo de piedra astillada.

—Mejor que así sea —dijo él, y su voz bajó un tono que hizo que la piel se les erizara—. Porque ya saben lo que hago con la basura que no sirve.

Los dos hombres se inclinaron aún más, vertiendo toda su atención en aquella tarea horrible, recogiendo la vida derramada del jabalí con manos temblorosas y corazones llenos de terror, mientras el tiempo parecía correr mucho más deprisa que ellos. Al tener el cuenco relativamente lleno el sujeto se puso de pie a trompicones al mismo tiempo que su compañero lo relevaba y corrio hacia Vince, que en ese momento ya había dejado de jugar con el wendigo, y estaba sentado en una roca mientras mantenía a ser bajo su pie aprisionado.

El hombre llegó hasta él con el cuenco levantado, los brazos extendidos como si ofrendara algo sagrado, aunque las manos le temblaban tanto que la sangre se derramaba por los bordes y le manchaba los dedos. Se detuvo a unos pasos, sin atreverse a acercarse más, con la respiración contenida y la mirada fija en el suelo, como si el simple hecho de verle la cara pudiera condenarlo.

Vince no se movió de su asiento. Mantenía el talón apoyado con pesadez sobre el pecho del wendigo, obligándolo a permanecer en el suelo, y la criatura solo podía emitir un gruñido ahogado y furioso, sin fuerzas para zafarse. Él lo miraba con indiferencia, como quien pisa una hierba molesta, y solo entonces desvió la vista hacia el cuenco que le ofrecían.

—Casi se te derrama la mitad —dijo con voz plana, sin rastro de piedad ni de enojo, solo con esa autoridad helada que hacía que todos se estremecieran—. ¿Acaso no sabes sostenerlo?

—Está… está lleno, Vince, aún caliente —se apresuró a decir el otro, tragando saliva—. Lo recogimos como dijiste. No perdimos tiempo.

Vince alzó una mano y tomó el cuenco entre sus dedos, sopesándolo un instante. Miró la sangre oscura y brillante que se mecía dentro, y luego bajó la vista hacia la criatura que seguía prisionera bajo su pie. El wendigo lo miraba con ojos que parecían arder, llenos de un odio antiguo y voraz, pero no podía hacer nada más que esperar.

—Bien —murmuró él, y con un movimiento brusco se llevo el cuenco a la boca dandole un generoso sorbo.- No esta mal...- Dejo caer unas gotas sobre el wendigo que se movio con desesperación.- Preparen la carne... tengo hambre... mañana buscaremos otro animal para acompañar al lince y asegurar nuestra entrada a Horret.-El sabor metálico le recorrió la garganta, y Vince cerró los ojos un instante saboreándolo, como si fuera el vino más exquisito. Dejó caer unas gotas gruesas y rojas justo sobre el rostro del wendigo, y la criatura se estremeció entera bajo su pie, lamiéndose los labios y frotándose contra la piedra con desesperación salvaje, atraída por ese aroma y ese sabor que le quemaba las entrañas.

—No está mal… —repitió, dejando el cuenco a un lado con lentitud—. Tiene fuerza. Esa criatura murió con coraje, y eso se siente aquí dentro.

Se puso de pie de golpe, liberando al wendigo con un empujón seco que lo hizo retroceder arrastrándose hasta las sombras, donde se quedó lamiendo la sangre que le había caído sobre la piel, sin apartar de él esos ojos hambrientos y sumisos a la vez. Vince se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a los dos hombres, que lo esperaban con la cabeza baja y los puños cerrados a los costados.

—Preparen la carne —ordenó con sequedad, como si lo que acababa de hacer fuera lo más natural del mundo—. Tengo hambre. Asen lo que haya, pero que no quede crudo. No pienso comerme nada que me revuelva el estómago.

Los dos asintieron al unísono y se pusieron en marcha de inmediato, liberando al lince del fardo con cuidado de no hacerle daño innecesario, mientras el animal soltaba bufidos de dolor y miedo, con las patas atadas y los ojos llenos de furia. Vince los observó un momento, satisfecho con su obediencia, y luego añadió con voz más baja, pensando en voz alta:

—Mañana saldremos temprano. Buscaremos otro animal —un ciervo, quizás, o un lobo— algo grande y fuerte para acompañar al lince. Necesitamos tres ofrendas completas para asegurar nuestra entrada a Horret. La puerta no se abre para cualquiera… exige que se le demuestre respeto.

Giró sobre sí mismo y se sentó de nuevo en la roca, cruzando los brazos mientras veía cómo sus subordinados encendían fuego con manos temblorosas.

—Una vez estemos dentro —continuó con una sonrisa oscura— No tendremos que preocuparnos por esos malditos elementales... solo en ascender hasta la cima... no pienso servirle a esos perros...- Vinces se sento en una roca cerca del centro de la cueva y vio a sus compañeros/lacayos intentando encender el fuego.

El fuego tardó en prender. Las manos de los dos hombres temblaban tanto que las chispas se perdían una y otra vez entre la hierba seca y las ramas húmedas del fondo de la cueva, y el chasquido de la piedra contra el acero sonaba pequeño y frágil en aquel silencio cargado de amenaza. Vince los observaba desde su roca con los ojos entrecerrados, sin decir una palabra, pero cada mirada que les lanzaba pesaba más que un golpe, y ellos se apresuraban aún más, aterrorizados de que el fuego no naciera y de ser ellos los que terminaran ardiendo en su lugar.

—Más deprisa —les espetó al fin, sin levantar la voz, pero con una dureza que los hizo estremecer—. ¿Quieren que nos congelemos?

Uno de ellos logró que una pequeña llama prendiera y la protegió con las manos temblorosas, soplando suavemente hasta que creció y empezó a devorar la leña con un crepitar que pareció llenar cada rincón de la cueva. Vince asintió apenas, y su atención se alejó de ellos para perderse en sus propios planes, con la mirada fija en las sombras profundas donde el wendigo permanecía agazapado, vigilante y silencioso.

Sabía que el bosque ya no sería el mismo después de hoy. Los elfos y las ninfas —esos elementales que hablaban tanto de equilibrio y protección— estarían con la guardia alta, patrullando con más ojos, más alertas. Cazar otro animal no sería tan sencillo como disparar y huir. Pero la idea no le causaba inquietud, solo le hacía sonreír de un modo frío y calculador. Si los caminos estaban cerrados, siempre había otros. Y si había que pagar un precio, no sería él quien lo pagara.

Miró de reojo a los dos hombres que ahora preparaban la carne con movimientos torpes, dándoles la espalda. Eran prescindibles. Carnada. Si los elfos aparecían, si las ondinas salían del agua, si cualquier cosa se interponía en su camino… los pondría delante como escudo. Que corran, que griten, que mueran si hace falta. Mientras él se aleja con la siguiente ofrenda sobre los hombros. No le importaba nada suyo, ni sus vidas, ni sus miedos. Eran herramientas, y las herramientas se dejan cuando se rompen.

Su objetivo era llegar a Horret. Vince entrecerró los ojos, y la memoria se le deslizó nítida en la mente, como si estuviera viéndolo de nuevo con sus propios ojos. Todo había empezado allí, en aquel lugar que nadie habría imaginado jamás como último bastión: un Walmart, de esos gigantes de hormigón y cristal que antes se alzaban indiferentes en medio de la nada, llenos de luces y mercancías y gente que iba y venía sin saber que el mundo se les vendría encima.

—Una locura… así lo llamaron —murmuró para sí mismo, con una media sonrisa amarga y a la vez satisfecha—. Esconderse en un supermercado, tan grande, tan visible… cualquiera habría dicho que serían los primeros en caer.

Pero no fue así. Cuando todo se desmoronó, cuando los elementales despertaron y la naturaleza se volvió contra quienes la habían devastado, aquel grupo hizo lo impensable: no se encerraron entre estantes y pasillos, sino más abajo, mucho más profundo, en el estacionamiento subterráneo, frío y oscuro, protegido por capas de cemento y tierra. Allí se agazaparon, a oscuras y en silencio, saliendo solo cuando era estrictamente necesario para buscar provisiones, regresando antes de que el sol se ocultara, como sombras que no se atreven a tocar la luz.

Y con el tiempo, algo extraño sucedió. Los elementales —los elfos, las ninfas, los guardianes del bosque— dejaron de acercarse a aquella zona. No los veían, no los buscaban. Quizás la magia del lugar no llegaba tan abajo, quizás simplemente no les importaba lo que se arrastraba entre las sombras de cemento. Lo cierto fue que el peligro cambió de rostro: ya no eran los elementales lo que debían temer, sino las criaturas que vagaban por las ruinas sin leyes ni dueños: los ogros, brutos y feroces, y los gnomos, pequeños, rápidos y traicioneros, siempre dispuestos a robar, a engañar, a matar por un trozo de pan.

Allí, entre muros de hormigón y coches oxidados, el grupo no solo sobrevivió: creció. Se organizaron, levantaron muros internos, establecieron turnos, reglas, jerarquías. Lo que había empezado como un refugio de suerte se convirtió en algo propio: un hogar para lo que quedaba de la humanidad. Y así nació Horret. Un nombre que llevaban en la boca con orgullo los que vivían allí, y con temor los que solo oían hablar de él.

Vince apretó los dientes al recordarlo. Sabía bien cómo funcionaban las cosas allá arriba, en la cima. Sabía que no bastaba con llegar. Había que ganarse el derecho de estar, y ese derecho se pagaba con ofrendas, con obediencia, con sangre si era necesario. Pero él no pensaba quedarse abajo, mirando cómo otros mandaban.

—Se creen los dueños de todo —dijo con voz baja y afilada, mirando las llamas—. Dicen que Horret es para todos… pero arriba solo suben los que pagan, los que sirven, los que callan. Pues bien… yo llevaré mi ofrenda. Y cuando esté allí, verán que no vengo a arrodillarme.

El fuego crepitó frente a él, iluminándole el rostro con luces y sombras cambiantes. Los dos hombres seguían preparando la carne en silencio, sin atreverse a interrumpirlo, mientras el wendigo, en lo oscuro, esperaba. Y en la mente de Vince ya no había dudas: llegaría a Horret, atravesaría sus calles peligrosas, subiría hasta donde estuvieran los que mandaban… y cambiaría las reglas. Para bien o para mal, sería él quien decidiera.

....

Aina suspiró hondo, con el pecho apretado, y alisó la tela de su túnica una y otra vez con manos que le temblaban apenas. Se pasó la lengua por el labio hinchado y la sensación metálica de la sangre le volvió a la boca, haciéndole fruncir el ceño; se apartó el pelo hacia adelante, intentando que cayera justo donde la marca era más visible, y se frotó las mejillas con fuerza para devolverles algo de color, para borrar la palidez que sentía pegada a la piel.

—Por favor… que no se note —susurró al aire, como si el bosque o la misma puerta pudieran escucharla y compadecerse.

Pero por más que estiraba la tela, por más que se la acomodaba, no podía ocultar la tierra y las hojas secas adheridas a los bordes, ni el desgarrón que se había abierto en el hombro cuando el aire de Thalion los lanzó contra el tronco. Se miró las manos: raspadas, sucias, con los nudillos rojos. Y la culpa, esa culpa pesada que llevaba desde el claro, se le mezclaba con el miedo a lo que encontraría al otro lado.

Sabía que su madre no sería la misma Sylora de siempre, la que le sonreía y le decía que observara sin juzgar. Esta vez habría seriedad, habría preguntas, y lo peor: habría decepción. Y su padre… no sabía si agradecer que no estuviera o temer aún más su silencio. Lo único seguro era que, tras lo ocurrido, tras la ira del Anciano y el fracaso de su ronda, ninguna explicación parecía suficiente.

Apoyó la frente un instante contra la madera fresca de la puerta, cerrando los ojos. Pensó en los animales muertos, en la sangre sobre la hierba, en la voz de Thalion tronando contra ellos. Pensó en Elwing, sosteniéndose con esfuerzo para no mostrar cuánto le dolía, diciéndole que aún tenían tiempo para enmendarlo. Y apretó los puños. No quería mentir, pero tampoco quería que el miedo y la vergüenza se apoderaran de todos.

—Solo… diré lo necesario —se prometió a sí misma—. No les contaré todo lo que vi, ni lo que sentí… al menos no todavía.

Respiró hondo una última vez, enderezó la espalda todo lo que pudo y alzó la mano para tocar el picaporte. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temió que se oyera al otro lado. Y con un movimiento lento, casi temeroso, empujó la puerta y entró.

Contuvo la respiración al entrar, vio a su padre sentado en la mesa con la mirada cansada pero con una pequeña sonrisa mientras hablaba con su madre, que se movia con gracia en la cocina, tomando platos, vasos y cubiertos para llevarlos a la mesa, era la hora de la cena.

Contuvo la respiración al entrar, vio a su padre sentado en la mesa con la mirada cansada pero con una pequeña sonrisa mientras hablaba con su madre, que se movia con gracia en la cocina, tomando platos, vasos y cubiertos para llevarlos a la mesa, era la hora de la cena.

ambos se quedaron en silencio al escuchar la puerta y miraron en su dirección con una sonrisa, debido a la oscuridad de la noche solo lograron ver la suciedad de la ropa.

-Un día agitado Princesa?... - Aina asintió sin moverse a la pregunta de su padre cuando que el mirara a su esposa confundido.- Por que no entras linda?... hoy termine mis encargos temprano y tu madre preparo la cena; Hizo esa famosa lasaña del libro de cocina...- Aina sintió que se le hacía un nudo en la garganta al escuchar esa voz tan cálida, tan normal, como si nada malo hubiera ocurrido en todo el bosque. Quiso sonreír, quiso dar un paso adelante como siempre hacía, pero los pies le pesaban como plomo y por un instante tembló sin que pudiera evitarlo. La luz suave del interior la envolvía, el olor a la lasaña que tanto le gustaba llenaba el aire, y la ternura de su padre la golpeó con más fuerza que cualquier golpe de Thalion.

—Sí… —logró decir con voz apenas audible, forzando una sonrisa que dolía en el labio herido—. Fue un día muy largo.

Avanzó despacio hacia la mesa, arrastrando los pies, y sintió cómo la mirada de su madre la recorría entera, pausada y atenta. Sylora había dejado de moverse, con un plato en las manos, y aunque la sonrisa seguía en sus labios, en sus ojos empezaba a crecer una sombra de preocupación al verla tan quieta, tan pálida y con la ropa llena de tierra y hojas secas.

Su padre se levantó para acercarse, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, y al notar que no se acercaba como siempre, su sonrisa se volvió más incierta.

—¿Estás bien, hija? —preguntó suavemente, dando un paso hacia ella—. Pareces… agotada. Y tienes tierra hasta en las orejas. ¿Qué ha pasado?

Aina bajó la vista hacia sus manos, raspadas y sucias, y apretó los dedos entre sí con fuerza, buscando cómo empezar. Sabía que en cualquier momento se darían cuenta: del rasguño en la mejilla, del labio hinchado, de la forma en que se movía con cuidado, como si cada músculo le doliera. Y aunque el corazón se le encogía de miedo, también sintió un calor profundo en el pecho: estaban allí, esperándola, preocupándose por ella.

—Estoy bien —mintió bajito, y alzó la vista con esfuerzo—. Solo… tuvimos que correr. Y caí un par de veces, nada más. No es grave.

Sylora dejó el plato sobre la mesa con un sonido leve pero firme, y se acercó a ella despacio, sin hacer ruido. Su expresión ya no era de sonrisa, sino de seriedad tranquila y profunda, la misma de aquella mañana en el desayuno.

—Ven aquí —le dijo con ternura, extendiendo una mano hacia ella—. Lávate y cámbiate antes de cenar. Luego… nos cuentas con calma cómo te fue. ¿De acuerdo?

Aina asintió, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos aunque no quería llorar, y tomó la mano que su madre le ofrecía. Era cálida y firme, y por un instante sintió que, pase lo que pase, al menos allí estaba a salvo. Syrola al tener a su hija cerca la miro con atención notando el corte en su labio y el rasguño en su mejilla y supo que su hija mentía, esas heridas no eran por caidas.

Sylora le acarició la mejilla con una suavidad infinita, pero sus ojos se oscurecieron al instante, perdiendo todo rastro de calma. Pasó el dedo muy despacio junto al rasguño, sin tocarlo directamente para no hacerle daño, y luego bajó la mirada hasta el labio hinchado y roto, donde la piel se había oscurecido ya. Aina contuvo el aliento, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que no lograba detener, y bajó la cabeza incapaz de sostenerle la mirada.

—Esto no fue tropezar y caer —dijo su madre en voz baja, pero tan firme que cada palabra resonó en toda la estancia—. Una caída te habría dejado magullada, tierra en la ropa… no esto. Alguien te hizo daño.

Su padre dio un paso rápido hacia ellas, con el rostro desencajado, y se inclinó para ver las heridas con sus propios ojos. Cuando lo hizo, su expresión se transformó por completo: la sonrisa cálida desapareció, reemplazada por una mezcla de dolor profundo y una cólera fría que rara vez mostraba.

—¿Quién? —preguntó él, y la voz le temblaba apenas, más por contenerse que por miedo—. ¿Quién te hizo esto, Aina?

La muchacha sintió que el pecho se le partía. Quería hablar, quería contarles todo: lo que encontraron en el claro, la sangre, la furia de Thalion, cómo los había lanzado contra los árboles sin dudarlo. Pero las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta, pesadas y amargas. No podía decirles que había sido uno de los Ancianos, el líder de los exploradores, alguien a quien debían respeto y obediencia. Sabía lo que eso significaba: conflicto, reclamos, problemas que su madre no podría resolver por más posición que tuviera. Y encima… habían fallado. Era culpa de ellos, en parte.

—Fue… —empezó con voz quebrada, tragando lágrimas—. Fue un accidente. Estuvimos en el bosque, hubo… algo que pasó, y Lord Thalion estaba allí. Se enfadó mucho. Y…

Se calló, soltando un sollozo ahogado. No necesitó decir más.

Sylora retiró la mano despacio y se enderezó, mirando a su esposo con una seriedad absoluta. En sus ojos no había duda: sabía exactamente de qué clase de fuerza venían aquellas heridas, y sabía también que nadie, salvo los Ancianos y los elementales de alto rango, podía causar algo así con un simple movimiento de aire.

—Thalion —dijo ella, nombrándolo con un tono helado, como si el nombre mismo pesara en su lengua—. Fue él.

Aina asintió muy despacio, con la cabeza baja, y sintió cómo la mano de su padre se posaba con suavidad sobre su hombro, apretándolo con cariño pero también con una firmeza que le dijo que no estaba sola.

—No debiste mentirnos, hija —le dijo él con ternura, aunque la rabia seguía ahí, contenida—. No importa cuán poderoso sea… tú eres nuestra hija. Y nadie tiene derecho a tocarte así. Nadie.- Aina asintió con lentitud y se limpio las lagrimas para mirar a sus padre.

• Lo se... pero tenia miedo... dos hijos de Gaia desaparecieron y Lord Thalion nos culpa por ello, Dijo que fue por nuestra negligencia...- Syrola corto a su hija con una sonrisa y negó mientras le acariciaba la mejilla y un brillo verdoso cubria la herida haciéndola desaparecer.

—El miedo no es cobardía, hija —le dijo con voz dulce pero firme, mientras el brillo se iba apagando y la piel quedaba limpia y entera—. Pero no dejes que te ciegue. Lo que pasó no fue solo culpa suya. El bosque es amplio, y los caminos son muchos. Nadie puede estar en todas partes a la vez, ni siquiera los Ancianos, debieron a ver mas exploradores en guardia... pero por que no vamos a limpiarte y a tratar esas heridas, asi puedes contarme con detalle que ocurrió...- Aina asintió con una pequeña sonrisa sintiendo el brazo de su madre rodearla.- Mientras tanto tu padre mantendrá la comida caliente... No Quemes nada Aelar - El susodicho sonrio falsamente y apretó suavemente el hombro de su hija, con la mirada fija en en ambas, calido y protector.

-Si vallan... ha sido un largo dia... y la comida se enfria...- le dio un ultimo apretón en el hombro a su hija para alejarse hacia la cocina, mientras ambas ninfas se dirigirían al baño.

Aina se dejó guiar por el brazo de su madre, sintiendo cómo el calor de Sylora la envolvía y disolvía poco a poco el frío que le había quedado pegado a los huesos desde el claro. Caminaron despacio hacia el baño, y el silencio entre ellas ya no era pesado ni tenso, sino cálido, como el de una manta que las protegía de todo lo que quedaba fuera. De vez en cuando Aina levantaba la vista y encontraba la de su madre, serena y comprensiva, y sentía que podía soltar un poco la culpa que llevaba apretada en el pecho.

Detrás, Aelar se quedó de pie un instante junto a la mesa, escuchando cómo se alejaban sus pasos. Luego miró hacia la cocina, donde la lasaña seguía oliendo deliciosa, y soltó una risa bajita y resignada. Sacó un paño limpio y lo dobló con cuidado sobre el borde de la fuente, vigilando que el fuego se mantuviera justo lo necesario para que todo siguiera caliente sin quemarse. Y mientras lo hacía, su expresión se volvió más seria, más pensativa. Sabía que lo que habían contado no era algo sencillo, ni algo que pudiera dejarse pasar como si nada. Pero también sabía que lo primero era ella: su hija, a quien amaban más que a cualquier regla o cualquier autoridad.

En el baño, Sylora llenó el cuenco con agua tibia y se sentó junto a Aina en un pequeño banco de madera, con una toalla limpia sobre las rodillas. Le pasó un paño suave por las manos raspadas, con tanta delicadeza que apenas se sentía, y el agua parecía llevarse consigo no solo la tierra, sino también parte del peso que cargaba.

—Ahora sí —le dijo suavemente, mientras le secaba las manos con cariño—. Cuéntame todo. Desde el momento en que salieron, hasta lo que viste y lo que sentiste. No te guardes nada. Aquí no hay juicios, ni Ancianos, ni reglas. Solo nosotras.

Aina respiró hondo y dejó caer la cabeza un instante contra el hombro de su madre, antes de empezar a hablar, despacio y con la voz aún temblorosa a ratos. Le contó la ronda, la calma del bosque, el encuentro con el cervatillo y la alegría sencilla de ese momento… y luego el bramido de alarma, la carrera desesperada hacia el claro, la sangre sobre la hierba y los casquillos brillando bajo la luz entre las hojas. Le habló de la ira de Thalion, de lo que les había dicho, de la fuerza con la que los había lanzado contra los árboles y de la humillación de sentirse tan pequeños y culpables. Y mientras hablaba, las palabras fluyeron como un río que por fin encuentra su cauce, y el nudo en su garganta se fue aflojando poco a poco.

Sylora la escuchó sin interrumpirla, asintiendo de vez en cuando, apretándole la mano para decirle que estaba allí, que la entendía. Y cuando Aina terminó, con la voz agotada pero el pecho mucho más ligero, la abrazó fuerte y le besó la frente.

—Has hecho bien en contarme —le dijo con voz firme y tierna a la vez—. Ahora sabemos lo que pasó. Y juntos sabremos qué hacer. Hubo una desatención de tu y los demas pero lo que ocurrió no fue su culpa... deja esto en mis manos si?... yo me encargó.- Aina miro dudo a su madre pero asintió un poco mas tranquila, siempre podia confiar en ella.

Desde la cocina se escuchó una tos fingida y la voz de Aelar, suave y burlona:

—¿Si ya terminaron de lavar y confesar? ¡Que la lasaña se enfría y no pienso cocinar otra!

Ambas soltaron una risa al mismo tiempo, y por un instante todo pareció mucho más ligero, mucho más soportable. Sylora le tomó la mano y la llevó hacia la puerta.

—Vamos —le dijo sonriendo—. Tu padre tiene razón. Comamos. Y luego me encargare de solucionar esto.-Salieron juntas de la mano y se sentaron a la mesa, donde la lasaña aún humeaba, dorada y olorosa, llenando la estancia con un aroma que les abría el corazón. Aelar las miró llegar y les sirvió porciones generosas, con esa calma suya que siempre lograba poner las cosas en su sitio, y por un buen rato nadie habló de Ancianos, ni de sangre, ni de culpa. Solo comieron, compartieron pan y se pasaron la jarra de agua, como si el mundo fuera solo aquel cuarto cálido y seguro.

Cuando los platos quedaron vacíos y Aelar recogió la fuente con lentitud, Sylora posó los cubiertos con cuidado y apoyó los antebrazos sobre la mesa y le sonrio a su hija.

-Sabes si querías que no nos diéramos cuentas pudiste curarte... acaso querías que mama y papa te defendieran?...- Aelar miro a su esposa un poco confundido desde la cocina pero un solo guiño de su esposa le hizo entender que buscaba distraer a su pequeña, y sonrio al ver a Aina sonrojarse y bajar la cabeza avergonzada.

-Lo olvide...- Susurro avergonzada, con todo lo que tenia en la cabeza habia olvidado sus habilidades sanadoras, Sylora soltó una risa suave y cálida, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, dulce y comprensiva. Se inclinó un poco hacia ella, para que su voz fuera algo más íntima, sin dejar de ser tierna.

—No te avergüences por eso, mi amor —le dijo despacio—. No fue olvido… fue que tu corazón estaba herido antes que tu cuerpo. Cuando uno lleva el alma tan pesada, la magia se esconde, y las propias manos se olvidan de saber sanar. No tienes culpa de haber estado asustada. No tienes culpa de nada de eso.

Aina apretó los labios y bajó más la mirada, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas, pero también cómo se le aflojaba el pecho un poco más. Había pensado que era torpe, que había fallado incluso en lo que mejor sabía hacer… y su madre lo transformaba en algo que podía perdonarse a sí misma.

—Y Elwing… —empezó con voz quebrada, mordiéndose el labio—. Él también salió herido y yo… ni siquiera se lo ofrecí. Debí haberlo curado. Debí haber pensado en él.

Aelar dejó lo que hacía en la cocina y se acercó despacio, sentándose a su lado y poniéndole una mano grande y cálida sobre la suya.

—Escúchame bien, pequeña —le dijo con serenidad—. Elwing te respeta y te cuida. Y lo que hiciste al caminar a su lado, al sostenerlo, al compartir su carga… eso también es sanar, aunque no brille verde ni sane la piel. A veces eso duele más y vale más que cualquier magia. Y él lo sabe. Y tú también debes saberlo.

Sylora asintió con firmeza y le tomó la mano entre las suyas.

—Además —añadió con una sonrisa pícara y suave—, Elwing tiene sus propias manos y su propia magia, y si no se curó fue porque quiso esperar a llegar a casa, o porque pensó más en todos ustedes que en sí mismo. Igual que tú. Se parecen más de lo que crees.

Aina levantó la vista poco a poco, y entre la mirada de comprensión de su madre y la calma firme de su padre, la vergüenza se fue transformando en algo más ligero, en algo que podía llevar sin hacerse daño a sí misma. Aún sentía que debía haber hecho más, pero por primera vez no se odiaba por ello.

—Lo haré la próxima vez —prometió bajito, apretando las manos de ambos—. Lo haré mejor.

—Lo harás como puedas —le corrigió Sylora besándole la frente—. Y eso siempre será suficiente para nosotros.

—Gracias —susurró—. Gracias, mamá.

—Soy tu madre —respondió ella con una sonrisa que le llegó hasta los ojos—. Eso hago. Y ahora… a descansar. Mañana será otro día, y veremos qué trae. Pero sea lo que sea, lo enfrentamos juntos. Los tres.

Aelar se acercó y las abrazó a ambas, y en ese abrazo cerrado y cálido, Aina comprendió algo importante: podía haber reglas estrictas y Ancianos terribles allá fuera, pero aquí dentro, en su casa, tenía un refugio que nada ni nadie podría derribar. Y eso era suficiente para empezar de nuevo.

Se quedaron así unos instantes, abrazados, sintiendo el calor de los demás como un escudo invisible contra todo lo que quedaba afuera. Fuera seguía habiendo bosque, peligros, decisiones difíciles y la ira de un Anciano que pesaba sobre sus hombros. Pero allí, entre las paredes de su hogar, con el olor a cena recién servida y el latido tranquilo de sus padres junto a ella, nada podía tocarla.

Cuando se separaron, Ainar se pasó una mano por la cara, como si con ese gesto apartara también el resto de la tensión del día. Se sentía más ligera, mucho más de lo que creía posible apenas una hora antes.

—Vayan a descansar —les dijo Aelar con voz suave, acariciándole el cabello a su hija—. Yo termino aquí y los alcanzo. No se preocupen por nada más esta noche.

Aina asintió y, tras darles un último abrazo corto pero lleno de cariño, se encaminó hacia su habitación. Al cerrar la puerta tras de sí, el silencio la recibió, pero ya no era un silencio vacío ni temible: era paz. Se dejó caer sobre la cama y miró al techo, con una sonrisa pequeña y tranquila dibujada en los labios. Mañana habría que hablar, resolver, actuar… pero mañana sería tiempo suficiente. Por ahora, solo tenía que cerrar los ojos y dejar que el descanso hiciera su trabajo, sabiendo que no estaba sola. Que pase lo que pase, tenía un lugar al cual volver, y dos personas que la amaban sin condiciones. Y eso, pensó mientras se acomodaba entre las sábanas, era más fuerte que cualquier regla, cualquier autoridad o cualquier miedo.

Sylora esperó hasta que el suave sonido de los pasos de Aina se apagó por completo y la casa quedó envuelta en un silencio tranquilo y cálido. No se movió de inmediato; se quedó un instante con la mano aún apoyada ligeramente sobre la mesa, mirando hacia la puerta cerrada de la habitación de su hija, asegurándose de que por fin estuviera en paz, a salvo del peso y el miedo que había cargado todo el día.

Luego respiró hondo, enderezó la espalda y su expresión se transformó: la ternura seguía ahí, pero ahora se envolvía en una firmeza serena, la misma que la hacía respetada incluso entre los Ancianos. Caminó despacio hacia la puerta de salida, sin hacer ruido, y cuando puso la mano sobre el picaporte, sintió la mano de Aelar posarse suavemente sobre la suya.

Se giró hacia él y lo encontró mirándola con una mezcla de confianza y cuidado. No le preguntó adónde iba ni qué pensaba decirle a Thalion; lo sabía. Solo le apretó la mano y le dijo bajito:

—Ve con cuidado. Habla con él como solo tú sabes hacerlo. Y recuerda… no estás sola tampoco tú.

Sylora le dedicó una sonrisa llena de gratitud y le besó suavemente en la mejilla.

—Lo sé. Solo iré a poner las cosas en su lugar. No buscaré pelea, pero tampoco dejaré que la culpa caiga donde no debe.

Abrió la puerta y el aire fresco de la noche la recibió, suave pero refrescante. Miró una última vez hacia adentro, hacia la luz cálida de su hogar donde su hija descansaba, y luego salió cerrando despacio tras de sí. Caminó con paso firme y decidido hacia los senderos que llevaban a los campos de entrenamiento, era sabido que Thalion pasaba por ellos durante la noche para pulir sus habilidades con la espada.

La noche envolvía los senderos con un manto de sombras suaves y el aroma de la tierra húmeda, pero Sylora no se dejaba llevar por la calma del entorno. Caminaba con paso firme, ligero y seguro, con la capa ondeando apenas tras ella, sin prisa pero sin detenerse. Conocía bien el camino: los campos de entrenamiento quedaban al borde del claro más amplio, cerca de los límites del bosque donde los árboles se abrían para dejar paso a la luz de la luna. Y sabía también por experiencia propia que Thalion, cuando no descansaba ni atendía asuntos del Consejo, solía refugiarse allí, trabajando con la espada como si el metal pudiera cortar también las preocupaciones y la ira que cargaba siempre consigo.

Al acercarse, el sonido del acero rasgando el aire llegó antes que nada: un silbido agudo y repetido, seguido del choque seco contra el poste de práctica. No intentó ocultarse; caminó con paso regular sobre la hierba hasta que entró en el claro.

Allí estaba él. Thalion, con la túnica de guardia desabrochada y las mangas arremangadas, golpeaba una y otra vez el muñeco de paja y madera con una fuerza brutal, casi violenta, como si cada movimiento fuera un castigo. El sudor le brillaba en la frente bajo la luz plateada de la luna, y su respiración era pesada y rítmica. No se detuvo al notar su presencia, ni siquiera giró la cabeza, pero supo al instante quién era.

—Sabía que vendrías —dijo, y su voz sonó áspera, sin dejar de moverse—. Tarde o temprano aparecerías por ella. Siempre lo haces.

Sylora se detuvo a unos pasos, manteniéndose erguida y serena, sin dejarse intimidar por la energía furiosa que emanaba de él.

—Y sabía que me esperarías —respondió con voz clara y tranquila—. No he venido a discutir, Thalion. He venido a hablar. Como dos elfos que llevan años sirviendo a este bosque.

Él detuvo el golpe en seco, con la espada aún alzada, y giró despacio hacia ella. Sus ojos eran oscuros y pesados, y la miró con esa severidad que hacía bajar la cabeza a cualquiera. Pero Sylora no bajó la suya.

—¿Vienes a pedir clemencia? —preguntó él, bajando lentamente el arma—. ¿A decirme que fui demasiado duro con tu hija y sus compañeros?

—Vengo a pedirte justicia —lo corrigió ella sin vacilar—. Y hay una diferencia grande entre ambas. Dices que fallaron… y es cierto, no lo niego. Pero no fueron los únicos. ¿Dónde estaban los exploradores que debían patrullar ese sector? ¿Por qué el bosque fue penetrado sin que nadie lo advirtiera hasta que ya era tarde? Culpar solo a cuatro jóvenes no repara lo ocurrido. Y tampoco justifica que descargues sobre ellos toda la furia que sientes.

Thalion apretó el puño alrededor del puño de la espada, y por un momento pareció que iba a estallar. Pero la mirada firme de Sylora lo detuvo, como si le recordara que no estaba hablando con una subordinada, sino con alguien que conocía su deber y su dolor.

—Dos hijos de Gaia han muerto, Sylora —dijo con voz baja y cargada de amargura—. Y yo soy el responsable de que no ocurra. Si alguien debe cargar con el peso… soy yo.

—Entonces no lo descargues sobre quienes no pueden sostenerlo —le respondió ella con suavidad pero con firmeza—. Enséñales. Guíalos. Pero no los rompas. Porque si los rompes, el bosque pierde también. Y eso… eso sí sería una negligencia tuya.

El silencio cayó sobre el claro, solo roto por el viento entre las hojas. Thalion la miró largo rato, y poco a poco la rigidez de sus hombros se relajó un poco, aunque la pena seguía ahí, profunda y silenciosa. Desenfundó la espada y la clavó en la tierra a su lado, apoyando las manos sobre el pomo como si necesitara sostenerse.

—Hablas como siempre —murmuró—. Como si vieras hasta lo más hondo y no te asustaras con lo que encuentras.

—Porque te conozco desde que éramos niños —le dijo ella con una media sonrisa triste—. Sé que no eres cruel. Solo estás herido. Y herido de miedo a fallar. Pero Aina y los demás no son el enemigo. Ni tú tampoco.

Thalion bajó la mirada hacia la hierba, y por un instante pareció mucho mayor, y mucho más solo.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin—. No puedo devolverles la vida a los animales. Y no puedo fingir que nada pasó.

—No pido eso —respondió Sylora—. Solo pido que hables con ellos. Que escuches lo que vieron. Y que cuando los castigues… sea justo, no furioso... por que si vuelves a atacar a mi hija como lo hiciste hoy...- Los ojos de Syrola se encendieron un poco mientras el vientos se movia a su alrededor.- Te lo devolverá con creces...-Thalion la miró fijamente, y por un instante la tensión entre ellos se hizo tan densa que pareció llenar todo el claro. La luz de la luna caía sobre ella, marcando la firmeza en su rostro y el brillo que ahora le envolvía apenas las manos —una advertencia clara, serena pero innegociable—. No era una amenaza dicha con ira, era una promesa, la defensa de algo sagrado: su hija.

El anciano soltó un suspiro profundo, como si el peso de todo lo que llevaba encima se le hiciera aún más pesado, y asintió despacio, sin apartar la vista de ella.

—No lo haré —dijo con voz grave, y hubo en sus palabras algo más que acuerdo: había respeto, y también reconocimiento—. No volveré a ponerle una mano encima, ni a ella ni a ninguno de los cuatro. Lo que hice hoy… fue excesivo. Y lo sé. La rabia me cegó.

Retiró la mano del pomo de la espada y dio un paso atrás, como si con ese gesto quisiera mostrar que no había intención de enfrentarse a ella.

—Te escuché, Sylora. Y te doy mi palabra. Mañana los llamaré, hablaré con ellos uno por uno, revisaré los turnos, y lo que sea justo se hará. Sin ira, sin golpes, sin descargar en ellos lo que me corresponde a mí.

Se quedó en silencio un momento, y luego añadió más bajo, casi para sí mismo:

—Pero no me pidas que deje de sentir la responsabilidad. Es mi deber cuidar de este bosque, y cuando falla… duele. Duele profundamente.

Sylora relajó los hombros, aunque la firmeza no la abandonó. Sabía que no había ganado una batalla, solo había abierto un camino. Le hizo una reverencia corta, digna, y sus ojos se suavizaron.

—Y yo te pido que no cargues todo tú solo —le dijo con voz que ya no era advertencia sino comprensión—. Eso también sería una negligencia. El bosque somos todos. Y tú también necesitas descansar.

Thalion asintió sin decir nada más, y Sylora se giró para marcharse, caminando de regreso por el sendero bajo la luz de la luna, sabiendo que había hecho lo correcto, que su hija estaría a salvo, y que al menos por ahora, las cosas iban a ponerse en su lugar. Detrás de ella, el sonido del acero volvió a rasgar el aire, pero esta vez fue un golpe único, firme y controlado, como quien acepta lo que ha de venir.

-Por cuanto mas piensas observarme lord Varis...- Syrola dejo de caminar y miro una zona boscosa.

Desde la sombra de los robles más antiguos, donde la luz de la luna apenas lograba filtrarse, se escuchó una respiración tranquila y el crujido leve de una hoja al moverse. Lord Varis dio un paso adelante, vestido con túnicas de tonos tierra que lo hacían casi parte del paisaje, con las manos entrelazadas a la espalda y una expresión serena, como si hubiera estado allí mucho antes de que Sylora llegara.

—El tiempo suficiente para ver que no he perdido la esperanza en ti —respondió con voz suave pero profunda, como el agua que corre bajo la raíz de los árboles—. Y tampoco en ella.

Se detuvo a una distancia respetuosa, sin invadir su espacio, y miró hacia donde Thalion seguía con la espada clavada en la tierra, antes de volver la vista hacia Sylora.

—No te observaba para juzgarte —continuó—. Lo hacía para asegurarme de que la verdad encontrara su camino, aunque fuera despacio y a través de las palabras. Thalion lleva el peso de este bosque sobre los hombros como si fuera solo suyo… y a veces olvida que también lo sostienen las manos de los jóvenes. Y las tuyas.

Sylora lo miró con una mezcla de sorpresa y gratitud, sin saber cuánto tiempo llevaba allí, escuchando.

—¿Sabías que vendría? —preguntó ella bajito.

Varis asintió apenas, con una media sonrisa que le arrugó los ojos con sabiduría antigua.

—Sabía que alguien tenía que hablar con él sin gritar ni arrodillarse. Y eras tú la indicada. No solo por ser madre de Aina… sino porque ves más allá de la ira y la culpa. Ves las conexiones que unen todo. Eso es algo que muy pocos poseen.

Bajó la mirada un instante hacia el claro, donde el silencio había vuelto a asentarse, y luego añadió con firmeza tranquila:

—Lo que has hecho esta noche no se perderá. Thalion escuchó. Y aunque le cueste admitirlo, te lo agradecerá a su manera. Ahora… ve a descansar, Sylora. El bosque puede esperar unas horas, y tú también.

Sylora inclinó la cabeza en señal de respeto, sintiéndose vista y comprendida en algo que ni siquiera había sabido nombrar.

—Gracias, Lord Varis —dijo con sinceridad.

—No me agradezcas a mí —respondió él, dándole la espalda para perderse de nuevo entre las sombras—. Agradécete a ti misma por tener el valor de decir lo justo. Buenas noches, Sylora. Que el sueño te sea ligero.... y no te preocupes me asegurare que tu hija y sus compañeros sean juzgados justamente...

Y con eso, se desvaneció entre los árboles como si nunca hubiera estado allí, dejándola sola bajo la luna, con el corazón más tranquilo y el camino de regreso mucho más ligero.

Sylora se quedó allí un instante, mirando el lugar donde él había desaparecido entre la espesura, y soltó el aire que sin darse cuenta había estado conteniendo. Aquellas últimas palabras cayeron sobre ella como una manta cálida y segura, disolviendo la última punta de inquietud que aún le quedaba anclada en el pecho. No estaba sola en esto. Lord Varis lo sabía, lo veía todo desde sus sombras silenciosas, y había puesto su peso y su autoridad del lado de la justicia, no del castigo ciego.

Llevó una mano al pecho y cerró los ojos, sintiendo la brisa nocturna acariciarle el rostro. Por primera vez desde que Aina había llegado a casa con las ropas rotas y la mirada perdida, sintió que podía respirar de verdad. Thalion había escuchado, había comprendido, y ahora Varis también lo respaldaba. Su hija y los demás no serían tratados como culpables sin más; serían escuchados, juzgados con equilibrio, y se buscarían las respuestas que todos necesitaban.

—Gracias —susurró al viento, sabiendo que él ya no estaba allí para oírla, pero segura de que el bosque se lo llevaría hasta él—. Gracias.

Se giró entonces y comenzó a caminar de regreso, con paso ligero y el corazón en paz. La luna iluminaba el sendero ante ella, y el silencio de la noche ya no le parecía pesado ni vigilante, sino amable y protector. Sabía que mañana seguía habiendo pruebas, responsabilidades y caminos que recorrer… pero también sabía que Aina descansaba en su cama, a salvo, y que el mundo no se había vuelto un lugar hostil. Había gente que velaba, que entendía, que creía en el equilibrio tanto como en las reglas. Y eso era suficiente.

Al llegar a casa, cerró la puerta tras de sí con suavidad y se apoyó un momento contra la madera, sonriendo en la penumbra. Aelar salió a recibirla desde la cocina, con esa mirada tranquila y llena de confianza que siempre tenía, y al ver su expresión relajada, supo sin necesidad de palabras que todo había salido bien. Se acercó y la abrazó sin decir nada, y Sylora se dejó caer en ese abrazo, sintiéndose completa, en casa, en paz.

—Todo está bien —le susurró contra su pecho—. Ahora sí. Todo está bien.

Aelar le apretó con más fuerza, como sellando esa promesa, y le besó la coronilla con ternura. No le pidió detalles, no le preguntó qué le habían dicho ni cómo había ido; bastaba verla así, sin la rigidez que le había cargado los hombros toda la tarde, para saber que el peso se había aligerado.

—Entonces ven —le dijo bajito, tomándole la mano y guiándola hacia el pasillo—. La casa está en silencio, la cena está recogida, y nuestra hija duerme tranquila. Lo único que nos queda es descansar tú también. Mañana será otro día, y lo enfrentaremos juntos.

Caminaron despacio hacia su habitación, sin prisa, sin ruido, como si temieran romper la calma que por fin habían recuperado. Y mientras se preparaban para dormir, la luz de la luna se filtraba suavemente por la ventana, bañando la estancia con una claridad serena y amable, como si el mismo bosque velara el sueño de quienes lo cuidan. Por esa noche, al menos, no había sombras que temer. Solo paz, y el refugio de un hogar que los sostenía a todos.

....

Thomás abrió los ojos de golpe, el corazón martilleándole con fuerza contra las costillas, empapado en un sudor frío que le pegaba la camisa a la piel. Le temblaban las manos y la respiración se le entrecortaba, como si aún estuviera allí, atrapado en aquel momento que no dejaba de perseguirlo: la misma imagen, el mismo grito, el mismo silencio terrible que vino después. Era la tercera vez esa semana, y cada vez se sentía tan real como la primera.

Miró a su alrededor con desesperación, pero la oscuridad lo envolvía todo, densa y quieta, y poco a poco fue recuperando el control de su pecho. Estaba en la cama, a salvo. No estaba allí. No era aquel día.

Soltó un suspiro tembloroso y cansado, frotándose la cara con las palmas para intentar borrar la imagen que seguía impresa detrás de sus párpados. Todo estaba en penumbra; por las rendijas de la puerta solo se adivinaba el brillo pálido de la luna, lo que le dijo que aún era de noche, que faltaba mucho para que saliera el sol.

Quiso moverse, girarse para buscar una posición más cómoda, pero un pinchazo agudo y punzante le recorrió la pierna herida, haciéndolo apretar los dientes y detener el movimiento en seco. Dolía, sí, aunque menos que el día anterior, cuando cada paso parecía atravesarlo con fuego. Ahora era un dolor sordo, constante, que se despertaba con cualquier gesto brusco y le recordaba lo que habían vivido.

Se sentó lentamente, apoyando la espalda contra la pared, y buscó a tientas en la penumbra la lámpara de aceite que descansaba sobre la mesa junto a la cama. Sus dedos temblaban un poco mientras encendía la mecha, y la llama creció despacio, derramando una luz dorada y suave que empujó las sombras hacia los rincones.

El pequeño sonido de la llama despertó a Ben. El perro levantó la cabeza de golpe, con las orejas erguidas y los ojos aún pesados de sueño, y lo miró de inmediato, atento y lleno de preocupación. No ladró, no se movió de su sitio, pero su cola golpeó suavemente una vez contra el suelo, como preguntándole con ternura qué pasaba.

Thomás bajó la vista hacia él y sintió que se le relajaba algo en el pecho al verlo allí, fiel y presente. Extendió la mano despacio, acariciando con suavidad la cabeza del animal, y su voz salió baja y ronca, apenas un susurro en la quietud de la habitación:

—Solo fue un sueño, amigo… —murmuró—. Solo un sueño. Estamos bien.

Ben soltó un quejido suave y se arrastró despacio hasta acurrucarse junto a la cama, apoyando el hocico sobre el borde y sin apartar la vista de él, como si con su sola presencia pudiera mantener a raya todo lo que lo atormentaba. Y en ese silencio cálido, Thomás comprendió que, aunque los recuerdos no se irían pronto, al menos no tenía que cargarlos solo.

-Gracias amigo...-dijo acariciando su cabeza con una sonrisa, esta cansado de las pesadillas pero se las merecia, eran su castigo por lo ocurrido ese dia.

Thomás se movió rapido, y tomo su rifle entre sus manos, sin llegar a alzarlo pero aferrándolo con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon cuando escucho pasos sobre el. Los pasos eran rápidos, pesados y desordenados —no el ritmo tranquilo de quien camina de noche, sino el de alguien que corre, que se apresura con desesperación— y resonaban sobre el techo como un augurio sombrío en medio de la calma.

Ben emitió un gruñido bajo y gutural, erizando el pelo del lomo y clavando la mirada hacia arriba, listo para protegerlo sin dudarlo un instante. Thomás negó con la cabeza de nuevo, más firme esta vez, y le puso una mano sobre el lomo para calmarlo, aunque su propio corazón se había vuelto a acelerar.

—Tranquilo… —susurró con voz apenas audible, sin apartar los ojos del techo—. No hagas ruido.

Los pasos se detuvieron de golpe. Justo encima de su habitación.

Se hizo un silencio absoluto, tan denso que se podía sentir el peso del aire. Thomás contuvo la respiración, escuchando: no había voces, ni golpes, ni nada… solo aquella quieta espera que le heló la sangre. Alguien estaba allí parado. Escuchando.

Con mucho cuidado, deslizó el seguro del rifle. El sonido metálico fue diminuto, pero en aquel silencio pareció retumbar. Ben se acercó más, pegándose a su pierna, y Thomás sintió el calor del perro contra su piel, un ancla en medio de la oscuridad.

La oscuridad cayó de golpe al apagarse la llama cuando el joven se madre rápido pero en silencio para soplar la lampara, como si la noche misma hubiera cerrado los párpados sobre ellos. Thomás apretó el rifle contra su pecho, sintiendo cómo el metal se enfriaba entre sus manos sudorosas, y contuvo la respiración hasta que le dolieron las costillas.

Allá fuera, el sonido fue espantoso: una respiración profunda, húmeda y rítmica, que se arrastraba pegada a la madera del techo, como si aquella cosa estuviera olfateando cada tabla, cada rendija, buscando el hueco por donde colarse. El aire se volvió denso, cargado de un frío antinatural que se filtraba por las juntas y le calaba los huesos, haciendo que el pelo de la nuca se le erizara.

Ben se pegó aún más a su pierna, temblando todo él pero sin emitir ni un solo quejido, con los dientes apretados y los ojos fijos en la puerta, vigilante hasta la médula. Thomás le devolvió aquella sonrisa temblorosa en la oscuridad, más para sí mismo que para el perro, y le pasó los dedos suavemente por detrás de las orejas, en un gesto que quiso ser calma aunque el corazón le martilleaba como un tambor salvaje.

—Tranquilo… —susurró con el aliento, sin mover los labios apenas—. No nos oye. No nos encuentra.

El olor llegó entonces: podrido, viejo, como hojas en descomposición y sangre seca, penetrante y salvaje. Thomás escuchó cómo algo raspaba la madera arriba, despacio, con unas uñas largas y duras que arañaban con paciencia espantosa. Aquello sabía que estaban allí. Lo sentía en cada fibra de su ser.

Se agachó poco a poco, arrastrando la pierna herida con cuidado infinito, y se sentó en el suelo junto a la cama, pegando la espalda a la pared. Ben se acurrucó contra su costado, y Thomás lo rodeó con un brazo, sosteniendo el rifle con la otra mano lista, el dedo rozando el gatillo. Cerró los ojos un instante, rezando en silencio por que la puerta resistiera, por que aquella cosa se cansara y se alejara… aunque en el fondo sabía que las criaturas del bosque no se iban sin llevarse algo.

Y entonces, el arañazo se detuvo. Justo encima de su cabeza. Y la respiración se hizo más lenta. Más profunda. Estaba esperando.

El silencio se prolongó, pesado y helado, pero Thomás lo recibió con una extraña calma resignada, como quien conoce bien el ritmo de una tormenta que ya ha pasado otras veces. Apoyó la nuca contra la madera rugosa de la pared y dejó que el cansancio, acumulado día tras día, le pesara en los párpados a pesar del peligro. Acariciaba el lomo de Ben con un movimiento lento y constante, mecánico, como si ambos estuvieran repitiendo una vieja costumbre.

—Ya se irá… —murmuró casi para sí mismo, con la voz convertida en un hilo de aire—. Siempre se van. Se cansan y se van.

Y era verdad. Había aprendido eso con el tiempo: aquellas criaturas eran persistentes, sí, pero también inconstantes. Olfateaban, escuchaban, acechaban… y cuando no encontraban forma de entrar, cuando el tiempo pasaba y el frío de la noche se hacía más agudo, terminaban marchándose tras otra presa, otro rastro más fácil. No tenían paciencia, no como los seres vivos; solo hambre, y el hambre los empuja siempre hacia adelante.

Ben soltó un quejido bajito, pero no se movió de su lado, confiando en él como siempre lo había hecho. Thomás cerró los ojos del todo, dejando que la oscuridad fuera lo mismo dentro que fuera, y siguió contando en silencio: uno… dos… tres… mientras el aire frío seguía colándose por las rendijas y la presencia allá arriba seguía ahí, inmóvil, escuchando.

Minutos pasaron, lentos como horas. Y entonces, por fin, la respiración profunda y húmeda se alejó despacio. El sonido de algo pesado arrastrándose sobre las tablas se fue apagando poco a poco, perdiéndose hacia un lado, hacia el bosque. El olor podrido se disipó, y el aire volvió a sentirse solo frío, no ya cargado de amenaza.

Thomás no se levantó de inmediato. Se quedó allí sentado, abrazando a su perro, con el rifle aún firme entre las manos, hasta que estuvo seguro de que ya no había nada que acechara. No soltó el aire hasta mucho después, y cuando lo hizo, fue como si le quitaran una losa de encima.

—Ves, viejo amigo… —susurró, y esta vez su voz sonó un poco más entera—. Solo era otra noche. Mañana saldrá el sol, y todo esto parecerá más lejos.

Sabía que no era verdad del todo —los recuerdos no se van con la luz, ni el miedo tampoco—, pero en ese momento, allí en la penumbra junto a su leal compañero, fue suficiente para seguir adelante.

Así era. No había quejas, ni lamentos que pudieran cambiarlo: esa era su realidad, cruda y pequeña, reducida a cuatro paredes, un techo que cruje y el frío que siempre acecha al otro lado. No era una vida que hubiera elegido, ni una que nadie le hubiera prometido, pero era la suya: hecha de esperas, de silencios, de mantener la respiración cuando la criatura pasa cerca y de contar los minutos hasta que se aleja.

Thomás lo aceptó con el peso tranquilo de quien ya ha dejado de pelear contra lo que no puede cambiar. No era justo, claro que no —ninguna de las dos lo era—, pero allí estaba, vivo, y Ben estaba con él, y eso era todo lo que tenía. Las pesadillas, el dolor en la pierna, el miedo que se le queda pegado a la piel como la humedad… todo eso venía incluido, parte del precio por seguir adelante.

Se inclinó y apoyó la mejilla sobre la cabeza de su perro, sintiendo el calorcito de aquel cuerpo que le confiaría la vida sin dudarlo.

—Así es como vivimos, ¿verdad? —le dijo en un susurro, sin amargura ya, solo con una especie de serenidad—. Noches así, y días que no sabemos si llegaremos a verlos. Pero mientras estemos juntos… podemos aguantar.

No buscaba respuestas, ni consuelo, ni que el mundo fuera distinto. Solo lo decía en voz alta, para dejarlo salir, y Ben movió la cola muy despacio contra el suelo, como si entendiera cada palabra. Allá afuera seguía la oscuridad, y los monstruos, y los recuerdos que no se van… pero allí adentro, en su pequeño refugio, tenían lo esencial: el uno al otro, y la firme determinación de seguir viviendo, un día —una noche— a la vez.

Thoughts

  • no_pica_nada

    ¡Me pego el gesto de la madre con las tazas y la fruta, llegando con ese cuidado! Uno sabe que algo anda mal.

    Permalink
  • nachoo

    Eso.

    Permalink
  • mvillar74

    El dialogo trabaja aca, especialmente lo que no se dice. La tension mueve todo.

    Permalink
  • me_regalas

    Esa forma en que la madre se cierra, sin mirarla. Uno siente la distancia aunque sea solo una mesa.

    Permalink
  • maratonvacio

    De esas historias que te hacen leer mas rapido sin darte cuenta.

    Permalink
  • Ovid

    Fuerte. ¿Tienes mas textos por aca?

    Permalink
  • magdalenita

    Ese silencio entre la madre y la hija se te pega en la piel!

    Permalink
  • jpvera804

    Te quedas con hambre de saber qué paso en el bosque. Dale con el siguiente!

    Permalink
  • jpardo48

    Lo que me llamo fue el costo de esa mirada. La madre lo dice todo sin hablar.

    Permalink

Related posts