Nuestros cuerpos son 2 bases paralelas perfectas, separadas por la distancia exacta que la geometría del destino trazó para nosotros. Eres el polígono que sostiene mi estructura, y yo el reflejo idéntico que eleva este hacia lo invisible.
A través de nuestras aristas perfectas, la luz del cosmos entra cruda y transparente. Al cruzar el umbral de nuestro templo, tu presencia actúa como el cristal místico: refractas mi alma y divides mi monotonía en un espectro sagrado de colores que no sabía que existían. Dejas de ser materia y te conviertes en frecuencia, algo que solo nosotros comprendemos