Cargando…

Capítulo 16: compañeros (3)

NicolasPeanl
Pública 0 conversaciones 6 pensamientos 26 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Una vez que nos sirvieron la comida, la mesa quedó completamente cubierta.

En series

In groups

Contenido de la publicación

Una vez que nos sirvieron la comida, la mesa quedó completamente cubierta.

Arroz.

Carne.

Verduras.

Sopa caliente.

Platos que desprendían aromas que creía haber olvidado hacía siglos.

Me quedé observándolos durante un buen rato, mientras Kwon empezaba a comer vorazmente, como si temiera que alguien fuera a quitarle la comida.

En mis últimos años, mi alimentación se reducía casi siempre a granos secos o carne de monstruo.

La carne debía atravesar un largo proceso de desintoxicación antes de ser consumida. Aun así, siempre quedaban restos de toxinas entre las fibras que terminaban enfermando el cuerpo.

Con el paso del tiempo, incluso dejamos de preocuparnos por eso.

Al final, simplemente cocinábamos la carne sobre el fuego y la comíamos tal como estaba.

Dolor de estómago.

Fiebre.

Vómitos.

Nada de eso importaba mientras pudiéramos seguir luchando.

Tomé los palillos y observé un trozo de carne frente a mí.

-Ah...

Suspiré.

-Tardé cuarenta años en acostumbrarme a aquella comida...

Kwon dejó de masticar.

Me miró con el ceño fruncido.

-¿Qué decís, señor?

En ese instante sentí una ligera presión alrededor de mi cuerpo.

El aire se volvió más pesado.

No tanto como para detener el tiempo, pero sí lo suficiente para advertirme.

Otra vez.

Había hablado de más.

-Nada -respondí con naturalidad.

La presión desapareció.

Llevé el trozo de carne a mi boca.

Estaba blando.

Jugoso.

No tenía sabor a sangre rancia, veneno ni cenizas.

Por un momento, cerré los ojos.

La comida normal era mejor de lo que recordaba.

-Antes de seguir entrenándote, necesitás saber cómo funcionan el sistema y la Torre -dije-. Al menos, lo que descubrí dentro del primer piso.

Kwon tragó lo que tenía en la boca.

-Pensé que solo ibas a enseñarme a pelear.

-Aprender a pelear sin comprender las reglas es una forma rápida de morir.

-También parece una forma rápida de morir entrenar con vos.

Lo ignoré.

-Primero, el sistema.

Apoyé los palillos sobre la mesa.

-Cuando despertás, aparece un panel con tu información básica. Nombre, nivel, estadísticas, habilidades y títulos.

-¿Todos reciben lo mismo?

-La estructura es similar. El contenido depende de cada persona.

-¿Y las estadísticas?

-Son una representación aproximada de las capacidades de tu cuerpo.

Levanté una mano.

-Fuerza no significa solamente cuánto peso podés levantar. También afecta la potencia muscular, el impacto y la capacidad de ejercer presión.

Moví los dedos.

-Destreza modifica coordinación, reflejos, equilibrio, percepción, articulaciones y control corporal.

Kwon miró su propia mano.

-¿Y resistencia?

-Respiración, recuperación, tolerancia al dolor, capacidad de seguir luchando y, dependiendo del valor, regeneración.

-¿Magia?

-La capacidad de almacenar, controlar y utilizar energía sobrenatural.

-¿Y suerte?

Me quedé pensando un instante.

-La estadística más difícil de medir.

-Entonces no sabés.

-Sé que afecta probabilidades.

-Eso suena a no saber.

Lo miré en silencio.

Kwon bajó la cabeza y volvió a comer.

-Continúe, señor.

Al menos aprendía rápido.

-Las estadísticas no lo son todo -continué-. Una persona con veinte puntos de fuerza puede perder contra alguien con diez si no sabe utilizar su cuerpo.

-Como yo contra vos.

-Vos perderías aunque tuvieras treinta.

Kwon apretó los palillos.

-Solo estaba dando un ejemplo.

-Era un mal ejemplo.

Bebí un poco de sopa antes de continuar.

-También existen habilidades. Algunas aparecen durante el despertar. Otras se adquieren al realizar ciertas acciones o cumplir condiciones ocultas.

-¿Como cuáles?

-Matar a muchos enemigos en soledad. Liderar soldados. Descubrir una ruta secreta. Sobrevivir a algo que debería matarte.

Kwon dejó de comer durante un segundo.

-¿Y vos conseguiste alguna?

-Sí.

-¿Cuáles?

-No necesitás saberlo todavía.

-Entonces, ¿para qué me explicás?

-Para que entiendas que el sistema observa todo.

Señalé sus manos con los palillos.

-Cómo peleás. A quién protegés. A quién abandonás. Las decisiones que tomás cuando no existe una opción correcta.

Kwon perdió parte de su expresión burlona.

-¿La Torre también observa eso?

-La Torre y el sistema podrían ser la misma cosa.

-¿Podrían?

-No tengo pruebas suficientes.

En realidad, ni siquiera después de tantos años había conseguido comprenderlos por completo.

El sistema guiaba.

Recompensaba.

Castigaba.

Pero jamás explicaba su verdadero propósito.

Y ahora, además, impedía que hablara sobre el futuro.

-¿Qué pasó cuando entraste al primer piso? -preguntó Kwon.

-Mi conciencia fue trasladada al cuerpo de otra persona.

Sus ojos se abrieron.

-¿Poseíste a alguien?

-No sé si era una persona real o una existencia creada por la Torre. Dentro del piso, yo era el general Dionis.

-¿Y tu cuerpo quedó acá?

-Supongo.

-¿Suponés?

-Cuando regresé, seguía entero.

Kwon se inclinó ligeramente sobre la mesa.

-¿Sentías dolor dentro de ese cuerpo?

-Sí.

-¿Y si morías?

-Probablemente habría muerto de verdad.

Dejó los palillos sobre el plato.

-¿Probablemente?

-No tuve intención de comprobarlo.

-Por primera vez decís algo razonable.

-Pero vi morir personas dentro del piso.

-¿Eran reales?

La imagen de Enrique y Horacio apareció por un instante en mi mente.

También la de los veintiocho caballeros que no regresaron.

-Su miedo era real. Su dolor también.

Eso era suficiente para mí.

Kwon guardó silencio.

-El primer piso era una guerra -continué-. Teníamos que defender una ciudad contra miles de goblins y hobgoblins.

-¿Cuántos jugadores entraron?

-Solo yo.

Kwon casi se atragantó.

-¿Superaste una guerra vos solo?

-Tenía soldados.

-Pero dijiste que eran miles.

-Lo eran.

-¿Y ganaste?

-Estoy sentado frente a vos.

Kwon me miró durante unos segundos.

Después soltó una risa seca.

-Ahora entiendo por qué el gobierno te dio cincuenta millones.

-La cantidad de dinero sigue sin parecerme tan impresionante.

-No vuelvas a decir eso en público.

Retomó la comida, esta vez más lentamente.

-Entonces, cuando se abra el segundo piso, ¿también vamos a entrar en otros cuerpos?

-No necesariamente.

-¿Cada piso tiene reglas diferentes?

-Exactamente.

-Eso suena injusto.

-La Torre es justa y cruel.

Kwon levantó una ceja.

-Eso se contradice.

-Es justa porque toda prueba puede superarse y cada hazaña recibe una recompensa equivalente.

Hice una pausa.

-Es cruel porque nunca te dice qué precio tendrás que pagar para conseguirla.

La expresión de Kwon se volvió más seria.

-¿Y por qué querés que te acompañe?

Miré su cuchillo de cocina, oculto bajo la chaqueta.

-Porque tenés buenos instintos.

-¿Eso es todo?

-Y porque en lugar de matar al despertado del incendio, cortaste sus tendones.

-¿Eso fue algo bueno?

-Fue una decisión.

Lo miré directamente.

-Quiero descubrir qué clase de decisiones tomás cuando el enemigo no te da tiempo para pensar.

Kwon se quedó quieto.

-¿Y si no te gustan?

-Entonces no entrarás conmigo al segundo piso.

-¿Y si entro de todas formas?

-La Torre probablemente te mate.

-Qué alentador.

Volvió a comer.

Durante varios minutos, ninguno habló.

Yo probaba cada plato con lentitud.

Kwon devoraba todo aquello que encontraba a su alcance.

Finalmente, levantó la mirada.

-Cheonro.

-¿Qué?

-¿Qué tan fuerte tengo que volverme para sobrevivir?

Pensé en las pruebas futuras.

En las criaturas que destrozaban grupos enteros.

En el cielo rojo.

En los amigos que había enterrado.

-Lo suficiente para no depender de que yo te salve.

Kwon asintió lentamente.

Era la primera vez que no respondía con una broma.

Una vez terminamos de comer, Kwon volvió al departamento y yo me despedí de él.

Subí a la azotea de un edificio y me dirigí hacia el orfanato.

Tardé unos quince minutos.

Al llegar, salté desde el techo vecino y aterricé frente a la entrada, utilizando la menor fuerza posible para no romper el suelo.

Me acerqué a la puerta y golpeé dos veces.

Durante unos segundos no escuché nada.

Después, unos pasos pequeños corrieron por el interior.

-¡Mamáaaa! ¡Está el mismo señor del otro díaaaa! -gritó la voz de un niño.

Me quedé quieto.

¿Mamá?

No recordaba que los niños llamaran así a Seolhwa.

Poco después, la puerta se abrió.

Un niño de unos ocho años asomó la cabeza. Tenía el cabello desordenado y sostenía un pequeño muñeco de madera entre las manos.

Me observó de arriba abajo.

-¿Viniste a buscar a Eunji?

-Vine a verla.

El niño entrecerró los ojos.

-Eso dicen todos los adultos cuando quieren llevarse a alguien.

-No pienso llevármela.

-Entonces, ¿por qué viniste?

Antes de que pudiera responder, una mano apareció detrás del niño y lo apartó suavemente de la puerta.

-Minjun, te dije que no abrieras sin preguntar quién era.

Seolhwa apareció frente a mí.

Llevaba el cabello recogido y un delantal viejo. Había harina en una de sus mejillas y sostenía una cuchara de madera como si fuera un arma.

-Pero ya lo conocíamos -protestó el niño.

-Vos lo viste una vez.

-Eso cuenta como conocerlo.

Seolhwa suspiró.

-Volvé a la cocina antes de que quemes algo.

-No fui yo quien dejó la olla en el fuego.

-Minjun.

-Ya voy...

El niño corrió hacia el interior.

Seolhwa volvió a mirarme.

-Señor Kim.

-Cheonro está bien.

-Entonces, Cheonro.

Se apartó de la puerta.

-Pase.

Entré.

La casa estaba mucho más ruidosa que el día anterior.

Varios niños corrían por el pasillo. Otros estaban sentados en el suelo dibujando. Desde la cocina llegaba olor a comida y el sonido de alguien discutiendo por una cuchara.

Seolhwa cerró la puerta detrás de mí.

-El gobierno envió alimentos esta mañana.

-Bien.

-También medicinas, ropa y dinero.

Me miró con cierta cautela.

-Dijeron que fue por petición suya.

-Así fue.

-No tenía que hacer tanto.

-Sí tenía.

Seolhwa permaneció en silencio.

No parecía acostumbrada a recibir ayuda sin condiciones.

-¿Dónde está Eunji? -pregunté.

Su expresión cambió ligeramente.

-En el patio.

La seguí por el pasillo hasta una puerta trasera.

Afuera había un pequeño jardín rodeado por paredes de ladrillo. Algunos juguetes viejos estaban esparcidos sobre el pasto y una cuerda con ropa infantil cruzaba de un lado al otro.

Eunji estaba sentada debajo de un árbol.

Tenía una manta sobre las piernas y observaba a dos niños que jugaban con una pelota.

No participaba.

Solo los miraba.

Me detuve en la puerta.

Seolhwa habló en voz baja.

-Todavía casi no habla.

-Lo imaginé.

-Comió un poco. Durmió varias horas. No quiso separarse de la ropa que llevaba cuando llegó, así que tuve que esperar hasta que se durmiera para lavarla.

La observé.

Eunji parecía más limpia y descansada, pero sus ojos seguían apagados.

-¿Preguntó por sus padres?

-Una vez.

-¿Qué le dijiste?

-La verdad.

Asentí.

Seolhwa me miró de reojo.

-También preguntó si usted iba a volver.

-Le prometí que lo haría.

-Y volvió.

Su tono no era de sorpresa.

Parecía estar evaluándome.

-No suelo romper promesas.

No agregué que había roto demasiadas en mi vida anterior.

Eunji giró la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante unos segundos no reaccionó.

Después se levantó con cuidado.

Su pierna todavía estaba vendada, así que caminó lentamente hacia mí.

No dijo nada.

Solo llegó hasta donde estaba y sujetó una parte de mi ropa.

Igual que antes.

Me agaché para quedar a su altura.

-¿Cómo estás?

Eunji bajó la mirada.

-Bien...

Era la primera palabra que le escuchaba desde que salimos de la fábrica.

Su voz era tan baja que casi se perdió entre los gritos de los otros niños.

-Eso es bueno.

No sabía qué más decir.

Enfrentar a miles de goblins había sido más sencillo que mantener una conversación con una niña de seis años.

Metí una mano dentro de mi inventario.

Seolhwa se tensó al ver la ondulación oscura.

Saqué una pequeña bolsa de papel que había comprado antes de ir al restaurante.

Había visto a otros niños comiendo dulces en la calle y supuse que sería apropiado.

Se la entregué a Eunji.

-Esto es para vos.

Ella miró la bolsa.

Después me miró a mí.

-¿Qué es?

-No estoy seguro.

Seolhwa parpadeó.

-¿Le compró algo sin saber qué era?

-El vendedor dijo que les gustaba a los niños.

Eunji abrió la bolsa con cuidado.

Dentro había pequeños caramelos de distintos colores.

Tomó uno.

-Dulces...

-Entonces el vendedor no mintió.

Por primera vez, creí ver una pequeña reacción en su rostro.

No llegó a ser una sonrisa.

Pero estuvo cerca.

Uno de los niños del patio se acercó corriendo.

-¿Te dieron caramelos?

Eunji apretó la bolsa contra su pecho.

El niño se detuvo.

-No te los voy a sacar.

Miró hacia otro lado.

-Solo preguntaba.

Eunji dudó.

Después sacó un caramelo y se lo extendió.

El niño lo aceptó con una sonrisa.

-Gracias. Yo soy Jisoo.

Ella no respondió.

Pero tampoco se alejó.

Seolhwa observó la escena desde la puerta.

-Se está adaptando mejor de lo que esperaba -dijo.

-Es fuerte.

-Los niños no deberían necesitar ser fuertes.

La miré.

En mi antigua vida, Seolhwa había dicho algo similar muchos años después.

Bajo un cielo rojo.

Con una espada cubierta de sangre.

-No -respondí-. No deberían.

Eunji volvió a sujetar mi pantalón.

-¿Te vas?

Miré hacia abajo.

-Tengo algunas cosas que hacer.

Sus dedos se cerraron con más fuerza.

-Pero voy a volver.

-¿Cuándo?

La pregunta me tomó desprevenido.

Los niños recuerdan ese tipo de promesas.

Las palabras de Seolhwa regresaron a mi mente.

-Mañana.

Seolhwa levantó una ceja.

-¿Está seguro?

-Sí.

Eunji tardó unos segundos en soltarme.

-Mañana -repitió.

-Mañana.

Me puse de pie.

Seolhwa me acompañó de regreso hacia la entrada.

Antes de abrir la puerta, habló:

-No sé quién es usted realmente.

Mi mano se detuvo sobre el picaporte.

-Soy Kim Cheonro.

-No me refiero a su nombre.

Guardé silencio.

-Aparece cubierto de sangre con una niña herida. Después, el gobierno envía recursos porque usted lo pide. Y ahora saca objetos del aire como si fuera normal.

Me miró directamente.

-¿Es usted el hombre del anuncio mundial?

No tenía sentido negarlo.

-Sí.

Seolhwa dejó escapar el aire lentamente.

-El primer despertado.

-El primer conquistador.

-Eso suena todavía más peligroso.

-Probablemente lo sea.

-¿Eunji corre peligro por conocerlo?

La pregunta era justa.

Pensé en la Torre.

En los cultos.

En el gobierno.

En los enemigos que todavía no sabían mi nombre, pero que tarde o temprano lo aprenderían.

-Sí.

Seolhwa apretó la mandíbula.

-Entonces debería mantenerse lejos de ella.

-También correría peligro aunque nunca me hubiera conocido.

-Eso no mejora las cosas.

-No.

Me giré hacia ella.

-Pero puedo proteger este lugar de amenazas que usted todavía no conoce.

-¿Y quién lo protegerá de usted?

No respondí enseguida.

Aquella mujer aún no era la guerrera que recordaba.

Pero ya poseía la misma firmeza.

-Nadie -dije finalmente-. Por eso tendrá que observarme y decidir si puede confiar en mí.

Seolhwa mantuvo la mirada sobre la mía.

Después abrió la puerta.

-Mañana, entonces.

-Mañana.

Salí del orfanato.

Antes de alejarme, miré una vez más hacia la casa.

Escuché risas.

Pasos.

Niños discutiendo por caramelos.

Un lugar agradable al cual regresar.

Tal vez no fuera mi hogar.

Pero empezaba a sentirse como algo que debía proteger.

Al salir del orfanato, ya eran cerca de las cuatro de la tarde.

Subí a la azotea del edificio más cercano y comencé a desplazarme por los techos hasta regresar a mi antigua casa.

O, mejor dicho, a la casa que alguna vez había sido mía.

Volví a sentarme en el mismo lugar de antes, oculto detrás de la estructura del tanque de agua, desde donde podía observar la entrada sin ser visto con facilidad.

Y esperé.

No tenía una razón concreta para estar allí.

Ya había comprobado que la casa seguía en pie.

También había visto a mi hija entrar.

Aun así, no podía alejarme.

Después de tanto tiempo creyéndola muerta, verla caminar bajo el mismo cielo que yo era suficiente para mantenerme sentado durante horas.

El tiempo pasó lentamente.

Personas regresaron de sus trabajos.

Algunos niños corrieron por la calle.

Las luces comenzaron a encenderse detrás de las ventanas.

Entonces la puerta de la casa se abrió.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

Ella salió.

Mi hija.

Llevaba ropa sencilla y una pequeña cartera colgada del hombro. Se detuvo frente a la entrada para acomodarse el cabello y luego comenzó a caminar por la vereda.

No parecía apurada.

Solo se dirigía a algún lugar.

Sabía que, si alguien me veía, probablemente pensaría que era un acosador.

Y quizá no estaría del todo equivocado.

Pero aun así me levanté.

La seguí.

Me mantuve sobre los edificios, avanzando de una azotea a otra mientras ella caminaba entre las personas.

A veces desaparecía detrás de un colectivo o bajo los árboles de la calle, y cada vez que ocurría sentía que algo dentro de mi pecho se cerraba.

Entonces volvía a verla.

Y podía respirar otra vez.

Qué absurdo.

Había enfrentado ejércitos enteros sin sentir miedo.

Sin embargo, perderla de vista durante unos segundos era suficiente para inquietarme.

Ella llegó hasta una avenida y se detuvo frente a un semáforo.

Mientras esperaba, ayudó a una anciana a recoger una bolsa que se le había caído.

La mujer le agradeció.

Mi hija sonrió.

Me quedé inmóvil.

Recordaba esa sonrisa.

Aunque habían pasado más de mil años, la recordaba con absoluta claridad.

Era la misma que me había mostrado cuando era pequeña y corría a recibirme cada vez que regresaba a casa.

La misma que había desaparecido poco a poco cuando el cielo se volvió rojo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Durante mucho tiempo había pensado que olvidaría su rostro.

Que los años terminarían borrándolo.

Pero allí estaba.

Exactamente como lo recordaba.

El semáforo cambió y ella cruzó.

Continué siguiéndola.

Poco después entró en una pequeña tienda. Me acerqué al borde del edificio y observé a través de la ventana.

Compró algunos alimentos, medicamentos y una pequeña torta envuelta en una caja blanca.

¿Un cumpleaños?

Intenté recordar la fecha.

No pude.

Había demasiados años acumulados en mi memoria.

Demasiados nombres.

Demasiadas muertes.

Pero debería haber recordado algo tan simple como el cumpleaños de mi propia hija.

Apreté los puños.

Ella salió de la tienda y continuó caminando.

Esta vez tomó una calle más tranquila.

Yo la seguí desde arriba hasta que se detuvo frente a un edificio pequeño.

Observó su teléfono.

Luego esperó.

Unos minutos más tarde, un joven salió del edificio y se acercó a ella.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Me incliné hacia adelante.

¿Quién era?

El muchacho la saludó con naturalidad y tomó una de las bolsas que llevaba.

Ella volvió a sonreír.

Sentí una molestia difícil de describir.

No era peligro.

Tampoco hostilidad.

Era algo mucho más absurdo.

-¿Quién es ese...? -murmuré.

Me quedé observándolos mientras entraban juntos al edificio.

Por un momento consideré acercarme.

Solo para comprobar que no fuera alguien peligroso.

Naturalmente.

No tenía ninguna otra intención.

Di un paso hacia el borde.

Entonces me detuve.

¿Qué iba a hacer?

¿Entrar por una ventana?

¿Interrogar al hombre?

¿Presentarme como el padre que ella todavía no sabía que tenía?

Bajé lentamente el pie.

No podía aparecer frente a ella así.

Ni siquiera sabía qué había ocurrido con mi versión de esta época.

Quizá todavía vivía.

Quizá la había abandonado.

Quizá había muerto.

Y hasta comprenderlo, no tenía derecho a irrumpir en su vida.

Me senté nuevamente sobre el borde del edificio.

Esperaría.

Solo unos minutos.

Para asegurarme de que estaba bien.

Pasó una hora.

Después otra.

Cuando finalmente volvió a salir, ya estaba oscureciendo.

El joven la acompañó hasta la vereda.

Ella se despidió con una inclinación ligera y comenzó el camino de regreso.

No parecía herida.

No estaba asustada.

Estaba bien.

Eso debía ser suficiente.

La seguí hasta su casa, manteniendo la misma distancia.

Al llegar, ella abrió la puerta, pero antes de entrar se detuvo.

Giró la cabeza.

Miró hacia los edificios.

Directamente hacia donde yo estaba.

Me oculté detrás de la pared.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Permanecí inmóvil durante varios segundos.

Cuando volví a asomarme, la puerta ya se había cerrado.

Solté lentamente el aire.

-Incluso ahora seguís teniendo buenos instintos...

Una sonrisa apareció en mi rostro.

Me quedé observando la ventana iluminada.

No podía hablarle todavía.

Pero estaba viva.

Por ahora, eso era suficiente.


Thoughts

  • RominaB84

    La parte con Eunji en el orfanato. Un conquistador de torres que se desarma completamente por una niña pequeña. Eso es lo importante.

    Permalink
  • subrayoTodo

    La situación del protagonista está loca: si aparece la mete en peligro, si no aparece la deja sola. No hay opción correcta. Me quedó dando vueltas en la cabeza. Mae, qué peso para una persona.

    Permalink
  • relatoBreve

    Cuando Minjun dice 'Eso dicen todos los adultos cuando quieren llevarse a alguien' y corta todo. Un niño de ocho sabiendo demasiado. Eso me sacó.

    Permalink
  • quintopiso

    La forma en que sigue a su hija sin revelarse... ¿cuánto tiempo piensa hacer esto? Hay un punto donde cuidar se vuelve otra cosa, ¿vos cómo lo ves?

    Permalink
  • paginaDoblada

    La forma en que habla de Eunji es lo opuesto a cómo se comporta. Todo duro afuera, pero adentro... algo raro leyendo eso.

    Permalink
  • melisaenlacola

    Kwon preguntándole si está seguro de no saber qué es la suerte, y él callado. Es lo más real de todo el capítulo.

    Permalink