Hoy desperté entre saltos...
Mi corazón latía más rápido que de costumbre.
Mis ojos estaban húmedos, nublados;
no podía ver nada más que siluetas a mi alrededor.
Oía voces gritando mi nombre, ¡eran tantas voces!
Pero entre la multitud pude distinguir la tuya:
tu voz aterciopelada llamándome,
hablándome suavemente:
—Amor, amor, tranquilo... aún no ha llegado el tiempo. Aún estás aquí, aún estamos aquí. No te aflijas, toma mi mano.
El calor de su mano recorrió todo mi cuerpo,
llegó aún más allá,
acarició suavemente mi yo interno.
Mi corazón calmó su paso... y mis ojos se llenaron de golondrinas.
—No te aflijas —me repite ella—. No te aflijas, no olvides jamás que nos amaremos toda la vida.
Le respondo yo con una voz quebrada:
—Gracias por amarme hasta el final, amada mía.