No me gustan los pedestales...✨
Hay una incomodidad muy profunda en esa altura, una tensión invisible que siento cada vez que me alejo del suelo común. Que alguien me suba ahí, o incluso la tentación de subirme por mi cuenta, termina siendo una trampa. Siento que se genera de inmediato una exigencia desmedida por ambas partes: por un lado, la expectativa ajena de que no puedo fallar; por el otro, mi propia presión por sostener una imagen perfecta.
Vivir así es asfixiante. Significa firmar un pacto implícito de no defraudar a nadie, obligándome a estar constantemente bajo la lupa, midiendo cada paso, cada palabra y cada tropiezo como si un solo error pudiera destruirlo todo. Al final, entiendo que el pedestal no es un halago, sino una jaula de cristal que me aísla.
Por eso prefiero caminar en el llano, con los pies en la tierra. Me quedo con los vínculos horizontales, donde no hay que mirar hacia arriba ni hacia abajo. En la calidez del suelo firme es donde encuentro el verdadero alivio: el espacio para mostrarme vulnerable, para equivocarme sin que se caiga una estructura entera y para ser, simplemente...un ser humano real. ✨
Y a ustedes... ¿los han subido a un pedestal que nunca pidieron sostener?
💫